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Autor: Patricio Osiadacz

EDD. lunes 25 de marzo de 2019.

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (7,10-14;8,10):

En aquel tiempo, el Señor habló a Acaz: «Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.»
Respondió Acaz: «No la pido, no quiero tentar al Señor.»
Entonces dijo Dios: «Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa «Dios-con-nosotros».»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 39,7-8a.8b-9.10.11

R/. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides sacrificio expiatorio,
entonces yo digo: «Aquí estoy.» R/.

«Como está escrito en mi libro
para hacer tu voluntad.»
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en las entrañas. R/.

He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios:
Señor, tú lo sabes. R/.

No me he guardado en el pecho tu defensa,
he contado tu fidelidad y tu salvación,
no he negado tu misericordia
y tu lealtad ante la gran asamblea. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta a los Hebreos (10,4-10):

Es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados. Por eso, cuando Cristo entró en el mundo dijo: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: «Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad.»» Primero dice: «No quieres ni aceptas sacrificios ni ofrendas, holocaustos ni victimas expiatorias», que se ofrecen según la Ley. Después añade: «Aquí estoy yo para hacer tu voluntad.» Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.

Palabra de Dios

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,26-38):
A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»
El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»
María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
Y la dejó el ángel.

Palabra del Señor

REFLEXIÓN :
Carlos Latorre, cmf

Queridos amigos y amigas:

Situamos la escena que nos narra el evangelio en Nazaret, donde hoy se alza la basílica de la Anunciación, la más grande de las iglesias católicas construidas en Tierra Santa. Dentro de esa iglesia se conserva la llamada casita de Maria donde ella vivía con sus padres y donde recibió la visita del Ángel.

En medio de este tiempo de Cuaresma el calendario cristiano nos propone la figura de la Madre de Jesús, la Virgen Maria, en el misterio de la Anunciación del ángel Gabriel. En aquel momento María era una joven muchacha en edad de casarse, pues estaba prometida en matrimonio a José. El matrimonio estaba previsto, pero aún no habían convivido juntos, por eso María le dice al ángel que todavía no convive con su futuro marido.

En esta narración del evangelio hay dos protagonistas, la Virgen María y la Palabra de Dios que transmite el ángel Gabriel. María en su sencillez está abierta a la voluntad de Dios. Y es la Palabra de Dios la que transforma, da seguridad y, sin forzar la libertad de María, la lleva a una aceptación gozosa de la voluntad divina. María responde que se cumpla en mí tu Palabra.

De hoy en adelante la historia del mundo será de otra manera. Dios se hace hombre y la joven Maria será su madre. Por eso ella ocupa un puesto tan especial, único, en los designios de Dios sobre la humanidad. El “sí” de María en su humana pequeñez inaugura todos los “síes”  que los seres humanos somos invitados a dar a las llamadas de Dios.

María después de escuchar, acoge. Las palabras dan fruto en su interior, no pasan como el viento, sino que se quedan y echan raíces en su corazón. Aprendamos de María a vivir una acogida humilde del Plan de Dios en nuestra vida. Que ella nos enseñe a aceptar con amor los designios divinos y a no alejarnos de su presencia.
La aportación de María como madre de Jesús no consiste solamente en haberle dado un cuerpo, sino también en formarlo y educarlo, igual que hace toda buena madre y esa es su mayor alegría.

Sabemos que en su Hijo Jesús ella nos abraza a todos los que somos sus discípulos. A ella acudimos cuando nos sentimos tentados, tristes o en peligro. Y como nos enseña el Papa Francisco:

“Ella es la que se estremecía de gozo en la presencia de Dios, la que conservaba todo en su corazón y se dejó atravesar por la espada. Es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña. Ella no acepta que nos quedemos caídos y, a veces, nos lleva en sus brazos sin juzgarnos. Conversar con ella nos consuela, nos libera y nos santifica. La Madre no necesita de muchas palabras, no le hace falta que nos esforcemos demasiado para explicarle lo que nos pasa. Basta musitar una y otra vez: «Dios te salve, María…»”.

Acompañados por la Santísima Virgen María madre de Jesús y madre nuestra vivamos este tiempo de Cuaresma con el corazón fijo en la Pascua, fiesta de Resurrección.

Vuestro hermano en la fe
Carlos Latorre
Misionero Claretiano
carloslatorre@claretianos.es

Fuente :  https://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/hoy

Un Capuchino para tiempos difíciles.

El Papa nombra a obispo Celestino Aós como administrador apostólico sede vacante de Santiago

Al aceptar la renuncia del cardenal Ricardo Ezzati, el Pontífice confió el gobierno pastoral de la arquidiócesis, durante la vacancia de la sede, a monseñor Aós, capuchino de nacionalidad española, psicólogo y con vasta experiencia en justicia eclesiástica, hasta ahora obispo de Copiapó, servicio que deja para asumir su responsabilidad en la arquidiócesis capitalina.

La Nunciatura Apostólica en Chile comunicó este sábado 23 de marzo que el papa Francisco ha aceptado la renuncia al gobierno pastoral de la arquidiócesis de Santiago de Chile presentada por el cardenal Ricardo Ezzati Andrello, S.D.B., y ha nombrado Administrador Apostólico sede vacante et ad nutum Sanctae Sedis de la arquidiócesis de Santiago de Chile a Mons. Celestino Aós Braco, O.F.M. Cap., transfiriéndolo de la diócesis de Copiapó.

La Nunciatura Apostólica informa que dichas noticias han sido publicadas a las 12:00 horas de Roma (8:00 hrs. de Chile) del día sábado 23 de marza de 20l9.

Mons. Celestino Aós Braco

Nació el 6 de abril de 1945 en Artaiz, Navarra (España). Cursó la enseñanza básica y media en la Escuela Nacional mixta de Artaiz.

El 16 de agosto de 1955 ingresó como aspirante en la Orden de los Frailes Menores Capuchinos en su tierra natal. Entre 1960 y 1963 realizó los estudios filosóficos en Zaragoza. El 14 de agosto de 1963 ingresó al noviciado de Sanguesa, realizando el 15 de agosto de 1964 la primera profesión religiosa. Entre 1964 y 1968 completó los estudios teológicos en Pamplona, donde el 16 de septiembre de 1967 hizo su profesión perpetua.

El 30 de marzo de 1968 fue ordenado sacerdote por Mons. Ignacio Larrañaga, O.F.M.Cap. Después de la ordenación sacerdotal fue educador y profesor en Lecaroz y vicario en Tudela (Navarra).

Entre 1972 y 1980 hizo cursos de especialización en la Universidad de Zaragoza y después en la Universidad de Barcelona, donde obtuvo la Licenciatura en Psicología. Entre 1980 y 1981 frecuentó la Pontificia Universidad Católica de Chile, gracias a una beca internacional de investigación en Psicología. Tras regresar a España, fue profesor en Pamplona y, posteriormente, vicario cooperador en Zaragoza.

En 1983 fue destinado a la Provincia de Chile: fue nombrado vicario parroquial en la parroquia de Longaví (diócesis de Linares), confiada a los Padres Capuchinos. En 1985 fue elegido Superior de la comunidad capuchina de Los Ángeles (diócesis de Santa María de los Ángeles).

En 1995 fue nombrado párroco de la parroquia San Miguel en Viña del Mar (diócesis de Valparaíso), siendo además Superior de la comunidad de la Orden de la Frailes Menores Capuchinos en el sector de Recreo, en Viña del Mar.

Durante sus años de ministerio en la diócesis de Valparaíso ejerció el cargo de vicario episcopal para los institutos femeninos de vida consagrada y fue miembro del Consejo Episcopal.

Desde el año 2008 fue vicario parroquial en la parroquia San Francisco de Asís en la diócesis de Santa María de los Ángeles.

Entre otros cargos que ha desempeñado, ha sido tesorero de la Asociación Chilena de Derecho canónico; promotor de justicia en el tribunal eclesiástico de Valparaíso; psicólogo y juez en el tribunal eclesiástico interdiocesano de Concepción; miembro de tribunales especiales para estudiar procesos históricos en causas para beatificación y canonización, entre ellos le correspondió estudiar el milagro para la canonización del sacerdote Alberto Hurtado.

El 25 de julio de 2014 el papa Francisco lo nombró Obispo de la diócesis de Copiapó. Fue consagrado obispo por mons. Ivo Scapolo, Nuncio Apostólico, el 18 de octubre de 2014, fecha en la que tomó posesión de la diócesis de Copiapó.

Entre los encargos que le ha confiado la Conferencia Episcopal, el obispo Celestino Aós es miembro de la Comisión Episcopal de Relaciones con CONFERRE (Conferencia de Religiosas y Religiosos de Chile) y presidente de la Comisión Nacional de Pastoral Presbiteral, organismo del área Agentes Evangelizadores.

El 23 de marzo de 2019 el Santo Padre lo nombró Administrador Apostólico sede vacante et ad nutum Sanctae Sedis de la arquidiócesis de Santiago de Chile, tras aceptar la renuncia presentada por el cardenal Ricardo Ezzati.

