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Autor: Patricio Osiadacz

REFLEXIÓN FRANCISCANA SOBRE EL EVANGELIO DEL DÍA. – XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. – SAN LUCAS 18, 1-8.

Dios no da largas a quien acude a Él día y noche. La parábola no trata de vencer a Dios por medio de la insistencia, sino de permanecer ante Él sin rendirnos, incluso cuando su silencio parece definitivo. La fe de la viuda es un modo de existir en resistencia amorosa: sigue pidiendo porque sigue creyendo; sigue creyendo porque ya ha experimentado el amor que escucha incluso antes de la palabra. La oración perseverante no cambia a Dios: cambia a quien reza. Nos hace más cercanos al modo divino de amar, ese amor que no se cansa de esperar por nosotros.

Hermanos y hermanas, hoy estamos celebrando el Vigésimo noveno domingo del Tiempo Ordinario, en este Año Jubilar de la Esperanza. La liturgia de hoy nos presenta una parábola sencilla, pero profundamente iluminadora: la del juez injusto y la viuda perseverante. Jesús nos enseña el camino de una esperanza que ora, insiste y confía, aun cuando la respuesta de Dios parece tardar. El Jubileo que celebramos no es solo un año de gracia, sino también un tiempo de renovación espiritual, donde se nos invita a volver a lo esencial: la fe que no se cansa, la oración que sostiene y la esperanza que no defrauda. Hoy Jesús nos enseña que la oración perseverante es el alma de la esperanza. La viuda representa a todos los que, en medio de la injusticia, el dolor y la espera, siguen creyendo que Dios escucha, aunque parezca callar. Su fuerza no está en su poder, ni en sus recursos, sino en su confianza inquebrantable. Ella no se cansa de pedir, porque sabe que la justicia de Dios no falla. Jesús comienza la parábola diciendo que “es necesario orar siempre sin desanimarse”. En tiempos de incertidumbre, de crisis o de cansancio espiritual, la tentación más grande no es el pecado, sino la desesperanza, el pensar que ya nada puede cambiar, que Dios se ha olvidado de nosotros. Pero hermanos y hermanas la fe viva, la fe del Jubileo, nos invita a perseverar en la oración, incluso cuando no vemos resultados inmediatos. Porque quien espera en el Señor, nunca queda defraudado. Estamos en un error si pensamos que la oración solo es eficaz cuando conseguimos lo que pedimos a Dios. La verdadera oración cristiana es la expresión de nuestra relación con Dios, una relación llena de confianza en el Padre, al estilo de Jesús mismo. Y una oración que nos ayuda, en definitiva, a vivir en cercanía con nuestros hermanos y hermanas, a ser más creyentes y más humano y humanizador. En la oración ponemos nuestro corazón a la escucha de Dios, y también nos ayuda a escuchar a nuestro prójimo. Sabemos que la viuda, en la cultura bíblica, es el símbolo del pobre, del que no tiene defensa. En ella se reflejan los que sufren injusticias, los que claman por paz, los que esperan consuelo. Ella es también imagen de la Iglesia, que en medio del mundo clama sin cesar: “¡Ven, Señor Jesús!”. Su voz es la de los pueblos que sufren la guerra, la violencia, la desigualdad; su clamor atraviesa los siglos y llega al corazón del Padre. Hermanos y hermanas, en este Año Jubilar, estamos llamados a escuchar el clamor de los pobres como una oración que sube al cielo, y a unirnos a ellos en una esperanza activa, comprometida, fraterna. El juez de la parábola es injusto e indiferente; actúa solo por conveniencia. Pero Jesús dice: “¿Y Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche?” Hermanos y hermanas, la justicia de Dios no es fría ni vengativa. Es misericordia activa, que transforma las situaciones con paciencia y amor. A veces, la justicia divina no llega en el tiempo que esperamos, pero llega a su hora, cuando el corazón está preparado para recibirla. El Año Jubilar nos recuerda que Dios siempre escucha el clamor de su pueblo, y que su justicia se manifiesta en la reconciliación, el perdón y la restauración de la dignidad humana. Dios no es un juez indiferente, sino un Padre compasivo, que escucha y responde en el tiempo oportuno. Su justicia no es venganza, sino misericordia que transforma. El Jubileo nos recuerda justamente eso: que Dios actúa siempre en favor de los que esperan en Él, que su tiempo es perfecto, y que la oración fiel abre caminos donde parecía no haber salida. Esta pregunta final de Jesús es el corazón de la parábola. El verdadero problema no es si Dios escucha, sino si nosotros seguimos creyendo, esperando, orando. Hermanos y hermanas, el Año Jubilar nos llama a renovar la fe y la esperanza, a no dejar que el cansancio o la desilusión apaguen el fuego del Espíritu. La esperanza cristiana no es optimismo ingenuo; es la certeza de que Cristo ha vencido el mal, y que su amor sigue actuando silenciosamente en la historia. Queridos hermanos y hermanas, como la viuda insistente, no dejemos de clamar al Señor. Que nuestra oración sea expresión de una esperanza viva, que se traduce en gestos concretos de justicia, solidaridad y perdón. En este Año Jubilar de la Esperanza, el Señor nos invita a mirar el futuro con confianza, a perseverar en la fe y a trabajar por un mundo donde la justicia y la misericordia se abracen. El Evangelio de hoy nos recuerda que la oración es el aliento de la fe y la fuerza de la esperanza. “Que nuestra esperanza no se canse de orar, y que nuestra oración no se canse de esperar.” Al Señor, que siempre nos escucha y nos acoge en su misericordia, en su compasión y en su amor, sean la gloria y el honor por los siglos de los siglos. Amén. –

