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Autor: Patricio Osiadacz

EDD. Sabado 07 de diciembre de 2024

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (30,19-21.23-26):

ESTO dice el Señor, el Santo de Israel:
«Pueblo de Sión, que habitas en Jerusalén,
no tendrás que llorar,
se apiadará de ti al oír tu gemido:
apenas te oiga, te responderá.
Aunque el Señor te diera
el pan de la angustia y el agua de la opresión
ya no se esconderá tu Maestro,
tus ojos verán a tu Maestro.
Si te desvías a la derecha o a la izquierda,
tus oídos oirán una palabra a tus espaldas que te dice: “Éste es el camino, camina por él”.
Te dará lluvia para la semilla
que siembras en el campo,
y el grano cosechado en el campo
será abundante y suculento;
aquel día, tus ganados pastarán en anchas praderas;
los bueyes y asnos que trabajan en el campo
comerán forraje fermentado,
aventado con pala y con rastrillo.

En toda alta montaña,
en toda colina elevada
habrá canales y cauces de agua
el día de la gran matanza, cuando caigan las torres.
La luz de la luna será como la luz del sol,
y la luz del sol será siete veces mayor,
como la luz de siete días,
cuando el Señor vende la herida de su pueblo
y cure las llagas de sus golpes».
Palabra de Dios

Salmo

Sal 146,1-2.3-4.5-6

R/. Dichosos los que esperan en el Señor

V/. Alabad al Señor, que la música es buena;
nuestro Dios merece una alabanza armoniosa.
El Señor reconstruye Jerusalén,
reúne a los deportados de Israel. R/.

V/. Él sana los corazones destrozados,
venda sus heridas.
Cuenta el número de las estrellas,
a cada una la llama por su nombre. R/.

V/. Nuestro Señor es grande y poderoso,
su sabiduría no tiene medida.
El Señor sostiene a los humildes,
humilla hasta el polvo a los malvados. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (9,35–10,1.6-8):

EN aquel tiempo, Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia.
Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor».
Entonces dice a sus discípulos:
«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».
Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
«Id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis».

Palabra del Señor

REFLEXIÓN :

Queridos amigos y amigas:

Las lecturas de hoy nos presentan un mensaje cargado de esperanza y de misión, recordándonos que el Adviento es un tiempo de preparación para la restauración plena que Dios quiere traer a nuestras vidas y a toda la humanidad. En este contexto, la proclamación del Año Jubilar nos ofrece una clave adicional: estamos llamados a acoger la gracia de Dios como un don gratuito que restaura, sana y libera, para luego compartirla generosamente con los demás.

En la primera lectura, Isaías (30,19-21.23-26) nos habla de un Dios que escucha el clamor de su pueblo y que, como un Maestro cercano, guía y consuela. Aunque el pueblo haya experimentado momentos de angustia y opresión, se les promete un futuro lleno de luz, abundancia y sanación. Este pasaje nos invita a confiar en el Señor incluso en medio de nuestras dificultades, sabiendo que Él siempre está atento a nuestro sufrimiento y dispuesto a intervenir en nuestro favor. Es especialmente significativa la imagen del Maestro que camina con nosotros, indicándonos el camino:

El pasaje también describe un futuro en el que las heridas serán vendadas, las llagas curadas y la creación entera será renovada con abundancia y plenitud. Esto nos recuerda que el Jubileo no es solo un tiempo de renovación espiritual, sino también de justicia, reconciliación y cuidado por los demás y por la creación. ¿Estamos permitiendo que Dios sane nuestras heridas? ¿Estamos siendo instrumentos de su paz y de su abundancia para quienes nos rodean?

En el Evangelio (Mateo 9,35–10,1.6-8), Jesús recorre las ciudades y aldeas proclamando el Reino y curando a los enfermos, movido por la compasión hacia un pueblo extenuado y abandonado, “como ovejas sin pastor”. Su mirada compasiva no se queda en un sentimiento pasivo, sino que lo impulsa a actuar: llama a sus discípulos, les da autoridad y los envía con una misión concreta: proclamar que el Reino ha llegado y acompañar esa proclamación con gestos concretos de sanación y liberación.