Rol del administrador apostólico y sedes vacantes

Un administrador apostólico es un obispo o un presbítero nombrado por el Papa para administrar una diócesis que se encuentra en situación de sede vacante, es decir, sin su obispo o arzobispo residencial.

En este caso particular, se trata de nombramiento para una sede vacante “a voluntad de la Santa Sede” (ad nutum Sanctae Sedis) y hasta que el Papa provea un nuevo arzobispo para el gobierno pastoral de la arquidiócesis.

El administrador apostólico goza de derechos y obligaciones semejantes a las del obispo residencial, con algunas excepciones que determina el Código de Derecho Canónico.

Con este nombramientos, de las 27 jurisdicciones eclesiásticas, nueve de ellas se encuentran en situación de sede vacante y a cargo de administradores apostólicos: San Felipe, Valparaíso, Santiago, Rancagua, Talca, Chillán, Valdivia, Osorno y Puerto Montt.

Fuente: Nunciatura Apostólica – Comunicaciones CECh

 

 

23 MARZO 2019

Saludo de Monseñor Celestino Aós O.F.M. CAP.

Hermanas y hermanos de esta Arquidiócesis de Santiago: Paz y Bien. Cuando san Francisco de Asís mandaba a algún fraile, le decía:

Hermano, pon tu confianza en el Señor que Él te sostendrá».

He tenido que repetirme y tendré que seguir repitiéndome este consejo, ante la sorpresa de mi llamado para esta misión. Pero no es la hora de las palabras y de las condenas; es la hora de la colaboración, de poner cada uno lo que somos y podemos, aunque sea poco y pequeño, como en mi caso.

Quiero y debo conocer a esta Iglesia en Santiago, extensa y numerosa, con sus luces y sombras, con sus logros y carencias, con sus heridas y pecados ¡Y con sus cualidades y virtudes! Quiero mirar hacia donde el Espíritu Santo nos impulsa, ya que cerrar los ojos al prójimo nos convierte también ciegos ante Dios. El Papa Francisco, en su visita a Chile, y en la carta que después nos dirigió, nos anima a todos a ponernos en estado de oración, a buscar caminos de verdad y vida; a mirar hacia adelante, enmarcando las cosas donde tienen que estar “en su preciso y precioso lugar”: Jesucristo en el centro y todos nosotros miembros de su Iglesia. Trataré de seguir en mi lema de “amar y servir”.

La vida es exigente en el desierto de Atacama; de allá vengo, con ribetes de minerales y fascinación de luces y colores en cerros y valles; testigo de la fe recia y que se expresa coloridamente en bailes religiosos y piedad popular. Diré que me tuvieron paciencia y me estaban enseñando a vivir en atacameño; ahora espero que ustedes me tengan paciencia y me enseñen a vivir en santiaguino. Al comenzar este servicio les pido que recen por mí. Sé la verdad que encierran las palabras que nos escribió el Papa: “La renovación de la jerarquía eclesial, por sí misma, no genera la transformación a la que el Espíritu Santo nos impulsa. Se nos exige promover conjuntamente una trasformación eclesial que nos involucra a todos”. No podemos ser espectadores, debemos participar activamente “en involucrarse en una Iglesia con aire sinodal que sabe poner a Jesucristo en el centro”. Él salva. Precisamente para los jóvenes, en dos días más, tendremos el documento del Papa: Vive Jesucristo, esperanza nuestra.

Quiero saludar y ¡cómo me gustaría dar una abrazo a cada persona! a las hermanas y hermanos que sufren: enfermos y accidentados, ancianos y marginados, cesantes e inmigrantes, privados de libertad y, muy especialmente, a las víctimas de la violencia y a las víctimas heridas por los abusos de parte de los clérigos de la Iglesia. En la Cuaresma aprendemos cómo la cruz puede cambiar de sentido y pasar de instrumento de muerte a convertirse en árbol de vida y resurrección.

Hermanas y hermanos: no esperemos un mundo ideal, una comunidad ideal, un discípulo ideal o un obispo ideal para comenzar, desde ya, a vivir cristianamente y a evangelizar. Ayudémonos unos a otros y, bajo el amparo de la Virgen María, procuremos nosotros hacer el bien siempre y a todos.

 

+ Monseñor Celestino Aós O.F.M. Cap.
Administrador Apostólico
Arzobispado de Santiago

 

Cuaresma: En un mundo de “disipación”, el P. Cantalamessa invita a encontrar “la interioridad”

Segunda meditación de Cuaresma

(ZENIT 22 marzo 2019).- “La disipación es el nombre de la enfermedad mortal que nos amenaza a todos”, advirtió el predicador de la Casa Pontificia, p. Raniero Cantalamessa, en su segunda meditación de Cuaresma, el 22 de marzo de 2019. Por el contrario, enfatizó las virtudes de la “interioridad”, que “conduce a una vida auténtica”.

Todos los viernes por la mañana durante la temporada de Cuaresma, el capuchino realiza una meditación sobre el tema “Entra en ti”. Desde la capilla Redemptoris Mater del Vaticano, en presencia del Papa Francisco, invitó a las personas a reflexionar sobre “el lugar donde cada uno de nosotros entra en contacto con el Dios vivo”: “En un sentido universal y sacramental, este” lugar “, Es la Iglesia, pero en un sentido personal y existencial, es nuestro corazón. ”

P. Cantalamessa invitó a redescubrir la interioridad, “un valor en crisis” hoy en un mundo liderado por “la ola de externalidad”. Se trata de encontrar “la” célula interior “que cada uno lleva consigo y en la que siempre es posible retirarse en el pensamiento, renovar un contacto vivo con la Verdad que vive en nosotros”.

AK

«¡Entra en ti mismo!»

Segunda predicación, Cuaresma 2019

San Agustín lanzó un llamamiento que a distancia de tantos siglos conserva intacta su actualidad: «In te ipsum redi. In interiore homine habitat veritas»:«Entra en ti mismo. En el hombre interior habita la verdad»[1] . En un discurso al pueblo, con insistencia aún mayor, exhorta:

«¡Entrad de nuevo en vuestro corazón! ¿Dónde queréis ir lejos de vosotros? Yendo lejos os perderéis. ¿Por qué os encamináis por carreteras desiertas? Entrad de nuevo desde vuestro vagabundeo que os ha sacado del camino; volved al Señor. Él está listo. Primero entra en tu corazón, tú que te has hecho extraño a ti mismo, a fuerza de vagabundear fuera: no te conoces a ti mismo, y ¡busca a aquel que te ha creado! Vuelve, vuelve al corazón, sepárate del cuerpo… Entra de nuevo en el corazón: examina allí lo que quizá percibiste de Dios, porque allí se encuentra la imagen de Dios; en la interioridad del hombre habita Cristo, en tu interioridad eres renovado según la imagen de Dios»[2].

Continuando el comentario iniciado en Adviento sobre el versículo del Salmo «Mi alma tiene sed del Dios vivo», reflexionemos sobre el «lugar» en que cada uno de nosotros entra en contacto con el Dios vivo. En sentido universal y sacramental este «lugar» es la Iglesia, pero en sentido personal y existencial es nuestro corazón, lo que la Escritura llama «el hombre interior», «el hombre escondido en el corazón»[3]. A esta elección nos impulsa también el tiempo litúrgico en que nos encontramos. Jesús en estos cuarenta días está en el desierto, y es allí donde lo debemos alcanzar. No todos pueden ir a un desierto exterior; pero todos podemos refugiarnos en el desierto interior que es nuestro corazón. «En la interioridad del hombre habita Cristo», nos ha dicho Agustín.

Si queremos una imagen plástica, o un símbolo que nos ayude a aplicar esta conversión hacia el interior, nos la ofrece el Evangelio con el episodio de Zaqueo.

Zaqueo es el hombre que quiere conocer a Jesús y, para hacerlo, sale de casa, va entre la multitud, sube a un árbol… Lo busca fuera. Pero hete aquí que Jesús al pasar lo ve y le dice: «Zaqueo, baja enseguida porque hoy tengo que quedarme a tu casa» (Lc 19,5). Jesús lleva a Zaqueo a su casa y allí, en secreto, sin testigos, ocurre el milagro: conoce verdaderamente quién es Jesús y encuentra la salvación.

Nos parecemos a menudo a Zaqueo. Buscamos a Jesús y lo buscamos fuera, por las calles, entre la multitud. Y es el mismo Jesús quien nos invita a entrar en nuestra casa en nuestro propio corazón, donde él desea encontrarse con nosotros.

Interioridad, un valor en crisis

La interioridad es un valor en crisis. La «vida interior» que en un tiempo era casi sinónimo de vida espiritual, ahora, en cambio, tiende a ser mirada con sospecha. Hay diccionarios de espiritualidad que omiten totalmente las voces «interioridad» y «recogimiento» y otros que las llevan, pero no sin expresar algunas reservas. Por ejemplo, se destaca que, después de todo, no hay ningún término bíblico que corresponda exactamente a estas palabras; que podría haber habido, en este punto, un influjo determinante de la filosofía platónica; que podría favorecer el subjetivismo y así sucesivamente.