Hno. Mauricio Silva dos Anjos, OFMCap – Chile.

HOMILIA PARA LA EUCARISTÍA DEL DOMINGO 19 DE OCTUBRE DE 2025.

DOMINGO XXIX DEL CICLO C


Éxodo 17,8-13: Victoria sobre los amalecitas: Dios salva a su Pueblo.
2Timoteo 3,14-4,2: El discípulo de Cristo es un hombre de la Palabara y se siente
impulsado a proclamarla.
Lucas 18,1-8: El texto invita a perseverar en la oración con la confianza de ser escuchada
por Dios.


1.- Lo primer que hay que decir es que la espiritualidad cristiana auténtica es una
espiritualidad bíblica; más concretamente, una espiritualidad del Éxodo. Así como Israel, al
salir de Egipto, tuvo un largo peregrinar por desierto no exento de dificultades, del mismo
modo la vivencia de la fe no está exenta de dificultades, escollos y enemigos.
Si Israel pudo vencer a los enemigos fue gracias a su fe en Dios, que salva. Al re4specto, es
decidor lo que dice el salmo responsorial: Levanto mis ojos a los montes”. ¿Por qué a los
montes? Porque los antiguos creían que en las cumbres de los montes residían las
divinidades protectoras. De ahí la costumbre de colocar altares en las alturas. Pero de ahí
no vendrá la ayuda, sino de Dios, que hizo el cielo y la tierra. No fue la vara de Moisés, ni
la estrategia militar de Josué , sino el auxilio del Señor, Jefe de su Pueblo, la que obtuvo la
victoria, Por eso el piadoso israelita rezará el salmo 20 que dice: Unos confían en sus
carros, otros en su caballería; nosotros invocamos el Nombre del Señor”.


2.- Todo cristiano es un peregrino, la Iglesia toda es el Pueblo de Dios que peregrina por
este mundo. Y no está exenta de dificultades y peligros. Como Israel vivió de la Palabra de
Dios en el desierto, del mismo modo el cristiano, la Iglesia, alimenta su vida de la Palabra
de Dios. Porque como lo dice san Pablo a Timoteo “Toda Escritura inspirada es útil para
enseñar, para argumentar, para corregir y educar y prepara para hacer el bien”.


3.- Muchas veces Jesús nos advierte del peligro de la autosuficiencia, el creer que todo lo
podemos solos. Hemos sido testigos últimamente de cómo la autosuficiencia de algunos
“poderosos” de este mundo les ha llevado a creerse dueños, amos y rectores d e este
mundo. Ellos confían en su poderío económico y de armamentos.
Muchos se fían de supericia para no caer…sin embargo igual caen. Prescinden de Dios y
creen bastarse a sí mismos. Siempre ha sido una mala campaña el creerse fuerte.


4.- Por eso, Jesús en la Parábola nos indica cómo debemos dirigirnos al Padre Dios con
fianza y perseverancia. El evangelio nos asegura que Dios atiende siempre las súplicas de
todos.
El Pueblo de Dios que peregrina por este mundo, ha de enfrentar con fe la realidad que le
rodea.
La viuda del Evangelio es la personificación de la Iglesia, que está sola enfrentando todo
tipo de hostigamiento. Pero ha de ser perseverante en la oración hecha con fe. Por eso
Jesús concluye con una pregunta: “Cuando venga el Hijo del Hombre, encontrará fe sobre
la tierra?
Que en nuestro peregrinar de fe vivamos siempre seguros en el Dios que salva.
Hno Pastor.

EDD. sábado 18 de octubre de 2025.

