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Autor: Patricio Osiadacz

EDD. martes 09 de abril de 2019.

Primera lectura

Lectura del libro de los Números (21,4-9):

EN aquellos días, desde el monte Hor se encaminaron los hebreos hacia el mar Rojo, rodeando el territorio de Edón.
El pueblo se cansó de caminar y habló contra Dios y contra Moisés:
«¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto? No tenemos ni pan ni agua, y nos da náuseas ese pan sin sustancia».
El Señor envió contra el pueblo serpientes abrasadoras, que los mordían, y murieron muchos de Israel.
Entonces el pueblo acudió a Moisés, diciendo:
«Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti; reza al Señor para que aparte de nosotros las serpientes».
Moisés rezó al Señor por el pueblo y el Señor le respondió:
«Haz una serpiente abrasadora y colócala en un estandarte: los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirarla».
Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba a la serpiente de bronce y salvaba la vida.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 101,2-3.16-18.19-21

R/. Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti

V/. Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti;
no me escondas tu rostro
el día de la desgracia.
Inclina tu oído hacia mí;
cuando te invoco,
escúchame enseguida. R/.

V/. Los gentiles temerán tu nombre,
los reyes del mundo, tu gloria.
Cuando el Señor reconstruya Sión
y aparezca en su gloria,
y se vuelva a las súplicas de los indefensos,
y no desprecie sus peticiones. R/.

V/. Quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor.
Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (8,21-30):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
«Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros».
Y los judíos comentaban:
«¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: “Donde yo voy no podéis venir vosotros”?».
Y él les dijo:
«Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Con razón os he dicho que moriréis en vuestros pecados: pues, si no creéis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados».
Ellos le decían:
«¿Quién eres tú?».
Jesús les contestó:
«Lo que os estoy diciendo desde el principio. Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros; pero el que me ha enviado es veraz, y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él».
Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre.
Y entonces dijo Jesús:
«Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada».
Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él.

Palabra del Señor

REFLEXIÓN  :
Queridos amigos, paz y bien.

“Muchos creyeron en Él”. Qué fuerza en la Palabra de Jesús, que cambia la vida de muchas personas, dos mil años después de su presencia entre nosotros. Y no solo la de los santos. También la de muchos que andan en búsqueda de una vida mejor.

Con sus palabras y con sus obras, Jesús va revelando su identidad más profunda. Poco a poco, va diciendo que es el Hijo de Dios. Con sus palabras y con sus obras, los “signos”, como los llama el Evangelio joaneo.

Pero el pueblo hebreo se muestra poco dispuesto a cambiar. Le pasa a Jesús lo que le pasaba a Moisés en la primera lectura. A pesar de todo lo que ha hecho Dios por su pueblo, siempre hay descontentos, que arrastran a muchos detrás de ellos. Y se produjo el castigo divino, con las serpientes.

Moisés tiene que salir en defensa del pueblo, para evitar su extinción. Y levantar una serpiente de bronce, para que no murieran muchos en el camino. El nuevo Moisés, Jesús, también será levantado. Y, desde lo alto de la cruz, con su sufrimiento y su muerte, nos da la salvación.

Muy pronto vamos a contemplar la cruz, el Viernes Santo. Mirándola, adorándola, podemos recordar que sus heridas nos han curado. Y que hasta ese punto amó Dios al mundo, hasta entregarnos a su Hijo. Contempla la cruz, cuando te sientas cansado. Cristo te mira desde lo alto, para mostrarte el camino.

Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

Fuente  : https://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/hoy

Raniero Cantalamessa: “Adorarás al Señor tu Dios”

Cuarta predicación, Cuaresma 2019 

(ZENIT – 5 abril 2019).- ¿Cuál es la “adoración” de Dios, el primer mandamiento? El padre Raniero Cantalamessa, capuchino, predicador de la Casa Pontificia dedicó este tema a su meditación de Cuaresma, este viernes, 5 de abril de 2019, en la capilla Redemptoris Mater del Vaticano en presencia del Papa Francisco y sus colaboradores de la Curia Romana.

Y luego responde que la adoración es un regalo de Dios para el que ora: “Es como un destello de luz en la noche. Pero con una luz especial: no tanto la luz de la verdad como la luz de la realidad. Es la percepción de grandeza, majestad, belleza y, al mismo tiempo, la bondad de Dios y su presencia lo que quita el aliento”.

Aquí está la traducción oficial en francés de la meditación de la Cuaresma en P. Cantalamessa.

AB

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P. Raniero Cantalamessa

«Adorarás al Señor tu Dios»

 Cuarta predicación, Cuaresma 2019 

 

Este año se celebra el VIII centenario del encuentro de Francisco de Asís con el Sultán de Egipto al-Kamil en 1219. Lo recuerdo en esta sede por un detalle que se refiere al tema de nuestras meditaciones sobre el Dios viviente.Tras el regreso de su viaje a Oriente en 1219, santo Francisco escribió una carta dirigida «A los gobernantes de los pueblos». En ella decía entre otras cosas:

Estáis obligados a tributar al Señor tanto honor entre el pueblo que se os a confiado, que cada noche se anuncie, mediante un pregonero o algún otro signo, que se alabe y dé gracias al Señor Dios Todopoderoso por parte de todo el pueblo. Y si no hacéis esto, sabed que deberéis dar razón de ello a Dios ante el Señor vuestro Jesucristo el día del juicio [1].

Es opinión difundida que el santo sacase la ocasión para esta exhortación por lo que había observado en su viaje a Oriente, donde había escuchado la llamada vespertina a la oración dirigida por los muyahidines desde lo alto de los minaretes. Un hermoso ejemplo no solo de diálogo entre las diversas religiones, sino también de enriquecimiento mutuo. Una misionera, que trabaja desde hace muchos años en un país africano, escribió estas palabras:«Nosotros estamos llamados a responder a una necesidad fundamental de los hombres, a la profunda necesidad de Dios, a la sed de absoluto, a enseñar el camino de Dios, a enseñar a orar. He aquí porqué los musulmanes hacen, por estas partes, tantos prosélitos: enseñan enseguida y dan forma simple a adorar a Dios».

Nosotros cristianos tenemos una diferente imagen de Dios —un Dios que es amor infinito aún antes que potencia infinita—, pero esto no debe hacernos olvidar el deber primario de la adoración. A la provocación de la mujer samaritana: «Nuestros padres adoraron en este monte; sin embargo, vosotros decís que está en Jerusalén el lugar donde hay que adorar», Jesús responde con palabras que son la carta magna de la adoración cristiana:

«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad»(Jn 4,21-24).

Fue el Nuevo Testamento el que elevó la palabra adoración a esta dignidad que antes no tenía. En el Antiguo Testamento, además de a Dios, la adoración se dirige en algunos casos también a un ángel (cf. Num 22,31) o al rey (1 Sam 24,9); por el contrario, en el Nuevo Testamento cada vez que se intenta adorar a alguien aparte de Dios y de la persona de Cristo, aunque sea incluso un ángel, la reacción inmediata es: «¡No lo hagas! Es a Dios a quien se debe adorar»[2]. Como si se corriera, en caso contrario, un peligro mortal. Es lo que Jesús, en el desierto, recuerda terminantemente al tentador que le pide que le  adore: «Escrito está: Al Señor tu Dios, adorarás, sólo a él dará culto» (Mt 4,10).

La Iglesia ha recogido esta enseñanza, haciendo de la adoración el acto por excelencia del culto de latría, distinto de llamado de dulía reservado a los santos y del llamado de hiperdulía reservado a la Virgen. La adoración es, pues, el único acto religioso que no se puede ofrecer a ningún otro, dentro del universo, tampoco a la Virgen, sino sólo a Dios. Aquí está su dignidad y fuerza única.

La adoración (proskunesis), al comienzo, indicaba el gesto material de postrarse rostro en tierra delante de alguien, en señal de reverencia y sumisión. En este sentido plástico la palabra es usada todavía en los Evangelios y en el Apocalipsis. En ellos la persona ante la cual uno se prostra, sobre la tierra, es Jesucristo y en la liturgia celestial el Cordero inmolado, o el Todopoderoso. Sólo en el diálogo con la Samaritana y en 1 Corintios  14,25 él aparece suelto de su significado exterior e indica una disposición interior del alma hacia Dios. Esto llegará a ser cada vez más el significado ordinario del término y en este sentido, en el credo, decimos del Espíritu Santo que es «adorado y glorificado» al igual que el Padre y del Hijo.