Un síntoma revelador de este descenso del gusto y estima de la interioridad es la suerte que ha tocado a la Imitación de Cristo que es una especie de manual de introducción a la vida interior. De libro más amado entre los cristianos, después de la Biblia, ha pasado, en pocas décadas, a ser un libro olvidado.

Algunas causas de esta crisis son antiguas e inherentes a nuestra propia naturaleza. Nuestra «composición», es decir, el estar constituidos de carne y espíritu, hace que seamos como un plano inclinado; inclinado, sin embargo, hacia lo exterior, lo visible y lo múltiple. Como el universo, tras la explosión inicial (el famoso Big Bang), también nosotros estamos en fase de expansión y de alejamiento del centro. «No se sacia el ojo de mirar, ni el oído se sacia nunca de oír», dice la Escritura (Qo 1,8). Estamos perennemente en «salida», a través de esas cinco puertas o ventanas que son nuestros sentidos.

Otras causas son, en cambio, más específicas y actuales. Una es la emergencia de lo «social» que es ciertamente un valor positivo de nuestros tiempos, pero que, si no se reequilibra, puede acentuar la proyección hacia lo exterior y la despersonalización del hombre. En la cultura secularizada y laica de nuestros tiempos el papel que desempeñaba la interioridad cristiana fue asumido por la psicología y el psicoanálisis, las cuales se detienen, sin embargo, en el inconsciente del hombre y en su subjetividad, prescindiendo por su íntimo vínculo con Dios.

En el campo eclesial, la afirmación, con el Concilio, de la idea de una «Iglesia para el mundo» ha hecho que al ideal antiguo de la fuga del mundo, se haya sustituido a veces el ideal de la fuga hacia el mundo. El abandono de la interioridad y la proyección hacia lo externo es un aspecto —y entre los más peligrosos— del fenómeno del secularismo.

Hubo incluso un intento de justificar teológicamente esta nueva orientación que ha tomado el nombre de teología de la muerte de Dios, o de la ciudad secular. Dios —se dice— nos ha dado él mismo el ejemplo. Al encarnarse, él se ha vaciado, ha salido de sí mismo, de la interioridad trinitaria, se ha «mundanizado», es decir, dispersado en lo profano. Se ha convertido en un Dios «fuera de sí».

La interioridad en la Biblia

Como siempre, a la crisis de un valor tradicional, se debe responder en el cristianismo haciendo una recapitulación, es decir, retomando las cosas en su principio para llevarlas a un nuevo cumplimiento. En otras palabras, se trata de partir de nuevo desde la palabra de Dios y, a su luz, encontrar, en la misma Tradición, el elemento vital y perenne, liberándolo de los elementos caducos de los que se ha revestido a lo largo de los siglos. Es lo que el concilio Vaticano II siguió como método en todos sus trabajos. Igual que en la naturaleza, en primavera, se poda el árbol de las ramas de la temporada anterior para hacer posible que el tronco florezca de nuevo, así hay que hacer también en la vida de la Iglesia.

Ya los profetas de Israel lucharon para trasladar el interés del pueblo desde las prácticas exteriores de culto y del ritualismo, a la interioridad de la relación con Dios. «Este pueblo —leemos en Isaías— se acerca a mí solo con palabras y me honra con los labios, mientras que su corazón está lejos de mí y el culto que me rinde es un aprendizaje de costumbres humanas» (Is 29,13). El motivo es que «el hombre mira las apariencias, pero Dios escudriña el corazón» (1 Sam 16,7). «Rasgaos el corazón, no las vestiduras, —se lee en otro profeta» (Jl 2,13).

Es el tipo de reforma religiosa que Jesús retomó y llevó a cabo. Uno que analice la actuación de Jesús y sus palabras, fuera de preocupaciones dogmáticas, desde un punto de vista de la historia de las religiones, nota sobre todo una cosa: que él quiso renovar la religiosidad judía, terminada a menudo en lo seco del ritualismo y del legalismo, poniendo en el

centro de ella una relación con Dios intima y vivida. Él no se cansa de apelar a ese ámbito «secreto», el «corazón», donde se opera el verdadero contacto con Dios y con su voluntad viva y del que depende el valor de toda acción (cf. Mt 15,10ss). El llamamiento a la interioridad encuentra su motivación bíblica más profunda y objetiva en la doctrina de la inhabitación de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en el alma del bautizado[1].

Con el paso del tiempo, en la visión bíblica de la interioridad cristiana algo se había ofuscado, contribuyendo a la crisis de la que he hablado anteriormente. En ciertas corrientes espirituales, como en algunos de los místicos renanos, se había ofuscado el carácter objetivo de esta interioridad. Insisten en volver al «fondo del alma» mediante lo que ellos llaman «introversión». Pero no siempre resulta claro si este «fondo del alma» pertenece a la realidad de Dios o a la del yo, o, peor aún, si es ambas cosas juntas, fusionadas de manera panteísta.

En los últimos siglos el aspecto del método había acabado por prevalecer sobre el contenido de la interioridad cristiana, reduciéndola a veces a una especie de técnica de concentración y de meditación, más que en el encuentro con Cristo vivo en el corazón, aunque no han faltado en ninguna época espléndidas realizaciones de la interioridad cristiana. Santa Isabel de la Trinidad está en la línea de la más pura interioridad objetiva, cuando escribe: «Yo he encontrado el paraíso en la tierra, porque el paraíso es Dios y Dios está en mi corazón».

Regreso a la interioridad

Pero volvamos al presente. ¿Por qué es urgente volver a hablar de interioridad y redescubrir el gusto sobre ella? Vivimos en una civilización toda proyectada hacia lo exterior. Ocurre en el ámbito espiritual lo que se observa en el ámbito físico. El hombre envía sus sondas hasta la periferia del sistema solar, fotografía lo que hay en planetas lejanos; ignora, en cambio, lo que se agita a pocos miles de metros bajo la corteza terrestre y no consigue, por eso, prever terremotos y erupciones volcánicas. También nosotros sabemos, ahora en tiempo real, lo que sucede en el otro extremo del mundo, pero ignoramos lo que se agita en el fondo de nuestro corazón. Vivimos como en una centrifugadora en acción a toda velocidad.

Evadirse, es decir, salir fuera, es una especie de palabra de orden. Incluso hay una literatura de evasión, espectáculos de evasión. La evasión está, por así decirlo, institucionalizada. El silencio da miedo. No se logra vivir, trabajar, estudiar sin alguna

voz o música alrededor. Hay una especie de horror vacui, de miedo del vacío, que impulsa a aturdirse.

Tuve ocasión de entrar una vez en una discoteca, invitado a hablar a los jóvenes allí reunidos. Me bastó para hacerme una idea de lo que reina allí: la orgía del barullo, el ruido ensordecedor como droga. Se han hecho investigaciones entre los jóvenes a la salida de la discoteca y a la pregunta: «¿Por qué os reunís en este lugar?»; algunos han respondido: «¡Para no pensar!». Pero es fácil imaginar a qué manipulaciones se exponen los jóvenes que han renunciado ya a pensar.

«Imponedles un trabajo pesado y que lo cumplan y no hagan caso de palabras engañosas» [de Moisés], fue la orden del faraón de Egipto a sus ministros para con los Israelitas (cf. Éx 5,9). La orden tácita, pero no menos perentoria, de los faraones modernos es: «¡Imponed el ruido sobre estos jóvenes, que se aturdan con él, de modo que no piensen, no hagan elecciones libres, sino que sigan la moda que nos conviene, compren lo que decimos nosotros, piensen como nosotros queremos!» Para un sector muy influyente de nuestra sociedad, el del espectáculo y la publicidad, los individuos cuentan solo en cuanto que son «espectadores», números que hacen subir las «audiencias» de los programas.

Hay que oponerse con un rotundo «¡no!» a este vaciamiento. Los jóvenes son también los más generosos y dispuestos a rebelarse contra las esclavitudes y, de hecho, hay multitud de jóvenes que reaccionan a este asalto y, en lugar de huir, buscan lugares y tiempos de silencio y contemplación para reencontrarse de vez en cuando consigo mismos y, en sí mismos, con Dios. Son muchos, aunque nadie habla de ello. Algunos han fundado casas de oración y adoración eucarística perpetua y a través de la Red dan la posibilidad a muchos para que se unan a ellos.

La interioridad es la vía para una vida auténtica. Se habla mucho hoy de autenticidad y se hace de ello el criterio de éxito o fracaso de la vida. El filósofo quizá más conocido del siglo pasado, Martin Heidegger, puso este concepto en el centro de su sistema. Para el cristiano la autenticidad verdadera no se alcanza más que viviendo «coram Deo», en la presencia de Dios.

«Un vaquero —escribe Kierkegaard— el cual, si esto fuera posible, es un yo delante de sus vacas, es un yo muy inferior; un soberano que fuese un yo frente a sus esclavos, lo mismo. En el fondo ninguno de los dos es un yo, en ambos casos falta la medida… Pero, ¡qué acento infinito adquiere el yo cuando adquiere conciencia de existir ante Dios,

convirtiéndose en un yo humano cuya medida es Dios! […] Se habla muchos de vidas desperdiciadas. Pero desperdiciada es sólo la vida de aquel hombre que nunca se dio cuenta, porque no tuvo nunca, en el sentido más profundo, la impresión de que existe un Dios y que él, precisamente él, su yo, está ante este Dios»[1].