Primera Lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo (4,9-17a):

Dimas me ha dejado, enamorado de este mundo presente, y se ha marchado a Tesalónica; Crescente se ha ido a Galacia; Tito, a Dalmacia; sólo Lucas está conmigo. Coge a Marcos y tráetelo contigo, ayuda bien en la tarea. A Tíquico lo he mandado a Éfeso. El abrigo que me dejé en Troas, en casa de Carpo, tráetelo al venir, y los libros también, sobre todo los de pergamino. Alejandro, el metalúrgico, se ha portado muy mal conmigo; el Señor le pagará lo que ha hecho. Ten cuidado con él también tú, porque se opuso violentamente a mis palabras. La primera vez que me defendí, todos me abandonaron, y nadie me asistió. Que Dios los perdone. Pero el Señor me ayudó y me dio salud para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran los gentiles.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 144,10-11.12-13ab.17-18

R/. Que tus fieles, Señor, proclamen la gloria de tu reinado

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R/.

Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. R/.

El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (10,1-9):

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él.
Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa.» Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: «Está cerca de vosotros el reino de Dios.»»

Palabra del Señor

REFLEXIÓN

¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que proclama la paz, que anuncia la buena noticia! (Is 52,7, cf. Rm 10,15). Hoy celebramos la fiesta de san Lucas evangelista. Hasta hoy, casi dos mil años después nos ha llegado su obra y nos sigue anunciando la buena nueva del amor de Dios para todos nosotros. Los estudiosos de la Biblia, cuando nos hablan de la formación de los evangelios, explican que más que ser la obra de una persona, los evangelios son la obra colectiva de las comunidades cristianas que primero fueron transmitiendo de forma oral los relatos sobre Jesús, sus historias, sus palabras, sus gestos y que solo con el paso del tiempo se fueron poniendo por escrito todas esas historias y discursos hasta que poco a poco se fueron formando los Evangelios tal como hoy los conocemos.

Esto nos habla de muchas personas, los miembros de aquellas primeras comunidades cristianas que valoraron y atesoraron en su memoria y en su corazón todo lo que se decía y contaba de Jesús, porque éste se había convertido en el centro de su vida y en la fuente de su esperanza. No solo eso, se esforzaron porque esa buena nueva llegase hasta nosotros y fuese también para nosotros fuente de vida y esperanza.

Generación tras generación, esa palabras, primeros pronunciadas y luego escritas, han ido llegando al corazón de tantas personas que han hecho de Jesús el centro de su vida y hoy nos dan testimonio de que Jesús fue mucho más que un héroe de la antigüedad o un luchador por la justicia y la igualdad. Es todo eso y mucho más. Es el hijo de Dios, es el que nos habló del Reino. Y por él vale la pena dejarlo todo y seguirle.

Hoy es día para dar gracias. Por Lucas, por todos los que colaboraron con él en la escritura de su Evangelio y por todos los que a lo largo de estos dos mil años han puesto todo su esfuerzo para que las palabras, los gestos y la vida y muerte de Jesús llegasen a nuestro conocimiento y también a nuestro corazón. ¡Gracias!

Fernando Torres

Fuente : https://www.ciudadredonda.org/comentario-homilia-hoy/

REFLEXIÓN FRANCISCANA SOBRE EL EVANGELIO DEL DÍA. – SAN LUCAS 12,1-7 MEMORIA DE SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA.

Jesús advierte contra la hipocresía y llama a la sinceridad interior. La verdadera fe se manifiesta en coherencia entre lo que creemos y lo que hacemos. Maestro de la vida auténtica, enséñame a buscar la misericordia que trasciende toda ley, la fidelidad que sostiene la fraternidad y la justicia que es signo de la Alianza. Así no escucharé tu Palabra como una afrenta, sino como un llamado contundente que desea conducirme a la bondad, a la madurez y al señorío servicial de los hijos e hijas de Dios.

