“Levántate y camina”
agosto 07, 2019 14:47Larissa I. LópezAudiencia General
(ZENIT – 7 agosto 2019).- “No olvidemos: la mano siempre
extendida para ayudar al otro a levantarse; es la mano de Jesús la que a
través de nuestra mano ayuda a los demás a levantarse”, ha pedido el
Papa Francisco.
Hoy,
7 de agosto de 2019, el Santo Padre, ha retomado el ciclo de catequesis
sobre los Hechos de los Apóstoles, centrando su reflexión en el tema:
“¡En el nombre de Jesucristo, el Nazareno, levántate y camina! (Hechos
3:6). La invocación del Nombre que libera una presencia viva y activa”
(Pasaje Bíblico: Hechos de los apóstoles 3:3-6).
Se trata del fragmento en el que Pedro y Juan se encuentran a un
paralítico en la puerta del Templo y, en el nombre de Cristo y tomándole
de la mano, le hacen levantarse, produciéndose así el primer relato de
sanación en los Hechos de los Apóstoles.
El “arte del acompañamiento”
El Papa resaltó que en este encuentro, los apóstoles establecen una
relación con esa persona, “porque así es el modo en el que a Dios le
gusta manifestarse, en la relación, siempre en el diálogo, siempre en
las apariciones, siempre con la inspiración del corazón: son las
relaciones de Dios con nosotros; a través de un encuentro real entre las
personas que solo puede ocurrir en el amor”.
Igualmente, el Papa subrayó el hecho de que el paralítico no recibió
dinero de los apóstoles, sino el gesto de invocar el nombre de Jesús y
prestarle su mano para ayudarle a levantarse. Así, habló del significado
de esta actitud, que representa a una Iglesia que acompaña y toma la
mano de todos “para levantar, no para condenar”.
Esto es, “el arte del acompañamiento”, que consiste en hacer lo mismo que los apóstoles con este hombre impedido: mirarlo, acercarse a él, levantarlo y curarlo, y que es lo mismo que hace Jesús con nosotros. En los malos momentos, Cristo nos dice “mírame: ¡estoy aquí!”, “tomemos la mano de Jesús y dejémonos levantar”, exhortó Francisco.
A continuación, reproducimos la catequesis completa del Papa Francisco.
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Catequesis del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En
los Hechos de los Apóstoles la predicación del Evangelio no se basa
solo en palabras, sino también en acciones concretas que dan testimonio
de la verdad del anuncio. Se trata de “maravillas y señales” (Hch. 2,43)
que se realizan por obra de los apóstoles, confirmando su palabra y
mostrando que actúan en nombre de Cristo. Así sucede que los apóstoles
interceden y Cristo obra, actuando “junto con ellos” y confirmando la
Palabra con los signos que la acompañan (Mc. 16,20). Tantas señales,
tantos milagros que los apóstoles han hecho fueron precisamente una
manifestación de la divinidad de Jesús.
Hoy
nos encontramos ante la primera historia de sanación, ante un milagro,
que es el primer relato de sanación del libro de los Hechos. Tiene un
claro propósito misionero, que apunta a despertar la fe. Pedro y Juan
van a orar al Templo, el centro de la experiencia de fe de Israel, a la
que los primeros cristianos están todavía muy apegados. Los primeros
cristianos oraban en el Templo de Jerusalén. Lucas registra el tiempo:
es la hora novena, es decir, las tres de la tarde, cuando el sacrificio
fue ofrecido en holocausto como signo de la comunión del pueblo con su
Dios; y también la hora en que Cristo murió ofreciéndose a sí mismo “de
una vez por todas” (Heb. 9,12; 10,10). Y a la puerta del Templo llamada
“Hermosa” -la puerta hermosa- ven a un mendigo, un paralítico de
nacimiento. ¿Por qué estaba ese hombre en la puerta? Porque la Ley
mosaica (cf. Lv. 21,18) impedía ofrecer sacrificios a los que tenían
impedimentos físicos, considerados consecuencia de alguna culpa.