Para indicar la actitud exterior correspondiente a la adoración, se prefiere el gesto de doblar las rodillas, la genuflexión. También este último gesto está reservado exclusivamente a la divinidad. Podemos estar de rodillas ante la imagen de la Virgen, pero no hacemos la genuflexión ante ella, como la hacemos ante el Santísimo Sacramento, o el Crucificado.

Qué significa adorar

Pero, más que el significado y el desarrollo del término, nos interesa saber en qué consiste y cómo podemos practicar la adoración. La adoración puede ser preparada por larga reflexión, pero termina con una intuición y, como cualquier intuición, no dura mucho. Es como un relámpago de luz en la noche. Pero de una luz especial: no tanto la luz de la verdad, cuanto la luz de la realidad. Es la percepción de la grandeza, majestad, belleza, y conjunto de la bondad de Dios y de su presencia que quita el aliento. Es una especie de naufragio en el océano sin orillas y sin fondo de la majestad de Dios. Adorar, según la expresión de santa Ángela de Foligno recordada otra vez, significa «recogerse en unidad y sumergirse en el abismo infinito de Dios».

Una expresión de adoración, más eficaz que cualquier palabra, es el silencio. Él dice por sí solo que la realidad está demasiado más allá que toda palabra. En la Biblia resuena alta la advertencia: «¡Calla ante él toda la tierra!» (Hab 2,20) y: «¡Silencio en la presencia del Señor Dios!» (Sof 1,7). Cuando «los sentidos son rodeados por un inmenso silencio y con la ayuda del silencio envejecen las memorias», decía un Padre del desierto, entonces no queda más que adorar.

Fue un gesto de adoración el de Job, cuando, encontrándose cara a cara con el Todopoderoso al final de su historia, exclama: «He aquí, son muy mezquino: ¿qué te puedo responder? Me pongo la mano sobre mi boca» (Job 40,4). En este sentido, el versículo de un salmo, retomado luego por la liturgia, en el texto hebreo decía: «Para ti es alabanza el silencio», Tibi silentium laus! (cf. Sal 65,2, texto Masorético). Adorar —según la maravillosa expresión de san Gregorio Nacianceno— significa elevar a Dios un «himno de silencio»[3]. Como a medida que se sube una alta montaña el aire se hace más enrarecido, así a medida que uno se aproxima a Dios la palabra debe hacerse más breve, hasta hacerse, al final, totalmente muda y unirse en silencio a aquel que es el inefable[4].

Si se quiere decir algo para «parar» la mente e impedir que vagabundee en otros objetos, conviene hacerlo con la palabra más breve que exista: Amén, Sí. Adorar, en efecto, es asentir. Es dejar que Dios sea Dios. Es decir sí a Dios como Dios y a sí mismos como criaturas de Dios. En este sentido, Jesús es definido en el Apocalipsis, el Amén, el Sí hecho persona (cf. Ap 3,14). Se puede también repetir incesantemente con los serafines: «Qadosh, qadosh, qadosh: Santo, santo, santo».

La adoración exige, pues, que nos pleguemos y se esté callado. Pero, ¿es un tal acto, digno del hombre? ¿No lo humilla, derogando su dignidad? Más aún, ¿es realmente digno de Dios? ¿Qué Dios es si necesita que sus criaturas se postren por tierra delante de él y callen? ¿Es acaso, Dios, como uno de esos soberanos orientales que inventaron para sí la adoración? Es inútil negarlo, la adoración supone para las criaturas también un aspecto de radical humillación, un hacerse pequeños, un rendirse y someterse. La adoración implica siempre un aspecto de sacrificio, sacrificar algo. Precisamente así atestigua que Dios es Dios y que nada ni nadie tiene derecho a existir ante él, si no en gracia de Él. Con la adoración se inmola y se sacrifica el propio yo, la propia gloria, la propia autosuficiencia. Pero esta es una gloria falsa e inconsistente, y es una liberación para el hombre deshacerse de ella.

Al adorar, se «libera la verdad que estaba prisionera de la injusticia». Se llega a ser «auténticos» en el sentido más profundo de la palabra. En la adoración se anticipa ya el regreso de todas las cosas a Dios. Uno se abandona al sentido y al flujo del ser. Como el agua encuentra su paz en fluir hacia el mar y el pájaro su alegría en seguir el curso del viento, así el adorador en adorar. Adorar a Dios no es tanto un deber, una obligación, cuanto un privilegio, más aún, una necesidad. ¡El hombre necesita algo majestuoso que amar y adorar!  Está hecho para esto.

Por tanto, no es Dios quien necesita ser adorado, sino el hombre quien necesita adorar. Un prefacio de la Misa dice: «Tú no necesitas nuestra alabanza, ni nuestras bendiciones te enriquecen, tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias, para que nos sirva de salvación, por Cristo nuestro Señor»[5].Estaba totalmente desviado F. Nietzsche cuando definía al Dios de la Biblia «ese Oriental ávido de honores en su sede celestial»[6].

Sin embargo, la adoración debe ser libre. Lo que hace la adoración digna de Dios y a la vez digna del hombre es la libertad, entendida ésta, no sólo negativamente como ausencia de coacción, sino también positivamente como impulso gozoso, don espontáneo de la criatura que expresa así su alegría de no ser ella misma Dios, para poder tener un Dios por encima de sí al que adorar, admirar, celebrar.

La adoración eucarística

La Iglesia católica conoce una forma particular de adoración que es la adoración eucarística. Toda gran corriente espiritual, en el seno del cristianismo, ha tenido su particular carisma que constituye su contribución particular a la riqueza de toda la Iglesia. Para los protestantes, este es el culto de la palabra de Dios; para los ortodoxos, el culto de los iconos; para la Iglesia católica, es el culto eucarístico. A través de cada una de estas tres vías, se realiza el mismo objetivo de fondo, que es la contemplación de Cristo y de su misterio.

El culto y la adoración de la Eucaristía fuera de la Misa es un fruto relativamente reciente de la piedad cristiana. Comenzó a desarrollarse en Occidente, a partir del siglo XI, como reacción a la herejía de Berengario de Tours que negaba la presencia «real» y admitía una presencia sólo simbólica de Jesús en la Eucaristía. A partir de esa fecha, sin embargo, no ha habido, se puede decir, un santo, en cuya vida no se note un influjo determinante de la piedad eucarística. Ella ha sido fuente de inmensas energías espirituales, una especie de hogar siempre encendido en medio de la casa de Dios, en el cual se han calentado todos los grandes hijos de la Iglesia. Generaciones y generaciones de fieles católicos han advertido el estremecimiento de la presencia de Dios al cantar el himno Adoro te devote, ante el Santísimo expuesto.

Lo que diré de la adoración y de la contemplación eucarística se aplica casi por completo también a la contemplación del icono de Cristo. La diferencia es que en el primer caso se tiene una presencia real de Cristo, en el segundo una presencia sólo intencional. Ambas se basan en la certeza de que Cristo resucitado está vivo y se hace presente en el sacramento y en la fe.

Estando tranquilos y silenciosos, y posiblemente largo tiempo, ante Jesús sacramentado, o ante un icono suyo, se perciben sus deseos respecto de nosotros, se depositan los propios proyectos para dar cabida a los de Cristo, la luz de Dios penetra, poco a poco, en el corazón y lo sana. Ocurre algo que evoca lo que les pasa a en los árboles en primavera, es decir, el proceso de la fotosíntesis. Brotan de las ramas las hojas verdes; estas absorben de la atmósfera ciertos elementos que, bajo la acción de la luz solar, son «fijados» y transformados en alimento de la planta. Sin tales hojitas verdes, la planta no podría crecer y dar frutos y no contribuiría a regenerar el oxígeno que nosotros mismos respiramos.

¡Nosotros debemos ser como esas hojas verdes! Son un símbolo de las almas eucarísticas y de las almas contemplativas. Al contemplar el «sol de justicia» que es Cristo, «fijan» el alimento que es el Espíritu Santo, en beneficio de todo el gran árbol que es la Iglesia. En otras palabras, es lo que dice también el apóstol Pablo cuando escribe: «Todos nosotros, a rostro descubierto, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en esa misma imagen, de gloria en gloria, según la acción del Espíritu del Señor» (2 Cor 3,18).