El Evangelio nos narra la historia de uno de estos «vaqueros». Había huido de la casa paterna y había gastado sus bienes y su juventud, viviendo disolutamente. Pero un día «entró en sí mismo». Pasó revista a su vida, preparó las palabras que tenía que decir y se puso en camino hacia la casa paterna (cf. Lc 15,17). Su conversión se realizó en este momento, antes de moverse, mientras estaba solo en medio de una piara de puercos. Se realizó en el momento en que «entró dentro de sí». A continuación no hizo más que ejecutar lo que había deliberado. La conversión externa fue precedida por la interior y recibió de esta su valor. ¡Cuánta fecundidad en aquel «entrar en sí mismo!».

No son solo los jóvenes los que son arrollados por la oleada de exterioridad. También lo son las personas más comprometidas y activas en la Iglesia. ¡También los religiosos! Disipación es el nombre de la enfermedad mortal que nos acecha a todos. Se termina por ser como un vestido del revés, con el alma expuesta a los cuatro vientos. En un discurso dirigido a los superiores de una orden religiosa contemplativa, san Pablo VI dijo:

«Hoy estamos en un mundo que parece enfrascado en una fiebre que se infiltra incluso en el santuario y la soledad. Ruido y estruendo han invadido casi todo. Las personas no logran ya recogerse. Víctimas de mil distracciones, disipan habitualmente sus energías detrás de las diversas formas de la cultura moderna. Periódicos, revistas, libros invaden la intimidad de nuestras casas y de nuestros corazones. Es más difícil que antes encontrar la oportunidad para ese recogimiento en el cual el alma logra estar plenamente ocupada en Dios».

Santa Teresa de Jesús escribió una obra titulada El castillo interior que es ciertamente uno de los frutos más maduros de la doctrina cristiana de la interioridad. Pero existe, por desgracia, también un «castillo exterior» y hoy constatamos que es posible estar encerrados también en este castillo. Encerrados fuera de casa, incapaces de entrar de nuevo en ella. ¡Presos de la exterioridad! San Agustín describe así su vida antes de la conversión:

«Tú estabas dentro de mí y yo estaba fuera y te buscaba aquí abajo, lanzándome deforme, sobre estas formas de belleza que son tus criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti esas criaturas que no existirían tampoco si no fuera por ti que las haces existir»[1].

¡Cuántos de nosotros deberían repetir esta amarga confesión: «Tú estabas dentro de mí, pero yo estaba fuera!» Hay algunos que sueñan con la soledad, pero la sueñan solamente. La aman, siempre que se mantenga en el sueño y no se traduzca nunca en la realidad. En realidad, rehúyen de ella, tienen miedo de ella. La desaparición del silencio es un síntoma grave. Han sido eliminados casi en todas partes esos carteles típicos que en cada pasillo de las casas religiosas reclamaban en latín: Silentium! Yo creo que en muchos ambientes religiosos se impone una elección: ¡O silencio o muerte! O se reencuentra un clima y tiempos de silencio y de interioridad o es el vaciamiento espiritual progresivo y total. Jesús define el infierno como «las tinieblas exteriores» (cf. Mt 8,12) y esta designación es altamente significativa.

No hay que dejarse engañar por la objeción habitual: pero a Dios se le encuentra fuera, en los hermanos, en los pobres, en la lucha por la justicia; se le encuentra en la Eucaristía, en la Palabra de Dios… Todo cierto. Pero, ¿dónde «encuentras» realmente al hermano y al pobre, si no en tu corazón? Si los encuentras sólo fuera, no es un yo, una persona a la que encuentras, sino una cosa; te chocas más que encontrarlo. ¿Dónde encuentras al Jesús de la Eucaristía si no en la fe, es decir, dentro de ti? Un verdadero encuentro entre personas no puede tener lugar más que entre dos conciencias, dos libertades, es decir, entre dos interioridades.

Es erróneo, por lo demás, pensar que la insistencia en la interioridad pueda perjudicar al compromiso activo por el reino y la justicia; pensar, en otras palabras, que afirmar la primacía de la intención pueda perjudicar a la acción. La interioridad no se opone a la acción, sino a un cierto modo de realizar la acción. Lejos de disminuir la importancia del actuar para Dios, la interioridad la fundamenta y la preserva.

El eremita y su eremitorio

Si queremos imitar lo que Dios ha hecho al encarnarse, imitémosle verdaderamente hasta el fondo. Es cierto que él se vació, salió de sí mismo, de la interioridad trinitaria, para venir al mundo. Sin embargo, sabemos cómo ha sucedido esto: «Lo que era permaneció, lo que no era lo asumió», dice un antiguo aforismo a propósito de la Encarnación. Sin abandonar el seno del Padre, el Verbo vino en medio de nosotros. También nosotros vamos hacia el mundo, pero sin salir nunca del todo de nosotros mismos. «El hombre interior —dice la Imitación de Cristo— se recoge espontáneamente porque no se dispersa nunca del todo en las cosas exteriores. A él no le perjudica la actividad exterior y las ocupaciones a su tiempo necesarias, pero sabe adaptarse a las circunstancias»[1].

Pero tratemos de ver también cómo hacerlo, concretamente, para recuperar y conservar la costumbre de la interioridad. Moisés era un hombre muy activo. Pero se lee que se hizo construir una tienda portátil y en cada etapa del éxodo fijaba la tienda fuera del campamento y regularmente entraba en ella para consultar al Señor. Allí, el Señor hablaba con Moisés «cara a cara, como habla un hombre con otro» (Éx 33,11).

Esto no siempre se puede hacer. No siempre se puede uno retirar a una capilla o a un lugar solitario para recuperar el contacto con Dios. San Francisco de Asís sugiere otra astucia más al alcance de la mano. Al enviar a sus frailes por las calles del mundo, decía: Nosotros tenemos siempre un eremitorio con nosotros dondequiera que vayamos y cada vez que lo queramos podemos, como eremitas, entrar en esta ermita. «Hermano cuerpo es la ermita y el alma el eremita que habita dentro de él para orar a Dios y meditar»[2]. Es la misma recomendación que santa Catalina de Siena expresaba con la imagen de la «celda interior», que cada uno lleva consigo y a la que siempre es posible retirarse con el pensamiento, para reanudar un contacto vivo con la Verdad que habita en nosotros. Es a esta celda interior, no delimitada por paredes, dice S. Ambrosio, que Jesús nos invita diciendo: «Tú,  cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto». (Mt 6,6) [3]

Hemos escuchado al inicio el apremiante llamamiento de san Agustín a reentrar en el corazón; terminamos escuchando otro llamamiento igualmente apremiante en la misma dirección, lo que san Anselmo de Aosta dirige al lector al comienzo de su Proslogion:

¡Venga, pues, desgracia humana, huye un momento de tus ocupaciones, apártate por un instante de tus tumultuosos pensamientos! Deshazte de las preocupaciones que te agobian y pospón tus laboriosos quehaceres. Entrégate un poco a Dios y descansa un instante en Él. ¡«Entra en el aposento» de tu espíritu, ahuyenta todo excepto a Dios y lo que te ayude a hallarle y, «una vez cerrada la puerta», búscale! ¡Ahora di «corazón mío», di todo entero ahora a Dios: «Busco tu rostro, Señor; tu rostro es lo que busco»! (Sal 27,8).

Con estos deseos y propósitos iniciamos nuestra jornada de trabajo al servicio de la Iglesia.

[1] S. Agustín, De vera rel. 39, 72: PL 34,154.

[2] S. Agustín, In Ioh. Ev., 18, 10: CCL 36, 186.

[3] Cf. Rom 7,22; 2 Cor 4,16; 1 Pe 3,4.

[4] Cf. Jn 14,17.23; Rom 5,5; Gál 4,6.

[5] S. Kierkagaard, La malattia mortale, II, en Opere [Ed. C. Fabro] (Florencia 1972) 662-663 [trad. esp. Enfermedad mortal (Alba Libros, Madrid 2005)].

[6] S. Agustín, Confesiones, X, 27.

[7] Imitación de Cristo, II, 1.

[8] Leyenda Perugina, 80: Fuentes Franciscanas, n. 1636.

[9] S. Ambrosio, De Cain et Abel, I, 9, 38 (CSEL 32,1, p. 372).

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

 

 

Fuente  :  https://es.zenit.org/articles/cuaresma-en-un-mundo-de-disipacion-el-p-cantalamessa-invita-a-encontrar-la-interioridad/

 

EDD. sábado 23 de marzo de 2019.

Primera lectura

Lectura de la profecía de Miqueas (7,14-15.18-20):

PASTOREA a tu pueblo, Señor, con tu cayado,
al rebaño de tu heredad,
que anda solo en la espesura,
en medio del bosque;
que se apaciente como antes
en Basán y Galaad.
Como cuando saliste de Egipto,
les haré ver prodigios.
¿Qué Dios hay como tú,
capaz de perdonar el pecado,
de pasar por alto la falta
del resto de tu heredad?
No conserva para siempre su cólera,
pues le gusta la misericordia.
Volverá a compadecerse de nosotros,
destrozará nuestras culpas,
arrojará nuestros pecados
a lo hondo del mar.
Concederás a Jacob tu fidelidad
y a Abrahán tu bondad,
como antaño prometiste a nuestros padres.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 102,1-2.3-4.9-10.11-12

R/. El Señor es compasivo y misericordioso

V/. Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R/.

