Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.
En el transcurso de la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de entregarlo, Jesús, consciente de que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y sabiendo que había salido de Dios y a Dios volvía, se levantó de la mesa, se quitó el manto y tomando una toalla, se la ciñó; luego echó agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido.
Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: “Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?”. Jesús le replicó: “Lo que estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”. Pedro le dijo: “Tú no me lavarás los pies jamás”. Jesús le contestó: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”. Entonces le dijo Simón Pedro: “En ese caso, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza”. Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos”. Como sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: “No todos están limpios”.
Cuando acabó de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, volvió a la mesa y les dijo: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes, también ustedes lo hagan”.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Cristo nos da ejemplo del amor que Él nos tiene con el lavatorio de los pies. Es este amor que le lleva a la renuncia y sacrificio de sí mismo. Dio que se rebaja a sirviente de sus apóstoles y, con esta muestra de su amor, les abre los ojos una vez más al significado del amor que es donación.
Con la acción de Cristo, que no deja igual a los apóstoles, ellos reconocen que, si Cristo los ha amado de esta manera, ellos también están llamados a hacer lo mismo y así se convierten en fuentes del amor de Cristo. Pero primero necesitaron tener una actitud de apertura y aceptación, porque si no se hubiesen dejado amar por Cristo, no hubieran podido comunicarlo bien a los demás.
Del encuentro con Cristo, que no vino al mundo a ser servido sino a servir, nos viene la gracia de ser nosotros siervos de las personas, porque queremos hacer presente el reino de Cristo que es amor en el mundo. Este amor al que Cristo nos invita no es algo fácil, por esto debemos pedirle a Dios, cada día, que nos lo conceda para que podamos ser testigos de su amor vivificante.
«En el lavatorio de los pies Jesús nos enseña el servicio, como camino del cristiano. El cristiano existe para servir, no para ser servido. Regla que vale toda la vida. Todo está encerrado ahí: de hecho, muchos hombres y mujeres en la historia, que se lo han tomado en serio, han dejado rastro de verdaderos cristianos: de amor y de servicio. La herencia de Jesús fue esta: “Amaos como yo he amado” y “servid los unos a los otros”. Lavad los pies los unos a los otros, como yo os he lavado los pies a vosotros. Durante la última cena, por tanto, el Señor dejó los dos mandamientos del amor y del servicio y una advertencia: “Vosotros debéis amar como siervos, debéis servir, porque sois siervos”. Es también una regla de vida: “En verdad, en verdad os digo: un siervo no es más grande que su patrón, ni un invitado es más grande que quien lo ha mandado”. Vosotros podréis celebrar la eucaristía, vosotros podéis servir, pero enviados por mí, mandados por mí. Vosotros no sois más grandes que yo. Se trata de la actitud de la humildad sencilla, no de la humildad fingida: de la humildad que viene de la conciencia de que Él es más grande que todos nosotros, y nosotros somos siervos, y no podemos superar a Jesús, no podemos usar a Jesús. Él es el Señor, no nosotros. Él es el Señor.» (Homilía de S.S. Francisco, 26 de abril de 2018).
(ZENIT – 17 abril 2019).- En la audiencia general que ha
tenido lugar esta mañana en la Plaza de San Pedro, el Santo Padre ha
dedicado la catequesis al Triduo Pascual, abordando el tema “Pascua: la
oración al Padre en la prueba” (Evangelio según San Marcos, 14, 32-36a).
Tras resumir su discurso en diversas lenguas ha saludado en
particular a los grupos de fieles presentes procedentes de todo el
mundo. La audiencia general ha terminado con el canto del Pater Noster y la bendición apostólica.
Catequesis del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En estas semanas estamos reflexionando sobre la oración del “Padre
Nuestro”. Ahora, en vísperas del Triduo pascual, detengámonos en algunas
palabras con las que Jesús, durante la Pasión, rezó al Padre.
La primera invocación tiene lugar después de la Ultima Cena, cuando
el Señor “alzando sus ojos al cielo, dijo:” Padre, ha llegado la hora:
glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique a Ti …con la gloria
que tenía a tu lado antes de que el mundo fuera” (Jn 17: 5.5). Jesús
pide la gloria, una petición que parece paradójica mientras la
Pasión está a las puertas. ¿De qué gloria se trata ?. La gloria, en la
Biblia, indica la revelación de Dios, es el signo distintivo de su
presencia salvadora entre los hombres. Ahora bien, Jesús es Aquel que
manifiesta de forma definitiva la presencia y la salvación de Dios, y
lo hace en Pascua: levantado en la cruz, es glorificado (vea Jn
12: 23-33). Allí, Dios finalmente revela su gloria: quita el último velo
y nos sorprende como nunca antes. Descubrimos, en efecto, que la gloria
de Dios es todo amor: amor puro, loco e impensable, más allá de cualquier límite y medida.
Hermanos
y hermanas, hagamos nuestra la oración de Jesús: pidamos al Padre que
quite el velo de nuestros ojos para que en estos días, mirando al
Crucificado, aceptemos que Dios es amor. ¡Cuántas veces lo imaginamos
patrón y no padre!, ¡Cuántas veces lo consideramos juez severo en vez
de Salvador misericordioso! Pero Dios en la Pascua anula las distancias,
mostrándose en la humildad de un amor que pide el nuestro. Nosotros,
pues, le damos gloria cuando vivimos todo lo que hacemos con amor,
cuando hacemos todo con el corazón, como para Él (ver Col 3:17). La
verdadera gloria es la gloria del amor, porque es la única que da vida
al mundo. Por supuesto, esta gloria es lo contrario de la gloria
mundana, que llega cuando se es admirado, alabado, aclamado: cuando yo soy
el centro de la atención. La gloria de Dios, en cambio, es paradójica:
no hay aplausos ni audiencia. En el centro no está el yo, sino el otro:
De hecho, en la Pascua vemos que el Padre glorifica al Hijo, mientras
que el Hijo glorifica al Padre. Ninguno se glorifica a sí mismo. Hoy
nosotros podemos preguntarnos: “¿Para qué gloria vivo? ¿ La mía o la de
Dios? ¿Solo quiero recibir de otros o también dar a otros? ”
Después de la Última Cena, Jesús entra en el huerto de Getsemaní y también aquí reza al Padre. Mientras
los discípulos no logran estar despiertos y Judas está llegando con
los soldados, Jesús comienza a sentir “miedo y angustia”. Experimenta
toda la angustia por lo que le espera: traición, desprecio, sufrimiento,
fracaso. Está “triste” y allí, en el abismo, en esa desolación, dirige
al Padre la palabra más tierna y dulce: “Abba“, o sea papá
(véase Mc 14: 33-36). En la prueba, Jesús nos enseña a abrazar al Padre,
porque en la oración a Él está la fuerza para seguir adelante en el
dolor. En la fatiga, la oración es alivio, confianza, consuelo. En el
abandono de todos, en la desolación interior, Jesús no está solo, está
con el Padre. Nosotros, en cambio, en nuestros Getsemanís a menudo
elegimos quedarnos solos en lugar de decir “Padre” y confiarnos a
Él, como Jesús, confiarnos a su voluntad, que es nuestro verdadero
bien. Pero cuando en la prueba nos encerramos en nosotros mismos,
excavamos un túnel interior, un doloroso camino introvertido que tiene
una sola dirección: cada vez más abajo en nosotros mismos. El mayor
problema no es el dolor, sino cómo se trata. La soledad no ofrece
salidas; la oración, sí, porque es relación, es confianza. Jesús lo
confía todo y todo se confía al Padre, llevándole lo que siente,
apoyándose en él en la lucha. Cuando entremos en nuestros Getsemanís,
-cada uno tiene sus propios Getsemanís, o los ha tenido, o los tendrá-
acordémonos de rezar así: “Padre”.