Nuestro poeta, Giuseppe Ungaretti, al contemplar una mañana en la orilla del mar el surgir del sol, escribió una poesía de solo dos brevísimos versos, tres palabras en total: «Me ilumino de inmensidad ». Son palabras que podrían ser hechas propias por quien está en adoración ante el Santísimo Sacramento. Sólo Dios conoce cuántas gracias ocultas han descendido sobre la Iglesia gracias a estas almas adoradoras.

La adoración eucarística es también una forma de evangelización y entre las más eficaces. Muchas parroquias y comunidades que la han puesto en su horario diario o semanal lo experimentan directamente. La vista de personas que por la tarde o de noche están en adoración silenciosa ante el Santísimo en una iglesia iluminada ha empujado a muchos transeúntes a entrar y, después de haber permanecido un momento, a exclamar: «¡Aquí está Dios!». Precisamente como está escrito que sucedía en las primeras asambleas de los cristianos (cf. 1 Cor 14,25).

La contemplación cristiana nunca es en un sentido único. No consiste en mirarse, como se dice, el ombligo, a la búsqueda del propio yo profundo. Consiste siempre en dos miradas que se cruzan. Hacía, pues, una óptima contemplación eucarística aquel campesino de la parroquia de Ars que pasaba horas y horas inmóvil, en la iglesia, con la mirada dirigida al sagrario y que, interrogado por el Santo Cura qué hacía así todo el tiempo, respondió: «¡Nada, yo le miro y Él me mira!».

Si a veces se abaja y flaquea nuestra mirada, nunca flaquea, sin embargo, la de Dios. La contemplación eucarística se reduce, a veces, simplemente a hacer compañía a Jesús, a estar bajo su mirada, dándole incluso la alegría de contemplarnos, que, en cuanto criaturas sacadas de la nada y pecadoras, sin embargo, somos el fruto de su pasión, aquellos por los que él ha dado la vida. Es un acoger la invitación de Jesús dirigida a los discípulos en Getsemaní: «Permaneced aquí y velad conmigo» (Mt 26,38).

La contemplación eucarística no es impedida, pues, en sí, por la aridez que a veces se puede experimentar, ya sea debida a nuestra disipación, o, en cambio, permitida por Dios para nuestra purificación. Basta darla un sentido, renunciando también a nuestra satisfacción derivada del fervor, para hacerle feliz y decir, como decía Charles de Foucauld: «¡Tu felicidad, Jesús, me basta!»; es decir: me basta con que tú seas feliz. Jesús tiene a disposición la eternidad para hacernos felices; nosotros no tenemos más que este breve espacio de tiempo para hacerle feliz: ¿cómo resignarse a perder esta oportunidad que ya no volverá nunca eternamente?

Al contemplar a Jesús en el Sacramento del altar, nosotros realizamos la profecía hecha en el momento de la muerte de Jesús sobre la cruz: «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19,37). Más aún, dicha contemplación es ella misma una profecía, porque anticipa lo que haremos por siempre en la Jerusalén celestial. Es la actividad más escatológica y profética que se pueda realizar en la Iglesia. Al final ya no se inmolará el Cordero, ni se comerán ya sus carnes. Es decir, cesarán la consagración y la comunión; pero no cesará la contemplación del Cordero inmolado por nosotros. Esto es lo que, en efecto, los santos hacen en el cielo (cf. Ap 5,1ss). Cuando estamos ante el sagrario, formamos ya un único coro con la Iglesia de arriba: ellos delante, nosotros, por así decirlo, detrás del altar; ellos en la visión, nosotros en la fe.

En 1967 comenzó la Renovación Carismática Católica que en cincuenta años ha tocado y renovado a millones de creyentes y ha suscitado innumerables realidades nuevas, personales y comunitarias. Nunca se insiste suficientemente en el hecho de que éste no es un “movimiento eclesial”, en el sentido común de este término; es una corriente de gracia destinada a toda la Iglesia, una «inyección de Espíritu Santo» de la que ella tiene necesidad desesperadamente. Es como una sacudida eléctrica destinada a descargarse sobre la masa que es la Iglesia y, una vez que esto ha ocurrido, desaparecer.

Menciono aquí esta realidad porque ella inició precisamente con una extraordinaria experiencia de adoración del Dio vivo que ha sido el tema de esta meditación. El grupo de estudiantes de la Universidad Duquesne de Pittsburgh que participó en el primer retiro, se encontró, una noche, en la capilla ante el Santísimo, cuando, de pronto, sucedió una cosa singular, que una de ellos, más adelante, describió así:

«El temor del Señor comenzó a correr en medio de nosotros; una especie de terror sagrado nos impedía levantar los ojos. Él estaba allí personalmente presente y nosotros teníamos miedo de no resistir a su excesivo amor. Lo adoramos, descubriendo por primera vez lo que significa adorar. Hicimos una experiencia abrasadora de la terrible realidad y presencia del Señor. Desde entonces entendimos con una claridad nueva y directa las imágenes de Dios que, en el monte Sinaí, truena y estalla con el fuego de su mismo ser; hemos entendido la experiencia de Isaías y la afirmación según la cual nuestro Dios es un fuego devorador. Este sagrado temor era, en cierto modo, la misma cosa que el amor, o al menos así lo advertíamos nosotros. Era algo sumamente amable y bello, aunque ninguno de nosotros vio ninguna imagen sensible. Era como si la realidad personal de Dios, espléndida y deslumbrante, hubiera venido a la habitación llenándola a ella y a nosotros a la vez» [7].

Simultánea presencia de majestad y de bondad en Dios, de temor y amor en la criatura; el «misterio tremendo y fascinante», como lo definen los estudiosos de las religiones. La persona que describió en estos términos la experiencia de ese momento no sabía que estaba haciendo una síntesis perfecta de los rasgos que caracterizan el Dios vivo de la Biblia.

Terminamos  con un versículo del Salmo 95  con el cual la Liturgia de las Horas nos hace empezar cada nuevo día:

Entrad, adoremos, prosternémonos,
¡de rodillas ante Yahveh que nos ha hecho!

Porque él es nuestro Dios,
y nosotros el pueblo de su pasto,
el rebaño de su mano.

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

***

[1] S. Francisco de Asìs, Escritos, BAC, Madrid 1993, p. 61.

[2] Cf. Ap 19,10; 22,9; Hch 10,25-26; 14,13s.

[3] San Gregorio Nacianceno, Poemas, 29: PG 37, 507.

[4] Ps.- Dionisio Areopagita, Teología mística, 3: PG 3, 1033.

[5] Misal Romano,Prefacio común IV.

[6] Friederich Nietzsche, La Gaia ciencia, n. 135.

[7]  En patti gallagher mansfield,As by a New Pentecost. Beginning of the Catholic Charismatic Renewal,Amor Deus Publishing, Phoenix, AZ, 2016, p. 131.

Fuente  :  https://es.zenit.org/articles/raniero-cantalamessa-adoraras-al-senor-tu-dios/

Ángelus: La misericordia de Dios que perdona

Palabras del Papa antes del Ángelus

(ZENIT – 7 abril 2019).- A las 12:00 h de hoy, V Domingo de Cuaresma, el Santo Padre Francisco se asoma a la ventana  de su estudio del Palacio Apostólico Vaticano para recitar el Ángelus con los fieles  y peregrinos reunidos  en la Plaza San Pedro.

Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, buenos días! En este quinto domingo de Cuaresma, la liturgia presenta el episodio de la mujer adúltera (v. Jn 8: 1-11). Contrasta con dos actitudes: la de los escribas y los fariseos, por una parte, y la de Jesús, por otra. Los primeros quieren condenar a la mujer, porque se sienten los guardianes de la Ley y de su fiel aplicación. En cambio, Jesús quiere salvarla, porque personifica la misericordia de Dios que, perdonando, redime y reconciliando renueva.

Así que veamos el evento. Mientras Jesús enseña en el templo, los escribas y los fariseos le traen a una mujer sorprendida en adulterio; la colocan en el medio y le preguntan a Jesús si debe ser apedreada, como lo prescribe la Ley de Moisés. El evangelista señala que ellos le hicieron esta pregunta “para probarlo y tener un motivo para acusarlo” (v. 6). Se puede suponer que su propósito era este, la maldad de esta gente: el “no” a la lapidación habría sido una razón para acusar a Jesús de desobedecer la Ley; el “sí”, en cambio, para denunciarlo a la autoridad romana, que se había reservado las sentencias para sí mismo y no admitía el linchamiento popular. Jesús debe responder.

