Ir al contenido principal

Autor: Patricio Osiadacz

Editorial – Marzo 2019.

Tiempo de Cuaresma

Fortalezcan sus corazones (St 5,8)

Queridos hermanos y hermanas Paz y Bien !!!

La Cuaresma es un tiempo de renovación. Pero sobre todo es un tiempo de gracia para cada uno de nosotros y nuestras Fraternidades, Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: Amemos a Dios porque él nos amó primero y Él no es indiferente a nosotros. Está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos. Le interesamos; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede.

La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando recibimos los sacramentos, en particular la Eucaristía. En ella nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo. En él no hay lugar para la indiferencia, que tan a menudo parece tener tanto poder en nuestros corazones. Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás. Si un hermano sufre, todos sufrimos con él; y si un hermano es honrado, todos nos alegramos con él.

Como pueblo de Dios, por tanto, tenemos la necesidad de renovarnos cada día para no caer en la indiferencia y Dios no es indiferente a nosotros, sino que nos ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre.

La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.

En San Francisco se encuentra la más clara y poderosa expresión de la piedad hacia el prójimo, especialmente en el encuentro con el leproso, un hombre lleno de dolor, acostumbrado al sufrimiento. Y sin embargo Francisco venciendo sus juicios y sus temores, llegó a él, lo abraza y le da un beso. Allí, el joven empezó a rodear de amor y misericordia al hermano que sufre.

El mismo Francisco reconocería más tarde, en su testamento:“Cuando era pecador, me parecía demasiado amargo ver a los leprosos; y el Señor mismo me condujo entre ellos y practiqué con ellos misericordia. Y lo que antes me parecía amargo se transformó en dulzura de cuerpo y alma” .

Sólo venciéndose a sí mismo, el hermano Francisco, llegó a ser amigo, familiar y servidor de aquellos hombres y mujeres, a quienes en otro tiempo les repugnaba, servía a todos por Dios con extremada delicadeza; lavaba sus cuerpos infectos y curaba sus úlceras purulentas.

A ejemplo de nuestro hermano Francisco con el leproso, nosotros como Laicos estamos llamados a curar con delicadeza las heridas de nuestra Iglesia y nuestros hermanos, generando en nosotros nuestra propia sanación.

Hermanos y hermanas, en este camino Cuaresmal les pido seguir perseverando con sus oraciones por nuestra Iglesia, por nuestra Provincia Capuchina, por las vocaciones, por nuestras fraternidades y de forma especial por nuestros enfermos, por los que sufren en soledad, por los cesantes, por nuestras familias, padres e hijos, y por cada uno de nosotros para que el Señor nos bendiga, nos guarde, y que la Santísima Virgen nos cuide como Madre y nos cubra con su manto protector.

Les envío un abrazo y que la Paz y el Bien estén con cada uno de ustedes.

Fraternalmente

Evelyn Toledo Reyes

Coordinadora Nacional

Comentario al evangelio de hoy miércoles 03 de abril de 2019.

Del santo Evangelio según san Juan 5, 17-30

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos (que lo perseguían por hacer curaciones en sábado): “Mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo”. Por eso los judíos buscaban con mayor empeño darle muerte, ya que no sólo violaba el sábado, sino que llamaba Padre suyo a Dios, igualándose así con Dios.

Entonces Jesús les habló en estos términos: “Yo les aseguro: El Hijo no puede hacer nada por su cuenta y sólo hace lo que le ve hacer al Padre; lo que hace el Padre también lo hace el Hijo. El Padre ama al Hijo y le manifiesta todo lo que hace; le manifestará obras todavía mayores que éstas, para asombro de ustedes. Así como el Padre resucita a los muertos y les da la vida, así también el Hijo da la vida a quien él quiere dársela. El Padre no juzga a nadie, porque todo juicio se lo ha dado el Hijo, para que todos honren al Hijo, como honran al Padre. El que no honra al Hijo tampoco honra al Padre.

Yo les aseguro que, quien escucha mi palabra y cree en el que me envió, tiene vida eterna y no será condenado en el juicio, porque ya pasó de la muerte a la vida.

Les aseguro que viene la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la hayan oído vivirán. Pues, así como el Padre tiene la vida en sí mismo, también le ha dado al Hijo tener la vida en sí mismo; y le ha dado el poder de juzgar, porque es el Hijo del hombre.

No se asombren de esto, porque viene la hora en que todos los que yacen en la tumba oirán mi voz y resucitarán: los que hicieron el bien para la vida; los que hicieron el mal, para la condenación. Yo nada puedo hacer por mí mismo. Según lo que oigo, juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”.

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

El Evangelio de hoy es una invitación a la coherencia de vida pues los más jóvenes actúan con el ejemplo de los mayores. Jesús dijo: «en verdad os digo que el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre». Grande es la confianza que Dios pone en tu vida al ser guía de tu prole, o al ser educador, catequista, hermano o hermana mayor, o ser quien lidera un grupo o al menos tienes influencia sobre otra persona, es por esta razón que debes de actuar con coherencia, pues lo que haces es imitado por otros, porque te consideran alguien especial. Como padre o madre debes considerar tus propias actitudes y comprender a tus hijos sin hacer juicios condenatorios, debes aprender a verlos con ojos de misericordia, que implica ponerles límites. Tú que eres hija o hijo recuerda que no eres perfecto, que cometes errores y que otros también buscan en ti la perfección, o al menos, el actuar con coherencia, misma que buscas en tus padres.

Jesús se dona totalmente por amor porque es lo que hace el Padre, amar-perdonar-guiar-ser feliz. Recuerda que tú aprendiste de otro todo lo bueno que hay en ti y también aquello de lo que no te enorgulleces, por eso esfuérzate para dejar un legado que marque las vidas de muchos de forma edificante.

Lo bueno se construye en familia, el Padre y el Hijo hacen las mismas cosas porque viven en comunión y es a lo que invita el Evangelio, una vida coherente en comunión; por eso padres e hijos, aprendan a verse con amor, reconociendo sus debilidades y errores, pero esforzándose por dar lo mejor de cada uno, conscientes que otros harán lo que aprendieron y enseñaron con su coherencia de vida.

Así como Jesús en su naturaleza divina hace lo que hace Dios Padre, en su naturaleza humana hizo y hace lo que aprendió de san José y la Santísima Virgen María. Por eso aprende a decir como san Pablo: Imitatores mei estote, sicut et ego Christi. «Sigan mi ejemplo, así como yo sigo el ejemplo de Cristo.» Y Cristo imitó en todas sus virtudes humanas a san José y la Virgen María. Aprende de ellos y déjate guiar para que, al igual que la Sagrada Familia, seas también imagen de la Santísima Trinidad.