Por
último, Jesús dirige al Padre una tercera oración por nosotros:
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Jesús
reza por los que han sido malvados con él, por sus asesinos. El
Evangelio especifica que reza esta oración en el momento de la
crucifixión. Probablemente fue el momento del dolor más agudo cuando le
metían los clavos en las muñecas y en los pies. Aquí, en la cumbre del
dolor, el amor alcanza su cima: llega el amor, es decir, el don a la
enésima potencia, que rompe el círculo del mal.
Rezando estos días el “Padre Nuestro”, pidamos una de estas gracias:
vivir nuestros días para la gloria de Dios, es decir, vivir con amor;
saber encomendarnos al Padre en las pruebas y decir “papá” y hallar en
el encuentro con el Padre el perdón y el coraje de perdonar . Las dos
cosas van juntas. El Padre nos perdona, pero nos da el valor para poder
perdonar.
———————————————-
En
sus saludos, al final de la catequesis a los peregrinos de lengua
española provenientes de España y de América Latina, el Papa
dijo“Pidamos al Señor que la celebración de la Pascua no sea sólo un
momento más en nuestra vida, sino que nos impulse a vivir cada día para
la gloria de Dios, confiando al Padre las pruebas que nos afligen y
encontrando en Él el abrazo misericordioso que nos anima a perdonar a
los demás. ¡Que Dioslos bendiga!.
También recordó, en italiano, a los participantes en el Encuentro
UNIV 2019. “Queridos jóvenes que vivís estos días de formación siguiendo
el ejemplo de San Josemaría, fundad cada vez más vuestra vida en los
valores de la fe, para que cambiando vosotros mismos sobre el modelo de
Cristo, transforméis el mundo que os rodea.
Y entre los presentes de habla inglesa en la audiencia mencionó de forma particular a la delegación de la OTAN Defense College.
Jesucristo hizo de nosotros un reino sacerdotal para Dios, su Padre. A él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Gloria.
ORACIÓN COLECTA
Dios nuestro, que al ungir con el Espíritu Santo a tu Hijo unigénito lo constituiste Señor y Mesías, concede bondadosamente a quienes participamos de su misma consagración, ser ante el mundo testigos de la Redención. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.
Misa vespertina
Antífona de entrada Cf. Gál 16, 14
Debemos gloriarnos en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo: en él está nuestra salvación, nuestra vida y nuestra resurrección; por él hemos sido salvados y redimidos.
Gloria
ORACIÓN COLECTA
Dios nuestro, reunidos para celebrar la santísima Cena en la que tu Hijo unigénito, antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el nuevo y eterno sacrificio, banquete pascual de su amor, concédenos que, de tan sublime misterio, brote para nosotros la plenitud del amor y de la vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.LITURGIA DE LA PALABRA
PRIMERA LECTURA
El Señor me ha ungido.
Él me envió a llevar la buena noticia a los pobres y a darles el óleo de la alegría.
Lectura del libro de Isaías 61, 1-3a. 6a. 8b-9
El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Él me envió a llevar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones heridos, a proclamar la liberación a los cautivos y la libertad a los prisioneros, a proclamar un año de gracia del Señor, un día de venganza para nuestro Dios; a consolar a todos los que están de duelo, a cambiar su ceniza por una corona, su ropa de luto por el óleo de la alegría, y su abatimiento por un canto de alabanza.
Y ustedes serán llamados “Sacerdotes del Señor”, se les dirá “Ministros de nuestro Dios”. Les retribuiré con fidelidad y estableceré en favor de ellos una alianza eterna. Su descendencia será conocida entre las naciones, y sus vástagos, en medio de los pueblos: todos los que los vean, reconocerán que son la estirpe bendecida por el Señor.
SALMO RESPONSORIAL 88, 21-22. 25. 27
R/. Cantaré eternamente tu amor, Señor.
Encontré a David, mi servidor, y lo ungí con el óleo sagrado, para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga poderoso.
Mi fidelidad y mi amor lo acompañarán, su poder crecerá a causa de mi Nombre: Él me dirá: “Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora”.
SEGUNDA LECTURA
Hizo de nosotros un Reino sacerdotal para Dios, su Padre.
Lectura del libro del Apocalipsis 1, 4b-8
Llegue a ustedes la gracia y la paz de parte de Aquél que es, que era y que viene, y de los siete espíritus que están delante de su trono, y de Jesucristo, el Testigo fiel, el Primero que resucitó de entre los muertos, el Rey de los reyes de la tierra. Él nos amó y nos purificó de nuestros pecados, por medio de su sangre, e hizo de nosotros un Reino sacerdotal para Dios, su Padre. ¡A Él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos! Amén.
Él viene entre las nubes y todos lo verán, aún aquéllos que lo habían traspasado. Por Él se golpearán el pecho todas las razas de la tierra. Sí, así será. Amén.
Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, el que es, el que era y el que viene, el Todopoderoso.
Misa vespertina
PRIMERA LECTURA
Prescripciones sobre la cena pascual.
