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Comentario al evangelio de hoy sábado 10 de diciembre de 2016

Un profeta que existió.

II Sábado de Adviento. Ciclo A. 
Harán padecer al Hijo del hombre.
Por: H. Iván Yoed González Aréchiga LC
Fuente: http://es.catholic.net/op/articulos/63919/un-profeta-que-existio.html#

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Señor, la perfección consiste en ser aquello que Tú quieres que yo sea. Enséñame a andar este camino de sencillez. Así sea.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Mateo 17, 10-13
En aquel tiempo, los discípulos le preguntaron a Jesús: «¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?».
Él les respondió: “Ciertamente Elías ha de venir y lo pondrá todo en orden. Es más, yo les aseguro a ustedes que Elías ha venido ya, pero no lo reconocieron e hicieron con él cuanto les vino en gana. Del mismo modo, el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos».
Entonces entendieron los discípulos que les hablaba de Juan el Bautista.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.
Cuando leo el Evangelio, cuando lo escucho en la misa, por ejemplo, ¿me dejo interpelar por él? Tantas veces ni siquiera  me pasa por la cabeza que lo que escucho es tu palabra, y si ni siquiera lo recibo en mi «cabeza», mucho menos entrará en mi corazón.
Ojalá comprendiera la profundidad de cada frase pronunciada por Ti. Vivo en un cristianismo de demasiada tradición (tan lleno de rutina). Tanto así, que tus palabras suelen causar más impacto en los no-cristianos que en quienes profesamos ser tus discípulos. Muchos de ellos reconocen una luz nueva de verdad; nosotros estamos demasiado acostumbrados a vivir «dentro» de ella, pero a veces tan afuera en realidad…
Debería detenerme con seriedad en Juan Bautista. ¿Quién era ese hombre en realidad? Porque fue un hombre, existió y de hecho murió decapitado. A tal punto llegó su convicción por Ti. ¿Y yo? Me pregunto por qué no me interpela su testimonio. Morir por la verdad… ¿Hay testimonio más grande? Entonces toman sentido los gritos del último profeta, sus gritos en el desierto, su vida sobria y llena de sacrificio, de penitencia, su apelación a la conversión, su «preparen los caminos del Señor».
Creía de verdad en Ti. Preparó su corazón en cada instante de su vida. Creyó en Ti en el primer instante en que te vio. Y supo recibirte en su corazón, en el que nació un amor que le llevó a aceptar la cárcel, la privación de todo bien y dignidad, de la misma vida, por tu amor.

«El Señor le tiene alergia a las rigideces.  Cultivemos esta experiencia de misericordia, de paz y de esperanza, durante el camino de adviento que estamos recorriendo. Anunciar la Buena noticia a los pobres, como Juan Bautista, realizando obras de misericordia, es una buena manera de esperar la venida de Jesús en la Navidad. Es imitarlo a Él que dio todo, se dio todo. Esa es su misericordia sin esperar nada en cambio.»
(Cf Homilía de S.S. Francisco, 12 de diciembre de 2015).

Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Me propondré escuchar el Evangelio de la siguiente misa con atención, y buscaré acogerlo en mi corazón para encontrar unaaplicación concreta para mi vida diaria.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
 

EDD. sábado 10 de diciembre de 2016.

Sábado de la segunda semana de Adviento.

Libro de Eclesiástico 48,1-4.9-11.
Surgió como un fuego el profeta Elías,
su palabra quemaba como una antorcha.
El atrajo el hambre sobre ellos
y con su celo los diezmó.
Por la palabra del Señor, cerró el cielo,
y también hizo caer tres veces fuego de lo alto.
¡Qué glorioso te hiciste, Elías, con tus prodigios!
¿Quién puede jactarse de ser igual a ti?
Tú fuiste arrebatado en un torbellino de fuego
en un carro con caballos de fuego.
De ti está escrito que en los castigos futuros
aplacarás la ira antes que estalle,
para hacer volver el corazón de los padres hacia los hijos
y restablecer las tribus de Jacob.
¡Felices los que te verán
y los que se durmieron en el amor,
porque también nosotros poseeremos la vida!
Salmo 80(79),2ac.3b.15-16.18-19.
Escucha, Pastor de Israel,
Tú que tienes el trono sobre los querubines,
reafirma tu poder y ven a salvarnos.
Vuélvete, Señor de los ejércitos,
observa desde el cielo y mira:
ven a visitar tu vid,
la cepa que plantó tu mano,
el retoño que Tú hiciste vigoroso.
Que tu mano sostenga al que está a tu derecha,
al hombre que Tú fortaleciste,
y nunca nos apartaremos de ti:
devuélvenos la vida e invocaremos tu Nombre.
Evangelio según San Mateo 17,10-13.
Al bajar del monte, los discípulos preguntaron a Jesús: «¿Por qué dicen los escribas que primero debe venir Elías?».
El respondió: «Sí, Elías debe venir a poner en orden todas las cosas;
pero les aseguro que Elías ya ha venido, y no lo han reconocido, sino que hicieron con él lo que quisieron. Y también harán padecer al Hijo del hombre».
Los discípulos comprendieron entonces que Jesús se refería a Juan el Bautista.

Comentario del Evangelio por San Romano el Melódico (?-c. 560), compositor de himnos. Himno sobre la profecía de Elías; SC 99, pag 337.
 

“Qué glorioso fuiste, Elías…que fuiste arrebatado en torbellino ardiente,…aplacarás la ira antes que estalle…” (cf Eclo 48,9-10)
Ante las perversidades de los hombres, Elías, el profeta, premeditaba un duro castigo. Viéndolo el Misericordioso le respondió al profeta: “Conozco el celo que tienes por el bien (cf 1R 19,14) Te irritas porque estás sin reproche, ¿no puedes perdonar? Yo no puedo dejar perder a uno solo, (cf Mt 18,14) yo, el único amigo verdadero de los hombres.” (cf Sap 1,6)
Luego, viendo el Maestro el humor terrible del profeta respecto a los hombres, se preocupó de su raza. Alejó a Elías de la tierra que habitaba, diciendo: “¡Aléjate de la tierra de los hombres! Yo mismo, en mi misericordia descenderé con ellos, haciéndome uno de ellos. ¡Deja la tierra y sube, ya que tú  no puedes tolerar la faltas de los hombres. Pero yo, que soy del cielo, viviré entre los pecadores y los salvaré de sus faltas, yo, el único amigo verdadero de los hombres.
Si tú no puede habitar con los hombres culpables, ven aquí, vive en la región de mis amigos, donde ya no hay pecado. Yo voy a bajar, porque yo so capaz de tomar sobre mis hombros la oveja perdida (Lc 15,5) y llamar a los que sufren: “¡Venid, todos, pecadores, venid a mí, descansad!” (Mt 11,28) Porque yo no he venido para castigar a los que he creado sino para arrancarlos del pecado y de la impiedad, yo, el único amigo verdadero de los hombres.
Así, Elías, cuando fue arrebatado al cielo (2R 2,11) apareció luego como la figura del futuro. Este tesbita (1R 17,1) fue arrebatado en un carro de fuego. Cristo fue elevado por las nubes y las potestades celestiales (Ac 1,9). El primero dejó caer desde lo alto del cielo su manto para Eliseo (2R 2,13). Cristo envió a sus apóstoles el Espíritu Santo, Defensor (Jn 15,26) que nosotros, en el bautismo recibimos y que nos santifica, como lo enseña aquel que es el único amigo verdadero de los hombres.

Texto completo de la segunda predicación de Adviento del padre Raniero Cantalamessa

“El Espíritu Santo y el carisma del discernimiento”.
https://es.zenit.org/articles/texto-completo-de-la-segunda-predicacion-de-adviento-del-padre-raniero-cantalamessa/
The first Advent homily for 2015 was preached by Fr Raniero Cantalamessa

PHOTO.VA

(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- Publicamos a continuación el texto completo de la segunda predicación de adviento del padre Raniero Cantalamessa, ofmcap, predicador de la Casa Pontificia.

El Espíritu Santo y el carisma del discernimiento

Continuamos nuestras reflexiones sobre la obra del Espíritu Santo en la vida del cristiano. San Pablo menciona un carisma particular llamado “discernimiento de espíritus” (1 Cor 12, 10). En su origen esta expresión tiene un sentido muy preciso: indica el don que permite distinguir, entre las palabras inspiradas o proféticas pronunciadas durante una asamblea, las que vienen del Espíritu Santo y las que vienen de otros espíritus, o sea del espíritu del hombre, o del espíritu demoníaco, o del espíritu del mundo.

