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Autor: Patricio Osiadacz

Editorial : La llegada del Gran Rey

 

Adviento

El Adviento es el período de preparación para celebrar la Navidad y comienza cuatro domingos antes de esta fiesta. Además se encuentra en el comienzo del Año Litúrgico católico. Este año 2018, comenzará el domingo 2 de diciembre y el último domingo de Adviento será el 23 de diciembre y forma una unidad con la Navidad y la Epifanía.

El adviento como laicos capuchinos:

El ADVIENTO nos invita a vivir el presente, nuestro tiempo como tiempo de compartir, de amistad, de alegría, de hacer el bien y valorar a los demás siendo buenas personas. Nos invita a vivir siempre vigilantes, caminando por los caminos de Jesús, en la justicia y en el amor.

También el adviento nos invita a prepararnos para ser mejores personas, más amables, más generosas, más humanas y hacer de nuestro mundo un lugar donde todos puedan vivir en amor y paz.

Si vivimos bien el ADVIENTO con ilusión, esfuerzo, con alegría y esperanza, viviremos la Navidad con más sentido, con más alegría y Jesús encontrará una cuna especial en nuestro corazón.

El Adviento que nos propone la Iglesia es un tiempo de gracia para todos los creyentes y para los franciscanos se vive en un acento apocalíptico y progresista en un sentido creativo. Nos mantenemos erguidos y levantamos la vista mientras hacemos una limpieza del corazón y de nuestro ambiente para la llegada del Gran Rey que hace que todas las cosas sean nuevas.

El Adviento es evangélico. No debemos cansarnos en anunciar y vivir las buenas nuevas del Gran Rey que abraza a los pecadores y que nos refina como trigo nutritivo para alimentar a los demás.

El Adviento, como parte de su carisma, da la bienvenida a todos y a todas para ser compañeros y hermanos en la observancia de un Adviento franciscano. Aunque el Adviento concluye antes de la Vigilia de Navidad, las mujeres y los hombres franciscanos y sus adherentes deben seguir en perpetuo Adviento por el resto del año mientras se anuncia al Gran Rey en su vida cotidiana que debe testimoniar la pasión, muerte y resurrección.

San Francisco ante la Encarnación.

Muchos conocemos la historia de San Francisco que ocurrió en Greccio, tres años antes de su muerte, donde comenzó la tradición navideña de montar un pesebre y que esta tradición permeó en toda la Iglesia, e incluso fuera de ella, hasta nuestros días.

La devoción de San Francisco por la fiesta de la Natividad de Cristo le venía, pues, ya desde los comienzos de su conversión.

De lo más conocido de san Francisco con relación al nacimiento del Redentor fue la celebración de la nochebuena que escenificó en una cueva del monte, cerca del castillo de Greccio.

He aquí el relato del episodio, contado por el primer biógrafo del santo donde el digno de recuerdo y de celebrarlo con piadosa memoria, el día de la navidad. Se cuenta que vivía en aquella comarca un hombre bueno, de nombre Juan. Unos quince días antes de la navidad del Señor, Francisco le llamó, como solía hacerlo con frecuencia, y le dijo: «Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, date prisa en ir allá y prepara prontamente lo que te voy a indicar. Deseo celebrar

la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno». Oyendo esto, Juan, preparó en el lugar señalado cuanto el Santo le había indicado.

Cuando llegó el día, se convocó a muchos para que vinieran a la celebración. Donde estaba preparado el pesebre y los animales y Greccio se convierte en una nueva Belén. La biografía narra que esa “noche resplandece como el día” y que “cantan los hermanos las alabanzas del Señor y toda la noche transcurre entre cantos de alegría.” Francisco está de pie ante el pesebre vestido de diácono, “desbordándose en suspiros, traspasado de piedad, derretido en inefable gozo. Se celebra el rito solemne de la misa sobre el pesebre y el sacerdote goza de singular consolación.”

Francisco durante esa noche y en el sopor del sueño tuvo una visión. Había un niño que estaba recostado en el pesebre. Esta manifestación no carece de sentido, ya que cómo se explica Celano, es el niño Jesús, quien ha estado “sepultado en el olvido en muchos corazones”.

Estemos siempre cerca a este misterio. Todo honor y gloria a Dios que se ha manifestado en Belén y que hoy nos lo recuerda nuestro Padre Seráfico San Francisco.

Epifanía del Señor

La Epifanía del Señor es una fiesta religiosa del catolicismo, que se celebra 2 domingos después de la Navidad. La Epifanía es la manifestación del Señor, de Cristo, a todo el mundo, y ocurre cuando, en la Biblia, Jesús se encuentra con diferentes personas y en diferentes momentos. La Iglesia Católica considera epifanías 3 acontecimientos: la Epifanía de los Magos de Oriente que se celebra el 6 de enero, la Epifanía de Juan el Bautista en el río Jordán llegando el Espíritu Santo hacia Jesús a través de la paloma blanca, y la Epifanía de Cristo con la que se hizo famoso y comenzó su ministerio con el milagro de Caná.

Los Reyes Magos

Mientras en Oriente la Epifanía es la fiesta de la Encarnación, en Occidente se celebra con esta fiesta la revelación de Jesús al mundo pagano, la verdadera Epifanía. La celebración gira en torno a la adoración a la que fue sujeto el Niño Jesús por parte de los tres Reyes Magos (Mt 2 1-12) como símbolo del reconocimiento del mundo pagano de que Cristo es el salvador de toda la humanidad.

De acuerdo a la tradición de la Iglesia del siglo I, se relaciona a estos magos como hombres poderosos y sabios, posiblemente reyes de naciones al oriente del Mediterráneo, hombres que por su cultura y espiritualidad cultivaban su conocimiento de hombre y de la naturaleza esforzándose especialmente por mantener un contacto con Dios. Del pasaje bíblico sabemos que son magos, que vinieron de Oriente y que como regalo trajeron incienso, oro y mirra; de la tradición de los primeros siglos se nos dice que fueron tres reyes sabios: Melchor, Gaspar y Baltazar.

El hacer regalos a los niños el día 6 de enero corresponde a la conmemoración de la generosidad que estos magos tuvieron al adorar al Niño Jesús y hacerle regalos tomando en cuenta que «lo que hiciereis con uno de estos pequeños, a mi me lo hacéis» (Mt. 25, 40); a los niños haciéndoles vivir hermosa y delicadamente la fantasía del acontecimiento y a los mayores como muestra de amor y fe a Cristo recién nacido.

P. Raniero Cantalamessa: “El Dios vivo es la Trinidad viviente”

Segunda predicación de Adviento 2018

(ZENIT – 14 dic. 2018).- Esta mañana, a las 9 horas, en la Capilla Redemptoris Mater, en presencia del Santo Padre Francisco, el Predicador de la Casa Pontificia, el Padre Raniero Cantalamessa, O.F.M. Cap., pronunció el segunda reflexión de Adviento dedicado al  tema: “Mi alma tiene sed del Dios vivo” (Salmo 42, 2).