Lectura del libro del Éxodo 12, 1-8. 11-14
El Señor dijo a Moisés y a Aarón en la tierra de Egipto: “Este mes será para ustedes el mes inicial, el primero de los meses del año. Digan a toda la comunidad de Israel:
“El diez de este mes, consíganse cada uno un animal del ganado menor, uno para cada familia. Si la familia es demasiado reducida para consumir un animal entero, se unirá con la del vecino que viva más cerca de su casa. En la elección del animal tengan en cuenta, además del número de comensales, lo que cada uno come habitualmente.
Elijan un animal sin ningún defecto, macho y de un año; podrá ser cordero o cabrito. Deberán guardarlo hasta el catorce de este mes, y a la hora del crepúsculo, lo inmolará toda la asamblea de la comunidad de Israel. Después tomarán un poco de su sangre, y marcarán con ella los dos postes y el dintel de la puerta de las casas donde lo coman. Y esa misma noche comerán la carne asada al fuego, con panes sin levadura y verduras amargas.
Deberán comerlo así: ceñidos con un cinturón, calzados con sandalias y con el bastón en la mano. Y lo comerán rápidamente: es la Pascua del Señor.
Esa noche Yo pasaré por el país de Egipto para exterminar a todos sus primogénitos, tanto hombres como animales, y daré un justo escarmiento a los dioses de Egipto. Yo soy el Señor.
La sangre les servirá de señal para indicar las casas donde ustedes estén. Al verla, Yo pasaré de largo, y así ustedes se librarán del golpe del Exterminador, cuando Yo castigue al país de Egipto.
Éste será para ustedes un día memorable y deberán solemnizarlo con una fiesta en honor del Señor. Lo celebrarán a lo largo de las generaciones como una institución perpetua””.
SALMO RESPONSORIAL 115, 12-13. 15-16bc. 17-18
R/.¿Con qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo?
¿Con qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo? Alzaré la copa de la salvación e invocaré el nombre del Señor.
¡Qué penosa es para el Señor la muerte de sus amigos! Yo, Señor, soy tu servidor, lo mismo que mi madre: por eso rompiste mis cadenas.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza, e invocaré el nombre del Señor. Cumpliré mis votos al Señor, en presencia de todo su pueblo.
SEGUNDA LECTURA
Siempre que coman este pan y beban este cáliz, proclamarán la muerte del Señor.
Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 11, 23-26
Hermanos:
Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he transmitido, es lo siguiente:
El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía”.
De la misma manera, después de cenar, tomó la copa, diciendo: “Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre. Siempre que la beban, háganlo en memoria mía”.
Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que Él vuelva.EVANGELIO
ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Is 61, 1
El Espíritu del Señor está sobre mí; Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres.
EVANGELIO
El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 4, 16-21
Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”.
Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en Él. Entonces comenzó a decirles: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”.
Después de una primera reacción positiva, alguno movido por la polilla de la envidia comenzó a decir: ¿Dónde estudió éste? ¿No es el hijo de José? Y nosotros conocemos a toda su familia, ¿y en qué universidad estudió? Entonces pretendían que le hiciera un milagro: solamente después habrían creído. Entonces comenzaron a empujarlo para tirarlo por un barranco por celos, por envidia.
Pero no se trató de un evento de hace dos mil años atrás, esto sucede cada día, cada vez que se acoge a alguien hablando bien el primer día y después siempre menos, hasta llegar a la habladuría, casi hasta desollarlo. Quien en una comunidad habla contra un hermano acaba por querer asesinarlo.
El apóstol Juan nos dice esto: quien en su corazón odia a su hermano es un homicida. Nosotros estamos acostumbrados a los chismes, a las habladurías y muchas veces transformamos a nuestras comunidades y también a nuestra familia en un infierno en donde se manifiesta esta forma de criminalidad que lleva a asesinar al hermano y a la hermana con la lengua.
Para que haya paz en una comunidad, en una familia o en un país, en el mundo, tenemos que empezar a estar con el Señor. Porque donde está el Señor no hay envidia, no hay criminalidad, no hay celos, hay hermandad. Pidamos esto al Señor: nunca asesinar al prójimo con nuestra lengua y estar con el Señor, como estaremos todos nosotros en el cielo. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 2 de septiembre de 2013, en Santa Marta).
Reflexión Es muy común preguntar a los niños pequeños: ¿qué quieres ser cuando seas grandes? Y para orgullo de los padres los niños responden: «quiero ser como mi papá». Si esta misma pregunta se la hiciéramos a Cristo durante su vida oculta en Nazaret, no cabe duda que respondería que Él sería lo que su Padre ha pensado para Él desde siempre. Prueba de ello es la respuesta que dio a su madre angustiada cuando se perdió en el templo: «pero no sabíais que debo ocuparme en las cosas de mi Padre», no debería haber motivo de preocupación por mi ausencia.
En nuestra vida como cristianos todos tenemos una misión muy concreta que realizar. Cristo desenrolló las escrituras (porque estaban en forma de pergaminos) y encontró justamente aquello que Dios Padre deseaba de Él. «Anunciar la Buena Nueva, proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor». Todo esto lo cumplió Jesús a lo largo de su vida terrena y aunque algunos se empeñaban en no abrir su corazón a las enseñanzas de Cristo, como es le caso de los escribas y fariseos. A pesar de su obstinada actitud Cristo no desmayó en su esfuerzo por predicarles la ley del amor.
En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: “¿Cuánto me dan si les entrego a Jesús?”. Ellos quedaron en darle treinta monedas de plata. Y desde ese momento andaba buscando una oportunidad para entregárselo.
El primer día de la fiesta de los panes Ázimos, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?”. Él respondió: “Vayan a la ciudad, a casa de fulano y díganle: ‘El Maestro dice: Mi hora está ya cerca. Voy a celebrar la Pascua con mis discípulos en tu casa’”. Ellos hicieron lo que Jesús les había ordenado y prepararon la cena de Pascua.
Al atardecer, se sentó a la mesa con los Doce y mientras cenaban, les dijo: “Yo les aseguro que uno de ustedes va a entregarme”. Ellos se pusieron muy tristes y comenzaron a preguntarle uno por uno: “¿Acaso soy yo, Señor?”. Él respondió: “El que moja su pan en el mismo plato que yo, ése va a entregarme. Porque el Hijo del hombre va a morir, como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre va a ser entregado! Más le valiera a ese hombre no haber nacido”. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: “¿Acaso soy yo, Maestro?”. Jesús le respondió: “Tú lo has dicho”.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
«¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?» Qué fuerte es escuchar las palabras saliendo de los labios de Judas. Lo vemos muy lejos de nosotros, pero el hecho es que nosotros, también, muchas veces estamos en el lugar de Judas. Y podría sonar como un «cliché» pues seguramente lo has escuchado innumerables veces, pero es una realidad profundísima de la fe: cuando se escoge o se rechaza a Cristo, estamos, igual que Judas, tomando una decisión sobre el Dios Vivo.