También para el evangelista Juan este es el sentido fundamental. El discernimiento consiste en “poner a la prueba las inspiraciones para saber si provienen realmente de Dios” (1 Jn 4,1-6). Para Pablo el criterio fundamental de discernimiento es confesar a Cristo como “Señor” (1 Cor 12, 3); para Juan es la confesión que Jesús “vino en la carne”, o sea la encarnación. Ya con él el discernimiento inicia a ser usado en función teológica como criterio para discernir las verdaderas de las falsas doctrinas, la ortodoxia de la herejía, lo que se volverá central a continuación.

  1. El discernimiento en la vida eclesiástica

Existen dos campos en los que se debe ejercitar este don del discernimiento de la voz del Espíritu: el eclesial y el personal. En el campo eclesiástico el discernimiento de los espíritus es ejercitado con autoridad por el magisterio, que entretanto debe tener en cuenta entre otros criterios, también el del “sentido de los fieles”, el “sensus fidelium”.

Quisiera detenerme sobre un punto en particular que puede ser una ayuda en la discusión en acto en la Iglesia sobre algunos problemas particulares. Se trata del discernimiento de los signos de los tiempos. El Concilio ha declarado:

“Es un deber permanente de la Iglesia escuchar los signos de los tiempos y de interpretarlos a la luz del evangelio, para que, de manera adecuada a cada generación, pueda responder a los perennes interrogativos de los hombres sobre el sentido de la vida presente y futura y su recíproca relación” [1].

Queda claro que si la Iglesia tiene que escuchar los signos de los tiempos a la luz del Evangelio, no es para aplicar a los ‘tiempos’, o sea a las situaciones y a los problemas nuevos que emergen en la sociedad, los remedios y las reglas de siempre, sino para dar a estos respuestas nuevas “aptas para cada generación”, como dice el texto apenas citado del Concilio. Las dificultad que se encuentra en este camino -y que debe ser tomada en toda su seriedad- es el miedo de comprometer la autoridad del magisterio, al admitir cambios en sus pronunciamientos.

Hay una consideración que puede ayudar, creo, para superar en espíritu de comunión esta dificultad. La infalibilidad que la Iglesia y el Papa reivindican para sí, no es seguramente superior a la que se atribuye a la misma Escritura revelada. Ahora la inerrancia bíblica asegura que el escritor sacro expresa la verdad de la manera y en el grado en la cual esa podía ser expresada y entendida en el momento en el cual escribe. Vemos que muchas verdades se forman lentamente y progresivamente, como la del más allá y de la vida eterna. También en el ámbito moral muchos usos y leyes anteriores son abandonados a continuación, para dar lugar a leyes y criterios más consonantes al espíritu de la Alianza. Un ejemplo entre todos: en el Éxodo se afirma que Dios castiga las culpas de los padres en los hijos (cf. Ex 34, 7), pero Jeremías y Ezequiel dirán lo contrario o sea que Dios no castiga las culpas de los padres en los hijos, porque cada uno deberá responder de las propias acciones (cf. Jer 31, 29-30; Ez 18, 1 ss.).

En el Antiguo Testamento el criterio en base al cual se superan las prescripciones anteriores es aquel de una mejor comprensión del espíritu de la Alianza y de la Torá; en la Iglesia el criterio es aquel de un continuo releer el Evangelio a la luz de las preguntas nuevas que a este se plantean. “Scriptura cum legentibus crescit”, decía san Gregorio Magno: la Escritura crece junto a quienes la leen [2].

Entretanto nosotros sabemos que la regla constante del actuar de Jesús en el Evangelio, en materia moral se resume en pocas palabras: “No al pecado, sí al pecador”. Nadie es más severo que Él al condenar la riqueza inicua, pero se auto-invita a la casa de Zaqueo y con su simple venirle al encuentro lo cambia. Condena el adulterio incluso aquel del corazón, pero perdona a la adúltera y le da nueva esperanza. Reafirma la indisolubilidad del matrimonio pero se detiene con la Samaritana que había tenido cinco maridos y le revela el secreto que no había dicho a nadie, de manera así explícita: “Soy yo (el Mesías) que te hablo” (Jn 4, 26).

Si nos preguntamos cómo se justifica teológicamente una distinción tan neta entre el pecado y el pecador, la respuesta es simplísima: el pecador es una criatura de Dios, hecho a su imagen, y que conserva toda su dignidad a pesar de todas las aberraciones; el pecado, en cambio, no es obra de Dios, no viene de él sino del enemigo. Es el mismo motivo por el cual Cristo se ha hecho similar en todo a nosotros “excepto en el pecado” (cf. Heb 4,15).

Un factor importante para realizar esta tarea de discernimiento de los signos de los tiempos es la colegialidad de los obispos. Esa, dice un texto de la Lumen Gentium, consiente “decidir en común todos los temas más importantes, mediante una decisión que la opinión del conjunto permite equilibrar” [3]. El ejercicio efectivo de la colegialidad aporta el discernimiento a la solución de los problemas la variedad de las situaciones locales y de los puntos de vista, las luces y los dones diversos, del cual cada Iglesia y cada obispo es portador.

Tenemos una conmovedora ilustración de esto en el primer “Concilio” de la Iglesia, el de Jerusalén. Allí se dio amplio espacio a dos puntos de vista contrarios, el de los judaizantes y el favorable a la apertura a los paganos; hubo una “encendida discusión” pero que al final esto les consintió anunciar la decisión con aquella extraordinaria fórmula: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…” (Hch 15, 6 ss.).

Se ve aquí como el Espíritu guía a la Iglesia en dos maneras diversas: a veces directamente y carismáticamente, a través de revelación e inspiración profética; otras veces colegialmente, a través de la paciencia y el difícil confrontarse, e incluso el compromiso, entre las partes y los puntos de vista diversos. El discurso de Pedro el día de Pentecostés y en la casa de Cornelio es muy distinto del realizado a continuación para justificar su decisión delante de los ancianos (cf. Hch 11, 4-18; 15, 14); el primero es de tipo carismático, el segundo es de tipo colegiado.

Es necesario por lo tanto tener confianza en la capacidad del Espíritu de operar, al final, el acuerdo, aunque si a veces puede parece que el entero proceso se escape de las manos. Cada vez que los pastores de las Iglesia cristianas, a nivel local o universal, se reúnen para tener discernimiento o tomar decisiones importantes, debería estar en el corazón de cada uno la certeza confiada que el Veni Creator contiene en dos versos: Ductore sic te praevio – vitemus omne noxium, “teniéndote a ti como guía, evitaremos todo mal”.

  1. El discernimiento en la vida personal

Pasemos ahora al discernimiento en la vida personal. Como carisma aplicado a las personas individualmente, el discernimiento de los espíritus ha tenido en los siglos una notable evolución. En el origen hemos visto que el don debía servir para discernir las inspiraciones de los otros, de quienes habían hablado o profetizado en la asamblea; a continuación esto ha servido sobre todo para discernir las propias inspiraciones.

La evolución no es arbitraria; se trata de hecho del mismo don, si bien aplicado a objetos diversos. Gran parte de aquello que los autores espirituales han escrito sobre el “don del consejo”, se aplica también al carisma del discernimiento. Por medio del don o el carisma del consejo, el Espíritu Santo ayuda a evaluar las situaciones y orientar las decisiones, no solamente en base a criterios de sabiduría y prudencia humana, sino también a la luz de los principios sobrenaturales de la fe.

El primer y fundamental discernimiento de los espíritus es el que permite distinguir “el Espíritu de Dios” del “espíritu del mundo” (cf. 1 Cor 2, 12). San Pablo da un criterio objetivo de discernimiento, el mismo que ha dado Jesús: el de los frutos. Las “obras de la carne” revelan que un cierto deseo viene desde el hombre viejo pecaminoso; “los frutos del Espíritu” revelan que vienen desde el Espíritu (cf. Gal 5, 19-22). “La carne de hecho tiene deseos contrarios al Espíritu y el Espíritu tiene deseos contrarios a la carne” (Gal 5, 17).

A veces este criterio objetivo no es suficiente porque la decisión no es entre el bien y el mal, sino entre un bien y otro bien y se trata de entender qué cosa Dios quiere en una precisa circunstancia. Fue sobre todo para responder a esta exigencia que san Ignacio de Loyola desarrolló su doctrina sobre el discernimiento. Él invita a mirar sobre todo una cosa: las propias disposiciones interiores, las intenciones (los ‘espíritus’) que están detrás de una determinada decisión. En esto él se inserta en una tradición ya afirmada. Un autor medieval había escrito:

“¿Podría alguien examinar las inspiraciones, si vienen de Dios, si no le ha sido dado por Dios el discernimiento, para poder así examinar exactamente y con recto juicio los pensamientos, las disposiciones, las intenciones del espíritu? El discernimiento es como la madre de todas las virtudes y es necesario para todos al dirigir la vida, sea propia que de los otros… Este es por lo tanto el discernimiento: la unión del recto juicio y de la virtuosa intención” [4].

