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Autor: Patricio Osiadacz

EDD. miércoles 22 de octubre de 2025.

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (6,12-18):

Que el pecado no siga dominando vuestro cuerpo mortal, ni seáis súbditos de los deseos del cuerpo. No pongáis vuestros miembros al servicio del pecado, como instrumentos para la injusticia; ofreceos a Dios como hombres que de la muerte han vuelto a la vida, y poned a su servicio vuestros miembros, como instrumentos para la justicia. Porque el pecado no os dominará: ya no estáis bajo la Ley, sino bajo la gracia. Pues, ¿qué? ¿Pecaremos porque no estamos bajo la Ley, sino bajo la gracia? ¡De ningún modo! ¿No sabéis que, al ofreceros a alguno como esclavos para obedecerle, os hacéis esclavos de aquel a quien obedecéis: bien del pecado, para la muerte, bien de la obediencia, para la justicia? Pero, gracias a Dios, vosotros, que erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquel modelo de doctrina al que fuisteis entregados y, liberados del pecado, os habéis hecho esclavos de la justicia.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 123,1-3.4-6.7-8

R/. Nuestro auxilio es el nombre del Señor

Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte
–que lo diga Israel–,
si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,
cuando nos asaltaban los hombres,
nos habrían tragado vivos:
tanto ardía su ira contra nosotros. R/.

Nos habrían arrollado las aguas,
llegándonos el torrente hasta el cuello;
nos habrían llegado hasta el cuello las aguas espumantes.
Bendito el Señor, que no nos entregó en presa a sus dientes. R/.

Hemos salvado la vida,
como un pájaro de la trampa del cazador;
la trampa se rompió, y escapamos.
Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,39-48):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.»
Pedro le preguntó: «Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?»
El Señor le respondió: «¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas? Dichoso el criado a quien su amo, al llegar, lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si el empleado piensa: «Mi amo tarda en llegar», y empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y emborracharse, llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles. El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos. Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá.»

Palabra del Señor

REFLEXIÓN

Jesús continúa con su enseñanza sobre la vida cristiana como una vida responsable y en vela. Pero esta enseñanza tiene, en realidad, un alcance universal. Todos los seres humanos, independientemente de si son creyentes o no, de si creen o no en Cristo como el Mesías y el Hijo de Dios, están llamados a vivir conscientemente, con los ojos abiertos, con responsabilidad, es decir, dispuestos a responder de sus propios actos, si no ante Dios, sí, al menos, ante la propia conciencia, que, como se decía antes (y debería tal vez volver a decirse) es la voz de Dios en nosotros. Así pues, Jesús responde a la pregunta de Pedro confirmando que lo que dice lo dice por todos. Pero añade un importante matiz: todos somos responsables, pero no todos lo somos en la misma medida. Esto hay que subrayarlo también para recordar que ser cristiano significa haber recibido más que los demás: más en gracia, en conocimiento de la voluntad de Dios, en capacidad de comprensión del verdadero sentido de la vida y de su destino final. Pero este plus de gracia aumenta nuestra responsabilidad. Nuestra fe no es un privilegio que nos pone orgullosamente por encima de los demás (en una suerte de fariseísmo cristiano), sino un don que nos debe llevar a amar más, a entregarnos con más generosidad, a ser mejores servidores de nuestros hermanos, a perdonar con un corazón ensanchado a los que (a veces creyendo servir Dios o quién sabe a qué fin) nos ofenden o persiguen.

Los dones de la fe y la gracia nos hacen libres precisamente para amar. Pablo, que entendió como nadie la gran novedad de la fe en Cristo, nos da hoy una lección magistral sobre la verdadera libertad. Se suele entender la libertad en sentido negativo, como eliminación de toda limitación, incluidos los límites morales, para hacer lo que nos viene en gana. Pero ese es el camino de la esclavitud. No suelen ser las ganas buenas consejeras. La verdadera libertad nos hace mirar y caminar hacia arriba, y ello conlleva esfuerzos y renuncias, que nos dan alas precisamente para superar el pecado, hacer el bien y amar con un corazón no dividido. La libertad de los hijos de Dios a la que nos exhorta Pablo hoy es el mejor modo de vivir en vela, con agradecimiento por el don de la fe en Cristo, y con responsabilidad, respondiendo con amor al amor que de Dios recibimos.

