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Autor: Patricio Osiadacz

EDD. miércoles 20 de marzo de 2019.

Primera lectura

Lectura del libro de Jeremías (18,18-20):

ELLOS dijeron:
«Venga, tramemos un plan contra Jeremías porque no faltará la ley del sacerdote, ni el consejo del sabio, ni el oráculo del profeta. Venga, vamos a hablar mal de él y no hagamos caso de sus oráculos».
Hazme caso, Señor,
escucha lo que dicen mis oponentes.
¿Se paga el bien con el mal?,
¡pues me han cavado una fosa!
Recuerda que estuve ante ti,
pidiendo clemencia por ellos,
para apartar tu cólera.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 30,5-6.14.15-16

R/. Sálvame, Señor, por tu misericordia

V/. Sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo.
A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás. R/.

V/. Oigo el cuchicheo de la gente,
y todo me da miedo;
se conjuran contra mí
y traman quitarme la vida. R/.

V/. Pero yo confío en ti, Señor;
te digo: «Tú eres mi Dios».
En tu mano están mis azares:
líbrame de los enemigos que me persiguen. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (20,17-28):

EN aquel tiempo, subiendo Jesús a Jerusalén, tomando aparte a los Doce, les dijo por el camino:
«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; y al tercer día resucitará».
Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición.
Él le preguntó:
«¿Qué deseas?».
Ella contestó:
«Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda».
Pero Jesús replicó:
«No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?».
Contestaron:
«Podemos».
Él les dijo:
«Mi cáliz lo beberéis; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre».
Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra los dos hermanos. Y llamándolos, Jesús les dijo:
«Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo.
Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos».

Palabra del Señor

REFLEXIÓN  :

José María Vegas, cmf

La cruz y el servicio

Se suele pensar que el Antiguo Testamento sanciona un mesianismo de triunfo y de victoria, y de ahí las pretensiones de poder que tientan al grupo de los seguidores de Jesús, encarnado hoy en Santiago y Juan (y reflejado en la indignación de los otros), todavía demasiado impregnados por esa antigua mentalidad. Pero ya en los Profetas (lo vemos hoy en Jeremías) descubrimos claros indicios de que el verdadero mesianismo apunta en otra dirección, la que Jesús anuncia a los más allegados mientras va subiendo a Jerusalén. No es fácil entender ese anuncio. No lo era para los discípulos de primera hora, y no lo es para nosotros, por mucho que sepamos el dato de la muerte y resurrección de Jesús y lo recitemos sinceramente en el Credo. La tentación del éxito, del mesianismo de victoria, de la fe como garantía de salud o bienestar, nos sigue persiguiendo hoy, igual que entonces. Podemos probar a ensayar cómo traducimos nosotros en nuestra oración, de tantas y sutiles formas, la petición de la madre de los Zebedeos, revelando no sólo lo poco que entendemos el mensaje de la cruz, sino también lo poco atentos que estamos a las palabras de Cristo.

Jesús, maestro bueno, no desespera ante la cerrazón de sus seguidores, sino que aprovecha la ocasión para enseñarnos y, con su profunda pedagogía, introducirnos en la comprensión de la difícil lógica de la cruz. Es el camino del servicio. Aunque estemos tan inclinados al éxito, a ese éxito que supone la derrota de los rivales y los enemigos, podemos aprender y asumir el camino alternativo que Jesús ha escogido, el camino estrecho y empinado que lleva a la vida, por la vía del servicio. La bondad del servicio la entiende cualquiera, entre otras cosas, porque no supone la negación de la otra parte: en la lógica del poder queremos vencer, pero no que nos venzan (pues si uno vence, alguien tiene que salir derrotado); en la lógica del servicio, nos gusta que nos sirvan, sí, pero también podemos servir, haciendo a los demás lo que queremos para nosotros (cf. Mt 7, 12). Por esa vía tan sencilla y humana podemos ir aprendiendo el camino de la cruz al que nos invita Jesús, que no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.

Fuente  :  https://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/hoy

EDD. martes 19 de marzo de 2019.

Primera lectura

Lectura del segundo libro de Samuel (7,4-5a.12-14a.16):

En aquellos días, recibió Natán la siguiente palabra del Señor:
– «Ve y dile a mi siervo David: «Esto dice el Señor: Cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza. El cons¬truirá una casa para mi nombre, y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre.» ».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 88,2-3.4-5.27.29

R/. Su linaje será perpetuo

Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad.» R.

Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
«Te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades.» R.

El me invocará: «Tú eres mi padre, mi Dios,
mi Roca salvadora.»
Le mantendré eternamente mi favor,
y mi alianza con él será estable. R.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (4,13.16-18):

Hermanos:
No fue la observancia de la Ley, sino la justificación obtenida por la fe, la que obtuvo para Abrahán y su
descendencia la promesa de heredar el mundo.
Por eso, como todo depende de la fe, todo es gracia; así, la promesa está asegurada para toda la descendencia, no solamente para la descendencia legal, sino también para la que nace de la fe de Abrahán, que es padre de todos nosotros. Así, dice la Escritura: «Te hago padre de muchos pueblos.»
Al encontrarse con el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que, no existe, Abrahán
creyó.
Apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia.»

Palabra de Dios

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (1,16.18-21.24a):

Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.
El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera:
María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:
– «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.

Palabra del Señor

REFLEXIÓN  :

Varón justo

 

Dios, sin duda alguna, cumple sus promesas. Pero lo hace a su modo, salvaguardando siempre su libertad soberana, y superando, además, infinitamente nuestras expectativas. La promesa realizada a David y a su descendencia de una realeza para siempre no tiene el significado que, por el contexto, se entiende a primera vista. De hecho, la dinastía davídica tuvo un destino y un fin bien trágicos. Y, sin embargo, Dios restaura esa dinastía, pero no en un sentido monárquico y político, sino en la realeza de Cristo, que, vencedor del pecado y de la muerte, no pasará jamás. No será, pues, el reino de uno sobre muchos, o de unos pocos sobre todos los demás, o de un pueblo que somete y oprime al resto. Se trata de una realidad infinitamente más grande y más importante, de un valor infinitamente superior, porque supone el fin de los dominios despóticos, de las opresiones, de la violencia como forma de gobierno y de convivencia. Esas realidades, fruto del pecado, siguen vigentes, el mundo continúa caminando por sus viejas sendas, pero se abre paso en él una posibilidad nueva y superior: el Reino de Dios, la realeza de Cristo, la ley del amor y la fraternidad, que no es sólo promesa para un futuro indeterminado, más allá de la muerte, sino que está ya presente y operando en este mundo nuestro, gracias a la presencia encarnada del Hijo de Dios, el Cristo, el Ungido, en el que se cumplen definitivamente aquellas antiguas promesas de un reino sin fin, si bien no es de este mundo, pues no funciona como los reinos (y las repúblicas) mundanos.