Una experiencia del Dios vivo

Cuando se trata del conocimiento del  Dios vivo, una experiencia vale más que muchos razonamientos y yo quisiera empezar esta segunda meditación precisamente con una experiencia. Hace tiempo recibí la carta de una persona a la que seguía espiritualmente, una mujer casada, fallecida hace algunos años. La autenticidad de sus experiencias está confirmada por el hecho de que se las ha llevado consigo a la tumba, sin hablar nunca a nadie, excepto a su padre espiritual. Pero todas las gracias pertenecen a la Iglesia y quiero, por eso, compartirla con vosotros, ahora que ella está junto a Dios. Ella me ha hecho recordar la experiencia de Moisés ante la zarza ardiente. Decía:

Una mañana, mientras esperaba en mi habitación a que vinieran a vestirme, miraba un gran tilo que extendía las ramas delante de la ventana. El sol naciente le envestía por delante. Quedé encantada de su belleza, cuando de golpe mi atención fue atraída por un resplandor extraño, de un blanco extraordinario. Cada hoja, cada rama se puso a vibrar como llamitas de mil velas. Estuve más maravillada que cuando vi caer la primera nieve de mi vida. Y mi sorpresa aumentó cuando —no sé si con los ojos del cuerpo o no—  en el centro de todo aquel brillo vi como una mirada y una sonrisa de una belleza y de una benevolencia indecibles. Tenía el corazón que latía enloquecido; sentí que esa potencia de amor me penetraba y tuve la sensación de ser amada hasta lo más íntimo de mi ser. Duró un minuto, un minuto y medio, no lo sé, para mí era la eternidad. Fui llevada de nuevo a la realidad por un escalofrío helado que me pasó por el cuerpo y con gran tristeza me di cuenta que la mirada y sonrisa se había desvanecido y que poco a poco el esplendor del árbol se apagaba. Las hojas retomaron su aspecto ordinario y el tilo, aunque investido por la luz radiante de un sol de verano, en comparación con su esplendor anterior, con mi gran decepción me apareció oscuro como bajo un cielo lluvioso.

No hablé a nadie de este hecho, pero poco tiempo después, escuché a la cocinera y a otra mujer que hablaban de Dios entre ellas. Pregunté: «¿Dios? ¿Quién es?», intuyendo algo misterioso. «¡Pobre pequeña —dijo la cocinera a la otra mujer—, la abuela es una pagana y no le enseña estas cosas! Dios – dijo dirigida hacia mí – es aquel que ha hecho el cielo y la tierra, los hombres y los animales. Es omnipotente y habita en el cielo». Quedé en silencio, pero dije dentro de mí: «¡Es a él a quien he visto!»

Y, sin embargo, estaba muy confusa. A mis ojos, la abuela era muy superior a estas mujeres de servicio, y con todo, la cocinera había dicho que era una pagana porque no conocía a Dios y yo había entendido que era un término despreciativo. ¿Quién tenía razón?

Una mañana esperaba a que vinieran a vestirme. Estaba impaciente y deploraba el hecho de que mis vestidos de niña se abotonaran por detrás. Al final no esperé más y dije: «Dios, si tú existes y eres verdaderamente todopoderoso, abotóname el vestido sobre la espalda para que pueda bajar al jardín». No había terminado de pronunciar estas palabras cuando mi vestido se encontró abotonado. Me quedé con la boca abierta, aterrorizada por el efecto de mis palabras. Las piernas me temblaban, me senté ante el espejo del armario para constatar si era verdad y para retomar el aliento. No sabía aún qué significaba la frase «tentar a Dios» , pero entendía que habría sido reducida a polvo si me hubiera opuesto a su voluntad.

Toda una vida de santidad vivida después confirma que todo esto no había sido el sueño o la imaginación de una niña.

Dios es amor y por eso es Trinidad

Ahora proseguimos nuestra reflexión sobre el Dios Viviente. A quién nos dirigimos, nosotros cristianos, cuandopronunciamos la palabra «Dios», sin otra especificación? ¿A quién se refiere ese «tú», cuando, con las palabras del salmo, decimos: «Oh Dios, tú eres mi Dios» (Sal 63,2)? ¿Quién responde a ello, por así decirlo, al otro lado del cable? Ese «tú» no es simplemente Dios Padre, la primera persona divina, como si hubiera existido o fuera pensable, un solo instante, sin las otras dos. Tampoco es la esencia divina indeterminada, como si existiera una esencia divina que sólo en un segundo momento se especifica en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El único Dios, aquel que en la Biblia dice: «¡Yo Soy!», es el Padre que engendra al Hijo y que, con él, espira el Espíritu, comunicándoles toda su divinidad. Es el Dios comunión de amor, en el que unidad trinidad proceden de la misma raíz y del mismo acto y forman una Tri-unidad, en la que ninguna de las dos cosas —unidad y pluralidad— precede a la otra, o existe sin la otra, ninguno de los dos niveles es superior al otro o más «profundo» que el otro.

Ese «tú» al que nos dirigimos en oración, según los casos y la gracia de cada uno, puede ser una de las tres divinas personas en particular: el Padre, el Hijo Jesucristo, o el Espíritu Santo, sin que se pierda el todo. Por la comunión trinitaria, en efecto, en cada persona divina están presentes las otras dos. La Trinidad es como uno de esos triángulos musicales que por cualquier lado que se toque vibra todo y da el mismo sonido.

El Dios vivo de los cristianos no es otra cosa, en conclusión, que la Trinidad viviente. La doctrina de la Trinidad está contenida, como en germen, en la revelación de Dios como amor. Decir: «Dios es amor» (1 Jn 4,8) es decir: Dios es Trinidad. Todo amor implica un amante, un amado y un amor que los une. Todo amor es amor de alguien o de algo; no se da un amor «vacío», sin objeto. Ahora bien, ¿quién ama a Dios, para ser definido amor? ¿El hombre? Pero entonces es amor solo desde hace algún centenar de millones de años. ¿Ama el universo? Pero entonces es amor solo desde hace algunos mil millones de años. Y antes, ¿a quién amaba Dios para ser el amor?

Los pensadores griegos y, en general, las filosofías religiosas de todos los tiempos, al concebir a Dios, sobre todo como «pensamiento», podían responder: Dios se pensaba a sí mismo; era «puro pensamiento», «pensamiento de pensamiento». Pero esto no es posible, desde el momento en que se dice que Dios es ante todo amor, porque el «puro amor de sí mismo» sería puro egoísmo, que no es la exaltación máxima del amor, sino su total negación. Y he aquí la respuesta de la revelación, expuesta por la Iglesia. Dios es amor desde siempre, ab aeterno, porque antes de que existiera un objeto fuera de sí para ser amado, tenía en sí mismo al Verbo, el Hijo que amaba con amor infinito, es decir, «en el Espíritu Santo».

Esto no explica «cómo» la unidad pueda ser simultáneamente Trinidad; esto es un misterio incognoscible por nosotros porque ocurre sólo en Dios. Sin embargo, nos ayuda a intuir «por qué», en Dios, la unidad debe ser también pluralidad: porque ¡«Dios es amor»! Un Dios que fuera puro conocimiento o pura ley, o puro poder, ciertamente no tendría ninguna necesidad de ser trino. Más aún, este hecho complicaría las cosas y de hecho ¡ningún «triunvirato» ha durado largamente en la historia! No así con un Dios que es ante todo amor, porque «no puede haber amor entre menos de dos». «Es necesario —escribió Henri de Lubac— que el mundo lo sepa: la revelación de Dios como amor desconcierta todo lo que él había concebido anteriormente sobre la divinidad»[1]. Los cristianos creemos «en un solo Dios», ¡no en un Dios solitario!

Contemplar la Trinidad para vencer la odiosa división del mundo[2]

Ningún tratado sobre la Trinidad es capaz de hacernos entrar en contacto vivo con ella como la contemplación del icono de la Trinidad de Rublev, del que vemos una reproducción en el mosaico que tenemos ante nosotros, en la cima de la pared de enfrente. Pintado en 1425 para la Iglesia de San Sergio, el icono fue declarado, por el «concilio de los cien capítulos» de 1551, modelo de todas las representaciones de la Trinidad.