Aquí se nos presenta un llamado directo a todos los discípulos de Jesús, especialmente en este tiempo de Jubileo: la misión no es opcional, es parte esencial de nuestra respuesta al don que hemos recibido. “Gratis habéis recibido, dad gratis”. El amor de Dios, su gracia y su misericordia no son algo que podamos guardar para nosotros mismos; son un regalo que debe compartirse con generosidad. Jesús nos invita a ser sus colaboradores en la gran mies, a ser instrumentos de su compasión para un mundo herido y necesitado.

El Adviento y el Año Jubilar se convierten así en un llamado doble: primero, a permitir que Dios sane, restaure y transforme nuestras vidas; y segundo, a salir al encuentro de los demás, anunciando con nuestras palabras y acciones que el Reino está cerca. En un mundo lleno de desigualdad, enfermedad y desesperanza, se nos pide que llevemos luz donde hay oscuridad, que proclamemos esperanza donde hay desolación y que demos gratuitamente lo que gratuitamente hemos recibido.

Comentario al Evangelio del viernes 06 de diciembre de 2024.

LA PALABRA DE DIOS ILUMINA NUESTRA VIDA Y NUESTRO DÍA. VAMOS A REFLEJAR LA PALABRA DE DIOS – Mt 9,27-31.

Eres una persona de fe, así que cambia la palabra «dificultades» por «desafíos» y verás la diferencia… con esto perderás el miedo a arriesgar… Si sale bien, ganas. Si sale mal, aprendes. Sabemos que Dios está empeñado en alegrar nuestra vida, ofreciéndonos su salvación. Apoyado en nuestra fe, cura nuestra ceguera y nos ofrece su luz ante nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro.

Queridas hermanas y hermanos, en el Evangelio de hoy, somos testigos de un hermoso milagro de Jesús, uno que revela no solo su poder divino, sino también su inmensa compasión y misericordia. Dos ciegos siguen a Jesús, clamando: “¡Ten compasión de nosotros, Hijo de David!” Este grito desde el corazón muestra la profunda fe y la desesperada esperanza de estos hombres, que confían en que Jesús puede devolverles la vista. Al llegar a la casa, Jesús les pregunta: “¿Creen que puedo hacerlo?” Ellos responden: “Sí, Señor.” Con esta simple afirmación de fe, Jesús toca sus ojos y dice: “Que se haga en ustedes según su fe.” Y sus ojos se abren. Este milagro no solo restaura su visión física, sino que también simboliza una revelación espiritual, una apertura de los ojos del alma para ver y creer en la luz de Cristo. Este pasaje nos invita a reflexionar sobre nuestra propia fe y confianza en Jesús. ¿Tenemos la misma certeza y esperanza que estos dos ciegos? En nuestra vida cotidiana, podemos encontrarnos con situaciones de oscuridad y confusión, momentos en los que nos sentimos perdidos o sin esperanza. En estos momentos, el ejemplo de los ciegos nos anima a clamar a Jesús con fe sincera, confiando en su poder y en su amor incondicional. El Adviento es un tiempo especial para renovar nuestra fe y nuestra esperanza. Es un tiempo de preparación para la venida de Cristo, no solo en la celebración de la Navidad, sino también en nuestras vidas diarias. Al igual que los ciegos del Evangelio, estamos llamados a seguir a Jesús, a confiar en su misericordia y a abrir nuestros corazones a su presencia transformadora. Este Evangelio también nos recuerda la importancia de la misericordia y la compasión. Jesús respondió al clamor de los ciegos con un acto de amor y sanación. Estamos llamados a imitar su ejemplo, siendo instrumentos de misericordia en el mundo, ayudando a aquellos que están en necesidad, tanto física como espiritual. Queridas hermanas y hermanos, en este viernes de la primera semana de Adviento, pidamos al Señor que fortalezca nuestra fe y nos ayude a ver con los ojos del corazón. Que podamos abrirnos a su gracia y a su amor, y ser testigos de su luz en el mundo. – Hermano Mauricio Silva dos Anjos – Hermano Menor Capuchino de Chile.