«Jesús vino a salvar, con su palabra, no a condenarnos. Se ve cuando un hombre o una mujer han vivido este paso y cuando no. La gente se da cuenta de si un cristiano razona como hijo o como esclavo. Y nosotros mismos recordamos si nuestros educadores nos han cuidado como padres y madres o si nos han impuesto solo unas reglas. Los mandamientos son el camino hacia la libertad, porque son la palabra del Padre que nos hace libres en este camino. El mundo no necesita legalismo sino cuidado. Necesita cristianos con el corazón de hijos. Necesita cristianos con el corazón de hijos: no olvidéis esto.»
(S.S. Francisco, Audiencia 20 de junio de 2018).

 

Fuente  :  http://es.catholic.net/op/articulos/72604/lo-que-haces-sera-tu-legado-evangelio-meditacion-catolico-del-dia-juan-5-17-30.html#modal

EDD. miércoles 03 de abril de 2019

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (49,8-15):

ESTO dice el Señor:
«En tiempo de gracia te he respondido,
en día propicio te he auxiliado;
te he defendido y constituido alianza del pueblo,
para restaurar el país,
para repartir heredades desoladas,
para decir a los cautivos: “Salid”,
a los que están en tinieblas: “Venid a la luz”.
Aun por los caminos pastarán,
tendrán praderas en todas las dunas;
no pasarán hambre ni sed,
no les hará daño el bochorno ni el sol;
porque los conduce el compasivo
y los guía a manantiales de agua.
Convertiré mis montes en caminos,
y mis senderos se nivelarán.
Miradlos venir de lejos;
miradlos, del Norte y del Poniente,
y los otros de la tierra de Sin.
Exulta, cielo; alégrate, tierra;
romped a cantar, montañas,
porque el Señor consuela a su pueblo
y se compadece de los desamparados».
Sion decía: «Me ha abandonado el Señor,
mi dueño me ha olvidado».
¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta,
no tener compasión del hijo de sus entrañas?
Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 144,8-9.13cd-14.17-18

R/. El Señor es clemente y misericordioso

V/. El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R/.

V/. El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan. R/.

V/. El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (5,17-30):

EN aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos:
«Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo».
Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo: porque no solo quebrantaba el sábado, sino también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios.
Jesús tomó la palabra y les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre. Lo que hace este, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace, y le mostrará obras mayores que esta, para vuestro asombro.
Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.
Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo todo el juicio, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió.
En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida.
En verdad, en verdad os digo: llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán.
Porque, igual que el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado también al Hijo tener vida en sí mismo. Y le ha dado potestad de juzgar, porque es el Hijo del hombre.
No os sorprenda esto, porque viene la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de juicio.
Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió».

Palabra del Señor

REFLEXIÓN  :

Querido amigo/a:

No importa que sea sábado porque el amor está por encima de la ley. El evangelio de hoy es continuación de la curación del paralítico que Jesús realizó junto a la piscina. Por eso quieren acabar con Él, por hacer el bien. Jesús no actúa sólo, lo que nos explica en esta secuencia del evangelio de Juan que hoy meditamos, es que lo hace junto al Padre y con el Padre. Esto exasperó aún más. Se va incrementando el rechazo y odio hacia Él, pues se va acercando su momento de Pasión.

Señor, no dejas de hacer lo que tienes que hacer; no dejas de amar, no dejas de curar; lo entiendan o no lo entiendan, tienes clara tu misión. No te frena el qué dirán o si es políticamente correcto curar o no en sábado, hacerlo delante de los influyentes y poderosos. Lo haces porque es la voluntad del Padre y Tú estás en Él y Él en ti.

La primera lectura del profeta Isaías, uno de los cuatro cánticos del Siervo de Yahvé nos anuncia cómo actúa Dios a través de su enviado, Cristo: “¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré.” Jesús de Nazaret es ese Siervo a quien Dios ha enviado a curar, a devolver la paz, alegría y el gozo de vivir.

Dame Señor la fuerza para cumplir la voluntad de Dios, para hacerle caso sólo a Él y no a aquellas voces que intentan apartarnos del sendero de la vida. No importa que me entiendan o no me entiendan, me acepten o no, me señalen, se burlen o no sea políticamente correcto. Lo que me importa es seguir buscando esa voluntad de Dios sobre mi vida, para reafirmarla, para amarla más y cumplirla sin miedos ni indecisiones, cómo Tú nos enseñas hoy a hacer. Fuerza y amor.

Vuestro hermano en la fe:
Juan Lozano, cmf

Fuente  :  https://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/hoy

EDD. martes 02 de abril de 2019.

Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (47,1-9.12):

EN aquellos días, el ángel me hizo volver a la entrada del templo del Señor.
De debajo del umbral del templo corría agua hacia el este —el templo miraba al este—. El agua bajaba por el lado derecho del templo, al sur del altar.
Me hizo salir por el pórtico septentrional y me llevó por fuera hasta el pórtico exterior que mira al este. El agua corría por el lado derecho.
El hombre que llevaba el cordel en la mano salió hacia el este, midió quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta los tobillos. Midió otros quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta las rodillas. Midió todavía otros quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta la cintura. Midió otros quinientos metros: era ya un torrente que no se podía vadear, sino cruzar a nado.
Entonces me dijo:
«¿Has visto, hijo de hombre?»,
Después me condujo por la ribera del torrente.
Al volver vi en ambas riberas del torrente una gran arboleda. Me dijo:
«Estas aguas fluyen hacia la zona oriental, descienden hacia la estepa y desembocan en el mar de la Sal, Cuando hayan entrado en él, sus aguas serán saneadas. Todo ser viviente que se agita, allí donde desemboque la corriente, tendrá vida; y habrá peces en abundancia. Porque apenas estas aguas hayan llegado hasta allí, habrán saneado el mar y habrá vida allí donde llegue el torrente.
En ambas riberas del torrente crecerá toda clase de árboles frutales; no se marchitarán sus hojas ni se acabarán sus frutos; darán nuevos frutos cada mes, porque las aguas del torrente fluyen del santuario; su fruto será comestible y sus hojas medicinales».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 45,2-3.5-6.8-9

R/. El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob

V/. Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.
Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar. R/.

V/. Un río y sus canales alegran la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.
Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora. R/.