Pero, ¿qué pinta José, el humilde carpintero, en todo esto? En primer lugar, que en él se cumple, según la ley, aquella antigua promesa. No es un rey, ni un príncipe, ni siquiera un noble, es un obrero anónimo, pero al que la Providencia salvífica de Dios ha situado en el centro de la historia. Es él el depositario legal de aquellas promesas ya remotas y casi olvidadas, el renuevo del tronco de Jesé (cf. Is 11, 1), el fruto inesperado de un árbol que parecía ya por completo seco y sin vida. Y es él, en consecuencia, el que transmite, según la ley, la sucesión davídica al verdadero David, el hijo de la Virgen, el verdadero Rey, Profeta y Sacerdote de la nueva alianza.

En José vemos con claridad una verdad de extraordinaria importancia para nuestra fe y para la vida de cada uno. Los grandes acontecimientos de la historia, esos que conmueven sus cimientos y hacen que varíe su rumbo, suceden gracias a personas humildes y anónimas que han hecho posible la aparición de los grandes y decisivos personajes. Es verdad que esto es así para bien y para mal. Los protagonistas que aparecen en los libros y las crónicas para bien y para mal no hubieran podido hacer nada sin la cooperación de muchos seres humanos anónimos, que crearon de un modo y otro las condiciones para la aparición de aquellos. No cabe duda de que no hay un acontecimiento más decisivo en la historia de la humanidad que la encarnación, la muerte y la resurrección de Cristo. Aquí es Dios quien ha intervenido. Pero lo ha hecho humanamente, humanizándose, haciéndose uno de nosotros. Y, por eso mismo, es normal que haya querido (y tenido que) contar con la cooperación en la sombra de personas que han hecho posible su venida a nuestra historia.

José es el prototipo del varón justo: el que sabe discernir la presencia de Dios, el que está dispuesto a retirarse con respeto, pero también a escuchar la voz de Dios que habla en sueños, y a actuar con diligencia, tomando decisiones, asumiendo riesgos, colaborando calladamente y en espíritu de obediencia con los planes de Dios.

Si en algo nos parecemos a José es en que somos también personajes anónimos, que viven y trabajan en la sombra de la historia mundial, cuyos focos iluminan a otros. Pero José nos enseña la importancia de ser justos, es decir, de estar abiertos y a la escucha, de trabajar con fidelidad y diligencia, de saber soñar, pero también tomar decisiones y asumir riesgos, para que en la historia sucedan acontecimientos positivos y salvíficos, en vez de las muchas catástrofes que la afligen (con las que también podemos colaborar si no vivimos como debemos); para que Dios pueda seguir viniendo a visitarnos con su voluntad salvífica, para que, en definitiva, Cristo siga reinando en nuestro mundo y las promesas de Dios, que superan toda expectativa, se puedan seguir cumpliendo.

José María Vegas, cmf
Fuente  :  https://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/hoy

Ángelus: “Jesús nos muestra la gloria que nos espera”

En esta cuaresma: Demos espacio a la oración y a la Palabra de Dios

(ZENIT 17 marzo 2019).- El Papa Francisco presidió la oración del Ángelus este domingo 17 de marzo de 2019, desde la ventana del despacho del Palacio Apostólico Vaticano, que da a la Plaza de San Pedro.

En este segundo domingo de cuaresma el Papa nos invita a permanecer algún momento en recogimiento cada día fijando la mirada interior en el rostro de Jesús y dejando que su luz penetre e irradie en nuestra vida.

El evangelista Lucas insiste en el hecho de que Jesús se transfiguraba mientras oraba.

Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este segundo domingo de Cuaresma, la liturgia nos permite contemplar el evento de la Transfiguración, en el que Jesús otorga a los discípulos Pedro, Santiago y Juan un anticipo de la gloria de la Resurrección: una parte del cielo en la tierra. El evangelista Lucas (ver 9,28-36) nos muestra a Jesús transfigurado en la montaña, que es el lugar de la luz, un símbolo fascinante de la experiencia única reservada para los tres discípulos.

Suben con el Maestro a la montaña, lo ven sumergiéndose en la oración, y en cierto momento “su rostro cambió de apariencia” (v. 29). Acostumbrados a verlo a diario en la simple apariencia de su humanidad, frente a ese nuevo esplendor, que también envuelve a toda su persona, quedan sorprendidos. Y junto a Jesús aparecen Moisés y Elías, quienes hablan con él sobre su próximo “éxodo”, es decir, de la Pascua de muerte y resurrección, una anticipación de la Pascua. Entonces Pedro exclama: “Maestro, es bueno para nosotros estar aquí” (v. 33). ¡Quisiera que ese momento de gracia no terminara nunca!.

La Transfiguración tiene lugar en un momento muy preciso en la misión de Cristo, es decir, después de que Él les confió a los discípulos que debía “sufrir mucho, […] ser asesinado y resucitar al tercer día” (v. 21). Jesús sabe que no aceptan esta realidad, la realidad de la cruz, la realidad de la muerte y por eso quiere prepararlos para soportar el escándalo de la pasión y muerte de  cruz, para que sepan que este es el camino a través del cual el Padre celestial hará alcanzar la gloria a su Hijo elegido resucitándolo de los muertos. Y este también será el camino de los discípulos: nadie viene a la vida eterna, sino siguiendo a Jesús, llevando su propia cruz en la vida terrenal.

Cada uno de nosotros tiene su propia cruz, el Señor nos hace ver el final de este recorrido que es la resurreción, la belleza, por lo tanto hay que llevar la propia cruz.

Por lo tanto, la Transfiguración de Cristo nos muestra la perspectiva cristiana del sufrimiento: no es un sadomasoquismo el sufrimiento, es un pasaje necesario pero transitorio. El punto de llegada al que estamos llamados es luminoso, como el rostro de Cristo transfigurado: en él está la salvación, la felicidad, la luz, el amor de Dios sin límites. Al mostrar así su gloria, Jesús nos asegura que la cruz, las pruebas, las dificultades en las que luchamos tienen su solución y su superación en la Pascua.

Por lo tanto, en esta Cuaresma, nosotros también subamos la montaña con Jesús, ¿de qué modo?, con la oración. Subamos a la montaña con la oración, la oración silenciosa, la oración del corazón, la oración siempre buscando al Señor.

Permanezcamos algún momento en recogimiento, cada día un momento, fijemos la mirada interior en el rostro de Jesús y dejemos que su luz penetre e irradie en nuestra vida. De hecho, el evangelista Lucas insiste en el hecho de que Jesús se transfiguraba”mientras oraba” (v. 29). Sumergido en una conversación íntima con el Padre, en la que también resonaban la Ley y los Profetas, Moisés y Elías, y mientras se adhería con todo su ser a la voluntad del Padre, incluida la cruz, la gloria de Dios lo invadió transfigurando también el exterior. Esto es así: la oración en Cristo y en el Espíritu Santo transforma a la persona desde dentro y puede iluminar también a los demás y al mundo que nos rodea. Cuantas veces hemos encontrado a personas que iluminan, que sale la luz de los ojos, que tienen esa mirada luminosa y oran y la oración hace esto, nos hace resplandecer con la luz del Espíritu Santo.

Continuemos nuestro viaje de Cuaresma con alegría. Demos espacio a la oración y a la Palabra de Dios, que la liturgia nos ofrece abundantemente en estos días.

Que la Virgen María nos enseñe a permanecer con Jesús incluso cuando no lo entendamos y no lo comprendamos, porque solo permaneciendo con Él veremos su gloria.

