Francisco rememora su viaje a África
(ZENIT – 11 sept. 2019).- El Papa Francisco explicó que emprendió su viaje a África como “peregrino de paz y esperanza” y resaltó que ”la esperanza del mundo es Cristo, y su Evangelio es la levadura más poderosa de fraternidad, libertad, justicia y paz para todos los pueblos” .
Hoy, 11 de septiembre de 2019, en la catequesis de la audiencia general, el Santo Padre recordó su reciente viaje apostólico a África, que tuvo lugar del 4 al 10 de septiembre con Mozambique, Madagascar y Mauricio como destinos.
Llevar “la levadura de Jesús”
En su catequesis de hoy, Francisco hizo un repaso sobre los
principales actos que presidió en los tres países, así como sobre los
mensajes que dedicó a los ciudadanos de cada nación.
De este modo, en primer lugar, indicó que a través de su visita y
“siguiendo las huellas de los santos evangelizadores”, trató de llevar
la mencionada “levadura de Jesús” a los mozambiqueños, malgaches y
mauricianos.
Mozambique
El
Pontífice describió que, ante el prolongado proceso de paz que vive el
país y el reciente azote de los ciclones Idai y Kenneth, acudió a
Mozambique para “esparcir semillas de esperanza, paz y reconciliación”,
Asimismo, expuso que la Iglesia sigue acompañando dicho proceso de
paz, que avanzó el pasado 1 de agosto con un nuevo acuerdo entre las dos
partes, y agradeció el trabajo realizado por la Comunidad San Egidio
frente a este asunto.
El programa en Mozambique culminó con una Misa en el Estadio Zimpeto,
en el que, bajo la lluvia, “resonó la llamada del Señor Jesús: “Amad a
vuestros enemigos” (Lc 6,27), la semilla de la verdadera revolución, la
del amor, que extingue la violencia y genera fraternidad”, apuntó el
Pontífice.
Madagascar
En
este país, “rico en belleza y recursos naturales” y a la vez marcado
por la pobreza, el Obispo de Roma manifestó su deseo de que la población
malgache “pueda superar la adversidad y construir un futuro de
desarrollo conjugando el respeto por el medio ambiente y la justicia
social”.
“Como signo profético de esta dirección”, el Papa Francisco visitó la
Ciudad de la Amistad-Akamasoa, pues se trata de ”un lugar que atiende a
los más pobres unir trabajo, dignidad, atención a los más pobres,
instrucción de los niños. Todo animado por el Evangelio”.
Mauricio
En cuanto a la República de Mauricio, definida por el Santo Padre
como un “lugar de integración entre diferentes etnias y culturas”,
destacó la fuerza del “diálogo interreligioso y también la amistad entre
los jefes de las diversas confesiones religiosas”, algo “natural” allí.
Como
ejemplo de ello, se refirió al detalle del Gran Imán, que le dejó un
ramo de flores en el episcopado “como señal de hermandad”.
La Santa Misa en Mauricio se celebró en el Monumento a María Reina de
la Paz, en la fiesta del beato Jacques-Désiré Laval, conocido como el
“apóstol de la unidad mauriciana”.
En esta homilía, Francisco propuso las bienaventuranzas como el
“carnet de identidad de los discípulos de Cristo” y el “antídoto contra
este bienestar egoísta y discriminatorio, y también el fermento de la
verdadera felicidad, impregnada de misericordia, justicia y paz”.
Finalmente, el Pontífice invitó a dar gracias a Dios y a pedir “que
las semillas arrojadas en este camino apostólico den frutos abundantes
para los pueblos de Mozambique, Madagascar y Mauricio”.
A continuación, reproducimos la catequesis completa del Papa Francisco.
***
Catequesis del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Ayer
tarde volví de mi viaje apostólico a Mozambique, Madagascar y Mauricio.
Doy gracias a Dios porque me ha concedido llevar a cabo este itinerario
como peregrino de paz y de esperanza, y renuevo la expresión
de mi gratitud a las respectivas autoridades de estos Estados, así como a
los obispos, que me han invitado y acogido con tanto cariño y
atenciones, y a los nuncios apostólicos, que tanto han trabajado para
este viaje.
La esperanza del mundo es Cristo, y su Evangelio es la levadura más
poderosa de fraternidad, libertad, justicia y paz para todos los
pueblos. Con mi visita, siguiendo las huellas de los santos
evangelizadores, traté de llevar esta levadura, la levadura de Jesús, a
las poblaciones mozambiqueñas, malgaches y mauricianas.En Mozambique fui a esparcir semillas de esperanza, paz y
reconciliación en una tierra que tanto ha sufrido en el pasado reciente a
causa de un largo conflicto armado, y que la primavera pasada fue
azotada por dos ciclones que causaron daños muy graves. La Iglesia sigue
acompañando el proceso de paz, que también dio un paso adelante el
pasado 1 de agosto con un nuevo Acuerdo entre las partes. Y aquí
quisiera detenerme para dar las gracias a la Comunidad de Sant’Egidio
que ha trabajado tanto, tanto en este proceso de paz.