EDD. viernes 06 de diciembre de 2024.

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (29,17-24):

ESTO dice el Señor:
«Pronto, muy pronto,
el Líbano se convertirá en vergel,
y el vergel parecerá un bosque.
Aquel día, oirán los sordos las palabras del libro;
sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos.
Los oprimidos volverán a alegrarse en el Señor,
y los pobres se llenarán de júbilo en el Santo de Israel;
porque habrá desaparecido el violento, no quedará rastro del cínico;
y serán aniquilados los que traman para hacer el mal:
los que condenan a un hombre con su palabra,
ponen trampas al juez en el tribunal,
y por una nadería violan el derecho del inocente.
Por eso, el Señor, que rescató a Abrahán,
dice a la casa de Jacob:
“Ya no se avergonzará Jacob,
ya no palidecerá su rostro,
pues, cuando vean sus hijos mis acciones en medio de ellos,
santificarán mi nombre,
santificarán al Santo de Jacob
y temerán al Dios de Israel”.
Los insensatos encontrarán la inteligencia
y los que murmuraban aprenderán la enseñanza».

Palabra de Dios

Salmo

Sal 117,1.8-9.19-21.25-27a

R/. Bendito el que viene en nombre del Señor

R/. Bendito el que viene en nombre del Señor.

O bien:

R/. Aleluya

V/. Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Mejor es refugiarse en el Señor
que fiarse de los hombres,
mejor es refugiarse en el Señor
que fiarse de los jefes. R/.

V/. Abridme las puertas de la salvación,
y entraré para dar gracias al Señor.
Esta es la puerta del Señor:
los vencedores entrarán por ella.
Te doy gracias porque me escuchaste
y fuiste mí salvación. R/.

V/. Señor, danos la salvación;
Señor, danos prosperidad.
Bendito el que viene en nombre del Señor,
os bendecimos desde la casa del Señor;
el Señor es Dios, él nos ilumina. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (7,21.24-27):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande».

Palabra del Señor

REFLEXIÓN :

Queridos amigos y amigas:

La liturgia de la Palabra de este día nos anima a un despertar profundo, a abrir los ojos de nuestra existencia para reconocer la obra de Dios que transforma nuestra realidad. En este tiempo de Adviento, mientras aguardamos la venida del Señor, estas palabras nos llaman a vivir con esperanza activa, permitiendo que el encuentro con Cristo ilumine nuestras tinieblas interiores y renueve nuestro caminar.

En el libro de Isaías (29,17-24), el profeta describe un tiempo de cambio radical, un horizonte de restauración donde lo que parecía imposible se vuelve realidad: el Líbano se convierte en un vergel, los sordos escuchan, los ciegos ven, y los pobres se llenan de alegría. Este anuncio no es solo una promesa para el futuro; es una invitación a mirar nuestra vida desde la fe y descubrir que Dios ya está actuando en medio de nosotros. Su gracia transforma nuestra ceguera espiritual en visión clara, abre nuestros oídos para escuchar su palabra y nos llena de júbilo incluso en las dificultades.

Isaías también denuncia la injusticia y la opresión, señalando que los violentos y cínicos no tendrán la última palabra. Este mensaje, tan actual en nuestro tiempo, nos desafía a revisar nuestras propias actitudes y acciones. ¿Somos ciegos ante las necesidades de los demás? ¿Somos sordos a los gritos de los oprimidos? El Adviento nos invita a romper con la indiferencia y a dejarnos transformar por el Dios que hace nuevas todas las cosas.