Fuente  :  https://es.zenit.org/articles/jesus-nos-muestra-la-gloria-que-nos-espera/

Comentario al evangelio de hoy lunes 18 de marzo de 2019.

Del santo Evangelio según san Lucas 6, 36-38

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.

Den y se les dará: recibirán una medida buena, bien sacudida, apretada y rebosante en los pliegues de su túnica. Porque con la misma medida con que midan, serán medidos”.

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.

La misericordia de Dios se manifiesta en comprender a nuestro prójimo. Muchos de los problemas en las sociedades actuales suceden porque las personas no se toman el tiempo para escuchar al otro, ejercitando esa compasión a la que Cristo nos invita en el Evangelio de hoy. Cuando escuchamos y prestamos atención a las personas que tenemos alrededor todo cambia, porque este ejercicio nos ayuda a tener corazones más misericordiosos, abiertos a los demás.

Las personas que conviven con alguien que se interesa por ellos se transforman también en fuentes de esta misericordia que, cuando mira a la gente, no se queda en los defectos y pecados, sino que ve a los hijos e hijas amadísimos de Dios. Cristo nos hace la invitación a ver a todos como Él los ve, con amor incondicional.

A veces pueden surgir disputas porque todos somos imperfectos y no siempre podemos ver lo bueno en los demás antes de lo malo; en estos momentos sabemos que, aunque la otra persona nos haya hecho algo terrible, Dios en su infinito amor, la sigue amando y nos pide que no nos quedemos estancados en rencores, que la perdonemos para que podamos continuar con nuestra vida y podamos seguir amando.

«Cada vez que postergamos algo que nos gusta por el bien de los otros y especialmente por los más frágiles, o por el bien de nuestras raíces como son nuestros abuelos y nuestros ancianos, el Señor lo devuelve ciento por uno. Te gana en generosidad, porque nadie le puede ganar a Él en generosidad, nadie lo puede superar en amor. Amigos: den y se les dará, y experimentarán cómo el Señor “les volcará sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante”, como dice el Evangelio. Queridos amigos, han tenido una experiencia de fe más viva, más real; han vivido la fuerza que nace de la oración y la novedad de una alegría diferente fruto del trabajo codo a codo incluso con personas que no conocían. Ahora llega el momento del envío: vayan cuenten, vayan testimonien, vayan contagien lo que han visto y oído. Y esto no lo hagan con muchas palabras sino, como lo hicieron aquí, con gestos simples y con gestos cotidianos, esos que transforman y hacen nuevas todas las cosas, esos gestos capaces de armar lío, un lío constructivo, un lío de amor.»
(Discurso a voluntarios de JMJ, de S.S. Francisco, 27 de enero de 2018).

 

Fuente  :  http://es.catholic.net/op/articulos/72522/la-misericordia-recompensa.html#modal

EDD. lunes 18 de marzo de 2019

Primera lectura

Lectura de la profecía de Daniel (9,4b-10):

¡AY, mi Señor, Dios grande y terrible, que guarda la alianza y es leal con los que lo aman y cumplen sus mandamientos!
Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos. No hicimos caso a tus siervos los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra.
Tú, mi Señor, tienes razón y a nosotros nos abruma la vergüenza, tal como sucede hoy a los hombres de Judá, a los habitantes de Jerusalén y a todo Israel, a los de cerca y a los de lejos, en todos los países por donde los dispersaste a causa de los delitos que cometieron contra ti.
Señor, nos abruma la vergüenza: a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti.
Pero, mi Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona, aunque nos hemos rebelado contra él. No obedecimos la voz del Señor, nuestro Dios, siguiendo las normas que nos daba por medio de sus siervos, los profetas.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 78,8.9.11.13

R/. Señor, no nos trates
como merecen nuestros pecados

V/. No recuerdes contra nosotros las culpas de nuestros padres;
que tu compasión nos alcance pronto,
pues estamos agotados. R/.

V/. Socórrenos, Dios, Salvador nuestro,
por el honor de tu nombre;
líbranos y perdona nuestros pecados
a causa de tu nombre. R/.

V/. Llegue a tu presencia el gemido del cautivo:
con tu brazo poderoso, salva a los condenados a muerte. R/.

V/. Nosotros, pueblo, ovejas de tu rebaño,
te daremos gracias siempre,
cantaremos tus alabanzas de generación en generación. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (6,36-38):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros».

Palabra del Señor

REFLEXIÓN  : 

La perfección de la misericordia

El segundo domingo de Cuaresma es una llamada a la escucha de la Palabra. No se trata de escuchar secretos arcanos que nos sacan de nuestra realidad cotidiana. Dios nos ha dado esa Palabra en Jesucristo, al que debemos escuchar y que nos habla con palabras humanas. La Palabra escuchada nos purifica y nos cura: nos abre los ojos para ver la luz, para descubrir en el hombre Jesús al Hijo de Dios y Salvador. El pecado fundamental, como nos recuerda hoy el profeta Daniel, es “que no hemos obedecido la voz del Señor”. Pero en contacto con Jesús podemos corregir ese pecado, en cierto sentido inevitable, por nuestra característica debilidad. Pero hablamos de corregir, no en el sentido de que vivamos una vida de absoluta perfección, sin defectos, sin tacha (esa debilidad nos persigue siempre). Es una gran verdad cuando decimos que “todos somos pecadores”. Pero ese pecado fundamental, que consiste en cerrar los oídos y el corazón a la voz del Señor, no está sobre todo en que tengamos defectos y limitaciones, sino en la diversa medida que usamos para juzgar los propios pecados y los ajenos. Los propios con indulgencia, buscando siempre atenuantes que nos excusan o disculpan; en los demás, con tanta frecuencia, sin misericordia, con dureza, no dando resquicio al perdón.

Escuchar la voz del Señor que nos habla y con su Palabra nos cura y purifica, significa, más que abandonar para siempre nuestros defectos y pecados, alejarnos de esa dureza de corazón que condena sin piedad los pecados de los demás (posiblemente de ciertos grupos, de determinadas personas), y adoptar la generosidad del perdón y la misericordia. Si queremos que Dios sea indulgente con nosotros, tenemos que adoptar esa misma medida a la hora de juzgar a los demás. De esa manera nos estaremos convirtiendo en agentes de la reconciliación que Jesús, Palabra encarnada, ha venido a traernos a todos, y, si bien no por eso superaremos inmediatamente todas nuestras limitaciones, estaremos atrayendo hacia nosotros esa misericordia generosa y abundante de Dios, que es la que realmente (y no nuestros esfuerzos morales) nos cura, nos salva, nos acerca a la perfección del amor.

Fuente  :  https://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/hoy

Comentario al evangelio de hoy sábado 16 de marzo de 2019

Del santo Evangelio según san Mateo 5, 43-48

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Han oído ustedes que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo; yo, en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos.

Porque si ustedes aman a los que los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen eso mismo los publicanos? Y si saludan tan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen eso mismo los paganos? Ustedes, pues, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto”.