Una cosa se debe notar inmediatamente sobre esta imagen. No quiere representar directamente la Trinidad, que, por definición, es invisible e inefable. Esto habría sido contrario a todos los cánones de la iconografía bizantina. Directamente, representa la escena de los tres ángeles aparecidos a Abraham en el encinar de Mambré (Gén 18,1-15); lo demuestra claramente el hecho de que en otras pinturas del mismo tema, antes y después de Rublev, en el icono aparecen también Abraham, Sara, el becerro y, en el trasfondo, la encina. Sin embargo, esta escena, a la luz de la tradición patrística, se lee como una prefiguración de la Trinidad. El icono es una de las formas que asume la lectura espiritual de la Biblia, es decir, la interpretación de un hecho del Antiguo Testamento a la luz del Nuevo.

El dogma de la unidad y trinidad de Dios se expresa en el icono de Rublev por el hecho de que las figuras presentes son tres y muy distintas, pero muy semejantes entre sí. Están contenidas idealmente dentro de un círculo que destaca su unidad, mientras que el diverso movimiento, especialmente de la cabeza, proclama su distinción. Las tres visten, en el original, una túnica de color azul, signo de la naturaleza divina que tienen en común; pero encima, o debajo, de ella cada una tiene un color que la distingue de la otra. El Padre (identificado en género con el ángel de la izquierda hacia el cual las otras dos personas inclinan la cabeza), tiene una túnica de colores indefinibles, hecha casi de pura luz, signo de su invisibilidad e inaccesibilidad; el Hijo, en el centro, viste una túnica oscura, signo de la humanidad con la que se ha revestido; el Espíritu Santo, el ángel de la derecha, un manto verde, signo de la vida, por ser él quien «da la vida».

Una cosa impacta sobre todo al contemplar el icono de Rublev: la paz profunda y la unidad que emana del conjunto. Del icono se desprende un silencioso grito: «Sed una sola cosa, como nosotros somos una sola cosa». San Sergio de Radoneż, para cuyo monasterio fue pintado el icono, se había distinguido en la historia rusa por haber traído la unidad entre los jefes en discordia mutua y haber hecho así posible la liberación de Rusia de los tártaros. Su lema era: «Contemplando la Santísima Trinidad, vencer la odiosa discordia de este mundo». Rublev quiso recoger la herencia espiritual del gran santo que había hecho de la Trinidad la fuente inspiradora de su vida y de su labor.

De esta visión de la Trinidad recogemos, pues, sobre todo el llamamiento a la unidad. Todos queremos la unidad. Después de la palabra felicidad, no hay ninguna otra que responda a una necesidad tan apremiante del corazón humano como la palabra unidad. Nosotros somos «seres finitos, capaces de infinito» y esto quiere decir que somos criaturas limitadas que aspiramos a superar nuestro límite, para ser «todo de alguna manera», quodammodo omnia, como se dice en filosofía. No nos resignamos a ser sólo lo que somos. ¿Quién no recuerda, en los años juveniles, algún momento de ansiosa necesidad de unidad, cuando hubiera querido que todo el universo fuera encerrado en un punto y él estar, con todos los demás, en ese único punto, mientras el sentido de separación y de soledad en el mundo se hacía sentir con sufrimiento? Santo Tomás de Aquino explica todo esto diciendo: «Ya que la unidad (unum) es un principio del ser como la bondad (bonum), resulta de ello que cada uno desea naturalmente la unidad, como desea el bien. Por ello, como el amor o el deseo del bien causa sufrimiento, así actúa también el amor o el deseo de unidad»[3] .

Todos, pues, queremos la unidad, todos la deseamos desde lo profundo del corazón. ¿Por qué entonces es tan difícil hacer unidad, si todos la deseamos tan ardientemente? Es que nosotros queremos que se haga la unidad, pero… en torno a nuestro punto de vista. Nos parece tan obvio, tan razonable, que nos sorprendemos cómo los demás no se den cuenta e insistan en cambio en su punto de vista. Trazamos incluso delicadamente a los demás el camino para llegar donde estamos nosotros y alcanzarnos en nuestro centro. El inconveniente es que el otro está haciendo exactamente lo mismo conmigo. Por esta vía no se alcanzará nunca ninguna unidad. Se hace el camino inverso.

La Trinidad nos indica el verdadero camino hacia la unidad. Partiendo de las personas divinas, en lugar del concepto de naturaleza, los orientales han encontrado que tenían que asegurar de otro modo la unidad divina. Lo han hecho elaborando la doctrina de la perijóresis. Aplicada a la Trinidad, perijóresis (literalmente, mutua compenetración) expresa la unión de las tres personas en la única esencia[4]. Gracias a ella las tres Personas están unidas, sin confundirse; cada persona se «identifica» en la otra, se da a la otra y hace ser a la otra. El concepto se basa en las palabras de Cristo: «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí».

Jesús amplió este principio a la relación que existe entre él y nosotros: «Yo estoy en el Padre y vosotros en mí y yo en vosotros» (Jn 14,20); «Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad» (Jn 17,23). La vía hacia la verdadera unidad está en imitar entre nosotros, en la Iglesia, la perijóresis divina. San Pablo indica su fundamento cuando dice que «somos miembros los unos de los otros» (Rom 12,5). En Dios la perijóresis se basa en la unidad de la naturaleza, en nosotros sobre el hecho de que somos «un solo cuerpo y un solo Espíritu».

El Apóstol nos ayuda a comprender qué significa, en la práctica, vivir entre nosotros la perijóresis o mutua compenetración: «Si un miembro sufre, todos los miembros sufren juntos; y si un miembro es honrado, todos los miembros se alegran con él» (1 Cor 12,26); «Llevad el peso los unos de los otros, así cumpliréis la ley de Cristo» (Gál 6,2). Los «pesos» de los demás son las enfermedades, los límites, los disgustos, y también los defectos y los pecados. Vivir la perijóresis significa «identificarse» con el otro, ponerse, como suele decirse, en su pellejo, intentar comprender, antes que juzgar.

Las tres personas divinas están siempre comprometidas en glorificarse mutuamente. El Padre glorifica al Hijo; el Hijo glorifica al Padre (Jn 17,4); el Paráclito glorificará al Hijo (Jn 16,14). Cada persona se da a conocer haciendo conocer a la otra. El Hijo enseña a clamar ¡Abba!; el Espíritu Santo enseña a gritar: «¡Jesús es el Señor!» y «Ven, Señor» Maranatha. No enseñan a pronunciar el nombre propio, sino el de las otras personas. Hay un solo «lugar» en el universo donde la regla «ama a tu prójimo como a ti mismo» es puesta en práctica, en sentido absoluto, ¡y es en la Trinidad! Cada persona divina ama a la otra exactamente como a sí misma.

¡Qué distinta es la atmósfera que se respira cuando y en un cuerpo social nos esforzamos por vivir con estos ideales sublimes ante los ojos! Pensemos en una familia en la que el marido defiende y exalta a la propia esposa ante los hijos y ante los extraños, y lo mismo hace la mujer respecto al marido; pensamos en una comunidad en que uno se esfuerza por poner en práctica la recomendación de Santiago: «No murmuréis los unos de los otros, hermanos» (Sant 4,11), o la de san Pablo: «Amaos cordialmente con amor fraterno» (Rom 12,10). De este paso, uno podría incluso llegar a alegrarse del nombramiento de otra persona que se estima en un determinado puesto de honor (por ejemplo al cardenalato), como si hubiera sido nombrado él mismo.

Pero dejemos decir estas cosas a los santos, los únicos que tienen el derecho de hacerlo, porque las ponen en práctica. En una de sus admoniciones san Francisco de Asís dice: «Bienaventurado aquel siervo que no se enorgullece por el bien que el Señor dice y obra por medio de él, más que por el bien que dice y obra por medio de otro»[5]. San Agustín decía al pueblo:

«Si amas la unidad, todo lo que en ella es poseído por alguien, ¡lo posees tú también! Destierra la envidia y será tuyo lo que es mío, y si yo destierro la envidia, es mío lo que tú posees. La envidia separa, la caridad une… Solo la mano actúa en el cuerpo; pero ésta no actúa solo para sí, actúa también para el ojo. Si está a punto de recibir un golpe que no está dirigido a la mano, sino al rostro, ¿dice quizás la mano: “No me muevo, porque el golpe no está dirigido a mí”?»[6].