V/. El Señor del universo está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.
Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (5,1-16):

SE celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.
Hay en Jerusalén, junto a la Puerta de las Ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Esta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos.
Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.
Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice:
«¿Quieres quedar sano?».
El enfermo le contestó:
«Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado».
Jesús le dice:
«Levántate, toma tu camilla y echa a andar».
Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.
Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano:
«Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla».
Él les contestó:
«El que me ha curado es quien me ha dicho: “Toma tu camilla y echa a andar”».
Ellos le preguntaron:
«¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?».
Pero el que había quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, a causa del gentío que había en aquel sitio, se había alejado.
Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice:
«Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor».
Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado.
Por esto los judíos perseguían a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.

Palabra del Señor

Querido amigo/a:

Sin agua no hay vida. Este preciado elemento de la naturaleza está empezando a ser un grave problema, pues lo necesitamos para vivir. Las políticas de producción y consumo todavía no se han decidido con determinación a llevar a cabo un crecimiento sostenible para cuidar y preservar el agua. El número seis de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, habla de ello: “El agua potable y limpia representa una cuestión de primera importancia, porque es indispensable para la vida humana y para sustentar los ecosistemas terrestres y acuáticos. Las fuentes de agua dulce abastecen a sectores sanitarios, agropecuarios e industriales. La provisión de agua permaneció? relativamente constante durante mucho tiempo, pero ahora en muchos lugares la demanda supera a la oferta sostenible, con graves consecuencias a corto y largo término. Grandes ciudades que dependen de un importante nivel de almacenamiento de agua sufren periodos de disminución del recurso, que en los momentos críticos no se administra siempre con una adecuada gobernanza y con imparcialidad. […] En algunos países hay regiones con abundante agua y al mismo tiempo otras que padecen grave escasez.”

La Palabra de Dios hoy nos habla del agua. El agua que brota del Templo descrita por el profeta Ezequiel y que va purificando y curando todo lo que encuentra a su paso. Representa la vida en Dios, cono el agua que recibimos en el bautismo, el agua que se asperja sobre nosotros en el acto penitencial de la pascua, en las bendiciones de los Ramos, al despedir los restos mortales de un ser querido… Agua bendita de la vida, utilizada en los sacramentos y celebraciones.

La misma en la que deseaba sumergirse aquel enfermo que llevaba treinta y ocho años padeciendo su postración sin poder llegar a tiempo a la piscina de Betesda, junto a la Puerta de las Ovejas en Jerusalén. No necesitó llegar a tiempo a la piscina, pues el mismo Jesús le curó con su Palabra de autoridad. El agua del Señor sanó su enfermedad.

Hoy te pedimos Señor que no nos falte el agua que Tú nos das, el agua de la Vida, el agua que sacia de verdad nuestra sed y que ofreciste a la mujer samaritana junto al pozo. Esta agua también es un bien escaso, pues no todos conocen de su existencia ni saben dónde ir a buscarla. Danos de beber de esta agua, Jesús.

Vuestro hermano en la fe:
Juan Lozano, cmf

Fuente  :  https://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/hoy

Comentario al evangelio de hoy lunes 01 de abril de 2019.

Del santo Evangelio según san Juan 4, 43-54

En aquel tiempo, Jesús salió de Samaria y se fue a Galilea. Jesús mismo había declarado que a ningún profeta se le honra en su propia patria. Cuando llegó, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que él había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían estado allí.

Volvió entonces a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, que tenía un hijo enfermo en Cafarnaúm. Al oír éste que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue a verlo y le rogó que fuera a curar a su hijo, que se estaba muriendo. Jesús le dijo: «Si no ven ustedes signos y prodigios, no creen». Pero el funcionario del rey insistió: «Señor, ven antes de que mi muchachito muera». Jesús le contestó: «Vete, tu hijo ya está a sano».

Aquel hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Cuando iba llegando, sus criados le salieron al encuentro para decirle que su hijo ya estaba sano. Él les pregunto a qué hora había empezado la mejoría. Le contestaron: «Ayer, a la una de la tarde, se le quitó la fiebre». El padre reconoció que a esa misma hora Jesús le había dicho: Tu hijo ya está sano», y creyó con todos los de su casa.

Este fue el segundo signo que hizo Jesús al volver de Judea a Galilea.

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

Dios llega en el momento menos esperado y más necesario.

Cada vez que leo este Evangelio me acuerdo de muchos momentos en que he tenido una dificultad muy grande, porque realmente me doy cuenta de que Dios es un enamorado de primera.

¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Cuando era joven recuerdo que mi padre se compró unos lentes de sol por un problema que tenía, inmediatamente me pidió que buscará un par de lentes para mi madre, compró ambos y los escondió. Cuando mi madre vio a mi padre con lentes nuevos se enojó, pensó que no se había acordado de ella, y de camino al coche se preguntaba por qué no le había comprado nada. Para sorpresa de mi mamá, aparecieron unos lentes nuevos para mujer, ella se emocionó mucho y le dio un beso a mi padre.

Creo que el padre del niño del Evangelio se preguntó si era cierto lo que iba a ver, si iba a ver curado a su hijo; lo digo porque, veces, probamos de todo y no nos damos cuenta de lo cerca que tenemos la respuesta. Este funcionario regresa a su casa y encuentra a su hijo, curado, un regalo que Jesucristo le da. Dios espera hasta el último momento y nos da una pizca de esperanza cada vez que nos vemos rodeados de afanes y recurrimos a su auxilio.

Señor, que no me olvide jamás de todos los detalles que has tenido conmigo, que me dé cuenta de lo mucho que me amas y de cómo me das lo que necesito al punto de consentirme con muchos detalles.

«Creo que no existe un teólogo que pueda explicar esto: no se puede explicar. Sobre esto sólo se puede reflexionar, sentir y llorar de alegría: el Señor nos puede cambiar. Creer, creer que el Señor puede cambiarme, que Él puede. Exactamente lo que hizo con el funcionario del rey que tenía un hijo enfermo en Cafarnaúm. Ese hombre le pedía a Jesús que bajase a curar a su hijo, porque estaba por morir. Jesús le respondió: “Anda, tu hijo vive”. Este padre creyó en la palabra que Jesús le había dicho y se puso en camino: creyó, creyó que Jesús tenía el poder de curar a su niño. Y tuvo razón. La fe es dejar espacio a este amor de Dios; es dejar espacio al poder, al poder de Dios, al poder de alguien que me ama, que está enamorado de mí y desea la alegría conmigo. Esto es la fe. Esto es creer: es dejar espacio al Señor para que venga y me cambie.»
(Homilía de S.S. Francisco, 16 de marzo de 2015, en santa Marta).