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

1. Amar sin límites nos hace hijos de Dios.
El Evangelio es bastante claro: Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en los cielos. Sólo amando de verdad podremos participar de manera activa en esta filiación. Sí, es una tarea que a primera vista parece bastante simple: Amar sin límites. Sin embargo, en la práctica, este amor se ve obstaculizado por nuestro egoísmo y nuestra soberbia. Es verdad que nos cuesta amar a aquellos que de algún modo nos han hecho daño, aquellos que nos han ofendido. No es fácil abrazar y sonreír a aquel que nos ha herido, tampoco es fácil volver a confiar en quien nos ha fallado.

Aun así, Dios nos enseña que sólo amando a éstos que nos han hecho algún mal podremos ser verdaderos hijos suyos. Dios mismo nos ha amado de este modo, Jesucristo murió en la cruz para redimirnos de nuestros pecados, pecados que habíamos cometido contra Él. Jesús mismo rogó al Padre que perdonara las ofensas de quienes le humillaban y atacaban, porque «ellos no sabían lo que hacían». Fue ese Amor divino el que nos redimió, un amor que no se fija en la ofensa cometida, sino en la persona arrepentida.

2. Los primeros pasos hacia la perfección.
«Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto»”. ¿Cuál es esta perfección de la que nos habla el Evangelio? El Señor nos da dos pautas a seguir y una actitud fundamental. Las dos pautas son: amar a nuestros enemigos y rezar por quienes nos persiguen. Para lograr esto es necesario tener una actitud de fondo, la de amar sin límites, sin hacer distinciones; ésta es la actitud de nuestro Padre, Él hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Nosotros estamos llamados a imitar esta actitud, y así poder amar del modo que Dios ama, con un amor perfecto.

«Ofrecer un don grato a Jesús es cuidar a un enfermo, dedicarle tiempo a una persona difícil, ayudar a alguien que no nos resulta interesante, ofrecer el perdón a quien nos ha ofendido. Son dones gratuitos, no pueden faltar en la vida cristiana. De lo contrario, nos recuerda Jesús, si amamos a los que nos aman, hacemos como los paganos. Miremos nuestras manos, a menudo vacías de amor, y tratemos de pensar hoy en un don gratuito, sin nada a cambio, que podamos ofrecer. Será agradable al Señor. Y pidámosle a él: «Señor, haz que descubra de nuevo la alegría de dar».
(Homilía de S.S. Francisco, 6 de enero de 2018).

 

Fuente  :  http://es.catholic.net/op/articulos/72520/sed-perfectos-como-vuestro-padre-celestial.html#modal

EDD. sábado 16 de marzo de 2019

Primera lectura

Lectura del libro del Deuteronomio (26,16-19):

MOISÉS habló al pueblo, diciendo:
«Hoy el Señor, tu Dios, te manda que cumplas estos mandatos y decretos. Acátalos y cúmplelos con todo tu corazón y con toda tu alma.
Hoy has elegido al Señor para que él sea tu Dios y tú vayas por sus caminos, observes sus mandatos, preceptos y decretos, y escuches su voz. Y el Señor te ha elegido para que seas su propio pueblo, como te prometió, y observes todos sus preceptos.
Él te elevará en gloria, nombre y esplendor, por encima de todas las naciones que ha hecho, y serás el pueblo santo del Señor, tu Dios, como prometió».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 118,1-2.4-5.7-8

R/. Dichoso el que camina en la voluntad del Señor

V/. Dichoso el que, con vida intachable,
camina en la ley del Señor;
dichoso el que, guardando sus preceptos,
lo busca de todo corazón. R/.

V/. Tú promulgas tus mandatos
para que se observen exactamente.
Ojalá esté firme mi camino,
para cumplir tus decretos. R/.

V/. Te alabaré con sincero corazón
cuando aprenda tus justos mandamientos.
Quiero guardar tus decretos exactamente,
tú no me abandones. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,43-48):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo”.
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».

Palabra del Señor

REFLEXIÓN :
Queridos amigos.

El lunes nos decía la Palabra de Dios. “Sed santos porque yo el Señor, vuestro Dios, soy santo” (Lev19, 1), y hoy Jesús nos dice: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48).  En las lecturas del lunes la santidad era las obras de misericordia hacia el prójimo. Hoy Jesús nos propone algo más: el amor a los enemigos, a aquellos que nos quieren mal.

En la vida todos tenemos a alguien que no nos cae bien, que se nos hace pesado, casi insoportable. Quizá no lleguemos  al extremo de odiarlo o desearle algún mal, pero sí que preferimos actuar como si no existiera o huir para evitar encontrarnos con él, es decir no queremos tener ningún trato y actuamos con indiferencia ignorando a esa persona.

Jesús nos pide una caridad sin restricciones y una oración que abarque a todos, incluso a los que nos hacen sufrir. Y esto porque el Padre Dios nos quiere hijos semejantes a él en el obrar el bien, es decir así como su amor para con cada uno de nosotros es totalmente gratuito aunque nosotros seamos ingratos y pecadores, así debemos ser nosotros con los demás aunque nos ofendan.  La gratuidad del amor es la regla suprema de las relaciones humanas.

Si oramos por alguien que nos ha herido o que nos molesta le pondremos un rostro y un nombre, es decir que existe para nosotros. Si rogamos por él nos daremos cuenta que nuestra actitud hacia él –“el enemigo”- cambia y lo miraremos con más compasión, comprensión y misericordia. Y nuestro corazón recobrará poco a poco la paz perdida.

Leed esta historia: “¿Quién es el hombre más bueno del mundo?, preguntaba el catequista a su grupo. Mirad: Cuenta la historia que había un sacerdote  muy bueno, rezaba mucho. Y todo el mundo decía que era un ¡SANTO! Él no se lo creía, pero un día le dijo a Dios  -”Señor, ya ves lo que la gente dice de mí, que soy un SANTO. ¿ES CIERTO, SEÑOR? Y el Señor le contestó: – ¿Para qué quieres saberlo, amigo mío? -Si lo soy, para estar seguro. Y si no lo soy para ir junto al hombre que me puede enseñar a ser santo. Dios le dijo: Está bien. Ven, te mostraré al hombre verdaderamente santo, mi mejor amigo.

El Señor tomó al sacerdote de la mano y le fue guiando por la ciudad hasta llegar a la casa del carnicero. -Entra, le dijo Dios. ¿Dónde, Señor? -En la casa del carnicero. -No parece tan santo, Señor. Es un poco pesado este señor…

El cura  se acordó de lo que había pedido a Dios y entró. Estaba el carnicero terminando su tarea de la mañana. – ¡Bienvenido a mi casa! ¡Pase, pase!

El sacerdote  no salía de su asombro, pues no comprendía cómo un hombre tan normal y corriente podía ser modelo de santo. ¿Dónde estaría su santidad? – ¿Se quedará a almorzar con nosotros? El sacerdote  dudaba, pero al fin dijo: – Bueno, está bien. Una vez que vengo….

Y observó cómo el señor preparaba la mesa. Mientras su esposa y sus hijos se sentaban, él entró en un cuarto de al lado. El sacerdote le siguió con la mirada. En el cuarto había un hombre anciano acostado. El carnicero lo limpió, le dio de comer en la boca, le colocó con mucho cariño la ropa de la cama y volvió otra vez a la mesa.