Los interlocutores de Jesús están cerrados en los cuellos de botella del legalismo y quieren encerrar al Hijo de Dios en su perspectiva de juicio y condena. Pero Él no vino al mundo para juzgar y condenar, sino para salvar y ofrecer a las personas una nueva vida. ¿Y cómo reacciona Jesús ante esto? En primer lugar, permanece en silencio por un rato, y se inclina para escribir con el dedo en el suelo, como para recordar que el único Legislador y Juez es Dios, que había escrito la Ley en la piedra. Luego dice: «Quien entre ustedes esté libre de pecado, arroje la primera piedra contra ella “(v. 7). De esta manera, Jesús apela a la conciencia de esos hombres: se sentían “defensores de la justicia”, pero los llama a la conciencia de su condición de hombres pecadores, por lo que no pueden reclamar el derecho de vida o muerte de otro semejante. En ese punto, uno tras otro, empezando por los más viejos, es decir, los más experimentados de sus propias miserias, todos se fueron, abandonando la lapidación de la mujer. Esta escena también nos invita a cada uno de nosotros a ser conscientes de que somos pecadores y dejar que las piedras de denigración y condenación caigan de nuestras manos, de las habladurías que a veces queremos lanzar contra los demás cuando hablamos de los demás tiramos piedras, actuamos como estos.

Al final solo quedan Jesús y la mujer, allí en el medio:  San Agustín dijo: “permanecen la miseria y la misericordia” (In Joh 33.5). Jesús es el único sin culpa, el único que podría arrojar la piedra contra ella, pero no lo hace, porque Dios “no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (v. Ez 33.11). Y Jesús despide a la mujer con estas estupendas palabras: “Vete y de ahora en adelante no peques más” (v. 11). Abre ante ella un nuevo camino, creado por la misericordia, un camino que requiere su compromiso de no pecar más. Es una invitación que también vale para cada uno de nosotros. Jesús siempre nos abre un camino nuevo para ir adelante.

En este tiempo de Cuaresma, estamos llamados a reconocernos pecadores y a pedir perdón a Dios, y el perdón, a su vez, mientras nos reconcilia y nos da la paz, nos hace comenzar una historia renovada. Toda conversión verdadera está dirigida a un nuevo futuro, a una nueva vida, hermosa, libre de pecado, generosa. No debemos tener miedo de pedir perdón a Jesús, nos abre la puerta para una vida nueva.

Que la Virgen María nos ayude a testimoniar a todo del amor misericordioso de Dios que, en Jesús, nos perdona y hace nueva nuestra existencia, siempre ofreciéndonos nuevas posibilidades.

Fuente  :  https://es.zenit.org/articles/angelus-la-misericordia-de-dios-que-perdona/

EDD. lunes 08 de abril de 2019

Primera lectura

Lectura del libro de Daniel (13,1-9.15-17.19-30.33-62):

EN aquellos días, vivía en Babilonia un hombre llamado Joaquín, casado con Susana, hija de Jelcías, mujer muy bella y temerosa del Señor.
Sus padres eran justos y habían educado a su hija según la ley de Moisés. Joaquín era muy rico y tenía un jardín junto a su casa; y como era el más respetado de todos, los judíos solían reunirse allí.
Aquel año fueron designados jueces dos ancianos del pueblo, de esos que el Señor denuncia diciendo:
«En Babilonia la maldad ha brotado de los viejos jueces, que pasan por guías del pueblo».
Solían ir a casa de Joaquín, y los que tenían pleitos que resolver acudían a ellos.
A mediodía, cuando la gente se marchaba, Susana salía a pasear por el jardín de su marido. Los dos ancianos la veían a diario, cuando salía a pasear, y sintieron deseos de ella.
Pervirtieron sus pensamientos y desviaron los ojos para no mirar al cielo, ni acordarse de sus justas leyes.
Sucedió que, mientras aguardaban ellos el día conveniente, salió ella como los tres días anteriores sola con dos criadas, y tuvo ganas de bañarse en el jardín, porque hacía mucho calor. No había allí nadie, excepto los dos ancianos escondidos y acechándola.
Susana dijo a las criadas:
«Traedme el perfume y las cremas y cerrad la puerta del jardín mientras me baño».
Apenas salieron las criadas, se levantaron los dos ancianos, corrieron hacia ella y le dijeron:
«Las puertas del jardín están cerradas, nadie nos ve, y nosotros sentimos deseos de ti; así que consiente y acuéstate con nosotros. Si no, daremos testimonio contra ti diciendo que un joven estaba contigo y que por eso habías despachado a las criadas».
Susana lanzó un gemido y dijo:
«No tengo salida: si hago eso, mereceré la muerte; si no lo hago, no escaparé de vuestras manos. Pero prefiero no hacerlo y caer en vuestras manos antes que pecar delante del Señor».
Susana se puso a gritar, y los dos ancianos, por su parte, se pusieron también a gritar contra ella. Uno de ellos fue corriendo y abrió la puerta del jardín.
Al oír los gritos en el jardín, la servidumbre vino corriendo por la puerta lateral a ver qué le había pasado. Cuando los ancianos contaron su historia, los criados quedaron abochornados, porque Susana nunca había dado que hablar.
Al día siguiente, cuando la gente vino a casa de Joaquín, su marido, vinieron también los dos ancianos con el propósito criminal de hacer morir a Susana. En presencia del pueblo ordenaron:
«Id a buscar a Susana, hija de Jelcías, mujer de Joaquín».
Fueron a buscarla, y vino ella con sus padres, hijos y parientes.
Toda su familia y cuantos la veían lloraban.
Entonces los dos ancianos se levantaron en medio de la asamblea y pusieron las manos sobre la cabeza de Susana.
Ella, llorando, levantó la vista al cielo, porque su corazón confiaba en el Señor.
Los ancianos declararon:
«Mientras paseábamos nosotros solos por el jardín, salió esta con dos criadas, cerró la puerta del jardín y despidió a las criadas. Entonces se le acercó un joven que estaba escondido y se acostó con ella.
Nosotros estábamos en un rincón del jardín y, al ver aquella maldad, corrimos hacia ellos. Los vimos abrazados, pero no pudimos sujetar al joven, porque era más fuerte que nosotros, y, abriendo la puerta, salió corriendo.
En cambio, a esta le echamos mano y le preguntamos quién era el joven, pero no quiso decírnoslo. Damos testimonio de ello».
Como eran ancianos del pueblo y jueces, la asamblea los creyó y la condenó a muerte.
Susana dijo gritando:
«Dios eterno, que ves lo escondido, que lo sabes todo antes de que suceda, tú sabes que han dado falso testimonio contra mí, y ahora tengo que morir, siendo inocente de lo que su maldad ha inventado contra mí».
Y el Señor escuchó su voz.
Mientras la llevaban para ejecutarla, Dios suscitó el espíritu santo en un muchacho llamado Daniel; y este dio una gran voz:
«Yo soy inocente de la sangre de esta».
Toda la gente se volvió a mirarlo, y le preguntaron:
«Qué es lo que estás diciendo?».
Él, plantado en medio de ellos, les contestó:
«Pero ¿estáis locos, hijos de Israel? ¿Conque, sin discutir la causa ni conocer la verdad condenáis a una hija de Israel? Volved al tribunal, porque esos han dado falso testimonio contra ella».
La gente volvió a toda prisa, y los ancianos le dijeron:
«Ven, siéntate con nosotros e infórmanos, porque Dios mismo te ha dado la ancianidad».
Daniel les dijo:
«Separadlos lejos uno del otro, que los voy a interrogar».
Cuando estuvieron separados el uno del otro, él llamó a uno de ellos y le dijo:
«¡Envejecido en días y en crímenes! Ahora vuelven tus pecados pasados, cuando dabas sentencias injustas condenando inocentes y absolviendo culpables, contra el mandato del Señor: “No matarás al inocente ni al justo”. Ahora, puesto que tú la viste, dime debajo de qué árbol los viste abrazados».
Él contestó:
«Debajo de una acacia».
Respondió Daniel:
«Tu calumnia se vuelve contra ti. Un ángel de Dios ha recibido ya la sentencia divina y te va a partir por medio».
Lo apartó, mandó traer al otro y le dijo:
«Hijo de Canaán, y no de Judá! La belleza te sedujo y la pasión pervirtió tu corazón. Lo mismo hacíais con las mujeres israelitas, y ellas por miedo se acostaban con vosotros; pero una mujer judía no ha tolerado vuestra maldad. Ahora dime: ¿bajo qué árbol los sorprendiste abrazados?».
Él contestó:
«Debajo de una encina».
Replicó Daniel:
«Tu calumnia también se vuelve contra ti. el ángel de Dios aguarda con la espada para dividirte por medio. Y así acabará con vosotros».
Entonces toda la asamblea se puso a gritar bendiciendo a Dios, que salva a los que esperan en él. Se alzaron contra los dos ancianos, a quienes Daniel había dejado convictos de falso testimonio por su propia confesión, e hicieron con ellos lo mismo que ellos habían tramado contra el prójimo. Les aplicaron la ley de Moisés y los ajusticiaron.
Aquel día se salvó una vida inocente.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 22,1-3a.3b-4.5.6

R/. Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo

V/. El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.