En el Evangelio de Mateo (9,27-31), dos ciegos siguen a Jesús con una súplica cargada de fe: “Ten compasión de nosotros, Hijo de David”. Este grito no solo expresa su necesidad de curación física, sino también su deseo de encontrarse con el Salvador. Jesús responde tocando sus ojos y, más allá del milagro, les devuelve la capacidad de ver la vida con una perspectiva nueva. Sin embargo, antes de sanar, Jesús les pregunta: “¿Creéis que puedo hacerlo?”. Aquí, el Señor no solo quiere sanar sus cuerpos, sino también activar su fe, porque la verdadera luz nace de un corazón que confía plenamente en Él.

Esta escena evangélica nos desafía a preguntarnos: ¿Qué dimensiones de nuestra vida necesitan ser iluminadas por la presencia de Cristo? Tal vez hemos permitido que el cansancio, la rutina o el dolor nos conviertan en “ciegos”, incapaces de reconocer los signos de esperanza que nos rodean. Jesús también nos pregunta hoy: “¿Crees que puedo hacerlo?”. Nuestra respuesta, como la de los ciegos, debe ser un “Sí, Señor” lleno de confianza.

El Adviento es tiempo de abrir los ojos del corazón, de dejarnos tocar por la gracia de Dios y reconocer su acción en nuestra vida. Así como los ciegos del Evangelio no pudieron guardar silencio después de recibir la vista, también nosotros estamos llamados a proclamar con nuestra vida lo que hemos visto y experimentado.

En este Adviento, pidamos al Señor que abra nuestros ojos para ver su acción en nuestra historia, que encienda nuestra fe para caminar con esperanza y que transforme nuestro corazón para ser testigos de su amor. Confiemos en Él, porque su poder no solo cura, sino que nos conduce a una vida renovada y plena. ¡Que nuestra existencia proclame con alegría que el Salvador está en medio de nosotros!

Fraternalmente,

Edgardo Guzmán, cmf.
eagm796@hotmail.com

Comentario al Evangelio del jueves 05 de diciembre de 2024.

LA PALABRA DE DIOS ILUMINA NUESTRA VIDA Y NUESTRO DÍA. VAMOS A REFLEJAR LA PALABRA DE DIOS – Mt 7,21.24-27.

No busquemos a Dios solo cuando nuestra casa esté cayendo, busquemos a Dios para que ella siga en pie. El fundamento que mantiene nuestra casa (vida) es Dios, su palabra, su voluntad, la oración, los sacramentos, el amor al prójimo… Ninguna tormenta puede destruir este fundamento.

Queridos hermanos y hermanas, en este tiempo de Adviento, en el que nos preparamos para la venida de nuestro Señor, el Evangelio de hoy nos ofrece una poderosa lección sobre la importancia de construir nuestra vida sobre fundamentos sólidos. Jesús nos dice: «No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.» Estas palabras nos llaman a una reflexión profunda sobre nuestra fe y nuestras acciones. No basta con proclamar nuestra fe con palabras; es necesario vivirla con obras concretas y coherentes. Jesús nos presenta la imagen de dos hombres que construyen sus casas, uno sobre roca y el otro sobre arena. La casa construida sobre la roca resistió las lluvias, las inundaciones y los vientos, mientras que la casa construida sobre la arena cayó y fue destruida. La roca simboliza la firmeza y la estabilidad que encontramos al escuchar y poner en práctica las enseñanzas de Jesús. Construir sobre la roca significa vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, fundamentando nuestra vida en su amor y su verdad. Por otro lado, la arena representa todo aquello que es inestable y efímero, las falsas seguridades y las ilusiones pasajeras que pueden desmoronarse ante las adversidades. En nuestra vida diaria, estamos llamados a construir nuestra casa espiritual sobre la roca de la fe, la esperanza y el amor. Esto implica un compromiso activo de vivir según los mandamientos de Dios y de seguir el ejemplo de Jesús en nuestras acciones diarias. Significa también confiar en la providencia de Dios y mantenernos firmes en nuestra fe, incluso en tiempos de prueba y dificultad. El Adviento es un tiempo de espera y preparación, una oportunidad para examinar los fundamentos de nuestra vida y reforzar nuestra relación con Dios. Es un tiempo para renovar nuestra fe y asegurarnos de que estamos construyendo sobre la roca sólida de las enseñanzas de Jesús. Queridos hermanos y hermanas, pidamos al Señor la gracia de ser verdaderos discípulos, no solo de palabra, sino también de acción. Que podamos escuchar su palabra y ponerla en práctica, construyendo nuestra vida sobre los sólidos fundamentos de su amor y su verdad. – Hno. Mauricio Silva dos Anjos – Hermano Menor Capuchino de Chile.