El mundo y la sociedad actual constantemente nos está ofreciendo recompensas a cambio de Cristo. El mundo está constantemente susurrándonos que, si le entregamos a Jesús, nos va a dar la felicidad. Y a veces podría parecer que el mundo tiene razón.
Pero ¿qué significa entregar a Cristo? Significa entregar la fuente más profunda de nuestra felicidad plena porque nosotros fuimos creados para amar y ser amados, pero no con un amor cualquiera sino con un amor infinito… un amor de Dios. Nuestro corazón está sediento de ese amor y sólo Él lo puede saciar. Podríamos tener el mundo a nuestros pies, pero si no tenemos aquello para lo cual fuimos creados, no tenemos nada. Podríamos no tener nada, pero si lo tenemos a Él, lo tenemos todo.
Tantas veces ya hemos fallado y hemos hecho este cambio, esta traición. Pero debemos recordar que hay dos maneras de reaccionar ante el fallo a Jesús, como Judas o como Pedro. Busquemos siempre la mirada de Jesús en esos momentos en que le hemos fallado, para experimentar esa mirada que nos perdona, nos ama y nos sana.
«Cuál es la última palabra que Jesús dirige a Judas, precisamente en el momento de la traición. Judas, amigo. Cuando precisamente Judas iba a entregarlo, Él le dice “amigo”, le recuerda esto. Porque Él es fiel. El Señor no dice: “Vete porque tú te has alejado de mí. Vete”. ¡No! Él hasta el final es fiel a este don que nos ha dado a todos: el don de la amistad. Como consecuencia, Jesús es nuestro amigo. Y Judas, como dice aquí, fue a su nueva suerte, por su destino que él eligió libremente, se alejó de Jesús. Y este alejarse de Jesús se llama apostasía. Un amigo que se convertía en enemigo o un amigo que se convierte en indiferente o un amigo que se convierte en traidor. El Señor no reniega, sino que hasta el final Él está allí: “Judas, amigo”. Hasta el final. Y esto nos debe hacer pensar». (Homilía de S.S. Francisco, 14 de mayo de 2018, en santa Marta).
Hermanos. Con sincero cariño deseo a todos ustedes una santas y felices Pascuas de resurrección. Cristo ha vencido y siempre vencerá. Pastor.
DOMINGO DE PASCUA.
Hechos 10,34.37-43: Pedro proclama que la Resurrección de Jesús es el acontecimiento-síntesis que abarca todo el misterio de Cristo desde Galilea hasta su muerte en la cruz. Jesús es Juez y Señor, trae el perdón de los pecados.
Colosenses 3,1-4: por el bautismo el cristiano está incorporado-sumergido en Cristo resucitado. Por ahora esta vida está oculta, pero con su manifestación también se manifestará la nuestra.
Juan 20,1-9: Cristo resucitado es la clave para explicarse todo. Sin esto nada se entiende. Por eso se dice: Vio y creyó.
1.- ¡Pascua, Cristo ha resucitado!
He aquí el misterio central de nuestra fe. Lo hemos escuchado en la Palabra. Quitemos este acontecimiento de la Resurrección y todo se derrumba, nada tiene sentido.
Los discípulos y los Apóstoles vieron muchas cosas de Jesús; vieron sus milagros, escucharon sus mensajes, comieron con Él, pero huyeron en su Pasión. Es que, en una palabra, nada entendieron. Pero con la experiencia del Resucitado todo cambia, todo tiene sentido. Por eso, vieron y creyeron. Se rinden ante la señal que les da el mismo Dios: Dios es quien da la vida en plenitud, Dios es capaz de transformar lo que es muerte, desastre, en vida y en victoria. En esto creyeron los Apóstoles y fueron testigos del Señor.
2.- Y en esta fe nosotros hemos sido bautizados – sumergidos. Sumergidos en su muerte y en su resurrección. Desgraciadamente para muchos la resurrección es una doctrina, una ideología. Y las doctrinas e ideologías no salvan. Lo único que salva es Cristo resucitado. Nuestra fe es en Él, no en una doctrina. La doctrina nos sirve para creer más en Él, para afirmarnos más en el Señor, vencedor del pecado y de la muerte. Por eso el Apóstol nos dice que al ser bautizados fuimos incorporados-sumergidos en su muerte y resurrección. Con Él tenemos una vida nueva, transformada. Claro que mientras vivimos en este mundo y en esta carne mortal estamos expuestos a muchas fallas. Por eso san Pablo nos dice que “cada día estamos al borde de la muerte” (1Coritntios 15,31), porque cada día tenemos que morir a nosotros mismos para vivir lo que creemos, a Cristo resucitado. En Él estamos sumergidos y con Él seremos manifestados. En una palabra, lo que se cree se vive, de lo contrario, es pura palabrería y “no está en la palabrería el Reino de Dios” (1Corintios 4,20). A Cristo resucitado se le demuestra viviendo como resucitados.
3.- Al estar en este mundo estamos inmersos en muchas situaciones de muerte, vivimos en la cultura de la muerte. Todo lo que nos rodea nos habla de muerte: el aborto, la eutanasia, el armamentismo, la droga, el alcohol, la violencia, el egoísmo, etc. Todo esto es muerte. Más aún, hay hechos que, aun cuando no son pecaminosos, son muerte: los accidentes, las enfermedades, el incendio de la catedral de “Notre Dame” en París, el accidente de Puerto Montt, etc. Frente a tanta muerte la fe nos invita a reaccionar de una manera positiva, con la esperanza en el Señor vencedor de todas estas situaciones de muerte. Sólo la fe en el Señor resucitado nos ayudará a salir victoriosos en todo. La fe no es una anestesia; lo que sucede nos duele, pero no nos sentimos derrotados.
4.- ¡CRISTO HA RESUCITADO! Esa es la consigna de hoy para este mundo envuelto en tanta muerte. ¡Cristo ha resucitado! Sí. Pero el mundo nos está gritando y desafiando: demuestren con sus vidas que Cristo vive, ya que pura palabra, puro discurso no es Reino de Dios.