Hermanos y hermanas, hoy celebramos la memoria de San Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, uno de los más grandes testigos de la fe cristiana en los primeros siglos. Fue discípulo directo del apóstol Juan, y pastor de la Iglesia de Antioquía, donde los discípulos fueron llamados por primera vez “cristianos”. Su vida y su muerte son un testimonio luminoso de amor a Cristo, de fidelidad a la Iglesia y de esperanza en la vida eterna. Cuando fue llevado a Roma para ser devorado por las fieras, escribió siete cartas a las comunidades cristianas. En ellas se refleja su profunda espiritualidad y su amor ardiente por Cristo. En una de sus frases más conocidas decía: “Soy trigo de Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras para ser hallado como pan puro de Cristo.” Estas palabras no expresan un deseo de muerte, sino una pasión de amor: Ignacio entiende su martirio como una participación en la Pascua del Señor, como unirse plenamente al Cristo que dio su vida por amor. En él, la cruz no es derrota, sino plenitud de la vida cristiana. San Ignacio creyó profundamente en esta verdad. Su vida fue un grano de trigo que, al morir, dio fruto abundante: fortaleció la fe de los cristianos perseguidos, enseñó la unidad en torno al obispo y la Eucaristía, y mostró que el amor es más fuerte que el miedo y la muerte. Hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos invita a vivir la fe con verdad y confianza, sin hipocresías ni miedos. Ignacio vivió su fe de manera transparente y coherente. Fue un pastor que no disimuló su adhesión a Cristo, ni siquiera cuando el poder del Imperio lo amenazaba con la muerte. Mientras algunos buscaban salvar su vida con compromisos o silencios, él eligió la verdad del Evangelio. Jesús advierte contra la “levadura de los fariseos”, esa mezcla de religión y apariencia, de palabras sin vida. Ignacio nos enseña lo contrario: una fe que se muestra en la entrega, en la comunión, en la unidad de la Iglesia. Ignacio fue conducido desde Siria hasta Roma, encadenado, para morir devorado por las fieras. Durante el camino escribió cartas a las comunidades cristianas exhortándolas a la unidad y al amor. En ellas repetía: “Mi amor está crucificado, y ya no hay en mí fuego para las cosas de la tierra.” Hermanos y hermanas, el martirio no fue para él una derrota, sino la expresión suprema de la libertad cristiana. Creía que la muerte no tiene poder sobre quien pertenece a Cristo. Por eso el Evangelio de hoy “no teman” resuena en su vida como una melodía de esperanza. Ignacio nos enseña que el verdadero miedo no es perder la vida física, sino perder la fe, perder el amor. Su valentía nace de la certeza de saberse en las manos de Dios, el confió en este amor providente hasta el final. Sabía que nada se pierde cuando uno se entrega a Cristo, y que incluso la muerte se transforma en nacimiento. Su vida se convierte así en una Eucaristía viviente: el obispo que preside la unidad del pueblo de Dios se ofrece él mismo como pan entregado y sangre derramada, en comunión con el sacrificio de su Señor. Hoy, al recordar a San Ignacio de Antioquía, pedimos su intercesión para que también nosotros vivamos:
Una fe sin hipocresía, firme y sincera;
Un amor sin miedo, que confía plenamente en el Padre;
Una esperanza pascual, que ve en cada entrega una semilla de vida nueva. Que el testimonio de este gran mártir nos ayude a no temer, a vivir con el corazón encendido por Cristo, y a hacer de nuestra existencia una ofrenda de amor y servicio. Al Señor sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

EDD. viernes 17 de octubre de 2025

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (4,1-8):

Veamos el caso de Abrahán, nuestro progenitor según la carne. ¿Quedó Abrahán justificado por sus obras? Si es así, tiene de qué estar orgulloso; pero, de hecho, delante de Dios no tiene de qué. A ver, ¿qué dice la Escritura?: «Abrahán creyó a Dios, y esto le valió la justificación.» Pues bien, a uno que hace un trabajo el jornal no se le cuenta como un favor, sino como algo debido; en cambio, a éste que no hace ningún trabajo, pero tiene fe en que Dios hace justo al impío, esa fe se le cuenta en su haber. También David llama dichoso al hombre a quien Dios otorga la justificación, prescindiendo de sus obras: «Dichoso el hombre que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le cuenta el pecado.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 31,1-2.5.11

R/. Tú eres mi refugio,
me rodeas de cantos de liberación

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor
no le apunta el delito. R/.

Habla pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mí culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R/.

Alegraos, justos, y gozad con el Señor;
aclamadlo, los de corazón sincero. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,1-7):

En aquel tiempo, miles y miles de personas se agolpaban hasta pisarse unos a otros.
Jesús empezó a hablar, dirigiéndose primero a sus discípulos: «Cuidado con la levadura de los fariseos, o sea, con su hipocresía. Nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, nada hay escondido que no llegue a saberse. Por eso, lo que digáis de noche se repetirá a pleno día, y lo que digáis al oído en el sótano se pregonará desde la azotea. A vosotros os digo, amigos míos: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden hacer más. Os voy a decir a quién tenéis que temer: temed al que tiene poder para matar y después echar al infierno. A éste tenéis que temer, os lo digo yo. ¿No se venden cinco gorriones por dos cuartos? Pues ni de uno solo se olvida Dios. Hasta los pelos de vuestra cabeza están contados. Por lo tanto, no tengáis miedo: no hay comparación entre vosotros y los gorriones.»