San Ignacio ha sugerido medios prácticos para aplicar estos criterios [5]. Uno es este: cuando se está delante de dos posibles decisiones, es bueno detenerse sobre una como si sin lugar a dudas tuviera que seguir a esta, quedarse en tal estado por un día o más; evaluar entonces las reacciones del corazón delante de tal decisión: si da paz, si se armoniza con el resto de las propias decisiones; si algo dentro de ti de anima en aquella dirección, o al contrario si la cosa deja un velo de inquietud. Repetir el proceso con la segunda hipótesis. Todo en un clima de oración, de abandono a la voluntad de Dios, de apertura al Espíritu Santo.

En la base del discernimiento, en San Ignacio de Loyola está su doctrina de la “santa indiferencia” [6]. Esta consiste en ponerse en un estado de total disponibilidad a aceptar la voluntad de Dios, renunciando, desde el comienzo, a toda preferencia personal, como una balanza preparada para inclinarse del lado en donde estará el peso mayor. La experiencia de la paz interior se vuelve así el criterio principal de cada discernimiento. Hay que considerar conforme a la voluntad de Dios la decisión que después de prolongada evaluación y oración está acompañada por una mayor paz en el corazón.

En el fondo se trata de poner en práctica el viejo consejo que el suegro Jetro le dio a Moisés: “presentar las cuestiones a Dios” y esperar en oración su respuesta (cf. Ex 18, 19). Hay que tener en cada caso la disposición habitual de seguir la voluntad de Dios, como la condición más favorable para un buen discernimiento. Jesús decía: “Mi juicio es justo porque no busco mi voluntad, sino la voluntad de quien me ha mandado” (Jn 5, 30).

El peligro de algunos modos modernos de entender y practicar el discernimiento es acentuar a tal punto los aspectos psicológicos, que llevan a olvidar el agente primario de cada discernimiento que es el Espíritu Santo. El evangelista Juan ve, como factor decisivo en el discernimiento, “la unción que viene del Santo” (1 Jn 2,20). También San Ignacio recuerda que en ciertos casos es solamente la unción del Espíritu Santo la que permite discernir lo que hay que hacer [7].

Hay una profunda razón teológica en esto. El Espíritu Santo es él mismo la voluntad sustancial de Dios y cuando entra en un alma “se manifiesta como la voluntad misma de Dios para aquel en el cual se encuentra” [8]. El discernimiento no es en fondo ni un arte ni una técnica, sino un carisma, o sea un don del Espíritu. Los aspectos psicológicos tienen una gran importancia, pero ‘secundaria’, o sea que vienen en segundo lugar. Un Padre antiguo escribía:

“Purificar el intelecto es solo del Espíritu Santo. Es necesario por lo tanto con todo los medios, especialmente con la paz del alma, hace ‘reposar’ sobre nosotros el Espíritu Santo, para tener junto a nosotros siempre encendida la lámpara del conocimiento. Si esa resplandece sin interrupción en el hondo del alma, no solamente los mezquinos y tenebrosos asaltos del demonio se vuelve manifiestos al intelecto, sino que además pierden su fuerza, son desenmascarados por aquella santa y gloriosa luz. Por ello el Apóstol dice: No apaguen el Espíritu (1 Ts 5,19)” [9].

El Espíritu Santo no difunde habitualmente en el alma esta luz suya de manera milagrosa y extraordinaria, sino simplemente a través de la Escritura. Los discernimientos más importantes de la historia de la Iglesia sucedieron así. Fue escuchando la palabra del Evangelio: “Si quieres ser perfecto…”, que Antonio entendió lo que debía hacer e inició el monaquismo. Fue también así que Francisco de Asís recibió la luz para iniciar su movimiento de retorno al evangelio. “Después que el Señor me dio a los frailes -escribe en su testamento- nadie me mostraba qué cosa debía hacer, pero el mismo Altísimo me reveló que tenía que vivir de acuerdo a la forma del santo evangelio”. El Altísimo se lo reveló escuchando, durante una misa, el pasaje evangélico en el cual Jesús le dice a los discípulos de ir por el mundo “sin llevar nada para el viaje: ni bastón ni bolsa, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas” (cf. Lc 9,3) [10].

Recuerdo un pequeño caso parecido de que fue yo mismo testigo: un hombre se me acercó durante una misión presentándome su problema. Tenía un joven de once años aún no bautizado. “Si lo bautizo, decía, se arma un drama en mi familia, porque mi mujer se ha vuelto testimonio de Jehová y no quiere oír hablar de bautizarlo en la Iglesia; si no lo bautizo no me siento tranquilo en mi conciencia, porque cuando nos casamos éramos ambos católicos y hemos prometido bautizar a nuestros hijos”. Un caso clásico de discernimiento. Le dije que volviera el día después, para darme tiempo para rezar y reflexionar. El día después veo que viene a verme y radiante me dice: “He encontrado la solución padre. He leído en la biblia el episodio de Abraham y he visto que cuando Abraham llevó para inmolar a su hijo Isaac ¡no le dijo nada a su esposa!”. La palabra de Dios lo había iluminado mejor que cualquier consejo humano. Bauticé yo mismo al joven y fue una gran alegría para todos.

Al lado de la escucha de la Palabra, la práctica más común para ejercitar el discernimiento a nivel personal es el examen de conciencia. Esto pero no debería limitarse solamente a la preparación para la confesión, pero volverse una capacidad constante de ponerse bajo la luz de Dios y dejarse ‘escrutar’ en el íntimo por Él. A causa de un examen de conciencia no practicado o no hecho bien, también la gracia de la confesión se vuelve problemática: o no se sabe que confesar, o se carga demasiado con un peso psicológico y moralizador, interesado solamente a mejorar al vida.

Un examen de conciencia reducido solamente a la preparación de la confesión hace individuar algunos pecados, pero no lleva a una relación auténtica, a tu per tu con Cristo. Se vuelve fácilmente una lista de imperfecciones confesadas para sentirse más tranquilos, sin aquella actitud de real arrepentimiento que hace sentir la alegría de tener en Jesús “un tan Redentor tan grande”.

  1. Dejarse guiar por el Espíritu Santo

El fruto concreto de esta meditación tendría que ser una renovada decisión de confiarse todo y enteramente a la guía interior del Espíritu Santo, como en una especie de “dirección espiritual”. Está escrito que “cuando la nube se elevaba y dejaba la Morada, los israelitas levantaban el campamento, y si la nube no se levantaba, ellos no partían” (Ex 40, 36-37). También nosotros no tenemos que emprende nada si no es el Espíritu Santo (del cual la nube, según los Padres era figura [11]), quien nos mueve, o sin haberlo consultado antes de cada acción.

Tenemos el ejemplo más luminoso en la vida misma de Jesús. Él no inicia nunca nada sin el Espíritu Santo. Con el Espíritu Santo anduvo por el desierto; con la potencia del Espíritu Santo volvió e inició su predicación; “en el Espíritu Santo” eligió a sus apóstoles (cf Hch 1,2); en el Espíritu Santo rezó y se ofreció él mismo al Padre (cf. Heb 9, 14).

Tenemos que protegernos de una tentación: la de querer dar consejos al Espíritu Santo, en cambio de recibirlos. “¿Quién ha dirigido al Espíritu del Señor y como su consejero le ha dado sugerencias? (Is 40,13). El Espíritu Santo nos dirige a todos y no es dirigido por nadie; guía y no es guiado. Hay un modo sutil de sugerirle al Espíritu Santo lo que debería hacer con nosotros y cómo debería guiarnos. A veces incluso, nosotros tomamos decisiones y las atribuimos con desenvoltura al Espíritu Santo.

Santo Tomás de Aquino habla de esta guía interior del Espíritu como de una especie de “instinto propio de los justos”: “Como en la vida corporal -escribe- el cuerpo no es movido sino por el alma que lo vivifica, así en la vida espiritual cada movimiento nuestro debería venir des Espíritu Santo” [12]. Es así que actúa la “ley del Espíritu”, esto es lo que el Apóstol llama “dejarse guiar por el Espíritu” (Gal 5,18).