Hoy tiene pleno sentido este Banquete Eucarístico, porque es el Banquete pascual, en el que comeremos al verdadero Cordero de Dios, Cristo bendito, a quien sea la gloria y el poder por todos los siglos de los siglos. Amén.
Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado. Tengo cerca a mi defensor, ¿quién pleiteará contra mí? Comparezcamos juntos. ¿Quién tiene algo contra mí? Que se me acerque. Mirad, el Señor me ayuda, ¿quién me condenará?
Palabra de Dios
Salmo
Sal 68,8-10.21-22.31.33-34
R/.Señor, que me escuche tu gran bondad el día de tu favor
Por ti he aguantado afrentas, la vergüenza cubrió mi rostro. Soy un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre; porque me devora el celo de tu templo, y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. R/.
La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco. Espero compasión, y no la hay; consoladores, y no los encuentro. En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre. R/.
Alabaré el nombre de Dios con cantos, proclamaré su grandeza con acción de gracias. Miradlo, los humildes, y alegraos, buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón. Que el Señor escucha a sus pobres, no desprecia a sus cautivos. R/.
Evangelio de hoy
Lectura del santo evangelio segun san Mateo (26,14-25):
En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, a los sumos sacerdotes y les propuso: «¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?» Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo. El primer día de los Ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?» Él contestó: «ld a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: «El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos.»» Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo: «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.» Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro: «¿Soy yo acaso, Señor?» Él respondió: «El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido.» Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: «¿Soy yo acaso, Maestro?» Él respondió: «Tú lo has dicho.»
Palabra del Señor
REFLEXIÓN :
Queridos amigos:
Hace varios años que el filósofo judío Levinas me ayudó a caer en la cuenta de lo que significa el rostro humano. Es la parte de nuestro cuerpo que nosotros nunca podemos ver directamente. Y, sin embargo, la parte que los demás ven. Más aún: el rostro es como una concentración de nuestro cuerpo entero para los demás. Son los demás quienes nos dicen: «Te veo hoy con mala cara» o «Tienes buena cara». Nuestro rostro es la ventana por la cual se comunica lo que somos. Comunican nuestros ojos y comunican nuestros labios. Una frente fruncida es señal de preocupación. Unos labios apretados indican rabia. Una sonrisa transmite alegría.
Si el rostro es un concentrado de humanidad, ¡qué fuerza adquieren las palabras del profeta Isaías («No oculté el rostro a insultos y salivazos») o las del salmo 68 («La vergüenza cubrió mi rostro»)!
Junto al sentido del oído, hoy ponemos a punto también el sentido de la vista para contemplar el rostro de Jesús durante los próximos días. Se trata de un mapa en el que están registrados los gozos y sufrimientos de todos los hombres.
En vísperas de su muerte, el rostro de Jesús resume la entera trayectoria de su vida terrena: sus largos años de laboratorio nazareno y sus pocos meses o años de itinerancia misionera por tierras de Galilea y de Jerusalén.
¿Cómo veían el rostro de Jesús sus discípulos cuando le preguntaban, uno tras otro, incluido Judas, la pregunta del millón: «¿Soy yo acaso, Señor?». ¿Verían preocupación, rabia, frustración, derrota? ¿O verían un rostro luminoso, sobrecargado de amor en cada una de sus millones de células?
«Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro». Esta es la súplica que brota en un día como hoy en el que millones de personas se ponen en camino hacia los lugares donde van a pasar los días del triduo sacro.
¿Se puede vivir el triduo sacro estando de vacaciones? ¿Se ha convertido la Semana Santa en un simple período vacacional, salpicado con algún rito folclórico religioso a modo de relleno para tranquilizar la conciencia? Quizá podemos responder con sencillez. Se puede vivir el triduo sacro en cualquier lugar … con tal de que no tengamos miedo a buscar y contemplar el rostro de Cristo. No importa tanto el lugar cuanto el coraje de dirigir nuestros ojos a ese rostro cubierto de insultos y salivazos y, sin embargo, hermoso, radiante, perdonador. Ese rostro se muestra en la liturgia de la iglesia y se muestra en las personas sufrientes que, sin duda, iremos encontrando. Por mucho derecho que tengamos al descanso, no podemos mirar en otra dirección, porque en el familiar con problemas o en el que nos sirve en un hotel podemos descubrir al Cristo que sigue sufriendo hoy. Volver la espalda a esos rostros tan reales es volver la espalda al Cristo que nos mira.
«Oculi nostri ad Dominum Jesum» canta la liturgia. «Nuestros ojos están vueltos al Señor Jesús». Ojalá podamos aguzar la vista para contemplar este rostro en cualquier lugar en el que nos encontremos durante los próximos días.
Del santo Evangelio según san Juan 13, 21-33. 36-38
En aquel tiempo, cuando Jesús estaba a la mesa con sus discípulos, se conmovió profundamente y declaró: “Yo les aseguro que uno de ustedes me va a entregar”. Los discípulos se miraron perplejos unos a otros, porque no sabían de quién hablaba. Uno de ellos, al que Jesús tanto amaba, se hallaba reclinado a su derecha. Simón Pedro le hizo una seña y le preguntó: “¿De quién lo dice?”. Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: “Señor, ¿quién es?”. Le contestó Jesús: “Aquel a quien yo le dé este trozo de pan, que voy a mojar”. Mojó el pan y se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote; y tras el bocado, entró en él Satanás.
Jesús le dijo entonces a Judas: “Lo que tienes que hacer, hazlo pronto”. Pero ninguno de los comensales entendió a qué se refería; algunos supusieron que, como Judas tenía a su cargo la bolsa, Jesús le había encomendado comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después de tomar el bocado, salió inmediatamente. Era de noche.
Una vez que Judas se fue, Jesús dijo: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo y pronto lo glorificará.
“Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes. Me buscarán, pero como les dije a los judíos, así se lo digo a ustedes ahora: ‘A donde yo voy, ustedes no pueden ir’”. Simón Pedro le dijo: “Señor, ¿a dónde vas?». Jesús le respondió: «A donde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde». Pedro replico: Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti”. Jesús le contestó: “¿Con que darás tu vida por mí? Yo te aseguro que no cantará el gallo, antes de que me hayas negado tres veces”.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio.