V/. Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura. R/.

V/. No está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas. R/.

V/. Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que lo temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (15,1-3.11-32):

EN aquel tiempo, se acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo esta parábola:
«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían ¡os cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.
Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo:
“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado e! ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.
Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.
El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

Palabra del Señor.

 

REFLEXIÓN  :

 

José María Vegas, cmf

Cuando estaba todavía lejos

Esta parábola contiene toda la verdad de la vida humana, de sus relaciones con los demás y con Dios, de su inclinación al pecado, pero también de su capacidad de escuchar dentro de sí, de reconocer errores y de reconciliarse consigo mismo, con los demás y con Dios, recuperando así la propia dignidad. Todos podemos leernos en ella.

Todos tenemos la inclinación a disponer de manera egoísta y sin agradecimiento de la parte de la herencia que nos toca: nuestra libertad, nuestros talentos, nuestras posibilidades reales. Tenemos derecho a ello, es verdad, pero no debemos olvidar que la herencia es don, y que no podemos ni debemos desgajarla de sus raíces, sino usarla con responsabilidad. El hijo menor, como tantas veces nosotros, no lo hizo así: tomó lo suyo y cortó con la fuente de esos bienes, para disponer de ellos a su antojo. Rompiendo con sus raíces, usándolos de manera arbitraria, egoísta, irresponsable esos bienes reales no dan frutos, se agotan en sí mismos, son incapaces de darnos la verdadera felicidad que brota de una vida vivida con sentido. Entregados a nuestros deseos nos exiliamos de nuestra verdad más íntima, abdicamos de nuestra propia dignidad. Así puede entenderse la situación del hijo menor, convertido en pastor de cerdos, servidor de las dimensiones inferiores e impuras, y además hambriento. Pero incluso en la situación de mayor postración, el ser humano es capaz de escuchar las voces que en su interior le llaman a su verdad. En el caso de la parábola es la voz que le recuerda que es hijo, que tiene una casa, que sólo allí puede saciarse de esas hambres que no son sólo de pan. “Entrar dentro de sí” es un movimiento que todos podemos y debemos hacer, para tratar de escuchar esas voces que nos llaman a volver a casa. El camino de vuelta es el de una profunda transformación interior, en la que el que quería vivir sólo para sí descubre que la vida adquiere sentido sólo si se está dispuesto a servir, y que en ese servicio es dónde el ser humano vuelve a vestirse con los trajes que reconocen su dignidad de hijo. La verdadera oración (“entrar dentro de sí”) lleva a la servicio, y éste a la fiesta: el reencuentro alegre con el Padre y con los hermanos. Es verdad que a veces los hermanos no quieren reconciliarse. El hijo mayor, que representa a los fariseos, y, en general a todos lo que se consideran justos y condenan sin misericordia a los pecadores “oficiales” (olvidando de paso su propio pecado), se niega a participar en la fiesta, porque no considera posible el arrepentimiento de su hermano, ni justo el perdón generoso del Padre. Deberíamos meditar en esto. No sólo somos como el hermano menor, que se aleja (pero vuelve), sino que con frecuencia nos parecemos al mayor, que no se acerca: si nos negamos a perdonar y a reconciliarnos, nos quedamos fuera de la fiesta, aunque vayamos todos los días a Misa.

El centro de la parábola es el padre, que vio al hijo menor “cuando estaba todavía lejos”. Dios no nos espera sentado: sale al encuentro (un Dios “en salida”), se anticipa, nos busca, como Buen pastor. Sale en busca del hijo menor, cuando estaba aún lejos, y del mayor, que estando en casa se aleja en su corazón por su falta de misericordia.

Dios nos llama (suya es esa voz que suena dentro de nosotros), nos llama a la conversión, sale a buscarnos (en Jesucristo, que ha ido hasta el extremo exilio de la muerte), nos reconcilia, nos perdona, nos devuelve nuestra dignidad. Pero también nos llama a reproducir en nosotros esa misma actitud de misericordia que renuncia a condenar a aquellos que, estando alejados, están tal vez sintiendo ya el hambre de la vuelta a casa, o entrando ya dentro de sí, o de camino, o si nada de eso es así ?¿quién puede juzgarlo??, es sin embargo seguro que ese al que juzgo es alguien a quien el Padre espera con los brazos abiertos, para ponerle un anillo y un vestido nuevo y organizar una fiesta, tan pronto como vuelva a casa.

Fuente  :  https://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/hoy

Comentario al Evangelio de hoy viernes 22 de marzo de 2019.

Del santo Evangelio según san Mateo 21, 33-43.45-46

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo esta parábola: “Había una vez un propietario que plantó un viñedo, lo rodeó con una cerca, cavó un lagar en él, construyó una torre para el vigilante y luego la alquiló a unos viñadores y se fue de viaje.

Llegando el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para pedir su parte de los frutos a los viñadores; pero éstos se apoderaron de los criados, golpearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo a otros criados, en mayor número que los primeros, y los trataron del mismo modo.

Por último, les mandó a su propio hijo, pensando: ‘A mi hijo lo respetarán’. Pero cuando los viñadores lo vieron, se dijeron unos a otros: ‘Éste es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia’. Le echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron.

Ahora díganme: Cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores? Ellos le respondieron: Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo”.

Entonces Jesús les dijo: ¿No han leído nunca en la Escritura: La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra del Señor y es un prodigio admirable?

Por esta razón les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos.

Al oír estas palabras, los sumos sacerdotes y los fariseos comprendieron que Jesús las decía por ellos y quisieron aprehenderlo, pero tuvieron miedo a la multitud, pues era tenido por un profeta.

Palabra del Señor


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

El Evangelio que hoy meditamos nos inserta en la mente de Jesús que ya sabía cómo iba a ser el culmen de su misión. También se nos presenta lo que siente Dios Padre al ver que a pesar de habernos enviado a tantas personas para que escuchemos su voz y aun enviándonos a su propio hijo, nos hacemos de oídos sordos prefiriendo nuestra comodidad, como los arrendatarios de la viña.

Esto sucede cuando desechamos consciente o inconscientemente a Jesús de nuestra vida porque nos estorba; nos da pena manifestar nuestra fe o decir que somos católicos; permanecemos indiferentes ante las necesidades físicas y espirituales de nuestros más cercanos. Ahí también descartamos a Jesús. El Salmo 117 nos dice proféticamente «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora piedra angular».

Los fariseos y maestros de la ley desecharon a Jesús porque estaban demasiado cómodos con sus vidas, con sus ritos y sus costumbres, pero no conocían a Dios. Él se hizo carne y habitó entre ellos y no lo conocieron tampoco, les habló cara a cara y no lo siguieron ¿Y nosotros? Hemos tenido la misma oportunidad y, ¿estamos cómodos o queremos unirnos a la cruz? Si hoy escuchamos la voz de Dios, no nos hagamos de oídos sordos. En esta Cuaresma redescubramos nuestra cruz, redescubramos el amor más profundo que sólo se experimenta cuando tenemos a Dios en el corazón y le aceptamos en nuestra vida como roca firme y piedra angular. Despojemos de nosotros toda actitud de autosuficiencia y fariseísmo porque en lo profundo hay un vacío infinito que sólo podemos llenar con alguien infinito, Dios. Él llega a nuestra vida en el silencio y ahí es donde quiere hablarnos al corazón.

«Hermanos y hermanas, ¡Dios no se venga! Dios ama, no se venga, nos espera para perdonarnos, para abrazarnos. A través de las «piedras de descarte» —y Cristo es la primera piedra que los constructores han descartado— a través de las situaciones de debilidad y de pecado, Dios continúa poniendo en circulación el “vino nuevo” de su viña, es decir, la misericordia: este es el vino nuevo de la viña del Señor: la misericordia. Hay solo un impedimento frente a la voluntad tenaz y tierna de Dios: nuestra arrogancia y nuestra presunción, ¡que se convierte en ocasiones en violencia! Frente a estas actitudes y donde no se producen frutos, la palabra de Dios conserva todo su poder de reproche y advertencia: “se os quitará el reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos”. La urgencia de responder con frutos de bien a la llamada del Señor, que nos llama a convertirnos en su viña, nos ayuda a entender qué hay de nuevo y de original en la fe cristiana. Esta no es tanto la suma de preceptos y de normas morales como, ante todo, una propuesta de amor que Dios, a través de Jesús hizo y continúa haciendo a la humanidad. Es una invitación a entrar en esta historia de amor, convirtiéndose en una viña vivaz y abierta, rica de frutos y de esperanza para todos.»
(Homilía de S.S. Francisco, 8 de octubre de 2017).

