Se celebrará el 29 de septiembre
mayo 27, 2019 13:24Rosa Die AlcoleaJornadas Mundiales, Papa y Santa Sede
(ZENIT – 27 mayo 2019).- En el contexto de la Jornada
Mundial del Migrante y del Refugiado, el Papa Francisco anuncia que “No
solamente está en juego la causa de los migrantes, no se trata sólo de
ellos, sino de todos nosotros, del presente y del futuro de la familia
humana”.
“Los migrantes –explica el Santo Padre–, y especialmente aquellos más
vulnerables, nos ayudan a leer los ‘signos de los tiempos’”, advierte.
“A través de ellos, el Señor nos llama a una conversión, a liberarnos de
los exclusivismos, de la indiferencia y de la cultura del descarte”.
Así lo indica en el Mensaje para dicha Jornada Mundial, que se celebrará el próximo 29 de septiembre de 2019,
sobre el tema: “No se trata solo de migrantes”, que ha sido presentado
esta mañana, 27 de mayo de 2019, en la Oficina de Prensa de la Santa
Sede.
“Nuestros miedos”
En torno a la idea de que “no se tratan solo de migrantes”, el Santo
Padre desarrolla 5 ideas principales en su mensaje: Habla de que la
migración nos produce “miedo”, describe que hablar de migrantes, es
hablar de la “caridad”. Así, apunta Francisco, que no solo se trata de
migrantes, sino también de “nuestra humanidad”, “se trata de no excluir a
nadie”, “se trata de poner a los últimos en primer lugar”, “se trata de
la persona en su totalidad, de todas las personas”, y “se trata de
construir la ciudad de Dios y del hombre”, explica el Pontífice.
En este sentido, Francisco expone que “el problema no es el hecho de
tener dudas y sentir miedo. El problema es cuando esas dudas y esos
miedos condicionan nuestra forma de pensar y de actuar hasta el punto de
convertirnos en seres intolerantes, cerrados y quizás, sin darnos
cuenta, incluso racistas”. Y alerta de que “el miedo nos priva así del
deseo y de la capacidad de encuentro con el otro, con aquel que es
diferente; nos priva de una oportunidad de encuentro con el Señor”.
“No excluir a nadie”
También menciona que a través de las obras de caridad “mostramos
nuestra fe”, y asegura que “la mayor caridad es la que se ejerce con
quienes no pueden corresponder y tal vez ni siquiera dar gracias”.
“Se trata de no excluir a nadie”, continúa el Obispo de Roma: “El
mundo actual es cada día más elitista y cruel con los excluidos”,
lamenta. “Los países en vías de desarrollo siguen agotando sus mejores
recursos naturales y humanos en beneficio de unos pocos mercados
privilegiados. Las guerras afectan sólo a algunas regiones del mundo;
sin embargo, la fabricación de armas y su venta se lleva a cabo en otras
regiones, que luego no quieren hacerse cargo de los refugiados que
dichos conflictos generan”.
“¡Primero los últimos!”
Pero el Papa va aun más lejos. “No se trata solo de migrantes: se
trata de poner a los últimos en primer lugar”, escribe en el Mensaje.
“El verdadero lema del cristiano es ‘¡primero los últimos!’”.
Francisco aclara: “Jesucristo nos pide que no cedamos a la lógica del
mundo, que justifica el abusar de los demás para lograr nuestro
beneficio personal o el de nuestro grupo: ¡primero yo y luego los
demás!”. Así, la exhortación del Papa es ésta: “En la lógica del
Evangelio, los últimos son los primeros, y nosotros tenemos que ponernos
a su servicio”.
Acoger, proteger, promover e integrar
En su mensaje para la Jornada Mundial que se celebrará el 29 de
septiembre, el Pontífice recuerda cual es “respuesta al desafío
planteado por las migraciones contemporáneas” en cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar como ya lo hizo en el 6º congreso del Forum internacional “Migración y Paz”, celebrado en Roma en 2017.
Asimismo, señala que estos verbos no se aplican sólo a los migrantes y
a los refugiados, sino que “expresan la misión de la Iglesia en
relación a todos los habitantes de las periferias existenciales, que
deben ser acogidos, protegidos, promovidos e integrados”.
A continuación, ofrecemos el Mensaje completo del Papa para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2019.
***
Mensaje del Papa Francisco
Queridos hermanos y hermanas:
La fe nos asegura que el Reino de Dios está ya misteriosamente presente en nuestra tierra (cf. CONC. ECUM. VAT. II, Const. Gaudium et spes,
39); sin embargo, debemos constatar con dolor que también hoy encuentra
obstáculos y fuerzas contrarias. Conflictos violentos y auténticas
guerras no cesan de lacerar la humanidad; injusticias y discriminaciones
se suceden; es difícil superar los desequilibrios económicos y
sociales, tanto a nivel local como global. Y son los pobres y los
desfavorecidos quienes más sufren las consecuencias de esta situación.