Un saludo fraterno,
José M.ª Vegas cmf

Fuente : https://www.ciudadredonda.org/evangelio-lecturas-hoy/

EDD. martes 21 de octubre de 2025

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (5,12.15b.17-19.20b-21):

Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron. Si por la transgresión de uno murieron todos, mucho más, la gracia otorgada por Dios, el don de la gracia que correspondía a un solo hombre, Jesucristo, sobró para la multitud. Por el delito de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte, por culpa de uno solo. Cuanto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la justificación. En resumen: si el delito de uno trajo la condena a todos, también la justicia de uno traerá la justificación y la vida. Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos. Si creció el pecado, más desbordante fue la gracia. Y así como reinó el pecado, causando la muerte, as! también, por Jesucristo, nuestro Señor, reinará la gracia, causando una justificación que conduce a la vida eterna.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 39,7-8a.8b-9.10.17

R/. Aquí estoy, Señor, para hacer tú voluntad

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides sacrificio expiatorio,
entonces yo digo: «Aquí estoy.» R/.

«–Como está escrito en mi libro–
para hacer tu voluntad.»
Dios mío, lo quiero,
y llevo tu ley en las entrañas. R/.

He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios:
Señor, tú lo sabes. R/.

Alégrense y gocen contigo
todos los que te buscan;
digan siempre: «Grande es el Señor»
los que desean tu salvación. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,35-38):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos.»

Palabra del Señor

REFLEXIÓN

Como explica Pablo con claridad meridiana, somos solidarios en el bien y en el mal. Es engañarse a sí mismo decir que algo es solo asunto mío, y que no concierne a nadie más. El mal que hacemos, aunque lo hagamos en la más absoluta privacidad, repercute negativamente, sobre todo, claro, en los más cercanos, pero de un modo u otro en el mundo entero. El mal que se extiende como una metástasis es como una red que liga muchos males particulares y acaba abrazando a todo el mundo. Ese “pecado de un solo hombre”, por el que la muerte ha entrado en el mundo, no es sólo el pecado de Adán, es también mi propio pecado. Basta pensar el mal que genera en torno a sí el alcohólico o el drogadicto. Se daña a sí, pero siembra la desgracia de los suyos, ya sean padres, hijos, cónyuges…

Podemos consolarnos en que algo similar sucede con el bien. También aquí somos solidarios y podemos aumentar el caudal de bien en nuestro mundo y nuestra historia. Pero aquí sí que hay un bien original, del que brotan todos los demás bienes: es el sacrificio y la obediencia del nuevo Adán, Cristo, que extiende universalmente la justificación y la vida nueva de la resurrección.

Esta solidaridad inevitable, de la que no podemos zafarnos, es una fuerte llamada a la responsabilidad. Es a lo que nos exhorta Jesús en el Evangelio. Vivir responsablemente es vivir ceñidos, con los ojos abiertos y las lámparas encendidas, es vivir en vela. Esto no significa añadir una causa más de stress a nuestra ajetreada vida. No significa que no podamos descansar ni relajarnos. Significa que trabajando o descansando, en los buenos y en los malos momentos, debemos inclinarnos siempre del lado del bien, luchar por alejar de nosotros el mal, y vivir, a tenor de la parábola de Jesús, con espíritu de servicio.