V/. Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.

V/. Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mí copa rebosa. R/.

V/. Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo Evangelio según san Juan 8, 12-20

EN aquel tiempo, Jesús habló a los fariseos, diciendo:
«Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida».
Le dijeron los fariseos:
«Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es verdadero».
Jesús les contestó:
«Aunque yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde he venido y adónde voy; en cambio, vosotros no sabéis de dónde vengo ni adónde voy. Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie; y, si juzgo yo, mi juicio es legítimo, porque no estoy yo solo, sino yo y e! que me ha enviado, el Padre; y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero. Yo doy testimonio de mí mismo, y además da testimonio de mí el que me ha enviado, el Padre».
Ellos le preguntaban:
«Dónde está tu Padre?».
Jesús contestó:
«Ni me conocéis a mí ni a mi Padre; si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre».
Jesús tuvo esta conversación junto al arca de las ofrendas, cuando enseñaba en el templo. Y nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora.

Palabra del Señor.

REFLEXIÓN  :
Queridos amigos, paz y bien.

Comento el Evangelio de Juan, capítulo 8, versículos 12 al 20. Porque ayer escuchamos el evangelio de la mujer adúltera.

Ésta es la segunda semana con el Evangelio de Juan. Y son muchos los personajes que van apareciendo. Unos, a favor de Jesús, sobre todo los que se han visto beneficiados por la acción benéfica del Salvador. Otros, en contra. Los que se apegaban a la ley, a la norma, hasta ser casi inmisericordes.

“Yo soy la Luz”. Durante toda la semana, veremos a Jesús discutiendo con los judíos, sobre su autoridad, su procedencia y, de alguna manera, anticipando el fin que le espera.

A los que vivimos en el norte, sufriendo la noche polar, hablar de luz es siempre motivo de alegría. Y tener luz en nuestra vida es muy, pero que muy necesario. Y no solo físicamente, es decir, para ver por dónde andas, sino también espiritualmente, para no perdernos en el mundo que nos rodea.

A menudo nos sentimos débiles, perdidos en un mundo en el que predominan las malas noticias. Y nosotros mismos vemos que no podemos cambiar mucho. Que nos pueden las tinieblas. Y le ponemos ganas, pero no basta. Caemos una y otra vez en los mismos errores.

Entonces aparece la Luz, y nos ofrece su brillo, para que sepamos hacia dónde ir. Y nos invita a seguirle. Particularmente, como personas, y juntos, como Iglesia.

Cada uno de nosotros tiene la invitación para aceptar a Cristo como la Luz verdadera. Y no solo. Eso no es todo. No podemos ser egoístas. Si hemos encontrado la luz, tenemos que compartirla con todos. Tenemos que ser luz. “Tú eres del mundo la luz”, decía hace años la letra de un musical cristiano. ¡Es una tarea que te está esperando! ¡Sé un buen Juan el Bautista para otros”! Y, si te ves sin fuerzas, repite el estribillo del salmo: “El Señor es mi Pastor, nada me falta”. Y créelo.

Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

Fuente  :  https://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/hoy

EDD. sábado 06 de abril de 2019

Primera lectura

Lectura del libro de Jeremías (11,18-20):

EL Señor me instruyó, y comprendí,
me explicó todas sus intrigas.
Yo, como manso cordero,
era llevado al matadero;
desconocía los planes
que estaban urdiendo contra mí:
«Talemos el árbol en su lozanía,
arranquémoslo de la tierra de los vivos,
que jamás se pronuncie su nombre».
Señor del universo,
que juzgas rectamente,
que examinas las entrañas y el corazón,
deja que yo pueda ver
cómo te vengas de ellos,
pues a ti he confiado mi causa.
Palabra de Dios

Salmo

Sal 7,2-3.9bc-10.11-12

R/. Señor, Dios. mío, a ti me acojo

V/. Señor, Dios mío, a ti me acojo,
líbrame de mis perseguidores y sálvame;
que no me atrapen como leones
y me desgarren sin remedio. R/.

V/. Júzgame, Señor, según mi justicia,
según la inocencia que hay en mí.
Cese la maldad de los culpables,
y apoya tú al inocente,
tú que sondeas el corazón y las entrañas,
tú, el Dios justo. R/.

V/. Mi escudo es Dios,
que salva a los rectos de corazón.
Dios es un juez justo,
Dios amenaza cada día. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (7,40-53):

EN aquel tiempo, algunos de entre la gente, que habían oído los discursos de Jesús, decían:
«Este es de verdad el profeta».
Otros decían:
«Este es el Mesías».
Pero otros decían:
«¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? ¿No dice la Escritura que el Mesías vendrá del linaje de David, y de Belén, el pueblo de David?».
Y así surgió entre la gente una discordia por su causa.
Algunos querían prenderlo, pero nadie le puso la mano encima.
Los guardias del templo acudieron a los sumos sacerdotes y fariseos, y estos les dijeron:
«¿Por qué no lo habéis traído?».
Los guardias respondieron:
«Jamás ha hablado nadie como ese hombre».
Los fariseos les replicaron:
«También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la ley son unos malditos».
Nicodemo, el que había ido en otro tiempo a visitarlo y que era fariseo, les dijo:
«¿Acaso nuestra ley permite juzgar a nadie sin escucharlo primero y averiguar lo que ha hecho?».
Ellos le replicaron:
«¿También tú eres galileo? Estudia y verás que de Galilea no salen profetas».
Y se volvieron cada uno a su casa.

Palabra del Señor

REFLEXIÓN  :

Querido amigo/a:

Hay momentos en la vida en los que hay que estar dispuestos y preparados para “dar la cara”, situaciones en las que no debemos dar marcha atrás, que deben ser afrontadas con firmeza, valentía y decisión. Son situaciones difíciles, inevitables, para las que no acabamos de estar del todo preparados y ante las cuales no es legítimo huir, pues debemos pasar por ellas.

El profeta Jeremías pone voz a la queja amarga de Jesús, una queja dura: “Yo, como manso cordero, era llevado al matadero; desconocía los planes que estaban urdiendo contra mí: -Talemos el árbol en su lozanía, arranquémoslo de la tierra de los vivos, que jamás se pronuncie su nombre contra su pueblo Israel porque no cumple la alianza que había pactado: «no escucharon, caminaban según sus ideas, me daban la espalda-”.

Pero Jesús dio la cara, aceptó y se enfrentó a su destino. Confianza absoluta, entrega por entero, abandono en el Padre, amor hasta dar la vida. Estamos a punto de asistir a este misterio máximo de amor que ha cambiado el curso de la historia, pero cuyo desarrollo y expansión va a seguir dependiendo de que nosotros lo pongamos en práctica, lo llevemos decididamente a la vida.

Acompaña en tu oración de hoy al Señor en estos momentos previos a su Pasión; ponte en su lugar y pídele que Él también te acompañe en los momentos cruciales de tu vida donde se te pida un gesto de amor, aunque te duela, momentos para los que nunca acabamos de estar del todo preparados, pero ante los cuales nunca estaremos solos si dejamos al Señor estar a nuestro lado. María lo estuvo, lo acompañó hasta el final y también está dispuesta a acompañarnos a nosotros en el camino de la fe y de la vida, sin rehuir la cruz, dando la cara, como también hizo ella. “Ahí tienes a tu Madre”.

Vuestro hermano en la fe:
Juan Lozano, cmf

Fuente  :  https://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/hoy

EDD. viernes 05 de abril de 2019.