Tenemos que abandonarnos al Espíritu Santo como las cuerdas del arpa a los dedos de quien las mueve. Como buenos actores tener el oído abierto a la voz del sugeridor escondido, para recitar fielmente nuestra parte en la escena de la vida. Es más fácil de lo que se piensa, porque nuestro sugeridor nos habla adentro, nos enseña cada cosa, nos instruye en todo. Es suficiente a veces una simple ojeada interior, un movimiento del corazón, una oración. De un santo obispo del II siglo, Melitón de Sardi, se lee este este hermoso elogio que ojalá se pudiera hacer de cada uno de nosotros después de la muerte: “En su vida hizo cada cosa en el Espíritu Santo” [13].

Pidamos al Paráclito de dirigir nuestra mente y toda nuestra vida con las palabras de una oración que se recita en el Oficio de Pentecostés de las Iglesias del rito sirio:

“Espíritu que distribuyes a cada uno los carismas;
Espíritu de sabiduría y de ciencia, enamorado de los hombres;
que llenas a los profetas, perfeccionas a los apóstoles,
fortificas a los mártires, inspiras las enseñanzas de los doctores.
Es a ti Dios Paráclito, a quien dirigimos nuestra súplica.
Te pedimos renovarnos con tus santos dones,
de posarte en nosotros como sobre los apóstoles en el Cenáculo.
Infunde en nosotros tus carismas,
llénanos de la sabiduría de tu doctrina;
haz de nosotros templos de tu gloria,
inebrianos con la bebida de tu gracia.
Danos el don de vivir para ti, de consentirte y de adorarte,
tú el puro, el santo, Dios Espíritu Paráclito” [14].
 
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[1] Gaudium et spes, 4.
[2] S. Gregorio Magno, Omelie su Ezechiele 1.7, 8 (CCC 94).
[3] Lumen gentium, 22.
[4] Baldovino di Canterbury, Trattati, 6 (PL 204, 466).
[5] Cf. S. Ignazio di Loyola, Esercizi spirituali, quarta settimana (ed. BAC, Madrid 1963, pp. 262 ss).
[6] Cf. G. Bottereau, Indifference, in “Dictionnaire de Spiritualité , vol 7, coll. 1688 ss
[7] S. Ignazio di Loyola, Costituzioni, 141. 414 (ed. cit., pp. 452.503).
[8] Cf. Guglielmo di St. Thierry, Lo specchio della fede, 61 (SCh  301, p. 128).
[9]  Diadodo di Fotica, Cento capitoli, 28 (SCh 5, pp. 87 ss.).
[10] Celano, Vita prima, 22 (FF, 356).
[11] S. Ambrogio, Sullo Spirito Santo, III, 4, 21; Sui sacramenti, I, 6, 22.
[12] S. Tommaso d’Aquio,  Sulla lettera ai Galati, c.V, lez.5, n.318; lez. 7, n. 340.
[13] Eusebio di Cesarea, Storia ecclesiastica, V, 24, 5.
[14] Pontificale Syrorum, in E.-P. Siman, L’expérience de l’Esprit, cit., p.309.

 


Homilía para la Eucaristía del Domingo 11 de diciembre de 2016

Un cordial saludo a los feligreses. No dejen para el último día las donaciones para el paquete de Navidad. Pastor.

ADVIENTO III.

Isaías 35,1-6.10: alegre promesa: Dios viene a salvar. Señales: restauración, renovación de la naturaleza y transformación del hombre, el enfermo sana y el cobarde cobra valor.

Santiago 5,7-10: exhortación a la santidad de vida ya que el Señor viene. Por eso, paciencia, fortaleza, amor.

Mateo 11,2-11: Jesús demuestra su mesianismo con signos concretos: viene para los pobres, necesitados.

1.- El Señor está cerca. Esto se puede entender en el sentido que está a corta distancia y que el Reino está dentro de nosotros mismos.

 Sea como fuere la cercanía del Señor se tiene que notar. Y es lo que los Profetas anunciaron. Si tomamos en cuenta lo que nos dicen los textos, señales de salvación son la transformación, la restauración, la sanación. Evidentemente que las imágenes usadas por el profeta no se han de tomar literalmente. Pero lo importante es que la presencia del Reino se debe notar. Porque el peligro es ideologizar la salvación, reducirla a conceptos bonitos, pero inalcanzables. Las verdades reveladas se demuestran por sí mismas. De lo contrario serían meras teorías.

Es interesante ver cómo las tres lecturas apuntan a lo mismo: señales de la venida del Señor, de su presencia entre nosotros.

2.- El Autor de todo es el Señor, ya que El es el único que salva. Cuando El se hace presente realiza salvación.

La presencia de Jesús produjo más de una controversia en el ambiente de su época. Ya que muchos esperaban un mesianismo de corte político. Podría ser que el Bautista o sus discípulos estaban en la duda; de allí la comisión que le va a hacer la pregunta. La respuesta del Señor es clara: los ciegos ven, los paralíticos caminan, etc. El evangelista utiliza las mismas imágenes que Isaías. Y agrega: “Feliz aquel para quien Yo no sea motivo de tropiezo”. ¿Por qué?  Por las falsas imágenes que se tenían del Mesías esperado.

3.- El mundo está lleno de promesas, algunas muy demagógicas, otras que llegan a dar miedo. Creo que lo que Jesús dijo en otro lugar es muy válido: “Por sus frutos se conoce el árbol”. Cuando en el ambiente, ya sea nacional, local, hogareño o laboral reina la inseguridad, el  miedo, el descontento, la injusticia, todo esto es señal que el Reino allí no es una realidad. Cuando existe un clima enrarecido, de desconfianza, de descalificación y no perdón, quiere decir que todavía no llega el Señor a esos lugares. No nos hagamos ilusiones.

4.- Hemos de crear un clima navideño. El Apóstol Santiago nos invita a una santidad de vida ya que viene el Señor. El clima navideño no consiste en luces, adornos y gastos innecesarios. La presencia del Reino de Dios se nota de otra manera. San Pablo nos dice: “El Reino de Dios no consiste en comida o bebida, sino en el don de Dios que nos hace justos, en la paz y alegría en el Espíritu Santo”. El estilo de vida será la mejor señal de que estamos en el Reino, lo estamos viviendo. Lo demás es hojarasca que se lleva el viento.

Como Iglesia, como comunidad de creyentes, debemos dar señales claras que esperamos y creemos en el Señor. La espera de la venida del Señor, del Reino condiciona la vida del cristiano. Debemos saber tener paciencia, fortaleza y caridad, especialmente en los momentos  conflictivos.

En la Eucaristía hay presencia del Señor, es el Banquete del Reino. Esto trae consigo salvación, la que hemos de hacer realidad en nuestros ambientes. Al salir de esta celebración hemos de estar dispuestos a dar señales de Reino: no más cegueras, no más parálisis, no más violencia y miedo. Miren que el Señor está por llegar.

                                                                       Hno. Pastor Salvo Beas.

   

Comentario al evangelio de hoy viernes 09 de diciembre de 2016

Dejarse sorprender.

Viernes II de Adviento. Ciclo A.
Hemos tocado la flauta y no han bailado.
Por: H. Cristian Gutiérrez LC
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Gracias Señor por este nuevo día que me das y que me permites acercarme a tu presencia. Gracias por la vida, la salud, la comida, el vestido y los miles de detalles que tienes conmigo. Te pido me des una fe firme y resistente a los ataques del enemigo, un confianza cierta en tu amor y tu misericordia y un amor desinteresado y operante. Madre mía, acompáñame en este rato de oración.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Mateo 11, 16-19
En aquel tiempo, Jesús dijo: «¿Con qué podré comparar a esta gente? Es semejante a los niños que se sientan en las plazas y se vuelven a sus compañeros para gritarles: ‘Tocamos la flauta y no han bailado; cantamos canciones tristes y no han llorado’.
Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dijeron: ‘Tiene un demonio’. Viene el Hijo del hombre, y dicen: ‘Ese es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y gente de mal vivir’. Pero la sabiduría de Dios se justifica así misma por sus obras».
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Creo que en este Evangelio me hablas de saber reconocer los signos con los que hablas a mi vida. Eran muchos los signos de tu amor hacia la gente de aquel tiempo, pero ellos no los descubrían. Eran demasiado exigentes al pedir signos. Querían signos poderosos, indudables, certeros… Eran gente difícil de complacer.
Eran gente que no podían recibir el don de Dios como venía, siempre le buscaban el «pero». Querían que los signos fueran a su modo, como ellos lo pensaban o anhelaban, en el tiempo que ellos creían el mejor, en las personas que consideraban las más razonables. En definitiva, era gente que se resistía a dejarse sorprender. Todo lo venido de Ti lo juzgaban críticamente.
Puede pasar también así en mi vida. Tú que me amas y envías miles de signos para demostrarme tu amor. Y yo que no los descubro; los dejo pasar e incluso a veces me doy el descaro de juzgarlos o exigirlos… o se han hecho rutina. Quiero que actúes según mis planes y deseos.
Dame la gracia Señor de dejarme sorprender por Ti. Sorprenderme de mi vida, de mi cuerpo que trabaja sin que yo lo mande ni lo piense, del color azul o gris del cielo, del cantar de un pájaro, del crecer de una flor. Sorprenderme del lenguaje con el que me comunico, de la tecnología que poseo, del afecto de los míos, de la vida de los que me rodean.
Este período de adviento es el momento para dejarme asombrar. Por ejemplo, contemplar cómo Tú siendo un Dios poderoso decidiste bajar a esta tierra y hacerte niño. ¡Hacerte un bebé! Este sí que es un signo maravilloso, pero al que tal vez ya me he acostumbrado.
En verdad que la sabiduría de Dios se justifica por sus obras… Tú, Dios, que te haces un niño como otro. Tú que sientes frío como yo lo he sentido, que lloras como yo he llorado, que duerme, que tirita, que sueña, que necesita de cuidado, de afecto, de calor humano. ¡Este es el mayor signo de amor que me has podido dar! Dame Señor el don del asombro y la humildad necesaria para acoger tu amor.