Un saludo fraterno,
José M.ª Vegas cmf

Fuente : https://www.ciudadredonda.org/evangelio-lecturas-hoy/

EDD. lunes 20 de octubre de 2025

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (4,20-25):

Ante la promesa de Dios Abrahán no fue incrédulo, sino que se hizo fuerte en la fe, dando con ello gloria a Dios, al persuadirse de que Dios es capaz de hacer lo que promete, por lo cual le valió la justificación. Y no sólo por él está escrito: «Le valió», sino también por nosotros, a quienes nos valdrá si creemos en el que resucitó de entre los muertos a nuestro Señor Jesús, que fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación.

Palabra de Dios

Salmo

Lc 1,69-70.71-72.73-75

R/. Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado a su pueblo

Nos ha suscitado una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas. R/.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán. R/.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,13-21):

En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.»
Él le contestó: «Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?»
Y dijo a la gente: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes.»
Y les propuso una parábola: «Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: «¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha.» Y se dijo: «Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; túmbate, come, bebe y date buena vida.» Pero Dios le dijo: «Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?» Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.»

Palabra del Señor

REFLEXIÓN

En la cortante respuesta que Jesús le da al que le pide que intermedie ante su hermano por la herencia nos avisa claramente acerca de lo que no hemos de pedir a Dios en la oración. No podemos pretender que Dios nos resuelva los problemas que son objeto de nuestra exclusiva competencia. Dios respeta nuestra autonomía, y quiere que la ejerzamos. No podemos ni debemos pedirle a Dios lo que Él nos pide a nosotros, convirtiéndolo en el remedio mágico de aquellos asuntos, para cuya resolución nos ha dado los recursos necesarios. Dios, que nos ha dado la libertad, quiere que la ejerzamos, quiere que seamos autónomos. Y, por eso, el mejor modo de ayudar al necesitado, es promover su propia autonomía. Esto implica hacer un uso responsable de los bienes de la tierra. Pero como la autonomía no es autosuficiencia, es necesario tener la sabiduría para dar a esos bienes su justo valor: no absolutizarlos, como hizo el rico necio, que creyó haber alcanzado una seguridad definitiva y para siempre. Se hizo rico de bienes que no podía llevarse a la tumba, y se olvidó de hacerse rico para Dios. Pero esto no significa que debamos contraponer excesivamente los bienes de la tierra y los del cielo, como si para conseguir unos haya que renunciar completamente a los otros. Unos y otros son obra de Dios, y el mismo Jesús, que daba de comer a los hambrientos y curaba a los enfermos, nos enseñó a pedir en la oración el pan de cada día.

El hombre de la parábola que Jesús nos narra hoy tuvo un golpe de suerte y se hizo inmensamente. Pero podría haberse hecho también rico delante de Dios si, en vez de acumular vanamente esas riquezas sólo para sí, hubiera abierto sus graneros para compartir esa riqueza con los hambrientos. Esa misma noche hubiera tenido que entregar igualmente su vida, sin poderse llevar su fortuna, pero se habría presentado ante Dios adornado con la riqueza del deber cumplido de justicia, la libertad de la generosidad, la madurez del amor y, también, del agradecimiento y la bendición de los pobres saciados con esos bienes efímeros, pero que, transfigurados por estos bienes de allá arriba, en modo alguno resultan vanos.

Un saludo fraterno,
José M.ª Vegas cmf

Fuente : https://www.ciudadredonda.org/evangelio-lecturas-hoy/

REFLEXIÓN FRANCISCANA SOBRE EL EVANGELIO DEL DÍA. – XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. – SAN LUCAS 18, 1-8.

Dios no da largas a quien acude a Él día y noche. La parábola no trata de vencer a Dios por medio de la insistencia, sino de permanecer ante Él sin rendirnos, incluso cuando su silencio parece definitivo. La fe de la viuda es un modo de existir en resistencia amorosa: sigue pidiendo porque sigue creyendo; sigue creyendo porque ya ha experimentado el amor que escucha incluso antes de la palabra. La oración perseverante no cambia a Dios: cambia a quien reza. Nos hace más cercanos al modo divino de amar, ese amor que no se cansa de esperar por nosotros.