 

Fuente : http://es.catholic.net/op/articulos/72526/un-vacio-que-solo-podemos-llenar-con-alguien-infinito.html#modal

EDD. viernes 22 de marzo de 2019

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (37,3-4.12-13a.17b-28):

ISRAEL amaba a José más que a todos los otros hijos, porque le había nacido en la vejez, y le hizo una túnica con mangas. Al ver sus hermanos que su padre lo prefería a los demás, empezaron a odiarlo y le negaban el saludo.
Sus hermanos trashumaron a Siquén con los rebaños de su padre. Israel dijo a José:
«Tus hermanos deben de estar con los rebaños en Siquén; ven, que te voy a mandar donde están ellos».
José fue tras sus hermanos y los encontró en Dotán. Ellos lo vieron desde lejos y, antes de que se acercara, maquinaron su muerte. Se decían unos a otros:
«Ahí viene el soñador. Vamos a matarlo y a echarlo en un aljibe; luego diremos que una fiera lo ha devorado; veremos en qué paran sus sueños».
Oyó esto Rubén, e intentando salvarlo de sus manos, dijo:
«No le quitemos la vida».
Y añadió:
«No derraméis sangre; echadlo en este aljibe, aquí en la estepa; pero no pongáis las manos en él».
Lo decía para librarlo de sus manos y devolverlo a su padre.
Cuando llegó José al lugar donde estaban sus hermanos, lo sujetaron, le quitaron la túnica, la túnica con mangas que llevaba puesta, lo cogieron y lo echaron en un pozo. El pozo estaba vacío, sin agua.
Luego se sentaron a comer y, al levantar la vista, vieron una caravana de ismaelitas que transportaban en camellos goma, bálsamo y resina de Galaad a Egipto. Judá propuso a sus hermanos:
«¿Qué sacaremos con matar a nuestro hermano y con tapar su sangre? Vamos a venderlo a los ismaelitas y no pongamos nuestras manos en él, que al fin es hermano nuestro y carne nuestra».
Los hermanos aceptaron.
Al pasar unos mercaderes madianitas, tiraron de su hermano; y, sacando a José del pozo, lo vendieron a unos ismaelitas por veinte monedas de plata. Estos se llevaron a José a Egipto.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 104,16-17.18-19.20-21

R/. Recordad las maravillas que hizo el Señor

V/. Llamó al hambre sobre aquella tierra:
cortando el sustento de pan;
por delante había enviado a un hombre,
a José, vendido como esclavo. R/.

V/. Le trabaron los pies con grillos,
le metieron el cuello en la argolla,
hasta que se cumplió su predicción,
y la palabra del Señor lo acreditó. R/.

V/. El rey lo mandó desatar,
el señor de pueblos le abrió la prisión,
lo nombró administrador de su casa,
señor de todas sus posesiones. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (21,33-43.45-46):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«Escuchad otra parábola:
“Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cayó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos.
Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon.
Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: ‘Tendrán respeto a mi hijo’.
Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: ‘Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia’.
Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron.
Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?”».
Le contestan:
«Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo».
Y Jesús les dice:
«¿No habéis leído nunca en la Escritura:
“La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente”?
Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».
Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos.
Y, aunque intentaban echarle mano, temieron a la gente, que lo tenía por profeta.

Palabra del Señor

REFLEXIÓN  :
José María Vegas, cmf

La viña del Señor y sus frutos

La parábola de la viña expresa el amor, la fidelidad y el cuidado de Dios hacia el pueblo elegido, y la contumaz infidelidad de este último. Dios es el que ha creado a este pueblo, lo ha liberado, le ha propuesto una alianza de amor; pese a las infidelidades no ha dejado de enviarle emisarios, los profetas, que han hablado en nombre de Dios y han exhortado a renovar la alianza. Aunque con excepciones, el pueblo y sus dirigentes, han desoído una y otra vez esas llamadas, se han revuelto contra los enviados, los han despreciado, perseguido, matado. Cuando Jesús llega al cénit de su narración: “Por último les mandó a su hijo”, ya no habla del pasado: él es el hijo enviado por Dios como último recurso y como extrema expresión de su amor hacia su viña. Y la reacción de los labradores es una profecía de la de los sacerdotes y ancianos contra él.

Con su denuncia, Jesús les dirige una última llamada a ser fieles y a cumplir con su misión. Porque la elección no es un privilegio, sino un servicio sacerdotal, de mediación entre Dios y la humanidad. Igual que una viña no da frutos para sí, sino que los ofrece a todos, así los que Dios espera de Israel son frutos de santidad, justicia y salvación ofrecidos a todos los hombres sin excepción.

El fracaso de Israel, que rechaza a Jesús como Mesías y lo conduce a la cruz, pone de manifiesto el poder y la providencia de Dios, que no manipula la historia, pero sabe sacar bien del mal, vida de la muerte. Así, la infidelidad de Israel es ocasión para la apertura universal de la revelación bíblica, entregada a otro pueblo que produzca frutos, fundado sobre Jesucristo, la piedra desechada por los arquitectos, y convertida en piedra angular. Ese pueblo es la Iglesia, depositaria de una nueva alianza, que no pasará ya nunca, precisamente porque su fundamento es el mismo Cristo.

Ahora bien, la conciencia de ser el nuevo pueblo de Dios, y de que el vínculo que nos une con él no será revocado jamás, no debe hacernos olvidar que se trata también de una vocación sacerdotal, de mediación y de servicio. Hemos sido llamados a la viña del Señor no para holgar, sino para trabajar en ella, y para producir frutos de buenas obras, de santidad, de paz, de fraternidad y de justicia, y para ofrecer esos frutos a toda la humanidad, invitando sin coacción a quien quiera a unirse en este trabajo, a Cristo como los sarmientos a la vid (cf. Jn 15 1-6). Ser cristiano consiste en asumir una actitud de servicio y apertura.

En esta tarea que Jesús nos confía tenemos que tener una conciencia lúcida de nuestra debilidad, del peligro de ser infieles, como Israel. Sabiendo que la nueva alianza es definitiva, si nosotros no respondemos a la llamada de Dios con fidelidad, ¿dónde quedará la esperanza de la humanidad? ¿Quién salará la sal desvirtuada? (cf. Mt 5, 13). Lo que Jesús les dice hoy a los sumos sacerdotes y a los ancianos, nos lo dice también a nosotros. Nos invita a examinarnos del peligro de pretender hacernos dueños de la viña, de hacer de ella un coto cerrado, de ser incapaces de reconocer a los criados que Dios nos envía, los profetas de nuestro tiempo por medio de los cuales nos habla Dios.

El Evangelio de hoy es una dramática llamada de atención a todos los cristianos a salir de la modorra, a tratar de responder con fidelidad a la llamada de Dios, para poder dar frutos de santidad para la vida del mundo.

Fuente  :  https://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/hoy

Homilía para la Eucaristía del Domingo 24 de marzo de 2019

Paz y Bien para todos ustedes.

TERCER DOMINGO DE CUARESMA.C

Éxodo 3,1-8.10.13-15: encontramos tres elementos en el texto: +la teofanía, +la decisión de salvar a su pueblo, +Revelación de su nombre: Yahveh.

1 Corintios 10,1-6.10-12: la historia del Pueblo de Dios debe servir de enmienda a nosotros los cristianos. Un llamado a la vigilancia.

Lucas 13,1-9: dos partes muy ligadas:

  • Jesús aclara: todos somos pecadores y necesitamos conversión
  • La mini parábola: Dios da tiempo y auxilio para que el pecador dé frutos. Algunos ven: en el dueño de la viña a Dios; en la higuera estéril al pueblo rebelde; en el cuidador de la viña a Jesús que intercede por su pueblo.

1.- ¿Qué nos quiere decir hoy la Palabra de Dios? En primer lugar nos dice que Dios es bueno, bondadoso, rico en misericordia (lo que está ratificado por el salmo responsorial).  Este Dios bueno se manifiesta y toma contacto con Moisés. Es un Dios que siempre está ´presente en la historia del hombre, ve lo que sufre el pueblo; por eso escoge y envía a Moisés, quien será el instrumento de salvación. Dios ES; eso es lo importante, siempre presente en la vida del ser humano. Él no es como los dioses paganos, ajenos a la  vida del hombre y con los vicios de los hombres. En cambio Dios es, está con nosotros, pero es muy distinto a nosotros, ya que Él es el Santo. Santo, distinto, pero no distante, sino cercano, presente, porque es “bondadoso y compasivo…de gran misericordia”.

Israel tuvo experiencia de esta bondad salvadora de Dios. Sin embargo se fió de su condición de Pueblo escogido y se dejó estar. Tuvo muchas experiencias salvíficas, no obstante fueron prevaricadores y duros a las exigencias de fidelidad del Señor.

2.- Podría decirse que lo que nos dice la carta de san Pablo en la segunda lectura es un puente doctrinal entre lo que nos dice la primera lectura y el evangelio de hoy. En el evangelio hay un fuerte llamado a la conversión interior.