Quería decir: si tú te esfuerzas por poner el bien de la comunidad por encima de tu afirmación personal, todo carisma y todo honor presente en ella será tuyo, igual que en una familia unida el éxito de un miembro hace felices a todos los demás. Por eso, la caridad es «la mejor vía de todas» (1 Cor 12, 31): ella multiplica los carismas, hace del carisma de uno el carisma de todos. Son cosas, me doy cuenta, fáciles de decir, pero difíciles de poner en práctica; en cambio, es bonito saber que, con la gracia de Dios, son posibles y algunas almas, las han realizado y las realizan también para nosotros en la Iglesia.

Contemplar la Trinidad ayuda realmente a vencer «la odiosa discordia del mundo». El primer milagro que el Espíritu obró en Pentecostés fue hacer a los discípulos «concordes» (Hch 1,14), «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). Él está siempre dispuesto a repetir este milagro, a transformar cada vez la dis-cordia en con-cordia. Se puede estar divididos en la mente, en lo que cada uno piensa acerca de cuestiones doctrinales o pastorales legítimamente debatidas en la Iglesia, pero nunca divididos en el corazón: In dubiis libertas, in omnibus vero caritas. Esto significa, propiamente, imitar la unidad de la Trinidad; ella es, en efecto, «unidad en la diversidad».

Entrar en la Trinidad

Hay algo todavía más dichoso que podemos hacer respecto a la Trinidad que contemplarla e imitarla, y es ¡entrar en ella! Nosotros no podemos abrazar el océano, pero podemos entrar en él; no podemos abrazar el misterio de la Trinidad con nuestra mente, pero ¡podemos entrar en él! Cristo nos ha dejado un medio concreto para hacerlo, la Eucaristía. En el icono de Rublev, los tres ángeles están dispuestos en círculo en torno a una mesa; sobre esa mesa hay una copa y dentro de la copa, se vislumbra un cordero. No se podía decir de forma más sencilla y eficaz que la Trinidad nos da cita cada día en la Eucaristía. El banquete de Abraham en el encinar de Mambré es figura de este banquete. La visita de los tres a Abraham se renueva para nosotros cada vez que nos acercamos a la Comunión.

También aquí, es decir, a propósito de la Eucaristía, es iluminadora la doctrina de la perijóresis trinitaria. Ella nos dice que donde hay una persona de la Trinidad, allí están también las otras dos, inseparablemente unidas. En el momento de la Comunión se realiza en sentido estricto la palabra de Cristo: «Yo en ellos y tú en mí». «Quien me ve a mí, ve al Padre», quien me recibe a mí recibe al Padre. No llegaremos nunca a valorar plenamente la gracia que se nos ofrece. ¡Comensales de la Trinidad!

San Cirilo de Alejandría formuló con el habitual rigor teológico, esta verdad que une indisolublemente Trinidad y Eucaristía. Dice: «Somos consumados en la unidad con Dios Padre por medio de Cristo. Recibiendo, en efecto, en nosotros corporal y espiritualmente, lo que el Hijo es por naturaleza, nos hacemos partícipes y consortes de toda la naturaleza suprema»[7].

La misma persona de la que he referido el testimonio al principio, me confió, en otra ocasión, una experiencia suya de la Trinidad. Me permito compartir también esta porque nos ayuda a entender que la Iglesia no es solamente lo que la gente ve o piensa de ella. Decía:

«La otra noche, el Espíritu me introdujo en el misterio del amor trinitario. El intercambio extasiante de dar y recibir se obró también a través de mí: de Cristo, a quien yo estaba unida, hacia el Padre y del Padre hacia el Hijo. Pero, ¿cómo expresar lo inefable? No veía nada, pero era mucho más que ver, y mis palabras son impotentes para traducir este intercambio en el júbilo, que se respondía, se lanzaba, recibía y daba. Y de ese intercambio fluía una vida intensa de Uno a Otro, como una leche tibia que fluye desde el seno de la madre a la boca del niño agarrado a este bienestar. Y era yo aquel niño, era toda la creación que participa en la vida, en el reino, en la gloria, habiendo sido regenerada por Cristo. ¡Oh, Trinidad santa y viviente! Quedé como fuera de mí, durante dos o tres días, y todavía hoy esta experiencia permanece fuertemente grabada en mí».

La Trinidad no es sólo un misterio y un artículo de nuestra fe, es una realidad viva y palpitante. Como decía al principio, el Dios vivo de la Biblia al que estamos buscando no es otro que la Trinidad viviente. Que el Espíritu nos introduzca también a nosotros en ella y nos haga gustar su dulce compañía.

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

[1] H. de Lubac, Histoire et Esprit(Aubier, París 1950) cap.5.

[2] Reproduzco aquí en parte lo que escribí en mi libro Contemplando la Trinità(Àncora, Milán 2002) 7ss [trad. esp. Contemplando la Trinidad(Monte Carmelo, Burgos 62012).

[3] Santo Tomás, Suma Teológica, I-IIae , q.26, a.3.

[4]Cf. Ps. Cirilo de Alejandría, De Trinitate,23; PG 77 1164B; San Juan Damasceno, De fide orthodoxa, 3,7.

[5] San Francisco, AmonestaciónXVII: FF 166.

[6] San Agustín, Tratados sobre Juan, 32,8.

[7] San Cirilo de Alejandría, Comentario a Juan, XI, 12: PG 74, 564.

Fuente  :  https://es.zenit.org/articles/p-raniero-cantalamessa-el-dios-vivo-es-la-trinidad-viviente/

Ángelus: Invitación a la alegría del Adviento

Palabras del Papa antes del Ángelus (traducción completa)

(ZENIT – 16 dic. 2018).- En este tercer domingo de Adviento antes del Ángelus, desde la ventana del despacho que da a la Plaza san Pedro y ante unas 25.000 personas, el papa nos invita a preguntarnos que podemos hacer nosotros para participar en la alegría del Adviento.

Palabras del Papa Francisco antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este tercer domingo de Adviento la liturgia nos invita a la alegría. Con estas palabras, el profeta Sofonías se dirige a la pequeña porción del pueblo de Israel: “¡Alégrate, hija de Sión, clama de alegría, Israel, regocíjate y proclama con todo tu corazón, hija de Jerusalén!” (3:14) gritar de alegría, exultar, alegrarse.

Los habitantes de la ciudad santa están llamados a regocijarse porque el Señor ha revocado su condena (véase el versículo 15). Dios ha perdonado, no quiso castigar! En consecuencia, para la gente ya no hay una razón para la tristeza ni de desaliento, sino que todo conduce a una gratitud gozosa a Dios, que siempre quiere redimir y salvar a los que ama. Y el amor del Señor por su pueblo es incesante, comparable a la ternura del padre por los hijos, del novio por la novia, como dice Sofonías: “Se alegra y goza contigo, te renueva con su amor, exulta y se alegra contigo con gritos de alegría “(v. 17).

Como se llama hoy el domingo de la alegría, tercer domingo de adviento antes de Navidad. Este llamado del profeta es especialmente apropiado en el momento en que nos preparamos para la Navidad, porque se aplica a Jesús, Emmanuel, Dios con nosotros: su presencia es la fuente de alegría. De hecho, Sofonías proclama: “El rey de Israel el Señor esta en medio de ti”; y un poco más tarde, repite: “El Señor tu Dios está en medio de ti, valiente y salvador poderoso” (versículos 15.17).