Homilía para la Eucaristía del domingo 08 de diciembre de 2024.

SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN.


Génesis 3,9-15.20: En un lenguaje mitológico el texto enseña cuál es la situación del hombre, la humanidad: la caída. El autor narra la experiencia de su interior. Pero hay una Buena Noticia.


Efesios 1,3-6.11-12: Himno de bendición a la Santísima Trinidad por su obra de salvación universal. Por Dios fuimos colmados de bendiciones en Jesucristo.


Lucas 1,26-38: Con citas del Antiguo Testamento se anuncia el Nacimiento de Jesús como hijo de David y como Hijo de Dios. María es la “llena de gracia” = la Favorecida de Dios. Por eso Ella es la bendecida por Dios Padre y colmada del Espíritu Santo, que la cubrió con su sombra. Ella acata el querer de Dios.

1.- Hoy celebramos un Misterio de fe muy grande, ya que a la luz de la Palabra podemos darnos cuenta de lo que ha hecho Dios con nosotros y también de lo que ha hecho el ser humano con Dios.
El ser humano, criatura de Dios, no quiere ser imagen y semejanza de Dios; quiere ser Dios. He aquí la tentación que siempre ha acompañado a la humanidad, a cada uno de nosotros. Esta ambición y pretensión (conocer el Bien y el mal) conduce al ser humano a su perdición. Al “comer”, es decir, al incubar en su interior esta ambición sufre las consecuencias:
. “Se le abren los ojos”: es decir se ve desnudo, se da cuenta que no es más que una criatura, en situación de indigencia.
. Se rompe toda armonía: con su semejante, con la naturaleza y con Dios.
En otras palabras, lo que aparece como castigo no es más que lo que se ha producido en el interior de la persona. La culpa hace que todo se vea de otro modo; asoma una visión pesimista de todo.


2.- Pero la realidad no es esa. El mal es vencido y ´puede ser vencido, aunque todavía suframos las mordeduras. Cristo, el Hijo, siendo inocente, Dios le hizo pecado (cfr. 2Corintios 5,21), sufrió la mordedura y murió acatando la voluntad de su Padre. Cristo hizo lo que el hombre no hizo. El hombre pretende ser Dios. Jesús, en cambio, el Verbo encarnado, se abaja y se hace obediente por todos nosotros (cfr. Filipenses 2,6-11). “Dios, rico en misericordia y por el inmenso amor que nos tiene, aunque estábamos muertos por nuestros delitos, nos ha hecho revivir en Cristo” (Efesios 2,4-5). Es por eso que san Pablo prorrumpe en un Himno de bendición. Bendice a Dios que nos bendijo en Cristo con toda clase de bienes espirituales. Más aún, no duda en decir que Dios nos eligió antes de la creación para que seamos santos, irreprochables, inmaculados. ¡Y lo hizo con cada uno de nosotros!
Si esto creemos porque lo dice la Sagrada Escritura, ¿qué podemos pensar de Aquella que el mismo evangelio la llama la “Favorecida”, la “llena de gracia”. ¿Por qué? Porque el Señor la colmó a Ella, en primer lugar, a causa de su Hijo Jesucristo, de toda bendición. Por eso con el evangelio la llamamos la “Bendita entre las mujeres”, porque lleva al Bendito de Dios por siempre, a Jesucristo el Señor.