Primera lectura

Lectura del libro de la Sabiduría (2,1a.12-22):

SE decían los impíos, razonando equivocadamente:
«Acechemos al justo, que nos resulta fastidioso:
se opone a nuestro modo de actuar,
nos reprocha las faltas contra la ley
y nos reprende contra la educación recibida;
presume de conocer a Dios
y se llama a sí mismo hijo de Dios.
Es un reproche contra nuestros criterios,
su sola presencia nos resulta insoportable.
Lleva una vida distinta de todos los demás
y va por caminos diferentes.
Nos considera moneda falsa
y nos esquiva como a impuros.
Proclama dichoso el destino de los justos,
y presume de tener por padre a Dios.
Veamos si es verdad Jo que dice,
comprobando cómo es su muerte.
Si el justo es hijo de Dios, él lo auxiliará
y lo librará de las manos de sus enemigos.
Lo someteremos a ultrajes y torturas,
para conocer su temple y comprobar su resistencia.
Lo condenaremos a muerte ignominiosa,
pues, según dice, Dios lo salvará».
Así discurren, pero se equivocan,
pues los ciega su maldad.
Desconocen los misterios de Dios,
no esperan el premio de la santidad,
ni creen en la recompensa de una vida intachable.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 33,17-18.19-20,21.23

R/. El Señor está cerca de los atribulados

V/. El Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias. R/.

V/. El Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
Aunque el justo sufra muchos males,
de todos lo libra el Señor. R/.

V/. Él cuida de todos sus huesos,
y ni uno solo se quebrará.
El Señor redime a sus siervos,
no será castigado quien se acoge a él. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (7,1-2.10.25-30):

EN aquel tiempo, recorría Jesús Galilea, pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas.
Una vez que sus hermanos se hubieron marchado a la fiesta, entonces subió él también, no abiertamente, sino a escondidas.
Entonces algunos que eran de Jerusalén dijeron:
«¿No es este el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías? Pero este sabemos de dónde viene, mientras que el Mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene».
Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó:
«A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado».
Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.

Palabra del Señor

REFLEXIÓN  :

Querido amigo/a:

“Acechemos al justo, que nos resulta fastidioso: se opone a nuestro modo de actuar. […] Presume de conocer a Dios y se llama a sí mismo hijo de Dios […] Proclama dichoso el destino de los justos, y presume de tener por padre a Dios. […] Lo someteremos a ultrajes y torturas, para conocer su temple y comprobar su resistencia” -dice el libro de la Sabiduría que meditamos hoy en la primera lectura-. Y lo hicieron, ¡vaya si lo hicieron! “¿No es este el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada”-nos dice san Juan en el Evangelio-.

Se acercan los días de la Pasión del Señor, en dos semanas estamos celebrando el Viernes Santo, la Muerte del Señor. Gesto de amor inmenso en el que Jesús da la vida por nosotros, cumpliendo la voluntad del Padre, bajando a los infiernos del dolor físico y psicológico del abandono, la burla y la traición, para llenar de sentido esos sinsentidos humanos y para que, cuando nosotros los vivamos, podamos encontrarnos con Jesús en nuestras heridas. La redención consiste en que no hay experiencia humana que Jesús-hombre y Dios- no haya vivido y, por lo tanto, no sea susceptible de cristificarse, de llenarse de Cristo. En cualquier experiencia humana, puedes encontrarte con Jesús porque Él la acompaña, te ayuda a vivirla, está ahí contigo. En la alegría, en el gozo, en la paz, en la belleza, en la armonía…, te encuentras con el Señor. Pero también en la enfermedad, en la tristeza, en la soledad, en la burla, en el fracaso, en el abandono…, porque Él los vivió y los llenó de su presencia para siempre. Nada escapa a la presencia de Cristo, nada hay que puedas vivir ajeno a Él.

Jesús, ayúdame a buscarte en los momentos más oscuros de mi existencia. No permitas que los viva solo, sin Ti porque tu entrega no fue en vano, tu pasión conforta las mías, tu amor por mi llega hasta lo más hondo y duro de mi existencia. Por eso, yo quiero acompañarte en tu Pasión para darte gracias, para agradecer tu amor por mi. ¿Qué puedo hacer por ti?

Vuestro hermano en la fe:
Juan Lozano, cmf

Fuente  :  https://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/hoy

Homilía para la Eucaristía para el Domingo 07 de marzo de 2019

Deseo a todos Paz y Bien.

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA. C

Isaías 43,16-21: Si el Éxodo y entrada a la Tierra Prometida fueron grandiosos, sinónimo de salvación, lo que vendrá será mejor; algo nuevo, que está germinando. Hay que tener fe en el Dios que salva, es decir, que es capaz de transformar una situación de muerte en una situación de vida.

Filipenses 3,8-14: Pablo presenta el ideal de un cristiano: conocer a Cristo, estar en comunión con Él en su muerte y resurrección. Todo se basa en la fe y adhesión a la Persona de Cristo. Pablo es un apasionado por Cristo.

Juan 8,1-11: Se plastifica la manera cómo Jesús salva y enseña a no erigirnos en jueces. Es un llamado a la compasión y el perdón.

1.- Desconcertante, por decir lo menos, es lo que la Palabra nos entrega. Ya que el domingo recién pasado la Palabra nos mostraba con imágenes de qué manera salva Dios. Hoy se vuelve a insistir en el tema y se profundiza.

Al Pueblo de Dios se le dice que  lo que el Señor ha hecho con él, aunque grandioso, no vale la pena recordarlo, ya que viene algo mucho mejor. Porque si la antigua liberación fue un abrir caminos en el mar, la que viene será un poner ríos en el desierto, es decir, transformar una situación de muerte en una situación de vida. Dios está por hacer algo nuevo; es cuestión de creer que Él es capaz de hacerlo.

El testimonio de Pablo es fascinante. Él fue alcanzado por Cristo y esto le hace ver las cosas de otra manera. Lo pasado ya no vale, lo que importa es conocer – compartir con Cristo. Jesús pasó a ser la razón de ser de su vida. Por eso nos propone un ideal: vivir a Cristo, porque eso es “conocerle”. Él dirá en Gálatas  2,20: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”. Y en Filipenses 1,21 nos dice: “Porque para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia”. Esto lo puede decir uno que experimentó en su vida la salvación, pasando de la muerte (un pecador-perseguidor) a la vida (un apasionado por Cristo). ¡Lo que puede hacer Dios!

2.- Y el evangelio rompe todos los esquemas religiosos de entonces y también de ahora. Los escribas y fariseos, apegados a la Ley del Levítico y del Deuteronomio, tenían toda la razón al querer apedrear a la mujer. Ésta no tenía escapatoria alguna. Pero hay dos lecciones importantes en lo que Jesús hace.

Primero: el gesto de escribir en el suelo. Con este gesto les está echando en cara su falsa seguridad; ellos se fían de la ley, pero no la cumplen. Jeremías 17,13 dice: “los que se apartan de Ti serán escritos en el polvo”. Les está diciendo, en otras palabras, que su moral es caduca, no sirve, es como lo escrito en la arena.

Segundo: al decir Jesús “Yo tampoco te condeno”, nos está llamando a la compasión y al perdón. Pero al decirle: “Vete, no peques más en adelante”, nos está indicando que en el perdonado debe haber una enmienda, una sincera conversión interior, como la que experimentó Pablo.

Jesús vino a salvar. Hoy se nos muestra la salvación sacando a alguien de un callejón sin salida.

3.- ¡Qué actual y desconcertante es este mensaje! Hay tantos que son condenados por la sociedad, ¡y con razón! No hay vuelta que darle.  Esa mujer adúltera es la Iglesia, que ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Hay que apedrearla. Esa mujer adúltera son miles y miles de mujeres acosadas, abusadas y condenadas. Esa mujer adúltera son los homosexuales, en occidente condenados por la homofobia, y en oriente con la pena de muerte por una religiosidad falsa y vana. Esa mujer adúltera soy yo, eres tú, que no tenemos nada que alegar en nuestro favor. Ya que todos somos acusados por el “acusador de los hermanos” (Apocalipsis 12,10). Y lo peor de todo es que tiene razón en lo que nos acusa. ¿Qué hacer?

4.- Ahí está la fe en Aquel que “está por hacer algo nuevo”. En Aquel que en su Hijo nos muestra cómo actúa Él.