Este mensaje encuentra su pleno significado en el momento de la Anunciación a María, narrado por el evangelista Lucas. Las palabras dirigidas por el ángel Gabriel a la Virgen, son como un eco de las del profeta: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). Alégrate le dice a la Virgen en una aldea remota de Galilea, en el corazón de una joven desconocida para el mundo, Dios enciende la chispa de felicidad para todo el mundo. Y hoy, la misma proclamación está dirigida a la Iglesia, llamada a acoger el Evangelio para que se convierta en carne, en una vida concreta y dice a la Iglesia, a todos nosotros: “Alégrate, pequeña comunidad cristiana, pobre y humilde pero hermosa a mis ojos porque deseas ardientemente mi Reino, tienes hambre y sed de justicia, pacientemente teje la paz, no persigas a los poderosos de turno sino mantente fielmente cerca de los pobres.

Y entonces no tendrás miedo de nada, sino que tu corazón está en alegría”. Ante la presencia del Señor, nuestro corazón, está siempre en la alegría. La Paz es la alegría más pequeña. Hoy, también, san Pablo nos exhorta a no preocuparnos por nada, pero en todas las circunstancias a hacer presente a Dios nuestras peticiones, nuestras necesidades, nuestras preocupaciones “con oraciones y peticiones” (Fil 4,6). Con la conciencia de que en las dificultades siempre podemos recurrir al Señor y que Él nunca rechaza nuestras invocaciones, es una gran razón para la alegría.

Ninguna preocupación, ningún temor podrá quitarnos jamás la serenidad que proviene no de cosas humanas, de consuelos humanos, no, no, la serenidad que viene de Dios de saber que Dios guía amorosamente nuestra vida siempre, también en medio de los problemas y sufrimientos, esta certeza nutre la esperanza y el coraje. Pero para recibir la invitación del Señor a la alegría, necesitamos ser personas dispuestas a cuestionarnos a nosotros mismos. Pero, ¿Qué significa esto? Al igual que aquellos que, después de haber escuchado la predicación de Juan el Bautista, pregúntale: Tu predicas así pero nosotros “¿Qué debemos hacer?” “¿Qué debo hacer?”(Lc 3, 10). Esta pregunta es el primer paso en la conversión que estamos invitados a tomar en este tiempo de Adviento. Cada uno de nosotros se pregunte: ¿Qué puedo hacer?, algo pequeño. ¿Qué puedo hacer, que debo hacer? Que la Virgen María nos ayude a abrir nuestros corazones al Dios que viene, para que El inunde toda nuestra vida con alegría.

Fuente  :  https://es.zenit.org/articles/angelus-invitacion-a-la-alegria-del-adviento/

Comentario al evangelio de hoy lunes 17 de diciembre de 2018

Del santo Evangelio según san Mateo 1, 1-17

Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham: Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, Jacob a Judá y a sus hermanos; Judá engendró de Tamar a Fares y a Zará; Fares a Esrom, Esrom a Aram, Aram a Aminadab, Aminadab a Naasón, Naasón a Salmón, Salmón engendró de Rajab a Booz, Booz engendró de Rut a Obed, Obed a Jesé, y Jesé al rey David.

David engendró de la mujer de Urías a Salomón, Salomón a Roboam, Roboam a Abiá, Abiá a Asaf, Asaf a Josafat, Josafat a Joram, Joram a Ozías, Ozías a Joatam, Joatam a Acaz, Acaz a Ezequías, Ezequías a Manasés, Manasés a Amón, Amón a Josías, Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos durante el destierro en Babilonia.

Después del destierro en Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel a Zorobabel, Zorobabel a Abiud, Abiud a Eliaquim, Eliaquim a Azor, Azor a Sadoc, Sadoc a Aquim, Aquim a Eliud, Eliud a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob, y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.

De modo que el total de generaciones, desde Abraham hasta David, es de catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, es de catorce, y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, es de catorce.

Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

Vemos en el Evangelio de hoy, la genealogíade nuestro Señor, y cómo a través de todas esas generaciones, para ser más exactos, cuarenta y dos generaciones, viene el Salvador del mundo para saldar la cuenta del pecado de nuestros primeros padres.

Cristo tuvo una genealogía humana, igual que nosotros la tuvimos, pero hay una realidad más grande, y es que tenemos una genealogía espiritual, esto es, que somos hijos de Dios. «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!». (1 Jn3, 1). Nunca nos podemos olvidar que tenemos al Padre de los padres, aquel que es Amor y misericordia y nos ama como somos, con nuestros defectos y con nuestras cualidades. Él nos ha amado, nos ama y nos seguirá amando por lo que somos y no por lo que le podemos dar. Si de algo nos tenemos que gloriar en este mundo es que tenemos por Padre a Dios. No seremos los dueños del castillo, pero somos los hijos del Rey.

En el Evangelio hemos escuchado la genealogía de Jesús, que no es una simple lista de nombres, sino historia viva, historia de un pueblo con el que Dios ha caminado y, al hacerse uno de nosotros, nos ha querido anunciar que por su sangre corre la historia de justos y pecadores, que nuestra salvación no es una salvación aséptica, de laboratorio, sino concreta, una salvación de vida que camina. Esta larga lista nos dice que somos parte pequeña de una extensa historia y nos ayuda a no pretender protagonismos excesivos, nos ayuda a escapar de la tentación de espiritualismos evasivos, a no abstraernos de las coordenadas históricas concretas que nos toca vivir.
(Homilía de S.S. Francisco, 8 de septiembre de 2017).

EDD. lunes 17 de diciembre de 2018

Primera lectura

Lectura del libro del Génesis (49,1-2.8-10):

EN aquellos días, Jacob llamó a sus hijos y les dijo:
«Reuníos, que os voy a contar lo que os va a suceder en el futuro; agrupaos y escuchadme, hijos de Jacob, oíd a vuestro padre Israel:
A ti, Judá, te alabarán tus hermanos,
pondrás la mano sobre la cerviz de tus enemigos,
se postrarán ante ti los hijos de tu padre.
Judá es un león agazapado,
has vuelto de hacer presa, hijo mío;
se agacha y se tumba como león
o como leona, ¿quién se atreve a desafiarlo?
No se apartará de Judá el cetro,
ni el bastón de mando de entre sus rodillas,
hasta que venga aquel a quien está reservado,
y le rindan homenaje los pueblos».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 71,1-2.3-4ab.7-8.17

R/. En sus días florezca la justicia,
y la paz abunde eternamente.

V/. Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud. R/.

V/. Que los montes traigan paz,
y los collados justicia;
defienda a los humildes del pueblo,
socorra a los hijos del pobre. R/.

V/. En sus días florezca la justicia
y la paz hasta que falte la luna;
domine de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra. R/.

V/. Que su nombre sea eterno,
y su fama dure como el sol;
él sea la bendición de todos los pueblos,
y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (1,1-17):

LIBRO del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán.
Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus hermanos. Judá engendró, de Tamar, a Farés y a Zará, Farés engendró a Esrón, Esrón engendró a Aran, Aran engendró a Aminadab, Aminadab engendró a Naasón, Naasón engendró a Salmón, Salmón engendró, de Rajab, a Booz; Booz engendró, de Rut, a Obed; Obed engendró a Jesé, Jesé engendró a David, el rey.
David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón, Salomón engendró a Roboán, Roboán engendró a Abías, Abías engendró a Asaf, Asaf engendró a Josafat, Josafat engendró a Jorán, Jorán engendró a Ozías, Ozías engendró a Joatán, Joatán engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés, Manasés engendró a Amós, Amós engendró a Josías; Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos, cuando el destierro de Babilonia.
Después del destierro de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel engendró a Zorobabel, Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliaquín, Eliaquín engendró a Azor, Azor engendró a Sadoc, Sadoc engendró a Aquín, Aquín engendró a Eliud, Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Matán, Matán engendró a Jacob; y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.
Así, las generaciones desde Abrahán a David fueron en total catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta el Cristo, catorce.