Recordemos que ante un hombre ciego de nacimiento, la gente le
preguntaba a Jesús: “¿Quién ha pecado, él o sus padres, por qué ha
nacido ciego? (Jn. 9,2). Según aquella mentalidad, siempre hay una falta
en el origen de una malformación. Y después les era negado incluso el
acceso al Templo. El paralítico, paradigma de los muchos excluidos y
descartados de la sociedad, está ahí para pedir limosna como todos los
días. No podía entrar, pero estaba en la puerta. Algo
inesperado sucede: Pedro y Juan llegan y se desencadena un juego de
miradas. El tullido mira a los dos para pedir limosna, los apóstoles en
cambio lo miran fijamente, invitándolo a mirarlos de una manera
diferente, a recibir otro regalo. El lisiado los mira y Pedro le dice:
“No tengo ni plata ni oro, pero lo que tengo te lo doy: en el nombre de
Jesucristo, el Nazareno, ¡levántate y camina!” (Hch. 3:6). Los apóstoles
han establecido una relación, porque así es el modo en el que a Dios le
gusta manifestarse, en la relación, siempre en el diálogo, siempre en
las apariciones, siempre con la inspiración del corazón: son las
relaciones de Dios con nosotros; a través de un encuentro real entre las
personas que solo puede ocurrir en el amor.
El
Templo, además de ser centro religioso, era también un lugar de
intercambio económico y financiero: contra esta reducción los profetas e
incluso Jesús mismo arremetieron varias veces (cf. Lc. 19, 45-46).
¡Pero cuántas veces pienso en esto cuando veo una parroquia donde se
piensa que el dinero es más importante que los sacramentos! ¡Por favor!
Iglesia pobre: pidamos esto al Señor. Aquel mendigo, al encontrarse con
los apóstoles, no encuentra dinero sino el Nombre que salva al hombre:
Jesucristo el Nazareno. Pedro invoca el nombre de Jesús, ordena al
paralítico que se ponga en pie, en la posición de los vivos: de pie, y
toca a este enfermo, es decir, lo toma de la mano y lo levanta, gesto en
el que san Juan Crisóstomo ve “una imagen de la resurrección” (Homilías
sobre los Hechos de los Apóstoles, 8). Y aquí aparece el retrato de la
Iglesia, que ve a quien está en dificultad, no cierra los ojos, sabe
mirar a la humanidad a la cara para crear relaciones significativas,
puentes de amistad y solidaridad en lugar de barreras. Aparece el
rostro de “una Iglesia sin fronteras que se siente madre de todos” (Evangelii gaudium,
210), que sabe tomar de la mano y acompañar para levantar, no para
condenar. Jesús siempre tiende la mano, siempre trata de levantar, de
hacer que la gente sane, que sea feliz, que conozca a Dios. Es el “arte
del acompañamiento” que se caracteriza por la delicadeza con la que uno
se acerca a la “tierra sagrada del otro”, dando al camino “el ritmo sano
de la proximidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión, pero
que al mismo tiempo sana, libera y estimula a madurar en la vida
cristiana” (ibid., 169). Y esto es lo que estos dos apóstoles hacen con
el paralítico: lo miran, dicen “míranos”, se acercan a él, lo levantan y
lo curan. Lo mismo hace Jesús con todos nosotros. Pensemos en esto
cuando estamos en malos momentos, en momentos de pecado, en momentos de
tristeza. Ahí está Jesús que nos dice: “Mírame: ¡estoy aquí!”. Tomemos
la mano de Jesús y dejémonos levantar.
Pedro
y Juan nos enseñan a no confiar en los medios, que también son útiles,
sino en la verdadera riqueza que es la relación con el Resucitado. En
efecto, somos -como diría san Pablo- “pobres, pero capaces de enriquecer
a muchos, como los que no tienen nada y lo poseen todo” (2 Cor. 6,10).
Nuestro todo es el Evangelio, que manifiesta el poder del nombre de
Jesús que hace prodigios.
Y nosotros -cada uno de nosotros- ¿qué poseemos? ¿Cuál es nuestra
riqueza, cuál es nuestro tesoro? ¿Qué podemos hacer para enriquecer a
los demás? Pidamos al Padre el don de una memoria agradecida al recordar
los beneficios de su amor en nuestras vidas, para dar a todos el
testimonio de la alabanza y de la gratitud. No olvidemos: la mano
siempre extendida para ayudar al otro a levantarse; es la mano de Jesús
la que a través de nuestra mano ayuda a los demás a levantarse.
Traducción de zenit
Fuente : http://es.catholic.net/op/articulos/73147/la-dicha-del-cristiano.html#modal