 

Fuente  :  http://es.catholic.net/op/articulos/72601/dios-llega-en-el-momento-menos-esperado-y-mas-necesario.html#modal

EDD. lunes 01 de abril de 2019.

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (65,17-21):

ESTO dice el Señor:
«Mirad: voy a crear un nuevo cielo
y una nueva tierra:
de las cosas pasadas
ni habrá recuerdo ni vendrá pensamiento.
Regocijaos, alegraos por siempre
por lo que voy a crear:
yo creo a Jerusalén “alegría”,
y a su pueblo, “júbilo”.
Me alegraré por Jerusalén
y me regocijaré con mi pueblo,
ya no se oirá en ella ni llanto ni gemido;
ya no habrá allí niño
que dure pocos días,
ni adulto que no colme sus años,
pues será joven quien muera a los cien años,
y quien no los alcance se tendrá por maldito.
Construirán casas y las habitarán,
plantarán viñas y comerán los frutos».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 29,2.4.5-6.11-12a.13b

R/. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

V/. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R/.

V/. Tañed para el Señor, fieles suyos,
celebrad el recuerdo de su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo. R/.

V/. Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (4,43-54):

EN aquel tiempo, salió Jesús de Samaría para Galilea. Jesús mismo había atestiguado:
«Un profeta no es estimado en su propia patria».
Cuando llegó a Galilea, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta.
Fue Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino.
Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verlo, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose.
Jesús le dijo:
«Si no veis signos y prodigios, no creéis».
El funcionario insiste:
«Señor, baja antes de que se muera mi niño».
Jesús le contesta:
«Anda, tu hijo vive».
El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Iba ya bajando, cuando sus criados vinieron a su encuentro diciéndole que su hijo vivía. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Y le contestaron:
«Ayer a la hora séptima lo dejó la fiebre».
El padre cayó en la cuenta de que esa era la hora en que Jesús le había dicho: «Tu hijo vive». Y creyó él con toda su familia. Este segundo signo lo hizo Jesús al llegar de Judea a Galilea.

Palabra del Señor

REFLEXIÓN  : 

Querido amigo/a:

“Regocijaos y alegraos” nos dice el profeta Isaías en la primera lectura. Y es que hemos comenzado la cuarta semana de Cuaresma, denominada “Laetare”, de la alegría, dada la proximidad de la Pascua. Ello nos recuerda que estamos cada vez más cerca de vivir el acontecimiento más importante del año cristiano: la muerte y resurrección del Señor. La meta está cerca y el final del tiempo de Cuaresma es la alegría, la renovación, el triunfo de la vida, que no se nos olvide.

Curiosamente “alegraos y regocijaos” es el título de una exhortación apostólica del Papa Francisco “Gaudete et exsultate” publicada hace un año, sobre la llamada a la santidad en el mundo actual; un recordatorio de cuál es nuestra meta, hacia donde debemos caminar. Si no has tenido ocasión de leerla, este es un buen tiempo para ello. Puedes leerla pinchando en este enlace: Gaudete et exsultate

Alegría y regocijo es lo que sintió el funcionario real cuando su hijo fue librado de la muerte segura gracias a la curación de Jesús: “Anda tu hijo vive”. El padre del niño creyó en la palabra del Señor, como nos cuenta el evangelista san Juan, y justo en la hora en la que aceptó la palabra de Jesús, su hijo fue sanado de la fiebre mortal: “la hora séptima”, nos dice el evangelista. Ocurrió en Cana de Galilea. Una vez más la eficacia y el poder sanador de la fe.

Señor Jesús, yo también quiero sentir la alegría que Tú das, ese don, esa gracia interior que nada ni nadie puede apagar, ningún acontecimiento, ningún revés de la vida. La alegría de sentirte cerca porque sé que caminas a mi lado; la alegría de que contigo lo tengo todo, de que Tú eres mi mayor tesoro. No permitas Señor que la tristeza y el pesimismo se apoderen de mi corazón. Ayúdame a transformar mi luto en danza.

Vuestro hermano en la fe:
Juan Lozano, cmf

Fuente  :  https://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/hoy

Padre Raniero Cantalamessa: “In te ipsum redi” (“Entra dentro de ti”)

Tercera Predicación de Cuaresma

(ZENIT – 29 marzo 2019).- Esta viernes, 29 de marzo de 2019, a las 9 horas, en la Capilla Redemptoris Mater, el Predicador de la Casa Pontificia, el Reverendo Padre. Raniero Cantalamessa, franciscano capuchino, ha pronunciado el tercer sermón de Cuaresma.

El tema de las meditaciones de Cuaresma es el siguiente: “In te ipsum redi” (Entra dentro de ti, San Agustín).

Los próximos sermones se pronunciarán los viernes 5 y 12 de abril.

***

La idolatría, antítesis del Dios viviente  

Cada mañana, al despertar, experimentamos algo singular, a lo cual no hacemos caso casi nunca. Durante la noche, las cosas en torno a nosotros existían, eran como las habíamos dejado la noche anterior: la cama, la ventana, la habitación. Quizás fuera ya brilla el sol, pero no lo vemos porque tenemos los ojos cerrados y las cortinas cerradas. Sólo ahora, al despertar, las cosas empiezan o vuelven a existir para mí, porque tomo conciencia de ello, me doy cuenta de ellas. Antes era como si no existieran.

Sucede lo mismo con Dios. Él está siempre; «en él vivimos, nos movemos y existimos», decía Pablo a los atenienses (Hch 17,28); pero normalmente esto sucede como en el sueño, sin que nos demos cuenta. Es necesario, también para el espíritu  un despertar, un sobresalto de conciencia. Por eso, la Escritura nos exhorta a menudo a levantarnos del sueño: «Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz» (Ef 5,14). «¡Ya es tiempo de despertarse del sueño!» (Rom 13,11).

La idolatría antigua y nueva

El Dios «vivo» de la Biblia está así definido para distinguirlo de los ídolos que son cosas muertas. Es la batalla que une a todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento. Basta con abrir casi por casualidad una página de los profetas o de los salmos para encontrar allí los signos de esta épica lucha en defensa del Dios único de Israel. La idolatría es exactamente la antítesis del Dios vivo. De los ídolos, un salmo dice:

Sus ídolos, en cambio,  son plata y oro,
hechura de manos humanas.
Tienen boca, y no hablan,
tienen ojos, y no ven,
tienen orejas, y no oyen,
tienen nariz, y no huelen,
tienen manos, y no tocan,
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta (Sal 114,3-7).

