Homilía de la 105ª Jornada Mundial de los migrantes y refugiados
septiembre 29, 2019 15:35Raquel AnilloJornadas Mundiales, Papa y Santa Sede
(ZENIT – 29 septiembre 2019).- “Amar a Dios y amar al
prójimo es un mandamiento que Dios nos ha dejado”, subraya el Papa en la
homilía de este Día Mundial de los migrantes y refugiados, “no se puede
separar, no se puede amar a Dios si no amamos al prójimo. Amar al
prójimo como a uno mismo”.
“Amar al prójimo significa sentir compasión por su sufrimiento,
acercarse, tocar sus llagas, compartir sus historias, para manifestarles
concretamente la ternura que Dios les tiene”, ha aclarado Francisco.
“No podemos permanecer indiferentes ante este sufrimiento, este santo
mandamiento, Dios se lo dio a su pueblo, y lo selló con la sangre de su
Hijo Jesús”.
A continuación, ofrecemos la homilía completa del Papa Francisco,
pronunciada en la Misa con motivo de la Jornada Mundial del Migrante y
del Refugiado:
***
Homilía del Papa
En el Salmo Responsorial se nos recuerda que el Señor sostiene a los
forasteros, así como a las viudas y a los huérfanos del pueblo. El
salmista menciona de forma explícita aquellas categorías que son
especialmente vulnerables, a menudo olvidadas y expuestas a abusos. Los
forasteros, las viudas y los huérfanos son los que carecen de derechos,
los excluidos, los marginados, por quienes el Señor muestra una
particular solicitud. Por esta razón, Dios les pide a los israelitas que
les presten una especial atención.
En el libro del Éxodo, el Señor advierte al pueblo de no maltratar de
ningún modo a las viudas y a los huérfanos, porque Él escucha su clamor
(cf. 22,23). La misma admonición se repite dos veces en el Deuteronomio
(cf. 24,17; 27,19), incluyendo a los extranjeros entre las categorías
protegidas. La razón de esta advertencia se explica claramente en el
mismo libro: el Dios de Israel es Aquel que «hace justicia al huérfano y
a la viuda, y que ama al emigrante, dándole pan y vestido» (10,18).
Esta preocupación amorosa por los menos favorecidos se presenta como un
rasgo distintivo del Dios de Israel, y también se le requiere, como un
deber moral, a todos los que quieran pertenecer a su pueblo.
Por eso debemos prestar especial atención a los forasteros, como
también a las viudas, a los huérfanos y a todos los que son descartados
en nuestros días. En el Mensaje para esta 105 Jornada Mundial del
Migrante y del Refugiado, el lema se repite como un estribillo: “No se trata sólo de migrantes”.
Y es verdad: no se trata sólo de forasteros, se trata de todos los
habitantes de las periferias existenciales que, junto con los migrantes y
los refugiados, son víctimas de la cultura del descarte. El Señor nos
pide que pongamos en práctica la caridad hacia ellos; nos pide que
restauremos su humanidad, a la vez que la nuestra, sin excluir a nadie,
sin dejar a nadie afuera.
Pero, junto con el ejercicio de la caridad, el Señor nos pide que
reflexionemos sobre las injusticias que generan exclusión, en particular
sobre los privilegios de unos pocos, que perjudican a muchos otros
cuando perduran. «El mundo actual es cada día más elitista y cruel con
los excluidos. Es una verdad que causa dolor: este mundo es cada día más
elitista, más cruel con los excluidos. Los países en vías de desarrollo
siguen agotando sus mejores recursos naturales y humanos en beneficio
de unos pocos mercados privilegiados. Las guerras afectan sólo a algunas
regiones del mundo; sin embargo, la fabricación de armas y su venta se
lleva a cabo en otras regiones, que luego no quieren hacerse cargo de
los refugiados que dichos conflictos generan. Quienes padecen las
consecuencias son siempre los pequeños, los pobres, los más vulnerables,
a quienes se les impide sentarse a la mesa y se les deja sólo las
“migajas” del banquete» (Mensaje para la 105 Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado).