1. Jesús profundamente conmovido… Seguramente en algún momento de nuestras vidas hemos experimentado abandono, soledad o incluso, por qué no, traición, y con gran dolor si ésta ha sido causada por una persona querida o cercana a nosotros. Cuánto sufrimiento provoca el abandono o la traición de la persona en la que teníamos puesta tanta confianza. Jesús, en la noche de la última cena con sus discípulos, sintió este abandono, esta traición, de aquellos a los que Él más amaba.
2. Apoyarse en el corazón de Cristo. Normalmente somos nosotros los que acudimos a Dios en momentos difíciles para que Él nos consuele; en nuestros momentos de tribulación solemos recurrir al Padre para que nos tome en sus brazos y nos susurre al oído: «No te preocupes, todo saldrá bien.» Sin embargo, ahora es Dios mismo quien quiere ser consolado; Dios, quien no necesita de nadie ni nada, se ha despojado de su omnipotencia y omnisuficiencia para que le podamos abrazar y consolar.
Sólo consolando a Dios podemos encontrar nuestra propia consolación; sólo compartiendo los sentimientos de Aquel que ha dado la vida por nosotros seremos capaces de dejar atrás nuestros pecados, traiciones y abandonos. Sólo apoyándonos en su pecho podremos sentir ese corazón que tanto nos ama y que derramaría hasta la última gota de sangre por nosotros. Sólo conmovidos por tal amor consolaremos la fuente de toda consolación.
«Judas el Iscariote, otro elegido por el Señor que vende y entrega a su maestro a la muerte. David el pecador y Judas Iscariote siempre estarán presentes en la Iglesia, ya que representan la debilidad que forma parte de nuestro ser humano. Son iconos de los pecados y de los crímenes cometidos por personas elegidas y consagradas. Iguales en la gravedad del pecado, sin embargo, se distinguen en la conversión. David se arrepintió, confiando en la misericordia de Dios, mientras que Judas se suicidó. Para hacer resplandecer la luz de Cristo, todos tenemos el deber de combatir cualquier corrupción espiritual, que es peor que la caída de un pecador, porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad, ya que “el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz”. Así acabó sus días Salomón, mientras el gran pecador David supo remontar su miseria» (Discurso de S.S. Francisco, 21 de diciembre de 2018).
Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos: El Señor me llamó desde el vientre materno, de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo: – «Tú eres mi siervo, Israel, por medio de ti me glorificaré». Y yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas». En realidad el Señor defendía mi causa, mi recompensa la custodiaba Dios. Y ahora dice el Señor,el que me formó desde el vientre como siervo suyo, para que le devolvise a Jacob, para que le reuniera a Israel; he sido glorificado a los ojos de Dios. Y mi Dios era mi fuerza: – «Es poco que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer de vuelta a los supervivientes de Israel. Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».
Palabra de Dios
Salmo
Sal 70,1-2.3-4a.5-6ab.15.17
R/.Mi boca contará tu salvación, Señor
A ti, Señor, me acojo: no quede yo derrotado para siempre; tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo, inclina a mí tu oído, y sálvame. R.
Sé tú mi roca de refugio, el alcázar donde me salve, porque mi peña y mi alcázar eres tú. Dios mío, líbrame de la mano perversa. R.
Porque tú, Señor, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud. En el vientre materno ya me apoyaba en ti, en el seno tú me sostenías. R.
Mi boca contará tu justicia, y todo el día tu salvación. Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas. R.
Evangelio de hoy
Lectura del santo evangelio según san Juan (13,21-33.36-38):
En aquel tiempo, estando Jesús a la mesa con sus discípulos, se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo: – «En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar». Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía. Uno de ellos, el que Jesús amaba, estaba reclinado a la mesa en el seno de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía. Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: – «Señor, ¿quién es?». Le contestó Jesús: – «Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado». Y, untando el pan, se lo dio a Judas, hijo de Simón el Iscariote. Detrás del pan, entró en él Satanás. Entonces Jesús le dijo: – «Lo que vas hacer, hazlo pronto». Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche. Cuando salió, dijo Jesús: – «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Me busca¬réis, pero lo que dije a los judíos os lo digo ahora a vosotros: «Donde yo voy, vosotros no podéis ir»» Simón Pedro le dijo: – «Señor, ¿a dónde vas?». Jesús le respondió: – «Adonde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde». Pedro replicó: – «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daré mi vida por ti». Jesús le contestó: – «¿Con que darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces».
Palabra del Señor
REFLEXIÓN :
Queridos amigos:
Hoy martes, y mañana miércoles, se trata de espabilar el oído para no perderse ninguna palabra. El profeta Isaías comienza con una exhortación a escuchar: «Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos». La escena que Juan describe está llena de confidencias que sólo pueden percibirse con un oído fino: la pregunta del discípulo amado, la respuesta de Jesús, la admonición a Judas, el diálogo entre Jesús y Pedro.
Me parece que el martes santo es un día ideal para el silencio y la escucha, para caer en la cuenta de un par de verdades que sostienen nuestra vida.
Primera: existimos porque el Señor nos ha llamado en las entrañas maternas, porque ha pronunciado nuestro nombre. ¿Te sientes un don nadie, producto del azar, poco querido por tus padres o por las personas que te rodean? ¡El Señor sigue pronunciando tu nombre! ¿Te parece que tu vida es una sucesión de acontecimientos sin sentido? ¡El Señor sigue pronunciando tu nombre! ¿Crees que no merece la pena confiar en el futuro? ¡El Señor sigue pronunciando tu nombre!
Segunda: el Señor quiere hacer de nosotros una luz para que su salvación llegue a todos. ¿Te parece que tu vida no sirve para nada? ¡Tú eres luz! ¿Tienes la impresión de que nunca cuentan contigo para lo que merece la pena? ¡Tú eres luz! ¿Atraviesas un período de oscuridad, de desaliento, de prueba? ¡Tú eres luz!
No quisiera olvidar ese ejercicio de diálogo a cuatro bandas que se da entre Jesús, el discípulo amado, Simón Pedro y Judas, en una cena trascendental en la que Jesús se encuentra «profundamente conmovido».
El discípulo amado y Pedro formulan preguntas: «Señor, ¿quién es?», «Señor, ¿adónde vas?», «Señor, ¿por qué no puedo acompañarte ahora?». Quién, adónde, por qué. En sus preguntas reconocemos las nuestras. Por boca del discípulo amado y de Pedro formulamos nuestras zozobras, nuestras incertidumbres.