Palabra del Señor

REFLEXIÓN

Me encuentro a veces con cristianos que viven en el miedo, en el temor. Se sienten amenazados. Es como si todo lo que nos rodea hoy en nuestro mundo fuese una amenaza para la Iglesia. Piensan que ésta está siendo perseguida como nunca la fue. Para ellos, el tiempo de las persecuciones en el Imperio Romano en los primeros siglos de nuestra era no es nada comparado con la situación actual. Son capaces de aceptar que no es una persecución en sangre y muerte pero dejan claro que es una persecución más sutil porque va corroyendo los fundamentos de nuestra fe, porque la presencia cristiana no es ya tan viva como antes… Hasta la falta de vocaciones al sacerdocio se interpreta como una señal del fin que ya está cerca.

A todos los que piensan y sienten así habría que recordarles con fuerza las palabras de Jesús en el texto evangélico de hoy: “No tengáis miedo”. La Iglesia no es más que la forma concreta como se ha ido anunciando el Evangelio de Jesús a lo largo de estos veinte siglos. Lo importante, lo verdaderamente importante, no es la Iglesia en su forma actual (parroquias, diócesis, sacerdotes, obispos, cardenales…). Lo importante de verdad es el amor de Dios manifestado en Jesús y en la buena nueva del Reino. Lo importante es la voluntad salvadora del Dios de la Vida que se manifestó en Jesús. Una voluntad universal y hecha de amor, de misericordia, de compasión. Y eso es obra del mismo Dios que va guiando esta historia nuestra hacia esa salvación, hacia la instauración del Reino, de su Reino.

No es tiempo para sentirnos deprimidos ni decepcionados. La esperanza y la confianza en Dios, en nuestro Dios, es, debe ser, la marca distintiva del cristiano, que siempre es capaz de ver, hasta en las situaciones más difíciles y complicadas, la acción gratuita de Dios que va llegando al corazón del hombre y abriéndonos a la Vida de verdad.

Fernando Torres

Fuente : https://www.ciudadredonda.org/evangelio-lecturas-hoy/

REFLEXIÓN FRANCISCANA SOBRE EL EVANGELIO DEL DÍA. – SAN LUCAS 11,47-54.

MEMORIA DE SANTA MARGARITA MARÍA ALACOQUE.*

“¡Oh AMOR, Tú me amas más de lo que yo puedo amarte! ¿Por qué deseo, Señor, más de lo que Tú quieres darme?”
A Ti recurrimos, oh Corazón de Jesús, porque en Ti encontramos consuelo cuando sufrimos y somos perseguidos, pedimos Tu protección cuando nos sentimos oprimidos por el peso de nuestra cruz, buscamos Tu ayuda cuando la angustia, la enfermedad, la pobreza o el fracaso nos empujan a buscar una fuerza superior a nuestras fuerzas humanas. Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío.

Hermanos y hermanas, hoy la Iglesia celebra la memoria de Santa Margarita María de Alacoque, la humilde religiosa visitandina, a quien el Señor confió una de las revelaciones más tiernas y profundas de su amor: el Misterio de su Corazón. En ella resplandece la sencillez de quien se deja amar por Dios y se convierte en testigo del amor que transforma y repara. Santa Margarita María aprendió a descansar en el Corazón de Jesús. Desde su juventud conoció el dolor, la incomprensión y la enfermedad; pero fue en la oración y en la adoración donde descubrió que el amor de Cristo no se mide por la correspondencia humana, sino por su propia fidelidad infinita. Jesús le mostró su Corazón herido de amor, y le pidió que diera a conocer al mundo la ternura de ese Corazón que ama sin ser amado, que perdona sin reproche, que se ofrece como fuente de misericordia para todos. En un tiempo marcado por la frialdad espiritual y la indiferencia religiosa, Margarita María fue llamada a reparar con su vida y su oración los olvidos y desprecios al Amor divino. Pero no se trata de una reparación hecha desde el miedo o la culpa, sino desde el amor que responde al Amor. Por eso, su mensaje no es un llamado a la tristeza, sino a la confianza: “El Corazón de Jesús es un océano de misericordia”, decía. Quien se sumerge en él aprende a amar de nuevo. Hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos confronta con una verdad dolorosa: el ser humano tiende a honrar lo santo del pasado mientras silencia lo profético del presente. Jesús desenmascara esta incoherencia espiritual. Los escribas y fariseos construyen monumentos para los profetas antiguos, pero sus corazones siguen cerrados a la Palabra viva de Dios que los interpela hoy. San Francisco de Asís conoció bien esta tensión. En su tiempo, muchos amaban hablar de Cristo, pero pocos querían vivir como Él. San Francisco escuchó la voz de Jesús que le decía: “Repara mi casa”, y comprendió que esa “casa” era la Iglesia herida por la incoherencia, el poder y la falta de pobreza evangélica. Como Jesús, San Francisco fue profeta de conversión en medio de una religiosidad que había perdido la frescura del Evangelio. No construyó sepulcros, sino que levantó vidas nuevas, hermanos y hermanas reconciliados con Dios, con los pobres y con toda criatura. Para nosotros francisclarianos, la profecía brota de la minoridad: quien se hace pequeño, quien sirve, quien se vacía de sí mismo, se vuelve espacio para que el Espíritu hable. Santa Clara de Asís, silenciosa y firme, fue también profeta: su palabra fue la luz de la pobreza evangélica vivida como libertad.

Hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos invita a examinar nuestra propia historia:
¿Construimos monumentos o tejemos fraternidad?
¿Elogiamos la santidad de otros tiempos mientras cerramos los oídos a los profetas de hoy?
¿Reconocemos la voz de Dios que nos llama a un nuevo modo de ser Iglesia?

Jesús, como Francisco y Clara, no busca admiradores sino discípulos; no quiere devoción vacía, sino una vida transformada por la compasión y la justicia. Pidamos hoy al Señor una fe libre, pobre y luminosa. Que nuestra vida no sea una tumba de palabras hermosas, sino una tierra fecunda donde la Palabra siga encarnándose. Que no repitamos los errores de los fariseos, sino que aprendamos de los profetas a vivir la verdad con ternura, la justicia con humildad y el amor con coraje. Al Señor que nos llama a la autenticidad y nos libera de toda hipocresía, sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén. –

Hno. Mauricio Silva dos Anjos, OFMCap – Chile.

EDD. jueves 16 de octubre de 2025

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (3,21-30a):

Ahora, la justicia de Dios, atestiguada por la Ley y los profetas, se ha manifestado independientemente de la Ley. Por la fe en Jesucristo viene la justicia de Dios a todos los que creen, sin distinción alguna. Pues todos pecaron y todos están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención de Cristo Jesús, a quien Dios constituyó sacrificio de propiciación mediante la fe en su sangre. Así quería Dios demostrar que no fue injusto dejando impunes con su tolerancia los pecados del pasado; se proponía mostrar en nuestros días su justicia salvadora, demostrándose a sí mismo justo y justificando al que apela a la fe en Jesús. Y ahora, ¿dónde queda el orgullo? Queda eliminado. ¿En nombre de qué? ¿De las obras? No, en nombre de la fe. Sostenemos, pues, que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la Ley. ¿Acaso es Dios sólo de los judíos? ¿No lo es también de los gentiles? Evidente que también de los gentiles, si es verdad que no hay más que un Dios.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 129,1-2.3-4.5

R/. Del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica. R/.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto. R/.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (11,47-54):

En aquel tiempo, dijo el Señor: «¡Ay de vosotros, que edificáis mausoleos a los profetas, después que vuestros padres los mataron! Así sois testigos de lo que hicieron vuestros padres, y lo aprobáis; porque ellos los mataron, y vosotros les edificáis sepulcros. Por algo dijo la sabiduría de Dios: «Les enviaré profetas y apóstoles; a algunos los perseguirán y matarán»; y así, a esta generación se le pedirá cuenta de la sangre de los profetas derramada desde la creación del mundo; desde la sangre de Abel hasta la de Zacarías, que pereció entre el altar y el santuario. Sí, os lo repito: se le pedirá cuenta a esta generación. ¡Ay de vosotros, maestros de la Ley, que os habéis quedado con la llave del saber; vosotros, que no habéis entrado y habéis cerrado el paso a los que intentaban entrar!»
Al salir de allí, los escribas y fariseos empezaron a acosarlo y a tirarle de la lengua con muchas preguntas capciosas, para cogerlo con sus propias palabras.

Palabra de Señor

REFLEXIÓN

En principio, los profetas son siempre molestos. No son cómodos. Los profetas son los que dicen lo que no queremos oír, los que ponen al descubierto nuestras incoherencias, la distancia que suele haber entre lo que decimos –nuestras grande declaraciones de principios; “yo nunca he…”– y lo que hacemos, los que nos hacen recordar eso que nosotros no queremos recordar de nuestra vida ni queremos que los demás lo recuerden.

Esta es la sencilla razón por la que reaccionamos en contra. Una salida habitual, cuando no podemos negar sus palabras, es la que llamamos “matar el mensajero”. La frase es metafórica. En realidad, no se trata de matar físicamente sino de tratar de poner al descubierto las incoherencias que hay en la vida del mensajero. Es lo que venimos a hacer cuando le decimos al profeta eso de “y tú más”. Le decimos al otro que carece de autoridad para decirnos nada porque su vida no es perfecta. La realidad es que no podemos discutir sus palabras porque en el fondo de nuestro corazón sabemos que tiene razón. Pero no queremos escuchar porque eso nos sacaría de nuestras casillas, de nuestras rutinas, de la vida cómoda que nos hemos hecho, con nuestras contradicciones e incoherencias, porque demasiadas veces hemos pactado con la mediocridad a la que nos hemos abandonado.