Hermanos y hermanas, hoy estamos celebrando el Vigésimo noveno domingo del Tiempo Ordinario, en este Año Jubilar de la Esperanza. La liturgia de hoy nos presenta una parábola sencilla, pero profundamente iluminadora: la del juez injusto y la viuda perseverante. Jesús nos enseña el camino de una esperanza que ora, insiste y confía, aun cuando la respuesta de Dios parece tardar. El Jubileo que celebramos no es solo un año de gracia, sino también un tiempo de renovación espiritual, donde se nos invita a volver a lo esencial: la fe que no se cansa, la oración que sostiene y la esperanza que no defrauda. Hoy Jesús nos enseña que la oración perseverante es el alma de la esperanza. La viuda representa a todos los que, en medio de la injusticia, el dolor y la espera, siguen creyendo que Dios escucha, aunque parezca callar. Su fuerza no está en su poder, ni en sus recursos, sino en su confianza inquebrantable. Ella no se cansa de pedir, porque sabe que la justicia de Dios no falla. Jesús comienza la parábola diciendo que “es necesario orar siempre sin desanimarse”. En tiempos de incertidumbre, de crisis o de cansancio espiritual, la tentación más grande no es el pecado, sino la desesperanza, el pensar que ya nada puede cambiar, que Dios se ha olvidado de nosotros. Pero hermanos y hermanas la fe viva, la fe del Jubileo, nos invita a perseverar en la oración, incluso cuando no vemos resultados inmediatos. Porque quien espera en el Señor, nunca queda defraudado. Estamos en un error si pensamos que la oración solo es eficaz cuando conseguimos lo que pedimos a Dios. La verdadera oración cristiana es la expresión de nuestra relación con Dios, una relación llena de confianza en el Padre, al estilo de Jesús mismo. Y una oración que nos ayuda, en definitiva, a vivir en cercanía con nuestros hermanos y hermanas, a ser más creyentes y más humano y humanizador. En la oración ponemos nuestro corazón a la escucha de Dios, y también nos ayuda a escuchar a nuestro prójimo. Sabemos que la viuda, en la cultura bíblica, es el símbolo del pobre, del que no tiene defensa. En ella se reflejan los que sufren injusticias, los que claman por paz, los que esperan consuelo. Ella es también imagen de la Iglesia, que en medio del mundo clama sin cesar: “¡Ven, Señor Jesús!”. Su voz es la de los pueblos que sufren la guerra, la violencia, la desigualdad; su clamor atraviesa los siglos y llega al corazón del Padre. Hermanos y hermanas, en este Año Jubilar, estamos llamados a escuchar el clamor de los pobres como una oración que sube al cielo, y a unirnos a ellos en una esperanza activa, comprometida, fraterna. El juez de la parábola es injusto e indiferente; actúa solo por conveniencia. Pero Jesús dice: “¿Y Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche?” Hermanos y hermanas, la justicia de Dios no es fría ni vengativa. Es misericordia activa, que transforma las situaciones con paciencia y amor. A veces, la justicia divina no llega en el tiempo que esperamos, pero llega a su hora, cuando el corazón está preparado para recibirla. El Año Jubilar nos recuerda que Dios siempre escucha el clamor de su pueblo, y que su justicia se manifiesta en la reconciliación, el perdón y la restauración de la dignidad humana. Dios no es un juez indiferente, sino un Padre compasivo, que escucha y responde en el tiempo oportuno. Su justicia no es venganza, sino misericordia que transforma. El Jubileo nos recuerda justamente eso: que Dios actúa siempre en favor de los que esperan en Él, que su tiempo es perfecto, y que la oración fiel abre caminos donde parecía no haber salida. Esta pregunta final de Jesús es el corazón de la parábola. El verdadero problema no es si Dios escucha, sino si nosotros seguimos creyendo, esperando, orando. Hermanos y hermanas, el Año Jubilar nos llama a renovar la fe y la esperanza, a no dejar que el cansancio o la desilusión apaguen el fuego del Espíritu. La esperanza cristiana no es optimismo ingenuo; es la certeza de que Cristo ha vencido el mal, y que su amor sigue actuando silenciosamente en la historia. Queridos hermanos y hermanas, como la viuda insistente, no dejemos de clamar al Señor. Que nuestra oración sea expresión de una esperanza viva, que se traduce en gestos concretos de justicia, solidaridad y perdón. En este Año Jubilar de la Esperanza, el Señor nos invita a mirar el futuro con confianza, a perseverar en la fe y a trabajar por un mundo donde la justicia y la misericordia se abracen. El Evangelio de hoy nos recuerda que la oración es el aliento de la fe y la fuerza de la esperanza. “Que nuestra esperanza no se canse de orar, y que nuestra oración no se canse de esperar.” Al Señor, que siempre nos escucha y nos acoge en su misericordia, en su compasión y en su amor, sean la gloria y el honor por los siglos de los siglos. Amén. –