Las desgracias que suceden en la vida: accidentes, matanzas, enfermedades catastróficas, etc., no son un castigo por el pecado. En cada dolor humano se refleja nuestro mal. El acento del mensaje evangélico está en la necesidad de la conversión y de la cooperación del hombre con Dios. Dios quiere nuestro bien, pero nosotros debemos poner lo que está de nuestra parte. No tenemos por qué estar culpando a Dios por las desgracias que son consecuencia de nuestros egoísmos, de haber dejado de lado a Dios. Quien pretenda suplantar a Dios está engendrando calamidades en sí y en otros. El Señor simplemente nos dice: “Si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera

3.- Desconocer la historia lleva a cometer los mismos errores. La autosuficiencia del Pueblo de Dios, su dureza de corazón, le llevó a lo que san Pablo recuerda en la carta.

La soberbia de los sacerdotes y prelados se fue acumulando y produjo el desastre en el Pueblo de Dios. Y no sólo hoy, sino también en el pasado. No olvidemos que en el siglo XIII Jesús dijo a alguien: “Repara mi Iglesia, que amenaza ruinas”.  Y ya sabemos lo que sucedió. Tuvo que haber una vuelta al evangelio, una sincera conversión interior.

La Iglesia, Pueblo de Dios, hoy amenaza ruinas. No bastan los cambios externos, nuevas normas, reformas en la Curia romana y en el clero. Es indispensable volver al Señor, es decir, convertirse.

Si queremos transformar este mundo tan contaminado, esta Iglesia tan contaminada, miren lo que nos dice san Pablo: “Transfórmense mediante la renovación de la mente” (Romanos 12,2), es decir, cambien interiormente. Eso nos está pidiendo el Señor.

4.- Dios es siempre presente, porque es bueno y compasivo. Pero, después de todo lo que ha hecho y hace por nosotros, espera frutos. No nos quiere estériles, no quiere una iglesia estéril, sino que dé frutos de santidad. Menos mal que el “Divino Viñador” nos cultiva, cura, abona para que así podamos dar buenos frutos.

¿Te sientes estéril, que no produces frutos? Acércate al único que te puede dar fecundidad. No olvidemos que Él nos dijo: “Así como la rama no puede dar fruto por sí misma si no permanece en la vid, así tampoco ustedes si no permanecen en Mí” (Juan 15,4). Hoy nos acercamos a Él, no tengamos miedo; Él nos dice: “Yo soy”, “Yo soy el Pan de vida”.

En Jesús Dios está con nosotros. “Y si Dios está con nosotros, ¿quién podrá estar contra nosotros?” (Romanos 8,31). Con esta certeza celebremos al Señor y en esta cuaresma volvámonos a Él, centrémonos en Él.

 

 

         Hermano Pastor Salvo Beas.

“Hágase tu voluntad” – Catequesis del Papa en la audiencia general

“Dios nos quiere libres”

(ZENIT – 20 marzo 2019).- En la oración del ‘Padre Nuestro’, cuando se dice “hágase tu voluntad”, el Papa advierte de que “no estamos invitados a bajar servilmente la cabeza, como si fuéramos esclavos”. Al contrario, una oración “llena de ardiente confianza en Dios que quiere el bien para nosotros, la vida, la salvación”.

Esta mañana, 20 de marzo de 2019, el Papa Francisco ha celebrado la audiencia general, tras su “parón” de la semana pasada debido al retiro de Cuaresma en Ariccia para la Curia Romana. Así, este miércoles, Francisco ha continuado el ciclo de catequesis sobre el ‘Padre Nuestro’ centrándose en la frase “Hágase tu voluntad” (Pasaje bíblico: de la Primera Carta de San Pablo a Timoteo 2 1-4).

“Nada en el azar”

“Dios nos quiere libres –ha indicado el Papa– y es su amor el que nos libera. El ‘Padre Nuestro’ es la oración de los hijos, no de los esclavos”. Y ha aclarado: “¡Ay de nosotros sí, al pronunciar estas palabras, nos encogiéramos de hombros y nos rindiéramos ante un destino que nos repele y que no conseguimos cambiar!”.

En este sentido, Francisco ha enseñado que el cristiano no cree en un “fato” ineluctable. “No hay nada al azar en la fe de los cristianos: en cambio, hay una salvación que espera manifestarse en la vida de cada hombre y de cada mujer y cumplirse en la eternidad”.

Tríptico

“Hágase tu voluntad” es la tercera invocación del ‘Padre Nuestro’. El Pontífice indica que hay que leerlo en unidad con las dos primeras; “Santificado sea tu nombre” y “Venga a nosotros tu Reino”, para que juntas formen un tríptico: “Santificado sea tu nombre”, “Venga a nosotros tu Reino” y “Hágase tu voluntad”.

Al final, el Santo Padre ha invitado a todos a rezar juntos la oración del Padre Nuestro: “Tengo ganas de invitaros, ahora, a rezar todos juntos el Padre nuestro. Y los que no saben italiano, que lo recen en su idioma. Vamos a rezar juntos”.

La audiencia general ha terminado con el canto del Pater Noster y la bendición apostólica.

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Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Prosiguiendo nuestras catequesis sobre el “Padre Nuestro”, hoy nos detenemos en la tercera invocación: “Hágase tu voluntad”. Debe leerse en unidad con las dos primeras, “Santificado sea tu nombre” y “Venga a nosotros tu Reino”, para que juntas formen un tríptico: “Santificado sea tu nombre”, “Venga a nosotros tu Reino”, “Hágase tu voluntad”.

Antes de que el hombre cuide del mundo, Dios cuida ya  incansablemente al hombre y al mundo. Todo el evangelio refleja esta inversión de perspectiva. El pecador Zaqueo se sube a un árbol porque quiere ver a Jesús, pero no sabe que, mucho antes, Dios había ido a buscarlo. Jesús, cuando llega, le dice: “Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede en tu casa”. Y al final declara: “El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 5.10). He aquí la voluntad de Dios, la que pedimos que se haga. ¿Cuál es la voluntad de Dios encarnada en Jesús?: Buscar y salvar lo que está perdido. Y nosotros, cuando rezamos, pedimos que la búsqueda de Dios tenga éxito, que se cumpla su plan universal de salvación, primero en cada uno de nosotros y luego en todo el mundo. ¿Habéis pensado lo que significa que Dios me busca? Cada uno de nosotros puede decir: “Pero ¿Dios me busca?”. “Sí, ¡Te busca!” “Me busca”.

Dios no es ambiguo, no se esconde detrás de enigmas, no ha planeado el futuro del mundo de una manera indescifrable. No, Él es claro. Si no lo entendemos, nos arriesgamos a no entender el significado de la tercera frase del “Padre Nuestro”. En efecto, la Biblia está llena de frases que nos hablan de la voluntad positiva de Dios hacia el mundo. Y en el Catecismo de la Iglesia Católica encontramos una colección de citas que atestiguan esta voluntad divina fiel y paciente (ver n. 2821-2827). Y San Pablo, en la Primera Carta a Timoteo, escribe: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (2,4). Esta, sin lugar a dudas, es la voluntad de Dios: la salvación del hombre, de los hombres, de cada uno de nosotros. Dios con su amor llama a la puerta de nuestro corazón ¿Por qué? Para atraernos, para atraernos a Él y llevarnos adelante por el camino de la salvación. Dios está cerca de cada uno de nosotros  con su amor, para llevarnos de la mano a la salvación. ¡Cuánto amor hay detrás de todo ello!

Así, rezando “hágase tu voluntad”, no estamos invitados a bajar servilmente la cabeza, como si fuéramos esclavos. ¡No! Dios nos quiere libres; y es su amor el que nos libera.  El “Padre Nuestro” es, en efecto, la oración de los hijos, no de los esclavos; sino de los hijos que conocen el corazón de su padre y están seguros de su plan de amor. ¡Ay de nosotros sí, al pronunciar estas palabras, nos encogiéramos de hombros y nos rindiéramos ante un destino que nos repele y que no conseguimos cambiar! Al contrario, es una oración llena de ardiente confianza en Dios que quiere el bien para nosotros, la vida, la salvación. Una oración valiente, incluso combativa, porque en el mundo hay muchas, demasiadas realidades que no obedecen al plan de Dios. Las conocemos todos. Parafraseando al profeta Isaías, podríamos decir: “Aquí, Padre, hay guerra, prevaricación, explotación; pero sabemos que Tú quieres nuestro bien, por eso te suplicamos: ¡Hágase tu voluntad! Señor, cambia los planes del mundo, convierte las espadas en azadones y las lanzas en podaderas; ¡Que nadie se ejercite más en el arte de la guerra! “(ver 2: 4).

El “Padre Nuestro” es una oración que enciende en nosotros el mismo amor de Jesús por la voluntad del Padre, una llama que empuja a transformar el mundo con amor. El cristiano no cree en un “fato” ineluctable. No hay nada al azar en la fe de los cristianos: en cambio, hay una salvación que espera manifestarse en la vida de cada hombre y de cada mujer y cumplirse en la eternidad. Si rezamos es porque creemos que Dios puede y quiere transformar la realidad venciendo el mal con el bien. Tiene sentido obedecer a este Dios y abandonarse a Él incluso en la hora de la prueba más dura.