Jesús es el profeta que habla con claridad a los escribas y fariseos. Pone al descubierto sus contradicciones, deja claro que su vida no se corresponde con sus palabras, que imponen a los demás normas y leyes que ellos mismos no cumplen porque con su sabiduría son capaces de retorcer las palabras hasta justificar lo injustificable. La respuesta fue la más lógica y normal: no le quisieron escuchar. Cerraron sus oídos. Y trataron de matar al mensajero. Al final lo consiguieron de verdad.

Hoy tendríamos que abrir los oídos para escuchar a los profetas que viven con nosotros. Igual no tienen la vida más ejemplar imaginable pero lo que dicen es verdad y deberíamos acoger esa verdad porque hasta por la burra de Balaán habló Dios (Números, 22).

Fernando Torres

Fuente : https://www.ciudadredonda.org/evangelio-lecturas-hoy/

EDD. miércoles 15 de octubre de 2025.

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (2,1-11):

Tú, el que seas, que te eriges en juez, no tienes disculpa; al dar sentencia contra el otro te condenas tú mismo, porque tú, el juez, te portas igual. Todos admitimos que Dios condena con derecho a los que obran mal, a los que obran de esa manera. Y tú, que juzgas a los que hacen eso, mientras tú haces lo mismo, ¿te figuras que vas a escapar de la sentencia de Dios? ¿O es que desprecias el tesoro de su bondad, tolerancia y paciencia, al no reconocer que esa bondad es para empujarte a la conversión? Con la dureza de tu corazón impenitente te estás almacenando castigos para el día del castigo, cuando se revelará el justo juicio de Dios, pagando a cada uno según sus obras. A los que han perseverado en hacer el bien, porque buscaban contemplar su gloria y superar la muerte, les dará vida eterna; a los porfiados que se rebelan contra la verdad y se rinden a la injusticia, les dará un castigo implacable. Pena y angustia tocarán a todo malhechor, primero al judío, pero también al griego; en cambio, gloria, honor y paz a todo el que obre. el bien, primero al judío, pero también al griego; porque Dios no tiene favoritismos

Palabra de Dios

Salmo

Sal 61,2-3.6-7.9

R/. Tú, Señor, pagas a cada uno según sus obras

Sólo en Dios descansa mi alma,
porque de él viene mi salvación;
sólo él es mi roca y mi salvación,
mi alcázar: no vacilaré. R/.

Descansa sólo en Dios, alma mía,
porque él es mi esperanza;
sólo él es mi roca y mi salvación,
mi alcázar: no vacilaré. R/.

Pueblo suyo, confiad en él,
desahogad ante él vuestro corazón,
que Dios es nuestro refugio. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (11,42-46):

En aquel tiempo, dijo el Señor: «¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios! Esto habría que practicar, sin descuidar aquello. ¡Ay de vosotros, fariseos, que os encantan los asientos de honor en las sinagogas y las reverencias por la calle! ¡Ay de vosotros, que sois como tumbas sin señal, que la gente pisa sin saberlo!»
Un maestro de la Ley intervino y le dijo: «Maestro, diciendo eso nos ofendes también a nosotros.»
Jesús replicó: «¡Ay de vosotros también, maestros de la Ley, que abrumáis a la gente con cargas insoportables, mientras vosotros no las tocáis ni con un dedo!»

Palabra del Señor

REFLEXIÓN

Hoy celebramos la memoria, fiesta, solemnidad (depende de los lugares, naciones y diócesis) de santa Teresa de Jesús. Una santa, una reformadora, una mujer que no se quedó en casa, dedicada a sus labores, como era la norma para la mayoría de las mujeres de la época. Es verdad que entró en un monasterio de clausura pero eso no significó ni que se quedase callada ni que se quedase quieta. Su reforma de la vida de las monjas carmelitas tuvo tal trascendencia que llegó a imponerse incluso en la rama masculina de la orden: los carmelitas descalzos. Y no eran tiempos fáciles ni para hombres ni para mujeres que la Santa Inquisición andaba continuamente a la búsqueda de herejes y desviacionistas para juzgarles y, si era posible, condenarlos. Pero esos temores no detuvieron a la monja andariega que no hacía más que fundar “palomarcicos” donde grupos pequeños de mujeres pudiesen vivir su vocación de una manera sencilla y con fidelidad al carisma fundacional de la orden y que no se pareciesen a esos monasterios que habían sido ocupados por las señoras de la nobleza como su lugar de retiro y vida tranquila.