«Los Magos: escrutaban los cielos, vieron una nueva estrella, interpretaron el signo y se pusieron en camino, desde lejos. Los pastores y los Magos nos enseñan que para encontrar a Jesús es necesario saber levantar la mirada hacia el cielo, no estar replegados sobre sí mismos, en el propio egoísmo, sino tener el corazón y la mente abiertos al horizonte de Dios, que siempre nos sorprende, saber acoger sus mensajes y responder con prontitud y generosidad.»
(Homilía de S.S. Francisco, 6de enero de 2016).

Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
En este día agradeceré a Dios por los alimentos que consuma y por las personas que me ayudan a crecer en la fe y el amor.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

EDD. viernes 09 de diciembre de 2016.

Viernes de la segunda semana de Adviento.
http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=readings&localdate=20161208


Libro de Isaías 48,17-19.
Así habla el Señor, tu redentor, el Santo de Israel: Yo soy el Señor, tu Dios, el que te instruye para tu provecho, el que te guía por el camino que debes seguir.
¡Si tú hubieras atendido a mis mandamientos, tu prosperidad sería como un río y tu justicia, como las olas del mar!
Como la arena sería tu descendencia, como los granos de arena, el fruto de tus entrañas; tu nombre no habría sido extirpado ni borrado de mi presencia. Invitación a salir de Babilonia
Salmo 1,1-2.3.4.6.
¡Feliz el hombre
que no sigue el consejo de los malvados,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los impíos,
sino que se complace en la ley del Señor
y la medita de día y de noche!
El es como un árbol
plantado al borde de las aguas,
que produce fruto a su debido tiempo,
y cuyas hojas nunca se marchitan:
todo lo que haga le saldrá bien.
No sucede así con los malvados:
ellos son como paja que se lleva el viento.
Porque el Señor cuida el camino de los justos,
pero el camino de los malvados termina mal.
Evangelio según San Mateo 11,16-19.
¿Con quién puedo comparar a esta generación? Se parece a esos muchachos que, sentados en la plaza, gritan a los otros:
‘¡Les tocamos la flauta, y ustedes no bailaron! ¡Entonamos cantos fúnebres, y no lloraron!’.
Porque llegó Juan, que no come ni bebe, y ustedes dicen: ‘¡Ha perdido la cabeza!’.
Llegó el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores’. Pero la Sabiduría ha quedado justificada por sus obras».
Comentario del Evangelio por San Máximo de Turín (¿-c. 420), obispo . Sermón CO 61a; PL 57, 233.
Responder a las llamadas de Dios a convertirnos desde el fondo de nuestro corazón.
Hermanos, aunque yo no os hable de ello, el tiempo nos basta para darnos cuenta de que esta cerca el aniversario de la Natividad de Cristo, nuestro Señor. La misma creación expresa la inminencia de un acontecimiento en que todo quede restablecido de la mejor manera. También ella desea con impaciencia ver como se iluminan sus tinieblas con el resplandor de un sol más brillante que el sol ordinario. Esta espera de la creación a que se renueve su ciclo anual nos invita a esperar el nacimiento del nuevo sol, que es Cristo, que ilumina las tinieblas de nuestros pecados. El sol de justicia ( Ml 3,20), que aparecerá con toda su fuerza, disipará la oscuridad de nuestros pecados que ha durado tanto tiempo. Él no soporta que el curso de nuestra vida se vea ahogado por las tinieblas de la existencia; quiere dilatarla con su poder.
Así que, de la misma manera que en estos días de solsticio, la creación difunde más ampliamente su luz, despleguemos también nuestra justicia. De la misma manera que la claridad de este día es un bien común a pobres y ricos, que nuestra generosidad se extienda tanto a los viajeros como a los pobres. El mundo, en este tiempo restringe la duración de las tinieblas; y nosotros acortemos las sombras de nuestra avaricia… Que se funda todo hielo en nuestros corazones; que crezca la semilla de la justicia, calentada por los rayos del Salvador.
Hermanos, preparémonos, pues, a acoger el día del nacimiento del Señor adornados con vestidos resplandecientes de blancura. Hablo de los que visten el alma, no el cuerpo. El vestido que cubre nuestro cuerpo es una túnica sin importancia. Pero el cuerpo es un objeto precioso que reviste al alma. El primer vestido está tejido por manos humanas; el segundo es obra de las manos de Dios. Por eso es necesario velar con una solicitud muy grande para preservar de toda mancha  la obra de Dios… Antes de la Natividad del Señor, purifiquemos nuestra conciencia de toda suciedad. Presentémonos, no revestidos de seda, sino con obras de valor… Comencemos, pues, por adornar nuestro santuario interior.

Comentario al evangelio de hoy jueves 08 de diciembre de 2016

María, mujer auténtica

Solemnidad. Inmaculada Concepción. Ciclo A. 
Llena de Gracia.
Por: H. Balam Loza, LC
Fuente: http://es.catholic.net/op/articulos/63906/maria-mujer-autentica.html 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
María, madre mía, vengo a tus pies para ponerme en tus manos. Llévame a Jesús. Ayúdame a conocerlo cada día mejor y a meditar sus palabras en mi corazón. Enséñame, madre, a ser un discípulo fiel de Jesús en cada momento; a no tener miedo ante la prueba y la cruz.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 1, 26-38
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María.
Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.
El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin”.
María le dijo entonces al ángel: “¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?”. El ángel le contestó: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios.Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios”. María contestó: “Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho”. Y el ángel se retiró de su presencia.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
«Llena de gracia», María estaba preparada para recibir a Dios en su corazón. En su corazón no existían zonas oscuras o reservadas,sino que era como un río cristalino en el que se podía ver todo. María era una mujer auténtica. Podemos decir que tenía las puertas de su corazón abiertas de par en par para cumplir la voluntad de Dios. Y ese «sí» fue una respuesta concreta de su alma. Tal vez, no entendía lo que estaba pasando y, mucho menos, se imaginaba lo que pasaría en el futuro. No se imaginaba cómo vendría este hijo suyo, no se imaginaba su nacimiento en un pesebre, ni el dolor tan grande al ver a ese hijo clavado en la cruz. Pero dijo «sí» y «hágase».
Y en nuestra vida concreta ella nos guía «en este valle de lágrimas». Andando de la mano de María el camino se hace más sencillo y llevadero. Ella nos enseña a abrir nuestro corazón a la gracia de Dios y a aceptar su voluntad aun en medio de las situaciones más difíciles.
Decir sí con alegría a veces no es fácil. Pero si vemos la vida de María nos podremos dar cuenta que su vida no fue de lo más ideal sino de lo más real. Pensemos, por ejemplo, la situación tan difícil de su embarazo, ¿cómo explicarlo a José? O ver a su hijo nacer en un establo (cueva) de animales ¡Qué difícil ver que su hijo no puede tener unas condiciones dignas para nacer! O la huida a Egipto, los treinta años monótonos sin ver alguna manifestación extraordinaria de su hijo… Y, por último, la prueba de la cruz.
Silencio, escucha, sencillez, paz, amor. Éstas fueron las virtudes que ejercitó María durante su vida. Y así, pudo tener su corazón abierto para recibir la gracia de Dios. Por eso es la llena de gracia. “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”.