3.- María, como verdadera israelita creyente, a la propuesta de Dios, dice “Amén”, lo que significa: creo, acepto, estoy firme. Es un verdadero acto de obediencia a la Voluntad de Dios. Por eso Ella es la “Madre de todos los vivientes”. Eso hizo Ella, eso hizo Jesús. Pero la humanidad sigue haciendo lo contrario. El hombre no sólo no quiere hacer el Bien y rechazar el mal, sino quiere él decidir qué es lo bueno y qué es lo malo. Se ha ensoberbecido, se cree Dios, por eso atropella a sus semejantes, a la naturaleza y desconoce a Dios. ¿Acaso no es esto le que estamos viviendo en este tiempo? Este es el mal de siempre, que en cada época se reviste con nuevos ropajes, pero es el mismo mal.
4.- ¡Pero no! ¡Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo! Porque colmó de bendiciones a Jesús, bendito por siempre, a su santísima Madre, que siempre dijo Amén a Dios. Y porque también a nosotros nos ha predestinado y colmado de bendiciones en su Hijo, a tal punto que también nosotros llegamos a ser santos e inmaculados por la Sangre de su Hijo, que hemos recibido en el bautismo.
Somos creaturas, no Dios. Sin embargo en Jesús llegamos a ser hijos de Dios, partícipes de la naturaleza divina (cfr. 2Pedro 1,4). Lo que el hombre pretende equivocadamente Dios se lo regala amorosamente. Misterio grande es este, que no podemos comprender, sino creer, aceptar y celebrar. Yo diría, hermanos, que nada tenemos que envidiar a la Santísima Virgen María. Porque también nosotros, lo dice san Pablo, fuimos colmados de bendiciones. Por eso damos gracias y bendecimos al Padre de las misericordias porque nos ha colmado de bendiciones y ha colmado de dones a María. Celebremos, hermanos.
Hno. Pastor.

EDD. jueves 05 de diciembre de 2024.

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (26,1-6):

AQUEL día, se cantará este canto en la tierra de Judá:
«Tenemos una ciudad fuerte,
ha puesto para salvarla murallas y baluartes.
Abrid las puertas para que entre un pueblo justo,
que observa la lealtad;
su ánimo está firme y mantiene la paz,
porque confía en ti.
Confiad siempre en el Señor,
porque el Señor es la Roca perpetua.
Doblegó a los habitantes de la altura,
a la ciudad elevada;
la abatirá, la abatirá
hasta el suelo, hasta tocar el polvo.
La pisarán los pies, los pies del oprimido,
los pasos de los pobres».
Palabra de Dios

Salmo

Sal 117,1.8-9.19-21.25-27a

R/. Bendito el que viene en nombre del Señor

R/. Bendito el que viene en nombre del Señor.

O bien:

R/. Aleluya

V/. Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Mejor es refugiarse en el Señor
que fiarse de los hombres,
mejor es refugiarse en el Señor
que fiarse de los jefes. R/.

V/. Abridme las puertas de la salvación,
y entraré para dar gracias al Señor.
Esta es la puerta del Señor:
los vencedores entrarán por ella.
Te doy gracias porque me escuchaste
y fuiste mí salvación. R/.

V/. Señor, danos la salvación;
Señor, danos prosperidad.
Bendito el que viene en nombre del Señor,
os bendecimos desde la casa del Señor;
el Señor es Dios, él nos ilumina. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (7,21.24-27):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande».

Palabra del Señor

REFLEXIÓN :

Queridos amigos y amigas:

Las lecturas de hoy nos invitan a reflexionar sobre el fundamento de nuestra vida cristiana, especialmente en este tiempo de Adviento, cuando somos llamados a preparar nuestros corazones para el encuentro con el Señor. Tanto Isaías como el Evangelio de Mateo nos hablan de la firmeza que se encuentra en Dios, la “Roca perpetua” sobre la cual podemos edificar nuestra vida con seguridad.