Del contraste con los ídolos, el Dios vivo aparece como un Dios que «obra lo que quiere», que habla, que ve, que huele, ¡un Dios «que respira»! El aliento de Dios también tiene un nombre en la Escritura: se llama la Ruah Jahwe, el Espíritu de Dios.

La batalla contra la idolatría lamentablemente no terminó con el fin del paganismo histórico; está siempre en acción. Los ídolos han cambiado de nombre, pero están más presentes que nunca. También dentro de cada uno de nosotros, veremos, hay uno que es el más temible de todos. Vale la pena por eso detenernos una vez sobre este problema, como problema actual, y no sólo del pasado.

Quien hizo de la idolatría el análisis más lúcido y más profundo es el Apóstol Pablo. Por él nos dejamos conducir al descubrimiento del «becerro de oro» que anida dentro de cada uno de nosotros. Al comienzo de la carta a los Romanos leemos estas palabras:

«La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que tienen la verdad prisionera de la injusticia. Porque lo que de Dios puede conocerse les resulta manifiesto, pues Dios mismo se lo manifestó. Pues lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son perceptibles para la inteligencia a partir de la creación del mundo a través de sus obras; de modo que son inexcusables, pues, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como Dios ni le dieron gracias; todo lo contrario, se ofuscaron en sus razonamientos, de tal modo que su corazón insensato quedó envuelto en tinieblas» (Rom 1,18-21).

En la mente de aquellos que han estudiado teología, estas palabras están vinculadas casi exclusivamente a la tesis de la cognoscibilidad natural de la existencia de Dios a partir de las criaturas. Por eso, una vez resuelto este problema, o después de que ha dejado de ser actual como en el pasado, sucede que muy raramente estas palabras son recordadas y valoradas. Pero lo de la cognoscibilidad natural de Dios es, en el contexto, un problema totalmente marginal. Las palabras del Apóstol tienen mucho más que decirnos; contienen uno de esos «truenos de Dios» capaces de partir incluso los cedros del Líbano.

El Apóstol está atento a demostrar cuál es la situación de la humanidad antes de Cristo y fuera de él; en otras palabras, desde donde parte el proceso de la redención. Él no parte desde cero, de la naturaleza, sino desde bajo cero, del pecado. Todos han pecado, nadie está excluido. El Apóstol divide el mundo en dos categorías: griegos y judíos, es decir, paganos y creyentes, y comienza su requisitoria precisamente por el pecado de los paganos. Identifica el pecado fundamental del mundo pagano en la impiedad y en la injusticia. Dice que es un atentado a la verdad; no a esta o a aquella verdad, sino a la verdad originaria de todas las cosas.

El pecado fundamental, el objeto primario de la ira divina, es identificado en la asebeia, es decir, en la impiedad. En qué consiste exactamente esta impiedad, el Apóstol lo explica enseguida, diciendo que consiste en el rechazo de «glorificar» y «dar gracias a Dios». En otras palabras, rechazar reconocer a Dios como Dios, al no tributarle la consideración que le es debida. Consiste, podríamos decir, en «ignorar» a Dios, donde, sin embargo, ignorar no significa tanto «no saber que existe», cuanto «hacer como si no existiera».

En el Antiguo Testamento oímos a Moisés que clama al pueblo: «¡Reconoced que Dios es Dios!» (cf. Dt 7,9) y un salmista recoge dicho grito, diciendo: «¡Reconoced que el Señor es Dios: Él nos ha hecho y somos suyos!» (Sal 100,3). Reducido a su núcleo germinativo, el pecado es negar ese «reconocimiento»; es el intento, por parte de la criatura, de anular la infinita diferencia cualitativa que existe entre la criatura y el Creador, negándose a depender de él. Dicho rechazo ha tomado cuerpo, concretamente, en la idolatría, por la cual se adora a la criatura en lugar del Creador (cf. Rom 1,25). Los paganos, prosigue el Apóstol, «alardeando de sabios, resultaron ser necios y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles» (Rom 1,22-23).

El Apóstol no quiere decir que todos los paganos, indistintamente, hayan vividos subjetivamente en este tipo de pecado (más adelante hablará de paganos que se hacen queridos a Dios siguiendo la ley de Dios escrita en sus corazones, cf. Rom 2,14s); solo quiere decir cuál es la situación objetiva del hombre ante Dios tras el pecado. El hombre, creado «recto» (en sentido físico de erguido y en lo moral de justo), con el pecado se ha hecho «curvo», es decir, replegado sobre sí mismo, y «perverso», es decir orientado hacia sí mismo, en lugar de hacia Dios.

En la idolatría, el hombre no «acepta» a Dios, sino que se hace un dios. Las partes aparecen invertidas: el hombre se convierte en el alfarero, y Dios la vasija que él modela a su antojo (cf. Rom 9,20ss). Hay en todo ello una referencia, al menos implícita, al relato de la creación (cf. Gén 1,26-27). Allí se dice que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza; aquí se dice que el hombre ha cambiado por Dios la imagen y la figura de hombre corruptible. En otras palabras, Dios hizo al hombre a su imagen, ahora el hombre hace a Dios a su imagen. Puesto que el hombre es violento, he aquí que hará de la violencia un dios, Marte; puesto que es lujurioso, hará de la lujuria una diosa, Venus, y así sucesivamente. Hace de Dios la proyección de sí mismo.

«¡Tú eres ese hombre!»

Sería fácil demostrar que ésta es también la situación en la que, por cierto lado, nos hemos encontrado, en occidente, desde el punto de vista religioso y del que ha comenzado el ateísmo moderno con la célebre máxima de Feuerbach: «No es Dios quien ha creado al hombre a su imagen, sino que es el hombre quien crea a Dios a su imagen». ¡En cierto sentido hay que admitir que esta afirmación es verdadera! Sí, dios es realmente un producto de la mente humana. Sin embargo, el problema es saber de qué dios se trata. Ciertamente no del Dios vivo de la Biblia, sino sólo de un sucedáneo suyo.

Imaginemos que hoy un desequilibrado la toma a martillazos con la estatua del David, de Miguel Ángel, que se encuentra al aire libre, delante del Palazzo della Signoria en Florencia, y luego se pone a gritar con aire de triunfo: «¡He destruido el David de Miguel Ángel! ¡Ya no existe el David! ¡Ya no existe el David!» No sabe, pobre iluso, que era sólo una imitación, una copia para turistas con  prisa, porque el verdadero David de Miguel Ángel, tras un atentado de este tipo ocurrido en el pasado, fue retirado de la circulación y puesto a salvo en la Galería de la Academia. Es lo que le sucedió a Nietzsche cuando, por boca de un personaje suyo, proclamó: «¡Hemos matado a Dios!»[1]. No se daba cuenta de que no había matado al verdadero Dios, sino una copia de «escayola».