Palabra del Señor

REFLEXIÓN  :
Edgardo Guzman, cmf

Queridos amigos y amigas:

Hemos iniciado la tercera semana del tiempo de Adviento. Este año coincide con las ferias de la octava de preparación a la Navidad. En estos días la liturgia de la Iglesia, por medio de las lecturas bíblicas que propone, nos invitan a profundizar en la comprensión y la vivencia de este gran misterio de fe. En medio del bombardeo publicitario de esta época que promueve una navidad superficial y de consumo. Nosotros como cristianos estamos convocados a entrar en el espíritu de estos días con una actitud más contemplativa.

A estas alturas, no viene mal preguntarnos: ¿Cómo me estoy preparando para esta Navidad? ¿Cómo dispongo mi corazón para la Encarnación de Dios? ¿Me sigue sorprendiendo este Dios que se hace niño, que se revela en la pobreza y pequeñez? ¿Me dejo robar por la efervescencia comercial de estos días la alegría y la paz?

En el evangelio de hoy encontramos los primeros versículos del texto de Mateo. El evangelista nos presenta la genealogía de Jesús, su árbol familiar. Siempre nos resulta peculiar este texto, por su esquema repetitivo y por el elenco de nombres no del todo conocidos. Mas allá de la primera impresión que nos puede dar este relato, por su forma literaria, es fundamental captar el sentido teológico que el autor nos quiere comunicar.

Mateo comienza su evangelio presentándonos la descendencia humana de Jesús. Lo coloca en la línea de descendientes de Abraham hasta llegar a “José, el esposo de María del cual nació Jesús, llamado Cristo” (Mt 1, 16). El evangelista dibuja en esta cadena generacional una breve síntesis de la historia de la salvación que encuentra su plenitud en Jesús-mesías. Uno de los valores teológicos que descubrimos en este texto es la presentación de Jesús como hijo de la humanidad. Descendiente de una historia y una cultura concreta. Con ello se subraya un aspecto fundamental de la Navidad: la encarnación de Dios en nuestra carne.

Otro detalle que llama la atención es que Mateo coloca dentro de la genealogía de Jesús a hombres y mujeres pecadores. El Mesías se encarna en nuestra historia marcada por la fragilidad humana para revestirla con una luz nueva. Con ello también se nos dice que esta buena noticia de salvación que nos trae el Emmanuel tiene un carácter universal. La salvación es para toda la humanidad. Dios no tiene miedo de encarnarse en una historia humana sucia, manchada, oscura.  Jesús entra en nuestra historia por lo débil y lo caído.

Nosotros también formamos parte de esta historia humana santa y pecadora, como aparece en la genealogía de Jesús. De ahí, la invitación para dejar que el Verbo eterno del Padre se encarne en nuestras vidas. Pidamos en este día la gracia de saber asumir nuestra propia condición débil, frágil y pecadora. Solo desde esa experiencia de redención podremos ser portadores de la salvación universal de Dios para contagiar nuestro mundo con nuestra alegría y esperanza.

Fraternalmente,
Edgardo Guzmán, cmf.
eagm796@hotmail.com

Fuente  :  https://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/hoy

Comentario al evangelio de hoy sábado 15 de diciembre de 2018

Del santo Evangelio según san Mateo 17, 10-13

En aquel tiempo, los discípulos le preguntaron a Jesús: «¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?».

Él les respondió: “Ciertamente Elías ha de venir y lo pondrá todo en orden. Es más, yo les aseguro a ustedes que Elías ha venido ya, pero no lo reconocieron e hicieron con él cuanto les vino en gana. Del mismo modo, el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos».

Entonces entendieron los discípulos que les hablaba de Juan el Bautista.

Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

Jesús nos toca el corazón nuevamente con sus palabras y nos dice que a Elías lo rechazaron, que no quisieron aceptarlo como un mensajero de Dios. Cuántas veces te pasa a ti y a mí que no sabemos acoger a esos mensajeros que Dios nos envía, a veces para animarnos, para consolarnos, y otras para corregir algunas cosas que estamos haciendo mal.

Te invito a ponerte las gafas de la fe y ver lo que Dios Padre quiere para ti. ¿Soy consciente de que Dios me habla a través de las personas que están en mi entorno? ¿Me molesta cuando alguien me intenta ayudar en los momentos de dificultad? Si es así no te preocupes, hoy tienes la oportunidad de acoger esos mensajes que Dios te envía.

Es necesario dejar que actúe el Espíritu Santo en tu vida, déjalo entrar en tu corazón no tengas miedo y verás como todo cambia en tu vida.

Al ruido exterior, que a veces domina nuestras ciudades y nuestros barrios, corresponde a menudo una dispersión y confusión interior, que no nos permite detenernos, saborear el gusto de la contemplación, reflexionar con serenidad sobre los acontecimientos de nuestra vida y llevar a cabo un fecundo discernimiento, confiados en el diligente designio de Dios para nosotros. Como sabemos, el Reino de Dios llega sin hacer ruido y sin llamar la atención, y sólo podemos percibir sus signos cuando, al igual que el profeta Elías, sabemos entrar en las profundidades de nuestro espíritu, dejando que se abra al imperceptible soplo de la brisa divina.
(Mensaje de S.S. Francisco, 3 de diciembre de 2017).

Fuente  :  http://es.catholic.net/op/articulos/72028/almenos-tu-acogeme.html#modal

EDD. sábado 15 de diciembre de 2018.

Primera lectura

Lectura del libro del Eclesiástico (48,1-4.9-11):

EN aquellos días, surgió el profeta Elías como un fuego,
sus palabras quemaban como antorcha.
Él hizo venir sobre ellos hambre,
y con su celo los diezmó.
Por la palabra del Señor cerró los cielos
y también hizo caer fuego tres veces.
¡Qué glorioso fuiste, Elías, con tus portentos!
¿Quién puede gloriarse de ser como tú?
Fuiste arrebatado en un torbellino ardiente,
en un carro de caballos de fuego;
tú fuiste designado para reprochar los tiempos futuros,
para aplacar la ira antes de que estallara,
para reconciliar a los padres con los hijos
y restablecer las tribus de Jacob.
Dichosos los que te vieron
y se durmieron en el amor.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 79,2ac.3b.15-16.18-19

R/. Oh Dios, restáuranos,
que brille tu rostro y nos salve.

V/. Pastor de Israel, escucha,
tú que te sientas sobre querubines, resplandece.
Despierta tu poder y ven a salvarnos. R/.

V/. Dios del universo, vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate,
ven a visitar tu viña.
Cuida la cepa que tu diestra plantó,
y al hijo del hombre que tú has fortalecido. R/.

V/. Que tu mano proteja a tu escogido,
al hombre que tú fortaleciste.
No nos alejaremos de ti:
danos vida, para que invoquemos tu nombre. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (17,10-13):

CUANDO bajaban del monte, los discípulos preguntaron a Jesús:
«¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?».
Él les contestó:
«Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido y no lo reconocieron, sino que han hecho con él lo que han querido. Así también el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos».
Entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista.

Palabra del Señor

REFLEXIÓN  :
Rosa Ruiz, rmi

Queridos amigos:

Dios nos restaura. ¡Qué buena noticia! Nos restaura sin forzar nada, sin violentarnos lo más mínimo. Sólo haciendo brillar su rostro sobre nosotros. Es una escuela de renovación y restauración. Ya contemplábamos el otro día que Dios lo hace todo nuevo, ¿no lo veis? Pero hoy da un paso más: además, te restaura.

Se nos invita también a nosotros a renovar desde aquí, desde la luz. Como Elías en el evangelio. Como Juan Bautista. Esta vez no se trata de hacer caer fuego y azufre sobre tanta imperfección y grietas como tenemos. Esta vez Dios renueva poniendo su Rostro cerca del nuestro. Como por contagio, por cercanía, por puro amor.