En el libro de Isaías (26,1-6), se canta un himno de confianza en el Señor, quien es presentado como la fortaleza y salvación de su pueblo. La ciudad fuerte con murallas y baluartes simboliza la protección divina que da seguridad a los que confían en Él. Es un canto que anticipa la llegada del reino de Dios, donde la justicia y la lealtad son la marca distintiva de su pueblo. Las puertas se abren para que entren los justos, los que confían plenamente en el Señor y mantienen la paz, porque su fe no está puesta en cosas pasajeras, sino en la Roca eterna.

Este texto de Isaías resuena con fuerza en Adviento, tiempo en el que renovamos nuestra confianza en Dios y nos preparamos para recibir al Emmanuel, “Dios con nosotros”. Nos recuerda que la paz verdadera, tan anhelada en nuestros tiempos, no proviene de nuestras propias fuerzas o seguridades humanas, sino de Dios, quien es nuestro refugio. En un mundo lleno de incertidumbre y divisiones, Isaías nos llama a abrir las puertas de nuestro corazón para acoger a Cristo, la paz encarnada, y a construir nuestra vida sobre la roca sólida de su fidelidad.

El Evangelio de Mateo (7,21.24-27) complementa este mensaje al enfatizar la importancia de poner en práctica la palabra de Dios. Jesús utiliza la imagen de dos hombres que edifican sus casas: uno sobre roca y otro sobre arena. La diferencia no está en el conocimiento, sino en la acción. Solo quien escucha y vive según la voluntad de Dios será como aquel que construyó sobre roca y pudo resistir las tormentas. Adviento nos recuerda que no basta con invocar el nombre del Señor de manera superficial; nuestra fe debe traducirse en obras concretas de amor, justicia y misericordia.

El Adviento, además, es un tiempo en el que las “tormentas” existenciales –nuestras inquietudes, ansiedades o desafíos– pueden ser una oportunidad para examinar sobre qué fundamento hemos construido nuestra vida. Jesús nos llama a edificar sobre la roca de su palabra, una base firme que nos sostiene incluso en las pruebas más difíciles. Su Evangelio reubica nuestra vida. Escuchar su voz y actuar en consecuencia es la manera de prepararnos para su venida, tanto en la Navidad como al final de los tiempos.

Por último, el canto de Isaías concluye con una imagen de justicia: los pies de los pobres y oprimidos pisan la ciudad elevada, símbolo de los poderes arrogantes que serán abatidos. Esto nos recuerda que el Adviento es también un tiempo de esperanza para los más vulnerables, pues en Cristo se hace presente el Dios que levanta a los humildes y abate a los soberbios. Nuestra preparación para la Navidad debe incluir un compromiso con la justicia y la solidaridad hacia quienes más lo necesitan.

Fraternalmente,

Edgardo Guzmán, cmf.
eagm796@hotmail.com

EDD. viernes 27 de septiembre de 2024.

Primera Lectura

Lectura del libro del Eclesiastés (3,1-11):

Todo tiene su tiempo y sazón, todas las tareas bajo el sol: tiempo de nacer, tiempo de morir; tiempo de plantar, tiempo de arrancar; tiempo de matar, tiempo de sanar; tiempo de derruir, tiempo de construir; tiempo de llorar, tiempo de reír; tiempo de hacer duelo, tiempo de bailar; tiempo de arrojar piedras, tiempo de recoger piedras; tiempo de abrazar, tiempo de desprenderse; tiempo de buscar, tiempo de perder; tiempo de guardar, tiempo de desechar; tiempo de rasgar, tiempo de coser; tiempo de callar, tiempo de hablar; tiempo de amar, tiempo de odiar; tiempo de guerra, tiempo de paz. ¿Qué saca el obrero de sus fatigas? Observé todas las tareas que Dios encomendó a los hombres para afligirlos: todo lo hizo hermoso en su sazón y dio al hombre el mundo para que pensara; pero el hombre no abarca las obras que hizo Dios desde el principio hasta el fin.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 143,1a.2abc.3-4

R/. Bendito el Señor, mi Roca

Bendito el Señor, mi Roca,
mi bienhechor, mi alcázar,
baluarte donde me pongo a salvo,
mi escudo y mi refugio. R/.