«La fiesta de la Inmaculada deviene la fiesta de todos nosotros si, con nuestros “síes” cotidianos, somos capaces de vencer nuestro egoísmo y hacer más feliz la vida de nuestros hermanos, de donarles esperanza, secando alguna lágrima y dándoles un poco de alegría. A imitación de María, estamos llamados a convertirnos en portadores de Cristo y testigos de su amor, mirando en primer lugar a los que son privilegiados a los ojos de Jesús.»
(Homilía de S.S. Francisco, Angelus del 8 de diciembre de 2015).

Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Hoy, Jesús, voy a rezar el rosario contemplando la vida de tu madre. Y voy a renovar mi deseo de estar atento a lo que Tú me vas pidiendo en lo concreto de mi día.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
 

EDD. jueves 08 de diciembre de 2016.

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.

Libro de Génesis 3,9-15.20.
Después que Adán comió del árbol, el Señor Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?».
«Oí tus pasos por el jardín, respondió él, y tuve miedo porque estaba desnudo. Por eso me escondí».
El replicó: «¿Y quién te dijo que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol que yo te prohibí?».
El hombre respondió: «La mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él».
El Señor Dios dijo a la mujer: «¿Cómo hiciste semejante cosa?». La mujer respondió: «La serpiente me sedujo y comí».
Y el Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho esto, maldita seas entre todos los animales domésticos y entre todos los animales del campo. Te arrastrarás sobre tu vientre, y comerás polvo todos los días de tu vida.
Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. El te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón».
El hombre dio a su mujer el nombre de Eva, por ser ella la madre de todos los vivientes.
Salmo 98(97),1.2-3.4.
Canten al Señor un canto nuevo,
porque él hizo maravillas:
su mano derecha y su santo brazo
le obtuvieron la victoria.
El Señor manifestó su victoria,
reveló su justicia a los ojos de las naciones:
se acordó de su amor y fidelidad
en favor de la casa de Is rael.
Todos, hasta los confines del mundo,
han visto la salvación de nuestro Dios.
Aclame al Señor toda la tierra,
prorrumpan en cantos jubilosos.
Carta de San Pablo a los Efesios 1,3-6.11-12.
Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo,
y nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor.
El nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad,
para alabanza de la gloria de su gracia, que nos dio en su Hijo muy querido.
En él hemos sido constituidos herederos, y destinados de antemano -según el previo designio del que realiza todas las cosas conforme a su voluntad-
a ser aquellos que han puesto su esperanza en Cristo, para alabanza de su gloria.
Evangelio según San Lucas 1,26-38.
El Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret,
a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.
El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo».
Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.
Pero el Ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido.
Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús;
él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre,
reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin».
María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?».
El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios.
También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes,
porque no hay nada imposible para Dios».
María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho». Y el Ángel se alejó.

Comentario del Evangelio por  San Efrén (c. 306-373), diácono en Siria, doctor de la Iglesia. Himnos sobre María, nº 7

María inmaculada, llena de una gracia particular que viene de los méritos de su hijo.
Vosotros todos, los que discernís, venid, y admiremos
a la virgen que es madre, la hija de David…
Venid y admiremos a la virgen del todo pura,
maravilla en ella misma, sola entre lo creado.
Ha dado a luz sin haber conocido hombre,
alma pura, llena por tanta maravilla.
Cada día su espíritu se dedicaba a las alabanzas,
porque se gozaba de la doble maravilla:
¡Virginidad conservada, el hijo más amado!
Joven paloma (Ct 6,8), ha transportado a esta águila,
el Anciano de días (Dn 7,9), cantando sus alabanzas:
«Hijo mío, el más rico, has escogido crecer
en un nido miserable. Arpa melodiosa,
tú guardas silencio como un niño pequeño.
Permíteme, si te place, que cante para ti…»
Tu morada, hijo mío, es más grande que ninguna,
y, sin embargo, has querido que yo fuera tu morada.
El cielo es demasiado pequeño para contener tu gloria,
sin embrago, yo, el ser más sencillo, te llevo.
Deja que Ezequiel venga a verte sobre mis rodillas,
que reconozca en ti a aquél que sobre el carro
llevaban los querubines (Ez 1,4)…;y hoy te llevo yo…
En un gran temblor, los querubines exclamaban:
«¡Bendito sea el resplandor del lugar en que resides! (Ez 3,12)
Este lugar está en mí, mi seno es tu morada;
el trono de tu grandeza lo llevo en mis brazos…
¡Ven a verme, Isaías, mira, y regocijémonos!
He aquí que he concebido permaneciendo virgen (Is 7,14).
Profeta del Espíritu, rico en visiones,
mira, pues, al Emanuel que te ha quedado escondido…
Venid, pues, vosotros todos, los que sabéis discernir,
vosotros que, por vuestra voz, por el Espíritu sois testimonios…
¡De pie, regocijaos, he aquí la cosecha!
Mirad, en mis brazos sostengo la espiga de vida.»

©Evangelizo.org 2001-2016

Texto completo de la catequesis del papa Francisco en la audiencia del miércoles 7 de diciembre de 2016

El Santo Padre invita a dejarse enseñar la esperanza, esperando con confianza la venida del Señor, y cualquiera que sea el desierto de nuestras vidas, se convertirá en un jardín florecido.
https://es.zenit.org/articles/texto-completo-de-la-catequesis-del-papa-francisco-en-la-audiencia-del-miercoles-7-de-diciembre-de-2016/
El Papa en el Aula Pablo VI - © Osservatore Romano

El Papa en el Aula Pablo VI – © Osservatore Romano.

(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco, en la catequesis de la audiencia general de este miércoles, ha reflexionado sobre la esperanza cristiana. De este modo, ha indicado que Dios Padre consuela “suscitando consoladores”, a los que pide “animar al pueblo, a sus hijos”, anunciando que ha terminado la tribulación, ha terminado el dolor, y el pecado ha sido perdonado. Es esto lo que sana el corazón afligido y asustado. Por eso el profeta pide “preparar el camino al Señor, abriéndose a sus dones de salvación”.

Publicamos a continuación el texto completo de la catequesis.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Comenzamos hoy una nueva serie de catequesis, sobre el tema de la esperanza cristiana. Es muy importante, porque la esperanza no decepciona. El optimismo decepciona, la esperanza no. ¿Claro? La necesitamos mucho, en estos tiempos que aparecen oscuros, en el que a veces nos sentimos perdidos delante del mal y la violencia que nos rodean, delante del dolor de muchos hermanos nuestros. Es necesaria la esperanza. Nos sentimos perdidos y también un poco desanimados, porque nos sentimos impotentes y nos parece que esta oscuridad no termine nunca.

Pero no hay que dejar que la esperanza nos abandone, porque Dios con su amor camina con nosotros, yo espero porque Dios está junto a mí y esto podemos decirlo todos nosotros, cada uno de nosotros puede decir: yo espero, tengo esperanza, porque Dios camina conmigo. Camina y me lleva de la mano, me lleva de la mano. Dios no nos deja solos, el Señor Jesús ha vencido al mal y nos ha abierto el camino de la vida.

Y entonces, en particular en este tiempo de Adviento, que es el tiempo de la espera, en el que nos preparamos a acoger una vez más el misterio consolador de la Encarnación y la luz de la Navidad, es importante reflexionar sobre la esperanza. Dejémonos enseñar por el Señor qué quiere decir esperar. Escuchemos por tanto las palabras de la Sagrada Escritura, iniciando con el profeta Isaías, el gran profeta del Adviento, el gran mensajero de la esperanza.

En la segunda parte de su libro, Isaías se dirige al pueblo con un anuncio de consolación:

«¡Consuelen, consuelen a mi pueblo,

dice su Dios!

Hablen al corazón de Jerusalén

y anúncienle que su tiempo de servicio se ha cumplido, que su culpa está pagada […]».

Una voz proclama:

¡Preparen en el desierto el camino del Señor,

tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios!

¡Que se rellenen todos los valles y se aplanen todas las montañas y colinas;

que las quebradas se conviertan en llanuras

y los terrenos escarpados, en planicies!

Entonces se revelará la gloria del Señor

y todos los hombres la verán juntamente,

porque ha hablado la boca del Señor» (40,1-2.3-5).

Esto es lo que dice el profeta Isaías.