– El abuelo, ¿es su padre?, preguntó el cura    – No, no. Yo soy huérfano de padre desde niño. – ¿Y quién es entonces el abuelo? – Es una historia muy larga, pero ya que me pregunta le voy a contar: Hace años él fue llegando a nuestra carnicería escapando de la justicia. Le perseguía la policía. Había matado a un hombre. Me pidió por misericordia que lo recibiera en casa. Yo le abrí. Después supe que él había matado a mi padre. Quise enseguida vengarme. Lo tenía en mi mano. Además él no sabía quién era yo. Un vecino me dijo que al menos lo denunciara a la policía o que lo hiciera salir de casa pues era un  peligro para toda la familia. Yo le dije a mi señora: He rezado mucho delante del Crucificado y escuché una voz que me decía: “Si perdonas de corazón a tu hermano, tu Padre que ve en lo escondido te recompensará”

Entonces el sacerdote  comprendió con toda claridad por qué el carnicero era un santo. HABÍA SABIDO AMAR A SU ENEMIGO.

Fuente  :  https://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/hoy

P. Raniero Cantalamessa: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”

Primera predicación de Cuaresma 2019 

(ZENIT – 15 marzo 2019).- Esta mañana, a las 9 horas, en la Capilla Redemptoris Mater, el Predicador de la Casa Pontificia, el reverendo padre Raniero Cantalamessa, franciscano capuchino, ha pronunciado el primer Sermón de Cuaresma.

El tema de las meditaciones de Cuaresma es el siguiente: In te ipsum redi (Entra dentro de ti, San Agustín).

Los próximos sermones de Cuaresma se pronunciarán el  viernes 22 y 29 de marzo y el 5 de abril, 12.

Sigue la predicación íntegra del padre Raniero Cantalamessa:

***

«Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios»

Continuando la reflexión iniciada en Adviento sobre el versículo del salmo: «Mi alma tiene sed del Dios vivo» (Sal 42,2), en esta primera predicación cuaresmal, quisiera meditar con vosotros sobre la condición esencial para «ver» a Dios. Según Jesús, es la pureza de corazón: «Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8), dice en una de sus bienaventuranzas.

Sabemos que puro y pureza tienen en la Biblia, como, por lo demás, en el lenguaje común, una amplia gama de significados. El Evangelio insiste en dos ámbitos en particular: la rectitud de las intenciones y la pureza de costumbres. A la pureza de las intenciones se opone la hipocresía, a la pureza de costumbres el abuso de la sexualidad.

En el ámbito moral, con la palabra «pureza» se designa comúnmente un cierto comportamiento en la esfera de la sexualidad, orientado al respeto de la voluntad del Creador y de la finalidad intrínseca de la misma sexualidad. No podemos entrar en contacto con Dios, que es espíritu, de otro modo que mediante nuestro espíritu. Pero el desorden o, peor aún, las aberraciones en este campo tienen el efecto, comprobado por todos, de oscurecer la mente. Es como cuando se agitan los pies en un estanque: el barro, desde el fondo, asciende y enturbia toda el agua. Dios es luz y una persona así «aborrece la luz».

El pecado impuro no deja ver el rostro de Dios, o, si lo deja ver, lo deja ver todo deformado. Hace de él, no el amigo, el aliado y el padre, sino el oponente, el enemigo. El hombre carnal está lleno de concupiscencias, desea las cosas ajenas y la mujer de los otros. En esta situación Dios se le aparece como aquel que cierra el paso a sus malos deseos con esos  conminatorios suyos: «¡Tú debes!», «¡Tú no debes!». El pecado suscita, en el corazón del hombre, un sordo rencor contra Dios, hasta el  punto de que, si dependiera de él, querría que Dios no existiera en absoluto.

En esta ocasión, sin embargo, más que sobre la pureza de las costumbres, querría insistir sobre el otro significado de la expresión «puros de corazón», es decir, sobre la pureza o rectitud de las intenciones,  prácticamente sobre la virtud contraria a la hipocresía. Nos orienta en este sentido también el tiempo litúrgico que estamos viviendo. Hemos empezado la Cuaresma, el Miércoles de Ceniza, escuchando de nuevo las advertencias martilleantes de Jesús:

«Cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas… Cuando oréis, no seáis como los hipócritas… Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas» (Mt 6,1-18).

Es sorprendente lo poco que entra el pecado de hipocresía —el más denunciado por Jesús en los Evangelios—, en nuestros exámenes de conciencia ordinarios. Al no haber encontrado en ninguno de ellos la pregunta: «¿He sido hipócrita?», he tenido que introducirla por mi cuenta, y rara vez he podido pasar indemne a la pregunta siguiente. El más grande acto de hipocresía sería esconder la propia hipocresía. Esconderla a uno mismo y a otros, porque a Dios no es posible. La hipocresía se vence,  en gran parte, en el momento que es reconocida. Y es lo que nos proponemos hacer en esta meditación: reconocer la parte de hipocresía, más o menos consciente, que hay en nuestras acciones.

El hombre —escribió Pascal— tiene dos vidas: una es la vida verdadera; la otra, la imaginaria que vive en la opinión, suya o de la gente. Nosotros trabajamos sin descanso para embellecer y conservar nuestro ser imaginario y descuidamos el verdadero. Si poseemos alguna virtud o mérito, nos damos prisa en hacerlo saber, en un modo u otro, para enriquecer con tal virtud o mérito nuestro ser imaginario, dispuestos incluso a prescindir de nosotros, para añadir algo a él, hasta consentir, a veces, ser cobardes, a pesar de parecer valientes y en dar incluso la vida, con tal de que la gente hable de ello[1].

Tratamos de descubrir el origen y el significado del término hipocresía. La palabra deriva del lenguaje teatral. Al principio significaba simplemente recitar, representar en el escenario. A los antiguos no se les escapaba el elemento intrínseco de mentira que hay en toda representación escénica, a pesar del alto valor moral y artístico que se le reconoce. De aquí el juicio negativo que se llevaba sobre el oficio del actor, reservado, en ciertos períodos, a los esclavos y prohibido incluso por los apologetas  cristianos. El dolor y la alegría representados allí y enfatizados no son verdadero dolor y verdadera alegría, sino apariencia, afectación. A las palabras y a las actitudes exteriores no corresponde la íntima realidad de los sentimientos. Lo que hay en la cara no es lo que hay en el corazón.

Nosotros utilizamos la palabra fiction en sentido neutral o incluso positivo (¡es un género literario y de espectáculo muy en boga en nuestros días!); los antiguos le daban el sentido que ella tiene en realidad: el de ficción. Lo que había de negativo en la ficción escénica ha pasado a la palabra hipocresía. De palabra originalmente neutra, se ha convertido en palabra exclusivamente negativa, una de las pocas palabras con significados  solo negativos. Hay quien se jacta de ser orgulloso o libertino, nadie de ser hipócrita.

El origen del término nos pone sobre la pista para descubrir la naturaleza de la hipocresía. Es hacer de la vida un teatro en el que se recita para un público; es llevar una máscara, dejar de ser persona para convertirse en personaje. El personaje no es otra cosa que la corrupción de la persona. La persona es un rostro, el personaje una máscara. La persona es desnudez radical, el personaje es todo vestimenta. La persona ama la autenticidad y la esencialidad, el personaje vive de ficción y de artificios. La persona obedece a sus convicciones, el personaje obedece a un guión. La persona es humilde y ligera, el personaje es pesado y torpe.