Las sociedades económicamente más avanzadas desarrollan en su seno la
tendencia a un marcado individualismo que, combinado con la mentalidad
utilitarista y multiplicado por la red mediática, produce la
“globalización de la indiferencia”. En este escenario, las personas
migrantes, refugiadas, desplazadas y las víctimas de la trata, se han
convertido en emblema de la exclusión porque, además de soportar
dificultades por su misma condición, con frecuencia son objeto de
juicios negativos, puesto que se las considera responsables de los males
sociales. La actitud hacia ellas constituye una señal de alarma, que
nos advierte de la decadencia moral a la que nos enfrentamos si seguimos
dando espacio a la cultura del descarte. De hecho, por esta senda, cada
sujeto que no responde a los cánones del bienestar físico, mental y
social, corre el riesgo de ser marginado y excluido.
Por esta razón, la presencia de los migrantes y de los refugiados,
como en general de las personas vulnerables, representa hoy en día una
invitación a recuperar algunas dimensiones esenciales de nuestra
existencia cristiana y de nuestra humanidad, que corren el riesgo de adormecerse
con un estilo de vida lleno de comodidades. Razón por la cual, “no se
trata sólo de migrantes” significa que al mostrar interés por ellos, nos
interesamos también por nosotros, por todos; que cuidando de ellos,
todos crecemos; que escuchándolos, también damos voz a esa parte de
nosotros que quizás mantenemos escondida porque hoy no está bien vista.
«¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» (Mt 14,27). No se trata sólo de migrantes, también se trata de nuestros miedos.
La maldad y la fealdad de nuestro tiempo acrecienta «nuestro miedo a
los “otros”, a los desconocidos, a los marginados, a los forasteros […].
Y esto se nota particularmente hoy en día, frente a la llegada de
migrantes y refugiados que llaman a nuestra puerta en busca de
protección, seguridad y un futuro mejor. Es verdad, el temor es
legítimo, también porque falta preparación para este encuentro» (Homilía,
Sacrofano, 15 febrero 2019). El problema no es el hecho de tener dudas y
sentir miedo. El problema es cuando esas dudas y esos miedos
condicionan nuestra forma de pensar y de actuar hasta el punto de
convertirnos en seres intolerantes, cerrados y quizás, sin darnos
cuenta, incluso racistas. El miedo nos priva así del deseo y de la
capacidad de encuentro con el otro, con aquel que es diferente; nos
priva de una oportunidad de encuentro con el Señor (cf. Homilía en la Concelebración Eucarística de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, 14 enero 2018).
«Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos?» (Mt 5,46). No se trata sólo de migrantes: se trata de la caridad. A través de las obras de caridad mostramos nuestra fe (cf. St 2,18).
Y la mayor caridad es la que se ejerce con quienes no pueden
corresponder y tal vez ni siquiera dar gracias. «Lo que está en juego es
el rostro que queremos darnos como sociedad y el valor de cada vida
[…]. El progreso de nuestros pueblos […] depende sobre todo de la
capacidad de dejarse conmover por quien llama a la puerta y con su
mirada estigmatiza y depone a todos los falsos ídolos que hipotecan y
esclavizan la vida; ídolos que prometen una aparente y fugaz felicidad,
construida al margen de la realidad y del sufrimiento de los demás» (Discurso en la Cáritas Diocesana de Rabat, 30 marzo 2019).
«Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció» (Lc 10,33). No se trata sólo de migrantes: se trata de nuestra humanidad.
Lo que mueve a ese samaritano, un extranjero para los judíos, a
detenerse, es la compasión, un sentimiento que no se puede explicar
únicamente a nivel racional. La compasión toca la fibra más sensible de
nuestra humanidad, provocando un apremiante impulso a “estar cerca” de
quienes vemos en situación de dificultad. Como Jesús mismo nos enseña
(cf. Mt 9,35-36; 14,13-14; 15,32-37), sentir compasión significa
reconocer el sufrimiento del otro y pasar inmediatamente a la acción
para aliviar, curar y salvar. Sentir compasión significa dar espacio a
la ternura que a menudo la sociedad actual nos pide reprimir. «Abrirse a
los demás no empobrece, sino que más bien enriquece, porque ayuda a ser
más humano: a reconocerse parte activa de un todo más grande y a
interpretar la vida como un regalo para los otros, a ver como objetivo,
no los propios intereses, sino el bien de la humanidad» (Discurso en la Mezquita “Heydar Aliyev” de Bakú, Azerbaiyán, 2 octubre 2016).
«Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que
sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre
celestial» (Mt 18,10). No se trata sólo de migrantes: se trata de no excluir a nadie.
El mundo actual es cada día más elitista y cruel con los excluidos. Los
países en vías de desarrollo siguen agotando sus mejores recursos
naturales y humanos en beneficio de unos pocos mercados privilegiados.
Las guerras afectan sólo a algunas regiones del mundo; sin embargo, la
fabricación de armas y su venta se lleva a cabo en otras regiones, que
luego no quieren hacerse cargo de los refugiados que dichos conflictos
generan. Quienes padecen las consecuencias son siempre los pequeños, los
pobres, los más vulnerables, a quienes se les impide sentarse a la mesa
y se les deja sólo las “migajas” del banquete (cf. Lc 16,19-
21). La Iglesia «en salida […] sabe tomar la iniciativa sin miedo, salir
al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos
para invitar a los excluidos» (Exhort. ap. Evangelii gaudium,
24). El desarrollo exclusivista hace que los ricos sean más ricos y los
pobres más pobres. El auténtico desarrollo es aquel que pretende incluir
a todos los hombres y mujeres del mundo, promoviendo su crecimiento
integral, y preocupándose también por las generaciones futuras.