Así fue para Jesús en el Huerto de Getsemaní, cuando experimentó la angustia y oró: “¡Padre, si quieres, aparta de mi esta copa, pero no se haga mi voluntad sino la tuya!”(Lucas 22:42). Jesús es aplastado por el mal del mundo, pero se abandona confiadamente al océano del amor de la voluntad del Padre. Tampoco los mártires, en su prueba, buscaban la muerte, si no el después de la muerte,  la resurrección. Dios, por amor, puede llevarnos a caminar por senderos difíciles, a experimentar dolorosas heridas y espinas, pero nunca nos abandonará. Estará siempre con nosotros, cerca de nosotros, dentro de nosotros Para un creyente esto, más que una esperanza, es una certeza. Dios está conmigo. La misma que encontramos en esa parábola del Evangelio de Lucas dedicada a la necesidad de rezar siempre. Jesús dice: “¿Dios no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto”. Así es el Señor, así nos ama, así nos quiere. Pero, yo tengo ganas de invitaros, ahora, a rezar todos juntos el Padre nuestro. Y los que no saben italiano, que lo recen en su idioma. Vamos a rezar juntos:

Rezo del Padre nuestro

© Librería Editorial Vaticano

Fuente  :  https://es.zenit.org/articles/hagase-tu-voluntad-catequesis-del-papa-en-la-audiencia-general/

EDD. jueves 21 de marzo de 2019

Primera lectura

Lectura del libro de Jeremías (17,5-10):

Esto dice el Señor:

ESTO dice el Señor:
«Maldito quien confía en el hombre,
y busca el apoyo de las criaturas,
apartando su corazón del Señor.
Será como cardo en la estepa,
que nunca recibe la lluvia;
habitará en un árido desierto,
tierra salobre e inhóspita.
Bendito quien confía en el Señor
y pone en el Señor su confianza.
Será un árbol plantado junto al agua,
que alarga a la corriente sus raíces;
no teme la llegada del estío,
su follaje siempre está verde;
en año de sequía no se inquieta,
ni dejará por eso de dar fruto.
Nada hay más falso y enfermo
que el corazón: ¿quién lo conoce?
Yo, el Señor, examino el corazón,
sondeo el corazón de los hombres
para pagar a cada cual su conducta
según el fruto de sus acciones».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 1,1-2.3.4.6

R/. Dichoso el hombre
que ha puesto su confianza en el Señor

V/. Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche. R/.

V/. Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin. R/.

V/. No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (16,19-31):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.
Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán.
Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo:
“Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.
Pero Abrahán le dijo:
“Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.
Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”.
Él dijo:
“Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”.
Abrahán le dice:
“Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”.
Pero él le dijo:
“No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”.
Abrahán le dijo:
“Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».

Palabra del Señor

REFLEXIÓN  :
José María Vegas, cmf

Para superar abismos

En estos tiempos antropocéntricos que nos ha tocado vivir rechinan las palabras del profeta Jeremías: maldito quien confía en el hombre. ¿Es esto acaso una invitación a la desconfianza en nuestras relaciones humanas, siendo así que solo desde ellas es posible construir una convivencia digna de ese nombre? Es claro que Jeremías se refiere a esa confianza que sólo se puede y debe depositar en Dios, la confianza en la salvación, que ningún hombre, ni institución humana, ni ningún bien limitado puede dar.

Un buen ejemplo de esa falsa confianza que lleva a la perdición es la del rico Epulón (como la tradición ha querido llamarlo) en la parábola que hoy nos cuenta Jesús. No parece exactamente una confianza “en el hombre”, pero sí en las cosas humanas, como la seguridad que otorgan las riquezas. Puede ser también la confianza en el poder y la fuerza, o en determinadas ideologías humanas, o en los personajes que las encarnan. A todas esas cosas hay que otorgarles una confianza limitada y vigilante, no definitiva y entregada, la única que se puede depositar en Dios. Esa confianza indebida, además de poner nuestra esperanza de salvación en lo que no nos puede realmente salvar, con mucha frecuencia cierra las entrañas a las necesidades de los demás. El pecado de Epulón, confiado en sus riquezas, era la idolatría de no reconocer a Dios como el único salvador, pero también la consiguiente dureza de corazón que le impedía descubrir en Lázaro a un semejante y un hermano. No es Dios el que condena al hombre por sus pecados, sino el hombre mismo el que se condena a sí mismo, por apartarse de la fuente de la vida y ser incapaz de sentir misericordia y de compartir sus bienes con los necesitados.

Esos pecados abren abismos entre nosotros, pero también con Dios, con el Dios que se ha encarnado y sufre en sus pequeños hermanos. Sin embargo, esos abismos se pueden superar: se pueden construir puentes de generosidad, misericordia, fraternidad. Para ello hay que escuchar con confianza la voz de Dios, que resuena en nuestra conciencia, pero que también nos habla directamente, por Moisés y los Profetas, y de manera definitiva en Jesucristo. Quien no escucha esa voz que suena con palabras humanas, no se conmoverá ni aunque sucedan visiones extraordinarias, ni aunque resucite un muerto. Y es que ese muerto ya ha resucitado: es Jesucristo. Pero para verlo resucitado hay que estar abiertos a la Palabra que nos dirige en nuestra cotidianidad, en la lectura de la Biblia, en su proclamación en la liturgia, sí, en ese sencillo gesto de “ir a Misa”. Esto es, hay que creer, hay que confiar.

La parábola de Jesús suena apremiante, llama a tomar una decisión urgente: “después” ya no habrá modo de superar los abismos, sólo se nos ha dado este tiempo para hacerlo. No podemos decir que no se nos ha avisado. Es precisamente confiando en Dios y escuchando sus palabras como mejor podemos correr en auxilio de los necesitados para, en actitud de generosidad y de servicio, superar los muchos abismos que nos separan.

Fuente  :  https://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/hoy

Comentario al evangelio de hoy miércoles 20 de marzo de 2019.

Del santo Evangelio según san Mateo 20, 17-28

En aquel tiempo, mientras iba de camino subiendo a Jerusalén, Jesús llamó aparte a los Doce y les dijo: “Ya vamos subiendo a Jerusalén y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, que lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; pero al tercer día, resucitará”.

Entonces se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo, junto con ellos, y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: “¿Qué deseas?”. Ella respondió: “Concédeme que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Reino”. Pero Jesús replicó: “No saben ustedes lo que piden. ¿Podrán beber el cáliz que yo he de beber?”. Ellos contestaron: “Sí podemos”. Y él les dijo: “Beberán mi cáliz; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quien mi Padre lo tiene reservado”.

Al oír aquello, los otros diez discípulos se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: “Ya saben que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. Que no sea así entre ustedes. El que quiera ser grande entre ustedes, que sea el que los sirva, y el que quiera ser primero, que sea su esclavo; así como el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida por la redención de todos”.

Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

Han pasado dos semanas desde que comenzamos la Cuaresma, ese periodo especial en que nos preparamos para contemplar la paradoja divina más grande: el amor infinito de Dios, que muere para darnos la vida.

En el Evangelio de hoy se nos presenta otra paradoja: para ser grandes nos tenemos que hacer pequeños. Jesús nos enseña que no es grande la persona que aparenta grandeza, sino la que. en su pequeñez. se da cuenta de que puede hacer el bien a los demás, la persona que es humilde.

La humildad sin embargo no está muy de moda hoy en día, porque a veces no entendemos lo que es esta virtud. La humildad no es el obrar pusilánime de la persona que, pudiendo actuar, se esconde por temor a lo que los demás piensen de él; ni el obrar de la persona que se deja pisotear para que todos vean lo humilde que es. Humildad es reconocer quién soy y obrar de acuerdo con ello. Por eso decía santa Teresa: «La humildad es la verdad».

Cristo no quiere excluir a nadie de sentarse a su derecha o a su izquierda y por eso nos dice cómo podemos luchar por este puesto: siendo humildes, sirviendo al hermano. Examinemos nuestro corazón, veamos qué tan fuerte es nuestro deseo de ir al cielo y veamos cuáles son las acciones que brotan de este deseo.

«El mensaje del Maestro es claro: mientras los grandes de la Tierra construyen “tronos” para el poder propio, Dios elige un trono incómodo, la cruz, desde donde reinar dando la vida: “Tampoco el Hijo del Hombre —dice Jesús— ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”. El camino del servicio es el antídoto más eficaz contra la enfermedad de la búsqueda de los primeros puestos; es la medicina para los arribistas, esta búsqueda de los primeros puestos, que infecta muchos contextos humanos y no perdona tampoco a los cristianos, al pueblo de Dios, ni tampoco a la jerarquía eclesiástica. Por lo tanto, como discípulos de Cristo, acojamos este Evangelio como un llamado a la conversión, a dar testimonio con valentía y generosidad de una Iglesia que se inclina a los pies de los últimos, para servirles con amor y sencillez. Que la Virgen María, que se adhirió plenamente y humildemente a la voluntad de Dios, nos ayude a seguir a Jesús con alegría en el camino del servicio, el camino maestro que lleva al Cielo.»
(Ángelus de S.S. Francisco, 21 de octubre de 2018).

 

Fuente  :  http://es.catholic.net/op/articulos/72524/el-que-quiera-ser-grande-que-sea-su-servidor.html#modal