Esta tendencia innata del hombre se acrecienta enormemente con la cultura actual, dominada por la imagen. Películas, televisión, Internet: todo se basa ahora principalmente en la imagen. Descartes dijo: «Cogito ergo sum», pienso, luego existo; pero hoy se tiende a sustituirlo por «parezco, luego soy». Un famoso moralista ha definido la hipocresía como «el tributo que el vicio paga a la virtud»[2]. Acecha principalmente a las personas piadosas y religiosas. Un rabino del tiempo de Cristo, decía que el 90% de la hipocresía del mundo se encontraba en Jerusalén[3]. El motivo es simple: donde más fuerte es la estima de los valores del espíritu, de la piedad y de la virtud, allí es más fuerte la tentación de aparentarlos para no parecer que se carece de ellos.

Un peligro viene también de la multitud de ritos que las personas piadosas suelen realizar y de las prescripciones que se han comprometido a cumplir. Si no están acompañados por un continuo esfuerzo de poner en ellos un alma, mediante el amor a Dios y al prójimo, se convierten en cáscaras vacías. «Estas cosas —dice san Pablo hablando de ciertos ritos y prescripciones exteriores— tienen una apariencia de sabiduría, con su aparente religiosidad, humildad y austeridad respecto del cuerpo, pero en realidad no sirven que para satisfacer la carne » (Col 2,23). En este caso, las personas conservan, dice el Apóstol, «la apariencia de la piedad, mientras que han renegado de su fuerza interior» (2 Tm 3,5).

Cuando la hipocresía se hace crónica crea, en el matrimonio y en la vida consagrada, la situación de «doble vida»: una pública, evidente, la otra oculta; a menudo una diurna, la otra nocturna. Es el estado espiritual más peligroso para el alma, del cual es muy difícil salir, a menos que intervenga algo desde el exterior rompiendo el muro dentro del cual uno se ha encerrado. Es el estado que Jesús describe con la imagen de los sepulcros blanqueados:

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros blanqueados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre; lo mismo vosotros: por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresía y crueldad(Mt 23,27-28).

Si nos preguntamos por qué la hipocresía es tan abominada por Dios, la respuesta es clara. La hipocresía es mentira. Es ocultar la verdad. Además, en la hipocresía, el hombre degrada a Dios, lo pone en el segundo puesto, colocando en primer lugar a las criaturas, al público. Es como si en presencia del rey, uno le diera  la espalda para dirigir su atención únicamente a los siervos. «El hombre mira la apariencia, el Señor mira el corazón» (1 Sam 16,7): cultivar la apariencia más que el corazón, significa automáticamente dar más importancia al hombre que a Dios.

La hipocresía es, pues, esencialmente falta de fe, una forma de idolatría en cuanto que pone las criaturas en el lugar del Creador. Jesús hace derivar de ella la incapacidad de sus enemigos de creer en él: «¿Cómo podéis creer vosotros, que tomáis la gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene solo de Dios?» (Jn 5,44). La hipocresía también carece de caridad hacia el prójimo, porque tiende a reducir a los otros a admiradores. No reconoce su dignidad propia, sino que los ve solo en función de la propia imagen. Números de audiencia y nada más.

Una forma derivada de la hipocresía es la duplicidad o la no sinceridad. Con la hipocresía se trata de mentir a Dios; con la duplicidad en el pensar y en el hablar se trata de mentir a los hombres. Duplicidad es decir una cosa y pensar otra; decir bien de una persona en su presencia y hablar mal de ella apenas se ha dado la espalda.

El juicio de Cristo sobre la hipocresía es como una espada en llamas: «Receperunt mercedem suam»: «recibieron su recompensa». Firmaron un recibo, no pueden esperar otra cosa. Una recompensa, además, ilusoria y contraproducente también en el plano humano, porque es muy cierto el dicho de que «la gloria huye de quien la persigue y persigue a quien la huye».

Está claro que nuestra victoria sobre la hipocresía no será nunca una victoria a primera vista. A menos de haber llegado a un nivel altísimo de perfección, no podemos evitar sentir instintivamente el deseo de que nos pongan bien, de quedar bien, de agradar a los demás. Nuestra arma es la rectificación de la intención. A la recta intención se llega mediante la rectificación constante, diaria, de nuestra intención. La intención de la voluntad, no el sentimiento natural, es lo que hace la diferencia a los ojos de Dios

Si la hipocresía consiste en mostrar también el bien que no se hace, un remedio eficaz para contrarrestar esta tendencia es ocultar incluso el bien que se hace. Privilegiar esos gestos ocultos que no serán estropeados por ninguna mirada terrena y conservarán todo su perfume para Dios. «A Dios —dice san Juan de la Cruz—, le agrada más una acción, por pequeña que sea, hecha a escondidas y sin el deseo de que sea conocida, que mil otras realizadas con el deseo de que sean vistas por los hombres». Y también: «Una acción hecha entera y puramente por Dios, con corazón puro, crea todo un reino para quien la hace»[4].

Jesús recomienda con insistencia este ejercicio: «Reza en lo secreto, ayuna en lo secreto, haz limosna en lo secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (cf. Mt 6,4-18). Son delicadezas respecto de Dios que tonifican el alma. No se trata de hacer de esto una regla fija. Jesús dice también: «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). Se trata de distinguir cuándo es bueno que los demás vean y cuándo es mejor que no vean.

Lo peor que se puede hacer, al término de una descripción de la hipocresía, es utilizarla para juzgar a los otros, para denunciar la hipocresía que existe en torno a nosotros. Jesús aplica a esos precisamente el título de hipócritas: «¡Hipócrita, quita primero la viga de tu ojo y luego verás bien para quitar la paja del ojo de tu hermano!» (Mt 7,5). Aquí es realmente el caso de decir: «Quien de vosotros esté sin pecado que tire la primera piedra» (Jn 8,7). ¿Quién puede decir que está del todo exento de alguna forma de hipocresía? ¿No es un poco también él un sepulcro blanqueado, distinto dentro de lo que aparece en el exterior? Quizá sólo Jesús y la Virgen estuvieron libres, de manera estable y absoluta, de toda forma de hipocresía. El hecho consolador es que apenas uno dice: «He sido un hipócrita», su hipocresía es vencida.

«Si tu ojo es sencillo»

La Palabra de Dios no se limita a condenar el vicio de la hipocresía; nos impulsa también a cultivar la virtud opuesta que es la sencillez. «La lámpara del cuerpo es el ojo; por eso, si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo será luminoso» (Mt 6,22). La palabra «sencillez» puede tener —y también hoy lo tiene—  el sentido negativo de candidez, ingenuidad, superficialidad e imprudencia. Jesús se preocupa de excluir este sentido; a la recomendación: «Sed sencillos como palomas», sigue la invitación a ser también «prudentes como serpientes» (Mt 10,16).