Animé a las autoridades del país en este sentido, exhortándolas a trabajar juntas por el bien común. Y animé a los jóvenes
de diferentes orígenes religiosos allí reunidos a construir el país,
superando la resignación y la ansiedad, difundiendo la amistad social y
atesorando las tradiciones de los ancianos. A los obispos, sacerdotes y personas consagradas que
encontré en la catedral de Maputo, dedicada a la Virgen Inmaculada, les
propuse el camino de Nazaret, el camino del “sí” generoso a Dios, en la
memoria agradecida de su llamada y de sus propios orígenes. Un signo
fuerte de esta presencia evangélica es el Hospital de Zimpeto, en las
afueras de la capital, construido con el esfuerzo de la Comunidad de
Sant’Egidio. En ese hospital he visto que lo más importante son los
enfermos, y todos trabajan para los enfermos. Además, no todos
pertenecen a la misma religión. La directora de ese hospital en una
investigadora, muy buena, una investigadora sobre el SIDA. Es musulmana,
pero dirige ese hospital que construyó la Comunidad de Sant’Egidio.
Pero todos , todos juntos por el pueblo, unidos, como hermanos. Mi
visita a Mozambique culminó con la misa, celebrada en el
Estadio bajo la lluvia, pero todos estábamos contentos. Los cantos, las
danzas religiosas…tanta felicidad. La lluvia no importaba. Y allí resonó
la llamada del Señor Jesús: “Amad a vuestros enemigos” (Lc 6,27), la
semilla de la verdadera revolución, la del amor, que extingue la
violencia y genera fraternidad.
De Maputo me trasladé a Antananarivo, la capital de Madagascar.
Un país rico en belleza y recursos naturales, pero marcado por tanta
pobreza. Manifesté el deseo de que, animado por su tradicional espíritu
de solidaridad, el pueblo malgache pueda superar la adversidad y
construir un futuro de desarrollo conjugando el respeto por el medio
ambiente y la justicia social. Como signo profético en esta dirección,
visité la “Ciudad de la Amistad” – Akamasoa, fundada por un
misionero lazarista, el Padre Pedro Opeka: allí se trata de unir
trabajo, dignidad, atención a los más pobres, instrucción de los niños.
Todo animado por el Evangelio. En Akamasoa, en la cantera de granito,
elevé a Dios la Oración por los trabajadores.
Luego tuve un encuentro con las monjas contemplativas de
diversas congregaciones en el monasterio de las Carmelitas:
efectivamente, sin fe y sin oración no se construye una ciudad digna
del hombre. Con los obispos del país renovamos nuestro
compromiso de ser “sembradores de paz y esperanza”, cuidando del pueblo
de Dios, especialmente de los pobres, y de nuestros presbíteros. Juntos
veneramos a la beata Victoire Rasoamanarivo, la primera malgache elevada
a los altares. Con los jóvenes, que eran muy numerosos,
-tantos jóvenes, en aquella vigilia, tantos, tantos- viví una vigilia
rica en testimonios, cantos y bailes.
En Antananarivo se celebró la Eucaristía dominical en el
gran “Campo Diocesano”: grandes multitudes se reunieron en torno al
Señor Jesús. Y finalmente, en el Instituto Saint-Michel, me encontré
con los sacerdotes, los las consagradas, los consagrados y los seminaristas de Madagascar. Un encuentro en el signo de la alabanza a Dios.
La
jornada del lunes estuvo dedicada a la visita a la República de
Mauricio, una meta turística muy conocida, pero que elegí como lugar de
integración entre diferentes etnias y culturas. Efectivamente, en los
últimos dos siglos, han desembarcado en ese archipiélago, diferentes
poblaciones especialmente de la India; y después de la independencia ha
experimentado un fuerte desarrollo económico y social. Allí es muy
fuerte el diálogo interreligioso y también la amistad entre los jefes de
las diversas confesiones religiosas. Algo que a nosotros nos parecería
raro, pero ellos viven así la amistad que es natural. Cuando entré en el
episcopio, encontré un ramo de flores, precioso: lo había mandado el
Gran Imam como señal de hermandad.
La santa misa en
Mauricio se celebró en el Monumento a María Reina de la Paz, en memoria
del beato Jacques-Désiré Laval, conocido como el “apóstol de la unidad
mauriciana”. El Evangelio de las Bienaventuranzas, carnet de identidad
de los discípulos de Cristo, en este contexto es un antídoto contra la
tentación del bienestar egoísta y discriminatorio. El Evangelio y las
Bienaventuranzas son el antídoto contra este bienestar egoísta y
discriminatorio, y también el fermento de la verdadera felicidad,
impregnada de misericordia, justicia y paz. Me impresionó el trabajo de
los obispos para evangelizar a los pobres. Más tarde, en mi encuentro
con las autoridades de Mauricio, expresé mi agradecimiento por el
esfuerzo de armonizar las diferencias en un proyecto común, y las alenté
a que mantuvieran en nuestro tiempo su capacidad de acoger a las
personas así como sus esfuerzos por mantener y desarrollar la vida
democrática.
Así, ayer por la tarde llegué al Vaticano. Antes de empezar un viaje y a la vuelta, voy siempre a visitar a la Virgen, la Salus Populi Romani,
para que me acompañe en el viaje, como Madre, para que me diga que
tengo que hacer, para que custodie mis palabras y mis gestos. Con la
Virgen voy seguro.
Queridos hermanos y hermanas, demos gracias a Dios y pidámosle que las semillas arrojadas en este camino apostólico den frutos abundantes para los pueblos de Mozambique, Madagascar y Mauricio. Gracias.
Fuente : https://es.zenit.org/articles/el-evangelio-la-levadura-mas-poderosa-de-fraternidad-catequesis-completa/