Señor, ¿qué es el hombre para que te fijes en él?;
¿qué los hijos de Adán para que pienses en ellos?
El hombre es igual que un soplo;
sus días, una sombra que pasa. R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,18-22):

Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?»
Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Pedro tomó la palabra y dijo: «El Mesías de Dios.»
Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día.»

Palabra del Señor

REFLEXIÓN

“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”.  Han pasado siglos, y sigue resonando esta pregunta de Jesús. Nosotros nos apresuramos a responder con el Credo del catecismo; con las fórmulas acuñadas en los concilios: “Nacido del Padre, antes de todos los siglos”, “Engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre”, “Bajó del cielo, se encarnó, padeció, fue sepultado y resucitó”, “ Vendrá para juzgar a vivos y muertos”.  Son fórmulas exactas, recitadas con fe en la Iglesia, a través de tantas generaciones, dignas de nuestro estudio y amor. También corremos el riesgo de la rutina, casi infantil, al decirlas en la liturgia. Y nosotros sabemos que el objeto de nuestra fe es él, Jesucristo; no, unas verdades abstractas sobre él.

Saber bien quién es Jesús, para tener fe y confianza en él, es tan importante que Jesús lo sitúa en un momento de oración. En la oración, no caben las ideologías que afloran en las reflexiones y discusiones de los hombres. Es que solo la fe tiene la respuesta sobre la identidad de Jesús. La visión clara es: “El Mesías de Dios”. No un Mesías político y triunfador. En el Antiguo Testamento, el Mesías es Rey, libertador del pueblo en toda opresión. Pero el Mesías Jesús va asociado a su pasión y muerte, a su fracaso de varón de dolores. Este es el verdadero contenido de su mesianismo. Con razón, no les cabía en la cabeza. Por eso, Jesús les prohíbe a los suyos que lo digan a nadie. Este evangelio establece el siguiente recorrido, en cuanto a la identidad de Jesús: La gente lo llama profeta, los apóstoles lo confiesan Mesías de Dios y Jesús se autoproclama Hijo del Hombre. Ya está la respuesta redonda.

Este Mesías no quería títulos o poderes mundanos.  Y los discípulos no lo entendieron. Querían apartarle del camino de la pasión; más bien, pretendían los primeros puestos y estaban lejos de quedarse los últimos y servidores. Hoy, todavía hay entre los seguidores de Jesús mucho lastre de ambiciones de poder, del carrerismo denunciado por los tres últimos Papas, de escalar dignidades, de acaparar títulos, tan lejos del que se humilló hasta la muerte. ¿Qué hacer? Mirar a Jesús, y confesar nuestra fe. Recordamos un ejemplo: “Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Es el Maestro y Redentor de los hombres. Él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza. Yo nunca me cansaría de hablar de él; él es la luz, la verdad, más aún, el camino, la verdad y la vida. Fue pequeño, pobre, humillado, ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano. Instituyó el nuevo Reino en el que  los pobres son bienaventurados, en el que todos son hermanos. A vosotros, cristianos, os repito su nombre: Cristo Jesús es el mediador entre el cielo y la tierra, es el Hijo de María. ¡Jesucristo! Recordadlo. Nuestro anhelo es que su nombre resuene hasta los confines de la tierra por los siglos de los siglos” (Pablo VI).

Fuente : https://www.ciudadredonda.org/evangelio-lecturas-hoy/