San Pablo retoma y aplica a la vida de la comunidad cristiana la enseñanza evangélica sobre la sencillez. En la carta a los Romanos escribe: «Quien da, que lo haga con sencillez» (Rom 12,8). Se refiere, en primer lugar, a aquellos que en la comunidad se dedican a obras de caridad, pero la recomendación se aplica a todos: no sólo a quien da de su dinero, sino también a quien da de su tiempo, de su trabajo. El sentido es no hacer pesar lo que se hace por los demás o en el propio oficio. Alessandro Manzoni, que en su novela «Los novios» encarnó tan bien el espíritu del Evangelio, tiene una escena delicadísima a este respecto. El buen sastre del pueblo.

«interrumpió su discurso, como sorprendido por un pensamiento. Se detuvo un momento; luego puso juntos un plato de viandas que había sobre la mesa, y le añadió un pan, puso el plato en una servilleta y tomada ésta para las cuatro puntas, dijo a su niña mayor: —Coge aquí—. Le dio en la otra mano una cantimplora de vino, y añadió: —Ve a casa de María la viuda; deja estas cosas, y dile que es para estar un poco más alegre con sus niños. Pero ve de buena forma; que no parezca que le das limosna»[5].

El apóstol Pablo habla de sencillez también en otro contexto que nos interesa especialmente porque afecta a la Pascua. Escribiendo a los Corintios dice:

«Barred la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que sois panes ácimos. Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así, pues, celebremos la Pascua, no con levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad»(1 Cor 5,7-8).

La fiesta que el Apóstol invita a celebrar no es una fiesta cualquiera, sino la fiesta por excelencia, la única fiesta que el cristianismo conoce y celebra en los tres primeros siglos de su historia, es decir, la Pascua. La vigilia de la Pascua, el 13 de Nisán, el ritual judío ordenaba que la dueña de casa explorara toda la casa  a la luz de la vela, rebuscando en cada esquina, para hacer desaparecer cualquier pequeño vestigio de pan fermentado y celebrar así, al día siguiente, la Pascua solo con pan ázimo. El fermento, en efecto, era para los hebreos sinónimo de corrupción y el pan ázimo, símbolo de pureza, novedad e integridad. En este sentido Jesús llama a la hipocresía fermento, «el fermento de los fariseos» (Lc 12,1).

San Pablo ve en la práctica ritual judía una grandiosa metáfora de la vida cristiana. Cristo fue inmolado; él es la verdadera Pascua de la que la antigua era una espera; es necesario, pues, explorar la casa interior, el corazón, despojarse de todo lo que es viejo y corrupto, para ser «una masa nueva»; hacer, también dentro de nosotros, la gran limpieza primaveral. La palabra griega heilikrineia que se traduce como «sinceridad» contiene la idea de esplendor solar (helios) y de prueba o juicio (krino) y significa, por eso, una transparencia solar, algo que ha sido probado a la luz y encontrado puro.

La virtud de la sencillez tiene el modelo más sublime que se pueda pensar: Dios mismo. San Agustín escribió: «Dios es trino, pero no es triple»[6]. Él es la simplicidad misma. La Trinidad no destruye la simplicidad de Dios, porque la sencillez se refiere a la naturaleza y la naturaleza de Dios es una y simple. Santo Tomás recoge fielmente esta herencia, haciendo de la sencillez, el primero de los atributos de Dios[7].

La Biblia expresa esta misma verdad de manera concreta, por medio de imágenes: «Dios es luz y en él no hay tinieblas» (1 Jn 1,5). La ausencia de toda mezcla es también uno de los múltiples significados del título divino Qadosh, Santo. Pura plenitud, pura simplicidad. La gran mística santa Catalina de Génova designa este aspecto de la naturaleza divina, de la que estaba enamorada, con neto un término que indica, a la vez, pureza e integridad, plenitud y homogeneidad absoluta. Dios es un «todo de una pieza». La simplicidad de Dios es «pura plenitud»; a él, dice la Escritura, «nada se le puede añadir ni quitar» (Sir 42,21). En cuanto es suma plenitud, nada se le puede añadir; en cuanto que es suma pureza, nada se le debe quitar. En nosotros las dos cosas nunca están unidas; la una contradice a la otra. Nuestra pureza se obtiene siempre quitando algo, purificándonos, «quitando el mal de nuestras acciones» (cf. Is 1,16).

Cualquier acción, aunque sea pequeña, si se realiza con intención pura y simple, nos hace ser «a imagen y semejanza de Dios». La intención pura y simple recoge las fuerzas dispersas del alma, prepara el espíritu y lo une a Dios. Es principio, fin y adorno de todas las virtudes. Tendiendo a Dios solo y juzgando las cosas en relación a él, la sencillez rechaza y vence la ficción, la hipocresía y cualquier duplicidad. Esta intención pura y recta es ese ojo simple del que habla Jesús en el Evangelio, que ilumina todo el cuerpo, es decir, toda la vida y los actos del  hombre y los preserva inmunes del pecado.

La sencillez es una de las conquistas más arduas y más bellas del camino espiritual. La sencillez es propia de quien ha sido purificado por una verdadera penitencia, porque es fruto de un total desprendimiento de sí mismo y de un amor desinteresado hacia Cristo. Se alcanza poco a poco, sin desanimarse por las caídas, sino con firme determinación de buscar a Dios por él mismo y no por nosotros mismos.

Si puedo permitirme sugerir un propósito al final de esta meditación, hay que buscar en el salterio, o en la liturgia de las Horas, el salmo 139; recitarlo lenta y repetidamente, como si lo leyéramos por primera vez, más aún, como si lo estuviéramos componiendo nosotros mismos o fuéramos los primeros en pronunciarlo. Si la hipocresía y la doblez consisten en buscar la mirada de los hombres más que la de Dios, aquí encontramos el remedio más eficaz. Rezar este salmo es como someterse a una especie de radiografía, como exponerse a los rayos X. Uno se siente atravesado de un lado a otro por la mirada de Dios. Recuerdo siempre la impresión cuando lo recité por primera vez en el modo que he dicho. Comienza así:

 

«Señor, tú me sondeas y me conoces.

Me conoces cuando me siento o me levanto,

de lejos penetras mis pensamientos;

distingues mi camino y mi descanso,

todas mis sendas te son familiares.

No ha llegado la palabra a mi lengua,

y ya, Señor, te la sabes toda…

¿Adónde iré lejos de tu aliento,

adónde escaparé de tu mirada?

Si escalo el cielo, allí estás tú;

si me acuesto en el abismo, allí te encuentro;

si vuelo hasta el margen de la aurora,

si emigro hasta el confín del mar,

allí me alcanzará tu izquierda,

me agarrará tu derecha.

Si digo: «Que al menos la tiniebla me encubra,

que la luz se haga noche en torno a mí»,

ni la tiniebla es oscura para ti,

la noche es clara como el día,

la tiniebla es como luz para ti».

Lo maravilloso es que esta toma de conciencia de estar bajo la mirada de Dios no crea un sentimiento de vergüenza o de malestar, como quien se siente observado y descubierto en sus pensamientos más secretos; al contrario, da alegría porque se entiende que es la mirada de un padre que nos ama y nos quiere perfectos como él es perfecto. El salmista termina, de hecho, su oración con el grito exultante:

«Sondéame, oh Dios,y conoce mi corazón,

ponme a prueba y conoce mis sentimientos,

mira si mi camino se desvía,

guíame por el camino eterno».