Basta una simple observación para convencerse de que el ateísmo moderno no ha tenido que ver con el Dios de la fe cristiana, sino con una idea deformada de él. Si se hubiera mantenido viva en teología la idea del Dios Uno y Trino (en lugar de hablar de un vago «Ser supremo»), no habría sido tan fácil para Feuerbach hacer triunfar su tesis de que Dios es una proyección que el hombre hace de sí mismo y de la propia esencia. ¿Qué necesidad tendría el hombre de desdoblarse en tres: Padre, Hijo y Espíritu Santo? Es el vago deísmo lo que es derribado por el ateísmo moderno, no la fe en Dios uno y trino.

Pero pasemos a otra cosa. Nosotros no estamos aquí para refutar el ateísmo moderno o para un curso de teología pastoral; estamos aquí para hacer un camino de conversión personal. ¿Qué parte tenemos nosotros —entiendo ahora «nosotros» en el sentido de nosotros que estamos aquí, nosotros los creyentes—, en la tremenda requisitoria de la Biblia contra la idolatría? Según lo dicho hasta aquí, parecería, en efecto, que nosotros tenemos, más que otra cosa, un papel de acusadores. Pero escuchemos bien lo que sigue en la Carta de Pablo a los Romanos. Después de haber arrancado la máscara del rostro del mundo, en ella el Apóstol arranca la máscara también por nuestro rostro y veamos cómo.

«Por ello, tú que te eriges en juez, sea quien seas, no tienes excusa, pues, al juzgar aotro, a ti mismo te condenas, porque haces las mismas cosas, tú que juzgas. Sabemos que el juicio de Dios contra los que hacen estas cosas es según verdad. ¿Piensas acaso, tú que juzgas a los que hacen estas cosas pero actúas del mismo modo, que vas a escapar del juicio divino?» (Rom 2,1-3).

La Biblia narra esta historia. El rey David había cometido un adulterio; para cubrirlo había hecho morir en la guerra al marido de la mujer, de modo que, en ese punto, tomarla como mujer podía parecer incluso un acto de generosidad por parte del rey, respecto del soldado muerto luchando por él. Una verdadera cadena de pecados. Se acercó entonces a él el profeta Natán, enviado por Dios, y le contó una parábola (pero el rey no sabía que era una parábola). Había —dijo—, en la ciudad, un hombre rico que tenía rebaños de ovejas y había también un pobrecillo que tenía una sola oveja muy querida para él, de la cual obtenía su sustento y que dormía con él. Llegó al rico un huésped y él, conservando sus ovejas, tomó para sí la ovejita del pobre y la hizo matar por preparar la mesa al huésped. Al oír esta historia, la ira de David se desencadenó contra ese hombre y dijo: «¡Quien ha hecho esto merece la muerte!» Entonces Natán, abandonando de golpe la parábola y apuntando con el dedo hacia él, dijo a David: «¡Tú eres ese hombre!» (cf. 2 Sam 12,1ss).

Es lo que hace con nosotros el Apóstol Pablo. Después de habernos arrastrado detrás de sí en una justa indignación y horror por la impiedad del mundo, pasando por el capítulo primero al capítulo segundo de su Carta, como si se dirigiera de golpe hacia nosotros, nos repite: «¡Tú eres ese hombre!». La reaparición, en este punto, del término «inexcusable» (anapologetos), usado anteriormente para los paganos, no deja dudas sobre las intenciones de Pablo. Mientras juzgabas a los demás —viene a decir—, tú te condenabas a ti mismo. El horror que has concebido por la idolatría es hora de dirigirlo contra ti.

El «juez», a lo largo del capítulo segundo, se revela que es el judío que aquí, sin embargo, es tomado, más que otra cosa, como tipo. «Judío» es el no-griego, el no-pagano (cf. Rom 2,9-10); es el hombre piadoso y creyente que, firme en sus principios y en posesión de una moral revelada, juzga al resto del mundo y, juzgando, se siente seguro. «Judío» es, en este sentido, cada uno de nosotros. Orígenes decía incluso que, en la Iglesia, con quienes se  las toma estas palabras del Apóstol son los obispos, presbíteros y diáconos, es decir, los guías, los maestros[2].

Pablo ha experimentado él mismo este shock, cuando, como fariseo, se hizo cristiano, y por eso puede hablar ahora con tanta seguridad y señalar a los creyentes el camino para salir del fariseísmo. Él desenmascara la ilusión extraña y frecuente de las personas piadosas y religiosas de considerarse al abrigo de la cólera de Dios, sólo porque tienen una clara idea del bien y del mal, conocen la ley y, si fuera necesario, la saben aplicar a los demás, mientras que, en cuanto a sí mismos, piensan que el privilegio de estar del lado de Dios o, de todos modos, la «bondad» y la «paciencia» de Dios, que conocen bien, harán una excepción para ellos.

Imaginemos esta escena. Un padre está reprochando a uno de sus hijos por alguna transgresión; otro hijo, que ha cometido la misma culpa, creyendo ganarse la simpatía del padre y escapar al reproche, se pone a gritar también él, en voz alta, el hermano, mientras que el padre se esperaba otra cosa, es decir, que, oyendo que reprochar al hermano y viendo su bondad y paciencia hacia él, él corriera a arrojarse a los pies, confesando que él también era reo de la misma culpa y prometiéndole enmendarse.

«¿O es que desprecias el tesoro de su bondad, tolerancia y paciencia, al no reconocer que la bondad de Dios te lleva a la conversión? Con tu corazón duro e impenitente te estás acumulando cólera para el día de la ira, en que se revelará el justo juicio de Dios» (Rom 2,4-5).

¡Qué terremoto el día que te das cuenta de que la palabra de Dios está hablando de este modo precisamente a ti y que ese «tú» eres tú! Ocurre como cuando un jurista está concentrado en analizar una famosa sentencia de condena emitida en el pasado y que sentó jurisprudencia cuando, de repente, observando mejor, se da cuenta de que esa sentencia se aplica también a él y está todavía en pleno vigor: cambia de golpe el estado de ánimo y el corazón deja de estar seguro de sí mismo. Aquí la palabra de Dios está comprometida en un auténtico tour de force; debe revertirse la situación de aquel que la está tratando. Aquí no hay escapatoria: hay que «colapsar» y decir como David: «¡He pecado!» (2 Sam 12,13), o se produce un endurecimiento ulterior del corazón y se refuerza la impenitencia. De la escucha de esta palabra de Pablo se sale o convertidos o endurecidos.