Hoy Jesús nos pregunta: “¿Dónde están tus acusadores?” También Él nos dice a cada uno de nosotros: “Yo tampoco te condeno”. Él, que es el único Juez, dicta una sentencia salvadora, pero también nos dice a todos: “No peques más en adelante”.

Con gozo yo les digo a todos: “hoy se cumple esta escritura que acaban de oír” (cfr. Lucas 4,21). Se cumple si nos aceptamos pecadores, se cumple si nos dejamos alcanzar por Él. Se cumple esta escritura y al comulgar podemos decir con gozo: “¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros y estamos rebosantes de alegría!” ¿Por qué? Porque es eterno su amor.

 

Hermano Pastor Salvo Beas.

Viaje apostólico a Marruecos – Catequesis del Papa Francisco

“Servidor de la esperanza”

(ZENIT – 3 abril 2019).- La audiencia general ha tenido lugar esta mañana a las 9:20 horas en la Plaza de San Pedro donde el Papa Francisco ha encontrado grupos de peregrinos y fieles de Italia y de todo el mundo.

El Santo Padre ha hablado de su reciente viaje apostólico a Marruecos. Se ha leído un pasaje del Evangelio según San Mateo (13, 33).

Tras resumir su discurso en diversas lenguas, el Santo Padre ha saludado en particular a los grupos de fieles presentes procedentes de todo el mundo. Después ha recordado el VI Día Internacional del Deporte para el Desarrollo y la Paz convocado por las Naciones Unidas y que se celebra próximamente.

La audiencia general ha terminado con el canto del Pater Noster y la bendición apostólica.

***

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El sábado y el domingo pasado fui en viaje apostólico a Marruecos, invitado por Su Majestad el Rey Mohammed VI al que renuevo mi gratitud, así como a las demás autoridades marroquíes por su calurosa bienvenida y por toda la colaboración, especialmente al Rey: ha sido tan fraternal, tan amistoso, tan cercano.

Doy gracias sobre todo al Señor, que me ha permitido dar un paso más en el camino del diálogo y el encuentro con los hermanos y hermanas musulmanes, para ser, -como decía el lema del viaje,- “Siervo de la esperanza” en el mundo de hoy. Mi peregrinación ha seguido las huellas de dos santos: Francisco de Asís y Juan Pablo II. Hace 800 años, Francisco llevó el mensaje de paz y fraternidad al sultán al-Malik al-Kamil; en 1985, el Papa Wojtyła realizó su memorable visita a Marruecos, después de haber recibido en el Vaticano,- el primero entre los Jefes de Estado musulmanes-, al Rey Hassan II. Pero algunos podrían preguntarse: ¿Pero por qué el Papa va a ver a los musulmanes y no solo a los católicos? ¿Por qué hay tantas religiones? Con los musulmanes somos descendientes del mismo Padre, Abraham. ¿Por qué Dios permite que haya  tantas religiones? Dios ha querido permitirlo:
los teólogos escolásticos se refirieron a la voluntas permissiva de Dios. Quería permitir esta realidad: hay tantas religiones; algunas nacen de la cultura, pero siempre miran al cielo, miran a Dios. Pero lo que Dios quiere es la fraternidad entre nosotros y de manera especial, -aquí está el motivo de este viaje- con nuestros hermanos hijos de Abraham como nosotros, los musulmanes. No debemos tener miedo de la diferencia: Dios lo ha permitido. Debemos tener miedo si no trabajamos en fraternidad, para caminar juntos en la vida.

Servir a la esperanza, en un tiempo como el nuestro, significa, ante todo, construir puentes entre las civilizaciones. Y para mí ha sido una alegría y un honor poder hacerlo con el noble Reino de Marruecos, encontrando a su pueblo y a sus gobernantes. Recordando algunas cumbres internacionales importantes que tuvieron lugar en ese país en los últimos años, reiteramos con el Rey Mohammed VI el papel esencial de las religiones en la defensa de la dignidad humana y la promoción de la paz, la justicia y el cuidado de la creación, que es nuestra casa común. Con  esta perspectiva, también firmamos un llamamiento por Jerusalén junto con el Rey, para que la Ciudad Santa se conserve como  patrimonio de la humanidad y lugar de encuentro pacífico, especialmente para los fieles de las tres religiones monoteístas.

Visité el Mausoleo de Mohammed V, rindiendo tributo a su memoria y a la de  Hassan II, así como el Instituto para la formación de los imanes, predicadores y predicadoras. Este Instituto promueve un Islam respetuoso de las otras religiones y rechaza la violencia y el fundamentalismo, es decir, subraya que todos somos hermanos y debemos trabajar por la fraternidad.

Dediqué una  atención especial a la cuestión de las migraciones, sea hablando con las autoridades, como en el encuentro dedicado específicamente a los migrantes. Algunos de ellos dieron testimonio de que la vida de quienes emigran cambia y vuelve a ser humana cuando encuentran una comunidad que los acoge como personas. Esto es fundamental. Precisamente en Marrakech, Marruecos, el pasado diciembre se ratificó el “Pacto mundial para una migración segura, ordenada y regular”. Un paso importante de cara a que la comunidad internacional asuma su responsabilidad. Como Santa Sede,
hemos ofrecido nuestra contribución que se resume en cuatro verbos: acoger a los migrantes, proteger a los migrantes, promover a los migrantes e integrar a los migrantes. No se trata de dejar caer desde arriba programas de asistencia social sino de recorrer  juntos un camino a través de estas cuatro acciones, para construir ciudades y países que, al tiempo que conservan sus respectivas identidades culturales y religiosas, estén abiertos a las diferencias y sepan cómo valorarlas en nombre de la fraternidad humana.  La Iglesia en Marruecos está muy comprometida en la cercanía a los migrantes. A mí no me gusta decir migrantes; me  gusta más decir personas migrantes. ¿Sabéis por qué?  Porque migrante es un adjetivo, mientras que el término persona es un sustantivo. Hemos caído en la cultura del adjetivo: usamos muchos adjetivos y a menudo olvidamos los sustantivos, esa es la sustancia. El adjetivo siempre debe
estar vinculado a un sustantivo, a una persona; por lo tanto una persona migrante. Entonces hay respeto y no caemos en esta cultura de adjetivos que es demasiado líquida, demasiado gaseosa. La Iglesia en Marruecos, decía, está muy comprometida a estar cerca de las personas migrantes, por lo que quería manifestar mi agradecimiento y alentar a quienes se entregan con generosidad a  su servicio cumpliendo la palabra de Cristo: “Era forastero y me recibisteis” (Mt 25:35 ).

El domingo estuvo dedicado a la comunidad cristiana. En primer lugar, visité el Centro  Rural de Servicios Sociales, administrado por las religiosas Hijas de la Caridad, las mismas que tienen aquí en Santa Marta el dispensario y el ambulatorio para los niños y estas monjas trabajan con la colaboración de numerosos voluntarios, ofrecen varios servicios a la población.

En la catedral de Rabat encontré a los sacerdotes, a las personas consagradas y al Consejo Ecuménico de las Iglesias. Es un pequeño rebaño en Marruecos, y por eso recordé las imágenes evangélicas de la sal, de la  luz y de la levadura (ver Mt 5: 13-16; 13:33) que leímos al comienzo de esta audiencia. Lo que importa no es la
cantidad, sino que la sal dé sabor,  que la luz brille y que la levadura tenga la fuerza de hacer  que toda la masa fermente. Y esto no proviene de nosotros, sino de Dios, del Espíritu Santo que nos hace testigos de Cristo allí donde estemos, en un estilo de diálogo y amistad, para vivirlo; ante todo, entre nosotros los cristianos, porque, dice Jesús, “por esto sabrán todos que sois mis discípulos: si os amáis los unos a los otros “(Jn 13:35).

Y la alegría de la comunión eclesial encontró su fundamento y  su plena expresión en la Eucaristía dominical, celebrada en un complejo deportivo de la capital. ¡Miles de personas de unas 60 nacionalidades diferentes! Una epifanía singular del Pueblo de Dios en el corazón de un país islámico. La parábola del Padre misericordioso hizo que  brillase en medio de nosotros la belleza del diseño de Dios, que quiere que todos sus hijos participen en su alegría, en la
fiesta del perdón y la reconciliación. En esta fiesta entran los que saben reconocerse necesitados de la misericordia del Padre y regocijarse con Él cuando un hermano o una hermana regresan a casa. No es casualidad que allí donde los musulmanes invocan cada día al Clemente y al Misericordioso, haya resonado la gran parábola de la misericordia del Padre. Es así: solo aquellos que renacen y viven en el abrazo de este Padre, solo aquellos que se sienten  hermanos pueden ser servidores de la esperanza en el mundo.