Hoy en la Iglesia sigue haciendo falta hombres y mujeres como Teresa de Ávila: intrépidos, valientes, decididos, que no se dejen asustar por los que parece que mandan ni en la Iglesia ni en el mundo, pero que a veces son muy prudentes y más veces aún poco fieles al Evangelio.

Hoy en la Iglesia siguen haciendo falta hombres y mujeres que se tomen en serio el Evangelio y que sepan ir más allá de tradiciones y rutinas para volver a lo que en el Evangelio es esencial: el Reino, la fraternidad, la justicia, el cuidado de los hermanos y hermanas. Quizá nosotros no seamos ese tipo de gente pero, por lo menos, que no pongamos trabas a los que cerca o lejos se dejan la piel para hacer vida y presencia el mensaje de la buena nueva en nuestro mundo.

Fernando Torres, cmf

Fuente : https://www.ciudadredonda.org/evangelio-lecturas-hoy/

EDD. martes 14 de octubre de 2025.

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (1,16-25):

Yo no me avergüenzo del Evangelio; es fuerza de salvación de Dios para todo el que cree, primero para el judío, pero también para el griego. Porque en él se revela la justicia salvadora de Dios para los que creen, en virtud de su fe, como dice la Escritura: «El justo vivirá por su fe.» Desde el cielo Dios revela su reprobación de toda impiedad e injusticia de los hombres que tienen la verdad prisionera de la injusticia. Porque, lo que puede conocerse de Dios lo tienen a la vista; Dios mismo se lo ha puesto delante. Desde la creación del mundo, sus perfecciones invisibles, su poder eterno y su divinidad, son visibles para la mente que penetra en sus obras. Realmente no tienen disculpa, porque, conociendo a Dios, no le han dado la gloria y las gracias que Dios se merecía, al contrario, su razonar acabó en vaciedades, y su mente insensata se sumergió en tinieblas. Alardeando de sabios, resultaron unos necios que cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles. Por esa razón, abandonándolos a los deseos de su corazón, los ha entregado Dios a la inmoralidad, con la que degradan ellos mismos sus propios cuerpos; por haber cambiado al Dios verdadero por uno falso, adorando y dando culto a la criatura en vez de al Creador. ¡Bendito él por siempre! Amén.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 18,2-3.4-5

R/. El cielo proclama la gloria de Dios

El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra. R/.

Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (11,37-41):

En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, un fariseo lo invitó a comer a su casa. Él entró y se puso a la mesa.
Como el fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer, el Señor le dijo: «Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades. ¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Dad limosna de lo de dentro, y lo tendréis limpio todo.»

Palabra del Señor

REFLEXIÓN

En el texto evangélico de hoy subrayaría dos cosas. La primera es la gran libertad con que vive y actúa Jesús. Está claro que no se casa con nadie y que no se deja llevar por respetos humanos ni falsas diplomacias. No era precisamente “prudente” cuando se trataba de hablar con la gente que le escuchaba. No era de los que querían ganar amigos a cualquier costa. Más bien, lo contrario. Está claro que por días como éste del texto de hoy terminó como terminó: en la cruz y más solo que la una. Pero Jesús no se arrugaba ante las dificultades. Ni le asustaban las consecuencias negativas que podían provocar su dar testimonio de la verdad. La libertad es el gran don que Dios nos ha regalado a cada uno de nosotros, un verdadero tesoro. En nuestras manos está el hacer de ella un pilar de nuestra personalidad o derrocharla y malgastarla por adaptarnos a los demás, por decir siempre lo que se espera que digamos, por intentar más ser apreciados por los demás que por ser testigos del reino.

Desde ahí, creo que se entiende muy bien lo segundo que quería subrayar. Nuestra relación con los demás, igual que nuestra relación con Dios, tiene que ir más allá de las formas, de cumplir apenas una serie de normas “sociales”, “establecidas”, “aceptadas por todos”. Tiene que ser una relación desde el corazón, desde el convencimiento personal de lo que debemos hacer. Jesús le critica al mundo fariseo que su relación con Dios se basa en el cumplimiento detallado y minucioso de unas normas formales, externas, pero que no llegan al corazón. Lavarse las manos antes de comer (para los fariseos), ir a misa los domingos (para los cristianos), no tiene mucho sentido si en nuestro corazón anida el odio, la venganza, la envidia. No tiene sentido si despreciamos a los hermanos que no piensan como nosotros, que no sienten como nosotros, que no hablan nuestra lengua o que son de otro equipo,  país, religión, partido político, etc.

Desde el corazón, sintiéndonos hijos e hijas de Dios, viviremos libres para anunciar la buena nueva del Reino, la de que tenemos que construir entre todos un mundo más fraterno y mejor. Un mundo como Dios quiere.

Fernando Torres

Fuente : https://www.ciudadredonda.org/evangelio-lecturas-hoy/