Y mi sensación es que a menudo no estamos preparados para tanta delicadeza y se nos escapa. No nos demos cuenta. No lo sabemos ver. Buscamos, preguntamos… como los discípulos en el evangelio de hoy. Y no vemos que la acción de Dios está aquí, que se hace presente cuando quiere, como quiere, a través de quien quiere.

Este Dios que nos quiere tanto que nos restaura, me recuerda una anécdota que leí sobre la gran poeta Gloria Fuertes. Cuando murió, al recoger sus cosas, encontraron una agenda donde decía: “en caso de accidente, avisar a Dios». Pues eso.

Vuestra hermana en la fe, Rosa Ruiz

Fuente  :  https://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/hoy

EDD. viernes 14 de diciembre de 2018

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías (48,17-19):

ESTO dice el Señor, tu libertador,
el Santo de Israel:
«Yo, el Señor, tu Dios,
te instruyo por tu bien,
te marco el camino a seguir.
Si hubieras atendido a mis mandatos,
tu bienestar sería como un río,
tu justicia como las olas del mar,
tu descendencia como la arena,
como sus granos, el fruto de tus entrañas;
tu nombre no habría sido aniquilado,
ni eliminado de mi presencia».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 1,1-2.3.4.6

R/. El que te sigue, Señor, tendrá la luz de la vida.

V/. Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche. R/.

V/. Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin. R/.

V/. No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,16-19):

EN aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«¿A quién compararé esta generación?
Se asemeja a unos niños sentados en la plaza, que gritan diciendo: “Hemos tocado la flauta, y no habéis bailado; hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado”.
Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: “Tiene un demonio”. Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”.
Pero la sabiduría se ha acreditado por sus obras».

Palabra del Señor

REFLEXION  :
Rosa Ruiz, rmi

Queridos amigos:

Del Verbo Divino,
la Virgen preñada,
viene camino,
¿si le dais posada?

Con esta sencilla letra de San Juan de la Cruz cuya memoria hoy celebra la Iglesia y el canto de Amancio Prada, podemos seguir adentrándonos en el camino de Adviento.
Con toda serenidad, la música y la repetición nos recuerdan también el papel de nuestra libertad en este Misterio de Dios: “si le dais posada”. Dios es quien viene, Dios lo hace, Dios es principio y fin. Pero este mismo Dios se sujeta a sí mismo a nuestra libertad: “si le dais posada”.

Isaías lo dice también en la primera lectura: “si atiendes sus mandatos”. O como dice el salmo: “si le sigues”.

Ahí reside la sabiduría: elegir con libertad seguirle, cumplir su querer sin atropellos, sin violencia, sin pasar factura ni a Dios ni a ti ni a los demás. No por alcanzar beneficios o premios sino porque hemos gustado ya que cuando lo hacemos, nuestra paz es como un río, nuestra justicia como olas del mar y encontramos luz en mitad de muchas sombras.

Lo contrario es andar al aire de idas y venidas, pero todo sin raíces, con la misma superficialidad. Como los niños del evangelio que nos tocan y no bailamos, se lamentan y no lloramos. Es decir, no sabemos ni lo que queremos. Nada nos va bien y perdemos la sensibilidad para empatizar con todos. En todo encontramos alguna pega y no precisamente para ser constructivos. Ni contigo ni sin ti, -dice el refrán-, tienen mis males remedio, contigo porque me matas, sin ti porque yo me muero.

No sé si llegamos a tal grado, pero ciertamente, nuestro mal reside en nosotros, no en los que nos rodean que no llegan nunca a complacernos. Ni siquiera Dios. Preguntémonos, quizá, dónde está la raíz de mis insatisfacciones, esa que no me deja ni bailar ni llorar, ni aplaudir al que canta ni valorar al que calla. Es decir, no me deja esperar nada. Y eso, en la vida y en Adviento, puede ser un problema.

Vuestra hermana en la fe, Rosa Ruiz

Fuente  :  https://www.ciudadredonda.org/calendario-lecturas/evangelio-del-dia/hoy

Audiencia general, 12 de diciembre de 2018 – Catequesis del Papa

Segunda catequesis del ‘Padre Nuestro’

(ZENIT – 12 dic. 2018).- La oración –nos enseña Jesús– se anida donde quiera que haya un hombre, cualquier hombre que tenga hambre, que llore, que luche, que sufra y se pregunte “por qué”, ha explicado el Papa Francisco, en la catequesis de hoy, la segunda sobre el ‘Padre Nuestro’.

La audiencia general ha tenido lugar este miércoles, 12 de diciembre de 2018, a las 9:20 horas en el Aula Pablo VI donde el Santo Padre ha encontrado grupos de peregrinos y fieles de Italia y de todo el mundo.

El Pontífice, continuando el ciclo de catequesis dedicado al ‘Padre nuestro’, ha hablado hoy del tema Una oración que pide con confianza (Pasaje bíblico: del Evangelio según Lucas 11, 9-13).

Asimismo, Francisco ha indicado que la oración “no solo precede a la salvación, sino que de alguna manera ya la contiene”, porque “nos libera de la desesperación de quien no cree” que haya una salida para tantas situaciones insoportables.

Tras resumir su discurso en diversas lenguas, el Papa ha saludado en particular a los grupos de fieles presentes procedentes de todo el mundo.

La audiencia general ha terminado con el canto del Pater Noster y la bendición apostólica.

***

Catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos el camino de catequesis sobre el “Padre nuestro” que comenzó la semana pasada. Jesús pone en los labios de sus discípulos una oración breve, audaz, compuesta de siete peticiones: un número que en la Biblia no es accidental, indica plenitud. Digo audazmente porque, si Cristo no lo hubiera sugerido, probablemente ninguno de nosotros – todavía más, ninguno de los teólogos más famosos-  se atrevería a rezar a Dios de esta manera.

En efecto, Jesús invita a sus discípulos a acercarse a Dios y a dirigirle con confianza algunas peticiones: En primer lugar para Él y luego para nosotros. No hay preámbulos en el “Padre Nuestro”. Jesús no enseña fórmulas para “congraciarse” con el Señor; por el contrario, invita a rezarle, derrumbando  las barreras de la sujeción y el temor. No dice que hay que dirigirse a Dios llamándole “Todopoderoso”, “Altísimo”. “Tú que estás tan lejos de nosotros, yo soy un mísero”: no, no dice así” sino simplemente “Padre”, con toda simplicidad, como los niños hablan al papá. Y esta palabra, “Padre”, expresa la confianza y la seguridad filial.

La oración del “Padre Nuestro” hunde sus raíces en la realidad concreta del hombre. Por ejemplo, nos hace pedir pan, el pan de cada día: solicitud simple pero esencial, que dice que la fe no es una cuestión “decorativa”, separada de la vida, que interviene cuando todas las demás necesidades están satisfechas. Si acaso, la oración comienza con la vida misma. La oración – nos enseña Jesús – no empieza en la existencia humana después de que el estómago esté lleno: más bien, se anida donde quiera que haya un hombre, cualquier hombre que tenga hambre, que llore, que luche, que sufra y se pregunte “por qué”. Nuestra primera oración, en cierto sentido, fue el vagido que acompañó el primer aliento. En ese llanto de recién nacido, se anunciaba el destino de toda nuestra vida: nuestra hambre continua, nuestra sed constante, nuestra búsqueda de la felicidad.

Jesús, en la oración, no quiere extinguir lo humano, no quiere anestesiarlo. No quiere que moderemos las solicitudes y las peticiones aprendiendo a soportar todo. En cambio, quiere que todo sufrimiento, toda inquietud, se eleve hacia el cielo y se convierta en diálogo.