Pero, ¿cuál es la acusación específica que el Apóstol dirige contra los «piadosos»? La de hacer —dice— «las mismas cosas» que juzgan en los demás. ¿En qué sentido «las mismas cosas»? ¿En el sentido de materialmente las mismas? También esto (cf. Rom 2,21-24); pero sobre todo las mismas cosas, en cuanto a la sustancia, que es la maldad y la idolatría. El Apóstol lo destaca mejor durante el resto de su Carta, cuando denuncia la pretensión de salvarse con las propias obras y así hacer de sí mismos los acreedores y de Dios, el deudor. Si tú, viene a decir, observas la ley y haces todo tipo de buenas obras, pero para afirmar tu justicia, te pones a ti mismo en el lugar de Dios. Pablo no hace más que repetir con otras palabras lo que Jesús, en el Evangelio, había tratado de decir con la parábola del fariseo y del publicano en el templo y en otros infinitos modos.

Aplicamos el todo a nosotros cristianos, puesto que, como decíamos, el objetivo de Pablo no son tanto los judíos como pueblo, cuanto el hombre religioso en general y, en el caso específico, los llamados «judeo-cristianos». Hay una idolatría escondida que insidia al hombre religioso. Si idolatría es «adorar la obra de sus manos» (cf. Is 2,8; Os 14,4), si idolatría es «poner la criatura en lugar del Creador», yo soy idolatra cuando pongo la criatura —mi criatura, la obra de mis manos— en lugar del Creador. Mi criatura puede ser la casa o la iglesia que construyo, la familia que creo, el hijo que he traído al mundo (¡cuántas mamás, también cristianas, sin darse cuenta, hacen de su hijo, especialmente si es único, su Dios!); puede ser el instituto religioso que he fundado, el cargo que desempeño, el trabajo que realizo, la escuela que dirijo, para mí que os hablo esta misma charla que estoy dando.

En el fondo de toda idolatría está la autolatría, el culto de sí, el amor propio, el ponerse a sí mismo en el centro y en el primer puesto en el universo, sometiendo todo a él. Basta que aprendamos a escucharnos mientras hablamos para descubrir cómo se llama nuestro ídolo, pues, como dice Jesús, «de la abundancia del corazón habla la boca » (Mt 12,34). Nos daremos cuenta de cuántas frases nuestras comienzan con la palabra «yo».

El resultado es siempre la impiedad, el no glorificar a Dios, sino siempre y sólo a sí mismos, el hacer servir el bien, también el servicio que prestamos a Dios —¡también Dios!—, al propio éxito y a la propia afirmación personal. Muchos árboles de tronco alto tienen raíz fusiforme, una raíz madre que desciende perpendicularmente bajo el tronco y hace que la planta esté firme e inquebrantable. Mientras no se pone el hacha en esa raíz, se pueden cortar todas las raíces laterales, pero el árbol no cae. Ese lugar es muy estrecho, no hay lugar para dos: o está mi yo, o está Cristo.

Quizás, entrando en mí mismo, estoy dispuesto, en este momento, a reconocer la verdad, es decir, que hasta ahora he vivido «para mí mismo», que también estoy implicado en el misterio de la impiedad. El Espíritu Santo me ha «convencido de pecado». Comienza para mí el milagro siempre nuevo de la conversión. Si el pecado, como nos explicó Agustín, consistió en un repliegue sobre sí mismos, la conversión más radical consiste en «enderezarnos» y re-dirigirnos a Dios. No podemos hacerlo en el transcurso de una predicación, o de una Cuaresma; pero podemos al menos tomar la decisión seria de hacerlo, y es ya en cierto modo, para Dios, como haberlo hecho.

Si me alineo con todo mí yo en la parte de Dios, contra mi «yo», me hago su aliado; somos dos en luchar contra el mismo enemigo y la victoria está asegurada. Nuestro yo, como un pez sacado fuera de su agua, puede deslizarse aún y menearse un poco, pero está destinado a morir. Pero no es un morir, sino un nacer. «Quien quiere salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mi causa, la encontrará» (Mt 16,25). En la medida en que muere el hombre viejo, nace en nosotros «el hombre nuevo, creado según Dios en justicia y en la verdadera santidad» (Ef 4,24). El hombre o la mujer que todos secretamente queremos ser.

Dios nos ayude a realizar cada vez más la verdadera empresa de la vida que es nuestra conversión.

 

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

[1] F. Nietzsche, La gaia ciencia, n. 125.

[2] Orígenes, Comentario de la Carta a los Romanos, 2,2: PG 14,873.

Fuente  :  https://es.zenit.org/articles/padre-raniero-cantalamessa-in-te-ipsum-redi-entra-dentro-de-ti/

EDD. sábado 30 de marzo de 2019

Primera lectura

Lectura de la profecía de Oseas (6,1-6):

VAMOS, volvamos al Señor.
Porque él ha desgarrado,
y él nos curará;
él nos ha golpeado,
y él nos vendará.
En dos días nos volverá a la vida
y al tercero nos hará resurgir;
viviremos en su presencia
y comprenderemos.
Procuremos conocer al Señor.
Su manifestación es segura como la aurora.
Vendrá como la lluvia,
como la lluvia de primavera
que empapa la tierra».
¿Qué haré de ti, Efraín,
qué haré de ti, Judá?
Vuestro amor es como nube mañanera,
como el rocío que al alba desaparece.
Sobre una roca tallé mis mandamientos;
los castigué por medio de los profetas
con las palabras de mi boca.
Mi juicio se manifestará como la luz.
Quiero misericordia y no sacrificio,
conocimiento de Dios, más que holocaustos.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 50,3-4.18-19.20-21ab

R/. Quiero misericordia, y no sacrificios

V/. Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R/.

V/. Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
El sacrificio agradable a Dios
es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú, oh, Dios, tú no lo desprecias. R/.

V/. Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,9-14):

EN aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:
“Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh, Dios!, ten compasión de este pecador”.
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Palabra del Señor

REFLEXIÓN  :
Queridos amigos y amigas:

La parábola que acabamos de escuchar en el evangelio de hoy contrapone a dos personas muy diferentes: uno, llamado fariseo, piensa  que tiene ganada la salvación por su propio esfuerzo; el otro, llamado publicano, reconoce su condición de pecador y pide a Dios la gracia del perdón.