Así se entienden las duras palabras del profeta Amós, proclamadas en
la primera lectura (6,1.4-7). ¡Ay, ay de los que viven
despreocupadamente y buscando placer en Sion, que no se preocupan por la
ruina del pueblo de Dios, que sin embargo está a la vista de todos! No
se dan cuenta de la ruina de Israel, porque están demasiado ocupados
asegurándose una buena vida, alimentos exquisitos y bebidas refinadas.
Sorprende ver cómo, después de 28 siglos, estas advertencias conservan
toda su actualidad. De hecho, también hoy día la «cultura del bienestar
[…] nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos hace insensibles al grito
de los otros, […] lleva a la indiferencia hacia los otros, o mejor,
lleva a la globalización de la indiferencia» (Homilía en Lampedusa, 8 julio 2013).
Al final, también nosotros corremos el riesgo de convertirnos en ese
hombre rico del que nos habla el Evangelio, que no se preocupa por el
pobre Lázaro «cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía
de la mesa del rico» (Lc 16,20-21). Demasiado ocupado en
comprarse vestidos elegantes y organizar banquetes espléndidos, el rico
de la parábola no advierte el sufrimiento de Lázaro. Y también nosotros,
demasiado concentrados en preservar nuestro bienestar, corremos el
riesgo de no ver al hermano y a la hermana en dificultad.
Pero como cristianos no podemos permanecer indiferentes ante el drama
de las viejas y nuevas pobrezas, de las soledades más oscuras, del
desprecio y de la discriminación de quienes no pertenecen a “nuestro”
grupo. No podemos permanecer insensibles, con el corazón anestesiado,
ante la miseria de tantas personas inocentes. No podemos sino llorar. No
podemos dejar de reaccionar. Pidámosle al Señor la gracia de llorar, la
gracia de aquel llanto que convierte el corazón ante esos pecados.
Si queremos ser hombres y mujeres de Dios, como le pide san Pablo a
Timoteo, debemos guardar «el mandamiento sin mancha ni reproche hasta la
manifestación de nuestro Señor Jesucristo» (1 Tm 6,14); y el
mandamiento es amar a Dios y amar al prójimo. No podemos separarlos. Y
amar al prójimo como a uno mismo significa también comprometerse
seriamente en la construcción de un mundo más justo, donde todos puedan
acceder a los bienes de la tierra, donde todos tengan la posibilidad de
realizarse como personas y como familias, donde los derechos
fundamentales y la dignidad estén garantizados para todos.
Amar al prójimo significa sentir compasión por el sufrimiento de los
hermanos y las hermanas, acercarse, tocar sus llagas, compartir sus
historias, para manifestarles concretamente la ternura que Dios les
tiene. Significa hacerse prójimo de todos los viandantes apaleados y
abandonados en los caminos del mundo, para aliviar sus heridas y
llevarlos al lugar de acogida más cercano, donde se les pueda atender en
sus necesidades.
Este santo mandamiento, Dios se lo dio a su pueblo, y lo selló con la
sangre de su Hijo Jesús, para que sea fuente de bendición para toda la
humanidad. Porque todos juntos podemos comprometernos en la edificación
de la familia humana según el plan original, revelado en Jesucristo:
todos hermanos, hijos del único Padre.
Hoy tenemos también necesidad de una madre, y encomendamos al amor maternal de María, Nuestra Señora del Camino, Nuestra Señora de los muchos caminos dolorosos, encomendamos a ella los migrantes y refugiados, junto con los habitantes de las periferias del mundo y a quienes se hacen sus compañeros de viaje.
Fuente : https://es.zenit.org/articles/jornada-mundial-de-los-migrantes-y-refugiados-amar-a-dios-y-amar-al-projimo/