Tener fe, decía una persona, es acostumbrarse al grito.

Todos tendríamos que ser como el Bartimeo del Evangelio (cf. Mc 10, 46-52), -recordemos ese pasaje del Evangelio, Bartimeo, el hijo de Timeo- ese ciego que mendigaba en Jericó. A su alrededor había tanta gente educada que le decían que se callara: “¡Pero, cállate! Pasa el Señor. Cállate. No molestes, El Maestro tiene tanto que hacer; no le molestes. Molestas con tus gritos. No molestes”. Pero él,  no escuchaba esos consejos: con santa insistencia,  pretendía  que su condición miserable pudiera encontrarse finalmente con Jesús. ¡Y gritaba más fuerte!. Y la gente educada: “Pero no, es el Maestro ¡por favor!. ¡Qué mal estas quedando!”. Y él gritaba porque quería ver, quería que le
curase: “Jesús, ten piedad de mí!” (V. 47). Jesús le devuelve la vista y le dice: “Tu fe te ha salvado” (v.52), casi como para explicar que lo decisivo para su recuperación había sido la oración, esa invocación gritada con fe, más fuerte que “el sentido común” de tantas personas que querían que se callara. La oración no solo precede a la salvación, sino que de alguna manera ya la contiene, porque nos libera de la desesperación de quien no cree que haya una salida para tantas situaciones insoportables.

Por supuesto, los creyentes también sienten la necesidad de alabar a Dios. Los Evangelios recogen la exclamación de alegría que brota del corazón de Jesús, lleno de asombro agradecido por el Padre (cf. Mt 11, 25-27). Los primeros cristianos sentían incluso la necesidad de agregar al texto del “Padre nuestro”  una doxología: “Porque tuyo es el poder y la gloria por los siglos de los siglos” (Didache, 8, 2).

Pero ninguno de nosotros tiene por qué abrazar la teoría propuesta en el pasado por algunos, es decir que la oración de petición sea una forma débil de fe, mientras que la oración más auténtica sería la de alabanza pura, la que busca a Dios sin el peso de petición alguna. No, eso no es verdad. La oración de petición es auténtica, espontánea, es un acto de fe en  Dios que es el Padre, que es bueno, que es todopoderoso. Es un acto de fe en mí, que soy pequeño, pecador, necesitado. Y por eso la oración para pedir algo es muy noble. Dios es el Padre que tiene una compasión inmensa por nosotros y quiere que sus hijos le hablen sin miedo, llamándole directamente “Padre”; o en medio de las dificultades diciendo: “Pero, Señor, ¿qué me has hecho?”. Por eso podemos contarle todo, incluso las cosas que en nuestra vida siguen estando torcidas e incomprensibles. Y nos ha prometido  que estará con nosotros para siempre, hasta el último día que pasemos en esta tierra. Recemos el Padre nuestro empezando así, simplemente: “Padre” o “Papá”. Y Él nos entiende y nos ama tanto.

© Librería Editorial Vaticano

Fuente  :  https://es.zenit.org/articles/audiencia-general-12-de-diciembre-de-2018-catequesis-del-papa/

Homilía para la Eucaristía del domingo 16 de diciembre de 2018.

Paz y Bien para todos.

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO.

Sofonías 3,14-18: canto de alegría por la restauración esperada. El motivo: Dios está presente en medio, ha retirado el castigo. Por eso, fuera todo desaliento.

Filipenses 4,4-7: Pablo invita a la alegría, que es la nota distintiva del que es de Cristo, ya que esto es expresión de salvación.

Lucas 3,2-3.10-18: El Bautista entra en escena. Muestra un camino de conversión: revivir el amor a Dios y al prójimo. Al terminar su misión Juan se reconoce inferior a Jesús.

1.- Hoy la liturgia nos hace mirar el Misterio que pronto celebraremos: el Señor se hace presente en la Persona de Jesús. Dios en medio es causa de alegría ya que Él trae la salvación. Siempre la presencia del Señor es causa de alegría. Y ese es el sentido alegre de este tercer domingo de Adviento.

A todos la Palabra nos dice: “Alégrate, el Señor está en medio de ti”. Lo mismo se dijo a María (y lo vimos recién el 8): “Alégrate, el Señor está contigo”.

San Pablo en su carta destaca la alegría, que es fruto del Espíritu. Alegría que dimana de la comunión con Dios. Quien vive con Dios tiene su Espíritu, sabe vivir en comunión con los hermanos. Esta alegría es signo de una vida espiritual auténtica. La alegría cristiana, que es expresión de salvación, es uno de los más hermosos regalos que el discípulo puede ofrecer al mundo. Alegría, repito, que brota de un corazón que está reconciliado con triple reconciliación: con Dios, consigo mismo y con los demás. Este el verdadero “Shalom” de Dios.

El Señor está cerca. No es una cercanía geográfica; está cerca, muy dentro de nosotros. ¡Qué importante es experimentar esta cercanía de Dios! El Misterio de la Navidad ya próxima nos recuerda esta cercanía de Dios, del Emmanuel.

2.- Dios está cerca, lo anunció el Bautista. Por eso él invita a la conversión. ¿Qué significa esto? La naturaleza de la conversión es dejar el culto idolátrico y no hacer nada malo al prójimo. En otras palabras, el amor a Dios y al prójimo. Para tener la salvación no basta con  tener por padre a Abraham o pertenecer a tal o cual grupo. Es preciso hacer las obras que se ajustan a lo que Dios quiere. Y el Bautista nos muestra un camino de conversión que pasa por la justicia que regula la relación entre los humanos.

Hoy no basta con pedir el bautismo. Hay que preguntarse: ¿qué debemos hacer? A veces en las parroquias damos una respuesta equivocada. ¿Qué debo hacer para bautizar a mi bebé? La respuesta es: haga las charlas, traigan la libreta del matrimonio religioso y que los padrinos estén confirmados. Y punto.  Y la respuesta debería ser la misma que nos da el Bautista: hay que ajustar la vida a lo que Dios quiere, ha que hacer lo que hizo Jesús. Él con su vida siempre complació a su Padre.

3.- ¿Somos alegres? ¿Es usted alegre? Pero no con una alegría vana, hueca, superficial. Esta no sirve, no llena. Esta alegría se parece a esos “algodones dulces” que se venden en la calle. Son ricos… y nada más. Esa es la alegría que busca y da el mundo, la farándula. No llena, porque no es permanente, porque no brota del interior. Hace consistir la felicidad en el simple placer.

El mundo quiere gozar la alegría de la navidad, pero sin reconocer ni aceptar al que viene. “La alegría ya viene”, pero la verdadera, la que trae Aquel que viene y quiere estar con nosotros. La otra alegría, la del mundo, nos deja con “la caña mala”.

El mundo no es feliz porque no tiene a Dios, rechaza a Dios. Y al rechazar a Dios está también rechazando al hombre. Un humanismo sin Dios es un falso humanismo, que termina atropellando a la gente. Triste espectáculo es el que da la “cristiana América” (ambas Américas): miles y miles de personas sufriendo: migrantes, indígenas, endeudados, cesantes, marginados, etc.

4.- El Señor está cerca. Hay adornos, luces, regalos. Está bien, pero que la luz brote de nuestro interior, porque tenemos a Dios, porque el Señor está en medio. Sí, el Señor está en medio de ti, Iglesia; en medio de ti, Parroquia; en medio de ti, hermano, de tu familia. Y si ves que falta algo búscalo. Pon en ti a Jesús, enciende en ti una luz brillante, el Señor que ya llega.

“Aclama y grita de alegría, habitante de Sión, de cualquier lugar, porque es grande en medio de ti el Santo de Israel”. Alégrate, mira que viene ahora en esta Eucaristía.

Hermano Pastor Salvo Beas.