Dios Padre consuela suscitando consoladores, a los que pide animar al pueblo, a sus hijos, anunciando que ha terminado la tribulación, ha terminado el dolor, y el pecado ha sido perdonado. Es esto lo que sana el corazón afligido y asustado. Por eso el profeta pide preparar el camino al Señor, abriéndose a sus dones de salvación.

La consolación, para el pueblo, comienza con la posibilidad de caminar sobre el camino de Dios, un camino nuevo, rectificada y viable, un camino para preparar en el desierto, así para poder atravesarlo y volver a la patria. Porque el pueblo al que el profeta se dirige está viviendo en ese tiempo la tragedia del exilio de Babilonia, y ahora sin embargo se escucha decir que podrá volver a su tierra, a través de un camino hecho cómodo y largo, sin valles ni montañas que hacen cansado el camino, un camino allanado en el desierto. Preparar ese camino quiere decir por tanto preparar un camino de salvación y un camino de liberación de todo obstáculo y tropiezo.

El exilio del Pueblo de Israel fue un momento dramático en la historia, cuando el pueblo había perdido todo, el pueblo había perdido la patria, la libertad, la dignidad, y también la confianza en Dios. Se sentía abandonado y sin esperanza. Sin embargo, este es el llamamiento del profeta que abre de nuevo el corazón a la fe. El desierto es un lugar en el que es difícil vivir, pero precisamente allí ahora se podrá caminar para volver no solo en patria, sino volver a Dios, y volver a esperar y volver a sonreír. Cuando estamos en la oscuridad, en las dificultades, no viene la sonrisa. Es precisamente la esperanza la que nos enseña a sonreír en ese camino para encontrar a Dios. Una de las primeras cosas que suceden a las personas que se separan de Dios, es que son personas sin sonrisas. Quizá son capaces de hacer una gran carcajada, hacen una detrás de otra. Una broma, una carcajada. Pero la sonrisa falta. La sonrisa solo la da la esperanza. ¿Habéis entendido esto? La sonrisa de la esperanza de encontrar a Dios.

La vida a menudo es un desierto, es difícil caminar dentro de la vida, pero si nos encomendamos a Dios se puede convertir en bonita y larga como una autovía. Basta no perder nunca la esperanza, basta continuar a creyendo, siempre, a pesar de todo. Cuando nos encontramos delante de un niño, quizá tendremos muchos problemas, muchas dificultades, pero cuando estamos delante de un niño te viene de dentro la sonrisa. La sencillez, porque nos encontramos delante de la esperanza, un niño es una esperanza. Y así tenemos que ver en la vida, en este camino, la esperanza de encontrar a Dios, Dios que se ha hecho niño por nosotros. Y nos hará sonreír, nos dará todo.

Precisamente estas palabras de Isaías vienen después usadas por Juan Bautista en su predicación que invitaba a la conversión. Decía así: «Voz que clama en el desierto: preparad el camino al Señor» (Mt 3,3). Es una voz que grita donde parece que nadie pueda escuchar. Pero ¿quién puede escuchar en el desierto? Los lobos. Y que grita en su pérdida debido a la crisis de fe. Nosotros no podemos negar que el mundo de hoy está en crisis de fe. Sí, decimos, yo creo que Dios, yo soy cristiano, yo soy de esa religión, pero tu vida está muy lejos de ser cristiano, está bien lejos de Dios. La religión, la fe ha caído en una palabra. Yo creo, sí, pero no. Aquí se trata de volver a Dios, convertir el corazón a Dios e ir por este camino para encontrarlo. Él nos espera. Esta es la predicación de Juan Bautista, preparar, preparar el encuentro con ese Niño que nos dará de nuevo la sonrisa. Los israelitas, cuando el Bautista anuncia la venida de Jesús, es como si estuvieran todavía en el exilio, porque están bajo la dominación romana, que les hace extranjeros en su propia patria, gobernados por ocupantes poderosos que deciden sobre sus vidas. Pero la verdadera historia no es la hecha por los poderosos, sino la hecha por Dios junto con sus pequeños. La verdadera historia, la que permanecerá en la eternidad, es la que escribe Dios con sus pequeños. Dios con María, Dios con Jesús, Dios con José, Dios con los pequeños. Esos pequeños y sencillos que encontramos junto a Jesús que nace: Zacarías e Isabel, ancianos y marcados por la esterilidad; María, joven virgen prometida con José; los pastores, que eran despreciados y no contaban nada. Son los pequeños, hechos grandes por su fe, los pequeños que saben continuar esperando. La esperanza es una virtud de los pequeños. Los grandes, los satisfechos no conocen la esperanza, no saben qué es.

Son ellos, los pequeños con Dios, con Jesús, que transforman el desierto del exilio, de la soledad desesperada, del sufrimiento, en un camino plano sobre el que caminar para ir al encuentro a la gloria del Señor. Y llegamos al por tanto. Dejémonos enseñar la esperanza, dejémonos enseñar la esperanza, esperando con confianza la venida del Señor, y cualquiera que sea el desierto de nuestras vidas, cada uno sabe en qué desierto camino, cualquiera que sea el desierto de nuestras vidas, se convertirá en un jardín florecido. La esperanza no decepciona. Lo decimos otra vez. La esperanza no decepciona. Gracias.

Veneración a la Virgen

María, Madre de Dios.

La Iglesia Católica venera a los santos pero no las adora. Adorar algo o alguien fuera de Dios es idolatría.
Por: corazones.org
Fuente: http://es.catholic.net/op/articulos/15428/veneracion-de-las-imagenes-de-la-virgen#

Muchos se preguntan por qué los católicos veneramos imágenes. La repuesta a tal cuestión nos la da Santo Tomás de Aquino en su Summa Teológica:
«El culto de la religión no se dirige a las imágenes en sí mismas como realidades, sino que las mira bajo su aspecto propio de imágenes que nos conducen a Dios encarnado. Ahora bien, el movimiento que se dirige a la imágen en cuanto tal, no se detiene en ella, sino que tiende a la realidad de la que es imagen.» (Summa theologiae, II-II, 81, 3, ad 3.)
El hombre siempre ha usado pintura, figuras, dibujos, esculturas, etc., para darse a entender o explicar algo. Estos medios sirven para ayudarnos a visualizar lo invisible; para explicar lo que no se puede explicar con palabras.
Cuando el hombre cayó por el pecado y perdió la intimidad con Dios, comenzó a confundir a Dios con otras cosas y a darles culto como si fueran dioses. Este culto se representaba frecuentemente con esculturas o imágenes idolátricas. La prohibición del Decálogo contra las imágenes se explica por la función de tales representaciones.
¿La Biblia prohíbe las imágenes?
El Primer Mandamiento: Puesto que no visteis figura alguna el día en que el Señor os habló en el Horeb de en medio del fuego, no vayáis a prevaricar y os hagáis alguna escultura de cualquier representación que sea… (Dt 4:15-16) (cf. Catecismo de la Iglesia Católica #2129s.)
Los Israelitas eran una minoría rodeada por pueblos idólatras. Dios quiso protegerlos de esas prácticas pero ellos frecuentemente caían. Los profetas, especialmente Oseas, Jeremías y Ezequiel hablaron en nombre de Dios para prohibir la idolatría y se llevaron a cabo muchas reformas para purificar las malas prácticas (cf. 2 R 23: 4-14).
Dos ejemplos: la serpiente de bronce (cf. Nm 21: 4-9; Sb 16:5-14; Jn 3: 14-15), El Arca de la Alianza y los querubines:
Ex 25, 18-20: «Harás, además, dos querubines de oro macizo; los harás en los dos extremos del propiciatorio: haz el primer querubín en un extremo y el segundo en el otro. Los querubines formarán un cuerpo con el propiciatorio, en sus dos extremos. Estarán con las alas extendidas por encima, cubriendo con ellas el propiciatorio, uno frente al otro, con las caras vueltas hacia el propiciatorio.»
Las imágenes y los cristianos.
Las primeras comunidades cristianas representaban al Salvador del mundo con imágenes del Buen Pastor; mas adelante aparecen las del Cordero Pascual y otros iconos representando la vida de Cristo. Las imágenes han sido siempre un medio para dar a conocer y transmitir la fe en Cristo y la veneración y amor a la Santísima Virgen y a los Santos. Testigo de todo esto son las catacumbas donde aun se conservan imágenes hechas por los primeros cristianos. La que ves a la derecha es de la catacumba de Santa Priscila.
Fue pintada en la primera mitad del siglo 3
El Hijo de Dios, al encarnarse, inauguró una nueva economía de las imágenes.
Algunos objetan que la Iglesia cambió la enseñanza del Antiguo Testamento. No es cierto. Mas bien es Jesucristo mismo quien tomó lo antiguo y le dio una interpretación mas perfecta en su propia Persona.
Mientras antes de Cristo nadie podía ver el rostro de Dios, en Cristo, Dios se hizo visible. Antes de Jesús las imágenes con frecuencia representaban a ídolos, se usaban para la idolatría. En la plenitud de los tiempos, el verdadero Dios quiso tomar imágen humana. Jesucristo es la IMAGEN visible del Padre.
Nos dice el Catecismo, en el número 476:
«Como el Verbo se hizo carne asumiendo una verdadera humanidad, el cuerpo de Cristo era limitado» (cf. Cc. de Letrán en el año 649: DS 504). Por eso se puede «pintar» la faz humana de Jesús (Ga 3,2). En el séptimo Concilio Ecuménico (Cc de Nicea II, en el año 787:DS 600-603) la Iglesia reconoció que es legítima su representación en imágenes sagradas.
Juan 14:9 «Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»?»
El uso cristiano de las imágenes no es contrario al Primer Mandamiento que proscribe los ídolos. En efecto, el honor dado a una imagen se remonta al modelo original. El que venera una imagen venera en ella la persona que en ella está representada. El honor tributado a las imágenes sagradas es una veneración respetuosa, no una adoración, que sólo le corresponde a Dios.
Fundándose en el misterio del Verbo Encarnado, el séptimo Concilio Ecuménico, celebrado en Nicea en 787, permitió la institución de imágenes (Este concilio no instauró el uso de las imágenes, que como vimos se remonta al comienzo del cristianismo, mas bien afirmó la práctica)
Las imágenes de la Virgen Santísima y de los santos.
La Iglesia Católica venera a los santos pero no las adora. Adorar algo o alguien fuera de Dios es idolatría. Hay que saber distinguir entre adorar y venerar. San Pablo enseña la necesidad de recordar con especial estima a nuestros precursores en la fe. Ellos no han desaparecido en la nada sino que nuestra fe nos da la certeza del cielo donde los que murieron en la fe están ya victoriosos EN CRISTO.
La Iglesia respeta las imágenes de igual forma que se respeta y venera la fotografía de un ser querido. Todos sabemos que no es lo mismo contemplar la fotografía que contemplar la misma persona de carne y hueso. No está, pues, la tradición Católica contra la Biblia. La Iglesia es fiel a la auténtica interpretación cristiana desde sus orígenes.
No es sorprendente que algunos persistan en acusar a la Iglesia sin querer entender razones. Ya ocurrió así con los fariseos hace 2000 años. Acusan a Jesús y sus discípulos por sus prácticas sin querer ver la realidad. Acudían a El con muchas preguntas torcidas, acusándolo de romper la ley, hasta de ser del demonio (Cf. Jn 8). Las explicaciones de arriba solo servirán para los hermanos que sinceramente preguntan porque tienen dudas y quieren entender. Con gusto les podemos explicar lo que los cristianos siempre hemos creído y practicado
Sobre la veneración.
Catequesis de SS Juan Pablo II:
 