Judas interviene de modo no verbal. Primero toma el pan untado por Jesús y luego se va. Participa del alimento del Maestro, pero no comparte su vida, no resiste la fuerza de su mirada. Por eso «sale inmediatamente». No sabe/no puede responder al amor que recibe.
Jesús observa, escucha y responde a cada uno: al discípulo amado, a Judas y a Simón Pedro. La intimidad, la traición instantánea y la traición diferida se dan cita en una cena que resume toda una vida y que anticipa su final. Lo que sucede en esta cena es una historia de entrega y de traición. Como la vida misma.
Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien había resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con él a la mesa. María tomó entonces una libra de perfume de nardo auténtico, muy costoso, le ungió a Jesús los pies con él y se los enjugó con su cabellera, y la casa se llenó con la fragancia del perfume.
Entonces Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que iba a entregar a Jesús, exclamó: “¿Por qué no se ha vendido ese perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?”. Esto lo dijo, no porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía a su cargo la bolsa, robaba lo que echaban en ella.
Entonces dijo Jesús: “Déjala. Esto lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los tendrán siempre con ustedes, pero a mí no siempre me tendrán”.
Mientras tanto, la multitud de judíos, que se enteró de que Jesús estaba allí, acudió, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien el Señor había resucitado de entre los muertos. Los sumos sacerdotes deliberaban para matar a Lázaro, porque a causa de él, muchos judíos se separaban y creían en Jesús.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
En este Evangelio lo que más hace eco en un cristiano, es ese gesto de caridad que tiene María con Jesús, de enjugarle los pies con un perfume super fino, que seguramente sería costoso y que con sacrificios habría comprado. Es hermoso preguntarnos a la luz del Espíritu Santo, ¿qué tipo de perfume es el que yo ofrezco a Jesús? Quizás es un perfume con una frescura de fe, de amor y esperanza en Cristo. O bien un perfume que tiene egoísmo, soberbia, sensualidad, falta de sacrificio.
Te invito, a que unjas al Señor con esa ofrenda diaria antes de comenzar tu día ordinario, así como lo hizo María.
«La cena de Betania es preludio de la muerte de Jesús, bajo el signo de la unción que María hizo en honor del Maestro y que él aceptó en previsión de su sepultura. Pero también es anuncio de la resurrección, mediante la presencia misma del resucitado Lázaro, testimonio elocuente del poder de Cristo sobre la muerte. Además de su profundo significado pascual, la narración de la cena de Betania encierra una emotiva resonancia, llena de afecto y devoción; una mezcla de alegría y de dolor: alegría de fiesta por la visita de Jesús y de sus discípulos, por la resurrección de Lázaro, por la Pascua ya cercana; y amargura profunda porque esa Pascua podía ser la última, como hacían temer las tramas de los judíos, que querían la muerte de Jesús, y las amenazas contra el mismo Lázaro, cuya muerte se proyectaba. En este pasaje evangélico hay un gesto sobre el que se centra nuestra atención, y que también ahora habla de modo singular a nuestro corazón: en un momento determinado, María de Betania, «tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos». Es uno de los detalles de la vida de Jesús que san Juan recogió en la memoria de su corazón y que contienen una inagotable fuerza expresiva. Habla del amor a Cristo, un amor sobreabundante, pródigo, como el ungüento «muy caro» derramado sobre sus pies. Un hecho que, sintomáticamente, escandalizó a Judas Iscariote: la lógica del amor contrasta con la del interés económico.» (Homilía de S.S. Benedicto XVI, 2 de abril de 2007).
(ZENIT – 14 abril 2019).- En su entrada en Jerusalén, Jesús “nos muestra el camino”. Él “destruyó el triunfalismo con su Pasión”. El Pontífice previene con la “mundanidad espiritual”, que ha calificado como “una forma sutil de triunfalismo”, “el mayor peligro, la tentación más pérfida que amenaza a la Iglesia”.
Son palabras de la homilía que el Papa Francisco ha leído esta mañana, 14 de abril de 2019, en la celebración litúrgicadel Domingo de Ramos, celebrada en la plaza de San Pedro, en Roma, dando comienzo a la Semana Santa.
Tras la bendición de las palmas y la procesión, el Papa ha celebrado la Santa Misa ante los miles de visitantes y fieles llegados al Vaticano, y ha invitado a “acompañar con fe a nuestro Salvador en su camino y tener siempre presente la gran enseñanza de su Pasión como modelo de vida y de victoria contra el espíritu del mal”.
Triunfalismo
Francisco ha advertido contra el “triunfalismo” que “trata de llegar a la meta mediante atajos, compromisos falsos. Busca subirse al carro del ganador”, ha explicado el Santo Padre. “El triunfalismo vive de gestos y palabras que, sin embargo, no han pasado por el crisol de la cruz; se alimenta de la comparación con los demás, juzgándolos siempre como peores, con defectos, fracasados…”.
“Él sabe que para lograr el verdadero triunfo debe dejar espacio a Dios; y para dejar espacio a Dios solo hay un modo: el despojarse, el vaciarse de sí mismo. Callar, rezar, humillarse. Con la cruz no se puede negociar, o se abraza o se rechaza. Y con su humillación, Jesús quiso abrirnos el camino de la fe y precedernos en él”, ha exhortado el Papa.
Tentaciones
“Jesús nos muestra cómo hemos de afrontar los momentos difíciles y las tentaciones más insidiosas, cultivando en nuestros corazones una paz que no es distanciamiento, no es impasividad o creerse un superhombre, sino que es un abandono confiado en el Padre y en su voluntad de salvación, de vida, de misericordia”, ha explicado Francisco.
Así, en toda su misión, Jesucristo pasó por la tentación de “hacer su trabajo” decidiendo él el modo y desligándose de la obediencia al Padre. “Desde el comienzo, en la lucha de los cuarenta días en el desierto, hasta el final en la Pasión, Jesús rechaza esta tentación mediante la confianza obediente en el Padre”.
Entusiasmo por Jesús
Hoy, Domingo de Ramos, se celebra a nivel diocesano la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud, y el Papa ha querido recordar a tantos santos y santas jóvenes, especialmente a aquellos “de la puerta de al lado”, que “solo Dios conoce, y que a veces a él le gusta revelarnos por sorpresa”.