© Librería Editorial Vaticano

Fuente  :  https://es.zenit.org/articles/viaje-apostolico-a-marruecos-catequesis-del-papa-francisco/

Comentario al evangelio de hoy jueves 04 de abril de 2019

Del santo Evangelio según san Juan 5, 31-47

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Si yo diera testimonio de mí, mi testimonio no tendría valor; otro es el que da testimonio de mí y yo bien sé que ese testimonio que da de mí es válido.

Ustedes enviaron mensajeros a Juan el Bautista y él dio testimonio de la verdad. No es que yo quiera apoyarme en el testimonio de un hombre. Si digo esto, es para que ustedes se salven. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y ustedes quisieron alegrarse un instante con su luz. Pero yo tengo un testimonio mejor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido realizar y que son las que yo hago, dan testimonio de mí y me acreditan como enviado del Padre.

El Padre, que me envió, ha dado testimonio de mí. Ustedes nunca han escuchado su voz ni han visto su rostro, y su palabra no habita en ustedes, porque no le creen al que él ha enviado.

Ustedes estudian las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues bien, ellas son las que dan testimonio de mí. ¡Y ustedes no quieren venir a mí para tener vida! Yo no busco la gloria que viene de los hombres; es que los conozco y sé que el amor de Dios no está en ellos. Yo he venido en nombre de mi Padre y ustedes no me han recibido. Si otro viniera en nombre propio, a ése sí lo recibirían. ¿Cómo va a ser posible que crean ustedes, que aspiran a recibir gloria los unos de los otros y no buscan la gloria que sólo viene de Dios?

No piensen que yo los voy a acusar ante el Padre; ya hay alguien que los acusa: Moisés, en quien ustedes tienen su esperanza. Si creyeran en Moisés, me creerían a mí, porque él escribió acerca de mí. Pero, si no dan fe a sus escritos, ¿cómo darán fe a mis palabras?”.

Palabra del Señor.


Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

Jesús repite mucho esta palabra. ¿Qué significa? Testimonio es contar lo que hemos vivido. En este tiempo de Cuaresma, Jesús nos invita a aceptar su testimonio, y a ser sus testigos.

El testimonio de Jesús es que Dios nos ama. Que Dios es amor (1 Jn 4,8). En la Semana Santa, que se acerca cada vez más, Jesús nos muestra cuánto nos ama el Padre: Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna (Jn 3,16).

Una manera concreta de aceptar el testimonio de Jesús, o sea, de decirle: «Jesús, creo que lo que me dices es verdad», es rezar en familia. Cuando se reza en familia, se cumple lo que prometió el Señor: donde están dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estoy yo, en medio de ellos (Mt 15,20). Se nota cuando Jesús, que es amor, está en medio de una familia. Hagamos la prueba. Podemos comenzar, por ejemplo, rezando tres avemarías juntos antes de cenar o de ir a la cama. Una vez que vivimos lo hermosa que es la vida familiar –con sus subidas y bajadas- con Jesús al centro, no podemos quedárnoslo solo para nosotros. Hay que compartirlo. Este compartir a Jesús es dar testimonio de Él. Es mostrar a quien nos encuentre que el Dios que es amor vive en nuestros corazones, y quiere llegar a todas las personas.

Preguntemos juntos a Jesús: ¿Cómo podemos dar testimonio de Ti como familia?

«Vosotras, familias, sois la esperanza de la Iglesia y del mundo. Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, crearon a la humanidad a su imagen y semejanza para hacerla partícipe de su amor, para que fuera una familia de familias y gozara de esa paz que solo él puede dar. Con vuestro testimonio del Evangelio podéis ayudar a Dios a realizar su sueño, podéis contribuir a acercar a todos los hijos de Dios, para que crezcan en la unidad y aprendan qué significa para el mundo entero vivir en paz como una gran familia.»
(Homilía de S.S. Francisco, 25 de agosto de 2018).

 

Fuente  :  http://es.catholic.net/op/articulos/72608/testimonio.html#modal

EDD. jueves 04 de abril de 2019.

Primera lectura

Lectura del libro del Éxodo (32,7-14):

EN aquellos días, el Señor dijo a Moisés:
«Anda, baja de la montaña, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un becerro de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman: “Este es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto”».
Y el Señor añadió a Moisés:
«Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo».
Entonces Moisés suplicó al Señor, su Dios:
«¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto, con gran poder y mano robusta? ¿Por qué han de decir los egipcios: “Con mala intención los sacó, para hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra”? Aleja el incendio de tu ira, arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo. Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac e Israel, a quienes juraste por ti mismo: “Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre”».
Entonces se arrepintió el Señor de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 105,19-20.21-22.23

R/. Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo

V/. En Horeb se hicieron un becerro,
adoraron un ídolo de fundición;
cambiaron su gloria por la imagen
de un toro que come hierba. R/.

V/. Se olvidaron de Dios, su salvador,
que había hecho prodigios en Egipto,
maravillas en la tierra de Cam,
portentos junto al mar Rojo. R/.

V/. Dios hablaba ya de aniquilarlos;
pero Moisés, su elegido,
se puso en la brecha frente a él,
para apartar su cólera del exterminio. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Juan (5,31-47):

EN aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos:
«Si yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio no es verdadero. Hay otro que da testimonio de mí, y sé que es verdadero el testimonio que da de mí.
Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él ha dado testimonio en favor de la verdad. No es que yo dependa del testimonio de un hombre; si digo esto es para que vosotros os salvéis. Juan era la lámpara que ardía y brillaba, y vosotros quisisteis gozar un instante de su luz.
Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado.
Y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca habéis escuchado su voz, ni visto su rostro, y su palabra no habita en vosotros, porque al que él envió no lo creéis.
Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí para tener vida! No recibo gloria de los hombres; además, os conozco y sé que el amor de Dios no está en vosotros.
Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibisteis; si otro viene en nombre propio, a ese sí lo recibiréis.
¿Cómo podréis creer vosotros, que aceptáis gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios? No penséis que yo os voy a acusar ante el Padre, hay uno que os acusa: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero, si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?».

Palabra del Señor

REFLEXIÓN  :  

Querido amigo/a:

Moisés, el gran líder espiritual de Israel, tiene un gesto en la primera lectura que nos enseña a actuar en favor de los que amamos. El pueblo que él está guiando se ha apartado de Dios, ha construido un becerro de oro, haciéndose dioses a su medida (también nosotros a veces) y cayendo en el pecado de la idolatría. Frena la ira de Dios, rogando e intercediendo, pidiendo una nueva oportunidad para el pueblo que se ha olvidado de su rescate liberador. Moisés insiste, suplica y Dios le escucha y le da una nueva oportunidad a su pueblo. Preciosa oración de intercesión.

¿Y yo? También estoy llamado a orar, pidiendo por aquellas personas que necesitan una nueva oportunidad, una sanación, una luz que les ayude a ver en medio de su oscuridad. Estoy llamado a llevarlas a mi oración, a hablarle de ellas a Dios, a rogar por su conversión. Todos deberíamos ser un poco Moisés, hombres y mujeres creyentes que desde el amor llevamos a Dios a todos aquellos a quienes nadie lleva. Piensa en tu oración de hoy en aquellas personas que necesiten una intercesión especial por su compleja situación de vida y preséntalas ante el Señor, con nombres y apellidos.

En el evangelio de este día, Jesús sigue explicando quién es y para qué ha venido, y sus interlocutores no lo comprenden: “Y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí. Nunca habéis escuchado su voz, ni visto su rostro, y su palabra no habita en vosotros, porque al que él envió no lo creéis […] Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibisteis; si otro viene en nombre propio, a ese sí lo recibiréis.”

Lo hace en un contexto muy próximo a un desenlace que no va a ser fácilmente comprendido: su entrega por nosotros. Pues, igual que Moisés intercedió por el pueblo, Jesús se entregará Él mismo, dará su vida, por nuestra salvación; mucho más que una mera intercesión. Pagará un precio muy alto por nosotros. ¿Me doy cuenta Señor de lo que vas a hacer por mi? ¿Cómo te lo puedo agradecer?

Vuestro hermano en la fe:
Juan Lozano, cmf

Fuente  :  https://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/hoy