El fariseo le recuerda a Dios todas las cosas buenas que hace y le pide  la paga. Y de paso desprecia al publicano, porque lo considera un hombre malo y se siente mucho mejor que él. Él no necesita nada de Dios y menos el perdón. El orgullo y la vanidad se han apoderado de su corazón: se cree bueno, pero está podrido.
Jesús desenmascara esta actitud y abiertamente declara que toda persona que delante de Dios se siente necesitada de amor y de compasión, vuelve a su casa perdonada. Pero el que se cree mejor que los demás y los desprecia, carga con el pecado más grave de todos.

En este tiempo de Cuaresma el Señor nos invita una y otra vez a acercarnos a Él con verdadero sentimiento de dolor por nuestras culpas y pecados –dice el evangelio que el publicano no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh Dios ten compasión de mí porque soy un pecador”.

Las vidas de los santos nos ofrecen ejemplos maravillosos de arrepentimiento y conversión a Dios de verdad. Recordemos la oración de San Agustín: «Tarde te amé, hermosura tan antigua, y tan nueva, tarde te amé. Y he aquí que tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y fuera te buscaba yo, y me arrojaba sobre esas cosas y personas que tú creaste tan bellas. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me mantenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Llamaste y gritaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y ahuyentaste mi ceguera; exhalaste tu fragancia, la respiré y suspiro por ti; te gusté y tengo hambre y sed de ti; me tocaste el corazón y me abrasé en tu amor».

San Agustín encontró a Dios y durante toda su vida experimentó su presencia. Fue el encuentro con la Persona de Jesús el que cambió su vida, como cambia la de cuantos, hombres y mujeres, en cualquier tiempo y lugar de esta tierra, tienen la gracia de encontrarse con Él. Pidamos al Señor que nos dé esta gracia y nos haga encontrar así su paz y su alegría.

Vuestro hermano en la fe
Carlos Latorre
Misionero Claretiano
carloslatorre@claretianos.es

Fuente  :  https://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/hoy

Homilía para la Eucaristía del domingo 31 de marzo de 2019.

Que el Señor proteja a cada uno de ustedes. Paz y Bien.

DOMINGO IV DE CUARESMA. C.

Josué 4,19-5,10-12: entra del Pueblo de Dios a la Tierra Prometida, lo que marca el inicio de una nueva etapa: en el Sinaí Israel recibió la Ley, ahora recibe una tierra. Por eso celebran la Pascua.

2Corintios 5,17-21: con Cristo comienza algo nuevo. La salvación se describe como una Reconciliación = arreglo entre dos partes enemistadas. Pero aquí es Dios, el ofendido, el que busca al hombre, el ofensor. Consecuencia, hay una nueva creatura.

Lucas 15,1-3.11-32: la parábola llamada “De los dos hermanos” es justificada con los primeros versículos. La parábola revela, por un lado, la mezquindad del hombre y, por otro, la inmensa misericordia de Dios para con todos.

1.- La Sagrada Escritura cuando quiere hablar de la Salvación utiliza varias imágenes con las que nos ilustra cuál es el modo de actuar del Señor.

Según el Antiguo Testamento, una de las imágenes más recurrentes es la del Éxodo =  salida de la esclavitud, para entrar en la Tierra Prometida. Se muestra así la importancia extraordinaria de esta nueva etapa: Israel deja de ser un pueblo errante, nómada y pasa a poseer una tierra. Es como a un poblador de una toma cuando se le entregan las llaves de su nueva casa. Es el fin de una etapa y comienzo de otra mejor.

También se usa la imagen de la “Reconciliación” (“katalason”) = permuta, arreglo entre dos partes enemistadas. Con la diferencia que es Dios quien busca al ofensor y ofrece reparación: a su propio Hijo. Dios identifica a su Hijo con la ofensa para indultar la insolencia del ofensor.

En ambos casos hay como consecuencia algo nuevo.

2.- En la salvación que Dios actúa siempre se produce un cambio, una nueva situación. Por eso en la carta se dice: “El que vive en Cristo es una nueva criatura”. ¿Por qué? Porque es Dios el que obra la salvación, es Él el único que tiene el poder para crear algo nuevo. Tal vez nos parezca exagerado. Pero en el evangelio se explica con la Parábola que hemos escuchado por qué Dios es así. Simplemente porque su misericordia es eterna. Dios actúa así porque tiene un amor diferente, es un amor-misericordia, cosa que no entendemos y, por ende, no aplicamos.

Dios al salvar crea algo nuevo. Así lo hizo con su Pueblo, así lo hace con los que aceptan a Cristo.

Y en la parábola esta renovación se grafica con el vestido nuevo, el anillo en la mano, las sandalias, que indican que es un hombre digno y libre, y es recibido como hijo. Hay un cambio profundo.

3.- Los dos hermanos son un retrato de la humanidad: los pecadores que se auto degradan, y los que se creen bueno, pero son peores que los pecadores. Siempre el que se cree bueno, sin serlo, se torna inflexible, incapaz de ver en el otro a un hermano. Son los fariseos de siempre, que los hay en la iglesia, en la sociedad, en la prensa, etc. Todos actúan de la misma manera. Pero Dios no es así. Él, por ser misericordioso,  perdona, hace fiesta, pone de pie.

Solidarizando con el hermano mayor, podriamos decir: no es justo lo que hace el padre al hacer un banquete, etc. No es justo que Dios perdone a alguien que ha hecho tanto mal, a un chacal, a un tirano, a un degenerado, etc. No es justo.

4.- La respuesta del evangelio es clara: “Es justo que haya fiesta y alegría, porque estaba muerto y ha sido resucitado”. Esa es la perspectiva de Dios, muy distinta a la nuestra. Por eso no sabemos ser misericordiosos, nos cuesta.

Estamos inmersos en una sociedad inmisericorde; se ha creado una Opinión pública contaminada proclive a condenar a todos: a los Gay, a los que son distintos, a los que no piensan como piensan otros. El mensaje es desafiante: ser misericordiosos.

Hoy el Señor hace un banquete. ¿Para quién?  ¿Para los puros, los buenos, los santos? No. Jesús come con nosotros, los pecadores. “Gusten y vean qué bueno es el Señor”.

Acerquémonos con confianza, arrepentidos, que algo nuevo va a realizar el Señor en cada uno de nosotros.

Hermano Pastor Salvo Beas.