“Queridos jóvenes –ha anunciado– no os avergoncéis de mostrar vuestro entusiasmo por Jesús, de gritar que él vive, que es vuestra vida”. Ha continuado: “Pero al mismo tiempo, no tengáis miedo de seguirlo por el camino de la cruz. Y cuando sintáis que os pide que renunciéis a vosotros mismos, que os despojéis de vuestras seguridades, que os confiéis por completo al Padre que está en los cielos, entonces alegraos y regocijaos”.
A continuación, ofrecemos la homilía completa del Papa Francisco en la celebración del Domingo de Ramos:
***
Las aclamaciones de la entrada en Jerusalén y la humillación de Jesús. Los gritos de fiesta y el ensañamiento feroz. Este doble misterio acompaña cada año la entrada en la Semana Santa, en los dos momentos característicos de esta celebración: la procesión con las palmas y los ramos de olivo, al principio, y luego la lectura solemne de la narración de la Pasión.
Dejemos que esta acción animada por el Espíritu Santo nos envuelva, para obtener lo que hemos pedido en la oración: acompañar con fe a nuestro Salvador en su camino y tener siempre presente la gran enseñanza de su Pasión como modelo de vida y de victoria contra el espíritu del mal.
Jesús nos muestra cómo hemos de afrontar los momentos difíciles y las tentaciones más insidiosas, cultivando en nuestros corazones una paz que no es distanciamiento, no es impasividad o creerse un superhombre, sino que es un abandono confiado en el Padre y en su voluntad de salvación, de vida, de misericordia; y, en toda su misión, pasó por la tentación de “hacer su trabajo” decidiendo él el modo y desligándose de la obediencia al Padre. Desde el comienzo, en la lucha de los cuarenta días en el desierto, hasta el final en la Pasión, Jesús rechaza esta tentación mediante la confianza obediente en el Padre.
También hoy, en su entrada en Jerusalén, nos muestra el camino. Porque en ese evento el maligno, el Príncipe de este mundo, tenía una carta por jugar: la carta del triunfalismo, y el Señor respondió permaneciendo fiel a su camino, el camino de la humildad.
El triunfalismo trata de llegar a la meta mediante atajos, compromisos falsos. Busca subirse al carro del ganador. El triunfalismo vive de gestos y palabras que, sin embargo, no han pasado por el crisol de la cruz; se alimenta de la comparación con los demás, juzgándolos siempre como peores, con defectos, fracasados… Una forma sutil de triunfalismo es la mundanidad espiritual, que es el mayor peligro, la tentación más pérfida que amenaza a la Iglesia (De Lubac). Jesús destruyó el triunfalismo con su Pasión.
El Señor realmente compartió y se regocijó con el pueblo, con los jóvenes que gritaban su nombre aclamándolo como Rey y Mesías. Su corazón gozaba viendo el entusiasmo y la fiesta de los pobres de Israel. Hasta el punto que, a los fariseos que le pedían que reprochara a sus discípulos por sus escandalosas aclamaciones, él les respondió: «Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras» (Lc 19,40). Humildad no significa negar la realidad, y Jesús es realmente el Mesías, el Rey.
Pero al mismo tiempo, el corazón de Cristo está en otro camino, en el camino santo que solo él y el Padre conocen: el que va de la «condición de Dios» a la «condición de esclavo», el camino de la humillación en la obediencia «hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,6-8). Él sabe que para lograr el verdadero triunfo debe dejar espacio a Dios; y para dejar espacio a Dios solo hay un modo: el despojarse, el vaciarse de sí mismo. Callar, rezar, humillarse. Con la cruz no se puede negociar, o se abraza o se rechaza. Y con su humillación, Jesús quiso abrirnos el camino de la fe y precedernos en él.
Tras él, la primera que lo ha recorrido fue su madre, María, la primera discípula. La Virgen y los santos han tenido que sufrir para caminar en la fe y en la voluntad de Dios. Ante los duros y dolorosos acontecimientos de la vida, responder con fe cuesta «una particular fatiga del corazón» (cf. S. JUAN PABLO II, Carta enc. Redemptoris Mater, 17). Es la noche de la fe. Pero solo de esta noche despunta el alba de la resurrección. Al pie de la cruz, María volvió a pensar en las palabras con las que el Ángel le anunció a su Hijo: «Será grande […]; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lc 1,32-33).
En el Gólgota, María se enfrenta a la negación total de esa promesa: su Hijo agoniza sobre una cruz como un criminal. Así, el triunfalismo, destruido por la humillación de Jesús, fue igualmente destruido en el corazón de la Madre; ambos supieron callar.
Precedidos por María, innumerables santos y santas han seguido a Jesús por el camino de la humildad y la obediencia. Hoy, Jornada Mundial de la Juventud, quiero recordar a tantos santos y santas jóvenes, especialmente a aquellos “de la puerta de al lado”, que solo Dios conoce, y que a veces a él le gusta revelarnos por sorpresa. Queridos jóvenes, no os avergoncéis de mostrar vuestro entusiasmo por Jesús, de gritar que él vive, que es vuestra vida. Pero al mismo tiempo, no tengáis miedo de seguirlo por el camino de la cruz. Y cuando sintáis que os pide que renunciéis a vosotros mismos, que os despojéis de vuestras seguridades, que os confiéis por completo al Padre que está en los cielos, entonces alegraos y regocijaos. Estáis en el camino del Reino de Dios.
Aclamaciones de fiesta y furia feroz; el silencio de Jesús en su Pasión es impresionante. Vence también a la tentación de responder, de ser “mediático”. En los momentos de oscuridad y de gran tribulación hay que callar, tener el valor de callar, siempre que sea un callar manso y no rencoroso. La mansedumbre del silencio hará que parezcamos aún más débiles, más humillados, y entonces el demonio, animándose, saldrá a la luz. Será necesario resistirlo en silencio, “manteniendo la posición”, pero con la misma actitud que Jesús. Él sabe que la guerra es entre Dios y el Príncipe de este mundo, y que no se trata de poner la mano en la espada, sino de mantener la calma, firmes en la fe. Es la hora de Dios. Y en la hora en que Dios baja a la batalla, hay que dejarlo
hacer. Nuestro puesto seguro estará bajo el manto de la Santa Madre de Dios. Y mientras esperamos que el Señor venga y calme la tormenta (cf. Mc 4,37-41), con nuestro silencioso testimonio en oración, nos damos a nosotros mismos y a los demás razón de nuestra esperanza (cf. 1 P 3,15). Esto nos ayudará a vivir en la santa tensión entre la memoria de las promesas, la realidad del ensañamiento presente en la cruz y la esperanza de la resurrección.