Sí, mira, Señor, si seguimos un camino de mentira y guíanos, en esta Cuaresma, por la vía de la sencillez y de la transparencia. Amén.

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

 

[1] Cf. B. Pascal, Pensamientos, 147 Br.

[2]  La Rochefoucauld, Máximas, 218.

[3] Cf. Strack-Billerbeck, I, 718.

[4]  S. Juan de la Cruz, Máximas, 20 y 21.

[5] Alessandro Manzoni, I promessi sposi, cap. XXIV [trad. esp. Los novios(Rialp, Madrid 2001].

[6]  S. Agustín, De Trinitate, VI, 7.

[7] S. Tomás de Aquino, S.Th., I,3,7

Fuente  :  https://es.zenit.org/articles/p-raniero-cantalamessa-bienaventurados-los-limpios-de-corazon-porque-ellos-veran-a-dios/

Homilía para la eucaristía del domingo 17 de marzo de 2019.

Paz y Bien a todos. No olvidemos que la mejor penitencia es darse a los demás. ¿Cómo? Las cajitas de Cuaresma, que a tantos beneficiarán.

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA. C

Génesis 15,5-12.17-18: Alianza del Señor con Abraham. Dios promete, sólo Él se compromete a darle descendencia y una Tierra. Abraham creyó y fue justificado.

Filipenses 3,17-4,1: un llamado a la fidelidad frente a los ataques de los enemigos, los judaizantes, que son autosuficientes, creen salvarse por sí mismos. Nosotros, como ciudadanos del cielo, tenemos puesta nuestra fe en Cristo.

Lucas 9,28-36: Jesús se transfigura ante sus discípulos. Es todo un Icono: el Padre se hace presente a través de Cristo. Su transfiguración es signo de nuestra transfiguración.

1.- En el contexto de la Cuaresma la Palabra nos habla de transformación, cambio, algo nuevo.

Algo nuevo se le promete a Abraham: paternidad y una tierra, a aquel que no podía tener hijos y era un nómada.

Algo nuevo se le promete al cristiano que cree en el poder del Señor. Él es quien transformará nuestro pobre cuerpo mortal, haciéndolo como su cuerpo glorioso.

Algo nuevo les hace ver Jesús a los suyos allá en el Tabor. Se manifiesta como el que viene a cumplir el Plan de Dios y, por eso, se muestra revestido de gloria. Él es el elegido al que hay que escuchar.

Todo es transformación, algo nuevo.

2.- Evidentemente que esto supone en nosotros una tremenda cuota de fe. “Abraham creyó contra toda esperanza que llegaría a ser padre de muchos pueblos…él, ante la promesa de Dios, no cedió a la incredulidad, sino, al contrario,  se fortaleció en la fe y dio gloria a Dios, convencido de que Él tiene poder para cumplir lo que promete” (Romanos 4,18-21).

El Apóstol Pablo creyó en el Señor y por Él todo lo consideró basura. Él se presenta como modelo de fe, de fidelidad a Cristo frente a aquellos que son “enemigos de la cruz de Cristo”, y pretenden quitarle a la cruz de Cristo su fuerza redentora. Son autosuficientes,  creen salvarse solos.

Jesús mismo quiere afirmar la fe de sus discípulos frente al escándalo de su Pasión. Igual ellos en la Pasión huyeron como ratas cuando el barco se hunde.

3.- Parece que la Nave de Pedro está haciendo agua por todas partes. La tormenta es cada vez más fuerte.

Justo en la celebración del sexto aniversario de la elección del Papa Francisco no faltan los falsos cristianos y los enemigos de la cruz de Cristo que arremeten con más fuerza contra su persona y contra la Iglesia.  Ya se sabe quiénes son los que están detrás de estas noticias. Muchos  cristianos tambalean, huyen, dudan. Es la Pasión de Cristo que se sigue realizando de diversas maneras. La Pasión de Cristo fue un escándalo para la mentalidad judía. Hoy existe otro tipo de escándalo. Y esto agota la fe y la paciencia de muchos cristianos.

En este contexto emerge la figura del Señor transfigurado. Sólo a Él debemos escuchar.

4.- Nuestra celebración debe ser un acto de fe en Aquel que es capaz de dar vida. Así como Abraham le creyó a Dios que podía darle vigor y vida, del mismo modo nosotros tenemos fe y creemos que así como resucitó a su Hijo también nos transformará a nosotros y a toda su Iglesia. No perdamos la fe. Al contrario, con el salmista digamos: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Espera en el Señor y sé fuerte; ten valor y espera en el Señor”.

Jesús se transfiguró ante ellos. Hoy se hace presente ante nosotros. Como Pedro bien podemos decir: “Maestro, ¡qué bien estamos aquí!” Y el Padre Dios nos responderá: “Escúchenlo”, es decir, háganle caso.

 

 

                    Hermano Pastor Salvo Beas.

Comentario al evangelio de hoy viernes 15 de marzo de 2019

Del santo Evangelio según san Mateo 5, 20-26

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos.

Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo.

Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda. Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo».

Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

El Evangelio que terminamos de leer deja un mensaje que es bastante claro. «Si al llevar tu ofrenda recuerdas que tu hermano tiene algo en contra de ti, deja tu ofrenda y ve a reconciliarte con tu hermano.» Cuán difícil es esto, y más cuando tenemos la razón y fue el otro quien cometió el error, pero Cristo hoy viene a decirnos que perdonemos y amemos como Él nos ha enseñado: No quiero sacrificios sino misericordia. «¡Cómo es difícil muchas veces perdonar! Y, sin embargo, el perdón es el instrumento puesto en nuestras frágiles manos para alcanzar la serenidad del corazón. Dejar caer el rencor, la rabia, la violencia y la venganza son condiciones necesarias para vivir felices». (Mensaje del papa Francisco).

Hay que dar el primer paso, pero si la persona con la que se tiene una dificultad no escucha, eso ya es asunto de él. Lo importante es ser «misericordiosos como el Padre». Jesucristo, misericordioso de corazón, te pedimos que nos ayudes a saber perdonar como Tú perdonas y a amar como Tú amas. No permitas que el odio y el rencor nos definan, ayúdanos a saber olvidar y sanar esas heridas que solo Tú conoces.

«Es necesario rebajar tantas asperezas causadas por el orgullo y la soberbia. Cuánta gente, quizás sin darse cuenta, es soberbia, áspera, no tiene esa relación de cordialidad. Hay que superar esto haciendo gestos concretos de reconciliación con nuestros hermanos, de solicitud de perdón por nuestras culpas. No es fácil reconciliarse, siempre se piensa: ¿quién da el primer paso? Pero el Señor nos ayuda a hacerlo si tenemos buena voluntad. La conversión, de hecho, es completa si lleva a reconocer humildemente nuestros errores, nuestras infidelidades, nuestras faltas.»
(Homilía de S.S. Francisco, 9 de diciembre de 2018).

 

Fuente  :  http://es.catholic.net/op/articulos/72519/amar-y-perdonar.html#modal