 
1. Después de haberme dedicado en las anteriores catequesis a profundizar la identidad y la misión de la Iglesia, siento ahora la necesidad de dirigir la mirada hacia la santísima Virgen, que vivió perfectamente la santidad y constituye su modelo.
Es lo mismo que hicieron los padres del Concilio Vaticano II: después de haber expuesto la doctrina sobre la realidad histórico-salvífica del pueblo de Dios, quisieron completarla con la ilustración del papel de María en la obra de la salvación. En efecto, el capítulo VIII de la constitución conciliar Lumen gentium tiene como finalidad no sólo subrayar el valor eclesiológico de la doctrina mariana, sino también iluminar la contribución que la figura de la santísima Virgen ofrece a la comprensión del misterio de la Iglesia.
2. Antes de exponer el itinerario mariano del Concilio, deseo dirigir una mirada contemplativa a María, tal como, en el origen de la Iglesia, la describen los Hechos de los Apóstoles. San Lucas, al comienzo de este escrito neotestamentario que presenta la vida de la primera comunidad cristiana, después de haber recordado uno por uno los nombres de los Apóstoles (Hch 1, 13), afirma: «Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos» (Hch 1, 14).
En este cuadro destaca la persona de María, la única a quien se recuerda con su propio nombre, además de los Apóstoles. Ella representa un rostro de la Iglesia diferente y complementario con respecto al ministerial o jerárquico.
3. En efecto, la frase de Lucas se refiere a la presencia, en el cenáculo, de algunas mujeres, manifestando así la importancia de la contribución femenina en la vida de la Iglesia, ya desde los primeros tiempos. Esta presencia se pone en relación directa con la perseverancia de la comunidad en la oración y con la concordia. Estos rasgos expresan perfectamente dos aspectos fundamentales de la contribución específica de las mujeres a la vida eclesial. Los hombres, más propensos a la actividad externa, necesitan la ayuda de las mujeres para volver a las relaciones personales y progresar en la unión de los corazones.
«Bendita tú entre las mujeres» (Lc 1, 42), María cumple de modo eminente esta misión femenina. ¿Quién, mejor que María, impulsa en todos los creyentes la perseverancia en la oración? ¿Quién promueve, mejor que ella, la concordia y el amor?
Reconociendo la misión pastoral que Jesús había confiado a los Once, las mujeres del cenáculo, con María en medio de ellas, se unen a su oración y, al mismo tiempo, testimonian la presencia en la Iglesia de personas que, aunque no hayan recibido esa misión, son igualmente miembros, con pleno título, de la comunidad congregada en la fe en Cristo.
4. La presencia de María en la comunidad, que orando espera la efusión del Espíritu (cf. Hch l, 14), evocan el papel que desempeñó en la encarnación del Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo (Lc 1, 35). El papel de la Virgen en esa fase inicial y el que desempeña ahora, en la manifestación de la Iglesia en Pentecostés, están íntimamente vinculados.
La presencia de María en los primeros momentos de vida de la Iglesia contrasta de modo singular con la participación bastante discreta que tuvo antes, durante la vida pública de Jesús. Cuando el Hijo comienza su misión, María permanece en Nazaret, aunque esa separación no excluye algunos contactos significativos, como en Caná, y, sobre todo, no le impide participar en el sacrificio del Calvario.
Por el contrario, en la primera comunidad el papel de María cobra notable importancia. Después de la Ascensión y en espera de Pentecostés, la Madre de Jesús está presente personalmente en los primeros pasos de la obra comenzada por el Hijo.
5. Los Hechos de los Apóstoles ponen de relieve, que María se encontraba en el cenáculo «con los hermanos de Jesús» (Hch 1, 14), es decir, con sus parientes, como ha interpretado siempre la tradición eclesial. No se trata de una reunión de familia, sino del hecho de que bajo la guía de María, la familia natural de Jesús pasó a formar parte de la familia espiritual de Cristo: «Quien cumpla la voluntad de Dios, –había dicho Jesús–, ése es mi hermano, mi hermana, y mi madre» (Mc 3, 34).
En esa misma circunstancia, Lucas, define explícitamente a María «la madre de Jesús» (Hch 1, 14), como queriendo sugerir que algo de la presencia de su Hijo elevado al cielo permanece en la presencia de la madre. Ella recuerda a los discípulos el rostro de Jesús y es, con su presencia en medio de la comunidad, el signo de la fidelidad de la Iglesia a Cristo Señor.
El título de Madre, en este contexto, anuncia la actitud de diligente cercanía con la que la Virgen seguirá la vida de la Iglesia, María le abrirá su corazón para manifestarle las maravillas que Dios omnipotente y misericordioso obró en ella.
Ya desde el principio María desempeña su papel de Madre de la Iglesia: su acción favorece la comprensión entre los Apóstoles, a quienes Lucas presenta con un mismo espíritu y muy lejanos de las disputas que a veces habían surgido entre ellos.
Por último, María ejerce su maternidad con respecto a la comunidad de creyentes no sólo orando para obtener a la Iglesia los dones del Espíritu Santo, necesario para su formación y su futuro, sino también educando a los discípulos del Señor en la comunión constante con Dios.
Así, se convierte en educadora del pueblo cristiano en la oración y en el encuentro con Dios, elemento central e indispensable para que la obra de los pastores y los fieles tenga siempre en el Señor su comienzo y su motivación profunda.
6. Estas breves consideraciones muestran claramente que la relación entre María y la Iglesia constituye una relación fascinante entre dos madres. Ese hecho nos revela nítidamente la misión materna de María y compromete a la Iglesia a buscar siempre su verdadera identidad en la contemplación del rostro de la Theotókos.