«El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos» (Mc 10,43-44). No se trata sólo de migrantes: se trata de poner a los últimos en primer lugar. Jesucristo
nos pide que no cedamos a la lógica del mundo, que justifica el abusar
de los demás para lograr nuestro beneficio personal o el de nuestro
grupo: ¡primero yo y luego los demás! En cambio, el verdadero lema del
cristiano es “¡primero los últimos!”. «Un espíritu individualista es
terreno fértil para que madure el sentido de indiferencia hacia el
prójimo, que lleva a tratarlo como puro objeto de compraventa, que
induce a desinteresarse de la humanidad de los demás y termina por hacer
que las personas sean pusilánimes y cínicas. ¿Acaso no son estas las
actitudes que frecuentemente asumimos frente a los pobres, los
marginados o los últimos de la sociedad? ¡Y cuántos últimos hay en
nuestras sociedades! Entre estos, pienso sobre todo en los emigrantes,
con la carga de dificultades y sufrimientos que deben soportar cada día
en la búsqueda, a veces desesperada, de un lugar donde poder vivir en
paz y con dignidad» (Discurso ante el Cuerpo Diplomático, 11 enero 2016). En la lógica del Evangelio, los últimos son los primeros, y nosotros tenemos que ponernos a su servicio.
«Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10). No se trata sólo de migrantes: se trata de la persona en su totalidad, de todas las personas.
En esta afirmación de Jesús encontramos el corazón de su misión: hacer
que todos reciban el don de la vida en plenitud, según la voluntad del
Padre. En cada actividad política, en cada programa, en cada acción
pastoral, debemos poner siempre en el centro a la persona, en sus
múltiples dimensiones, incluida la espiritual. Y esto se aplica a todas
las personas, a quienes debemos reconocer la igualdad fundamental. Por
lo tanto, «el desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico.
Para ser auténtico, debe ser integral, es decir, promover a todos los
hombres y a todo el hombre» (S. PABLO VI, Carta enc. Populorum progressio, 14).
«Así pues, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios» (Ef 2,19). No se trata sólo de migrantes: se trata de construir la ciudad de Dios y del hombre. En
nuestra época, también llamada la era de las migraciones, son muchas
las personas inocentes víctimas del “gran engaño” del desarrollo
tecnológico y consumista sin límites (cf. Carta enc. Laudato si’,
34). Y así, emprenden un viaje hacia un “paraíso” que inexorablemente
traiciona sus expectativas. Su presencia, a veces incómoda, contribuye a
disipar los mitos de un progreso reservado a unos pocos, pero
construido sobre la explotación de muchos. «Se trata, entonces, de que
nosotros seamos los primeros en verlo y así podamos ayudar a los otros a
ver en el emigrante y en el refugiado no sólo un problema que debe ser
afrontado, sino un hermano y una hermana que deben ser acogidos,
respetados y amados, una ocasión que la Providencia nos ofrece para
contribuir a la construcción de una sociedad más justa, una democracia
más plena, un país más solidario, un mundo más fraterno y una comunidad
cristiana más abierta, de acuerdo con el Evangelio» (Mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2014).
Queridos hermanos y hermanas: La respuesta al desafío planteado por
las migraciones contemporáneas se puede resumir en cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar.
Pero estos verbos no se aplican sólo a los migrantes y a los
refugiados. Expresan la misión de la Iglesia en relación a todos los
habitantes de las periferias existenciales, que deben ser acogidos,
protegidos, promovidos e integrados. Si ponemos en práctica estos
verbos, contribuimos a edificar la ciudad de Dios y del hombre,
promovemos el desarrollo humano integral de todas las personas y también
ayudamos a la comunidad mundial a acercarse a los objetivos de
desarrollo sostenible que ha establecido y que, de lo contrario, serán
difíciles de alcanzar.
Por lo tanto, no solamente está en juego la causa de los migrantes,
no se trata sólo de ellos, sino de todos nosotros, del presente y del
futuro de la familia humana. Los migrantes, y especialmente aquellos más
vulnerables, nos ayudan a leer los “signos de los tiempos”. A través de
ellos, el Señor nos llama a una conversión, a liberarnos de los
exclusivismos, de la indiferencia y de la cultura del descarte. A través
de ellos, el Señor nos invita a reapropiarnos de nuestra vida cristiana
en su totalidad y a contribuir, cada uno según su propia vocación, a la
construcción de un mundo que responda cada vez más al plan de Dios.
Este es el deseo que acompaño con mi oración, invocando, por
intercesión de la Virgen María, Nuestra Señora del Camino, abundantes
bendiciones sobre todos los migrantes y los refugiados del mundo, y
sobre quienes se hacen sus compañeros de viaje.
Vaticano, 27 de mayo de 2019
FRANCISCO