Hno. Mauricio Silva dos Anjos, OFMCap – Chile.

HOMILIA PARA LA EUCARISTÍA DEL DOMINGO 19 DE OCTUBRE DE 2025.

DOMINGO XXIX DEL CICLO C


Éxodo 17,8-13: Victoria sobre los amalecitas: Dios salva a su Pueblo.
2Timoteo 3,14-4,2: El discípulo de Cristo es un hombre de la Palabara y se siente
impulsado a proclamarla.
Lucas 18,1-8: El texto invita a perseverar en la oración con la confianza de ser escuchada
por Dios.


1.- Lo primer que hay que decir es que la espiritualidad cristiana auténtica es una
espiritualidad bíblica; más concretamente, una espiritualidad del Éxodo. Así como Israel, al
salir de Egipto, tuvo un largo peregrinar por desierto no exento de dificultades, del mismo
modo la vivencia de la fe no está exenta de dificultades, escollos y enemigos.
Si Israel pudo vencer a los enemigos fue gracias a su fe en Dios, que salva. Al re4specto, es
decidor lo que dice el salmo responsorial: Levanto mis ojos a los montes”. ¿Por qué a los
montes? Porque los antiguos creían que en las cumbres de los montes residían las
divinidades protectoras. De ahí la costumbre de colocar altares en las alturas. Pero de ahí
no vendrá la ayuda, sino de Dios, que hizo el cielo y la tierra. No fue la vara de Moisés, ni
la estrategia militar de Josué , sino el auxilio del Señor, Jefe de su Pueblo, la que obtuvo la
victoria, Por eso el piadoso israelita rezará el salmo 20 que dice: Unos confían en sus
carros, otros en su caballería; nosotros invocamos el Nombre del Señor”.


2.- Todo cristiano es un peregrino, la Iglesia toda es el Pueblo de Dios que peregrina por
este mundo. Y no está exenta de dificultades y peligros. Como Israel vivió de la Palabra de
Dios en el desierto, del mismo modo el cristiano, la Iglesia, alimenta su vida de la Palabra
de Dios. Porque como lo dice san Pablo a Timoteo “Toda Escritura inspirada es útil para
enseñar, para argumentar, para corregir y educar y prepara para hacer el bien”.


3.- Muchas veces Jesús nos advierte del peligro de la autosuficiencia, el creer que todo lo
podemos solos. Hemos sido testigos últimamente de cómo la autosuficiencia de algunos
“poderosos” de este mundo les ha llevado a creerse dueños, amos y rectores d e este
mundo. Ellos confían en su poderío económico y de armamentos.
Muchos se fían de supericia para no caer…sin embargo igual caen. Prescinden de Dios y
creen bastarse a sí mismos. Siempre ha sido una mala campaña el creerse fuerte.


4.- Por eso, Jesús en la Parábola nos indica cómo debemos dirigirnos al Padre Dios con
fianza y perseverancia. El evangelio nos asegura que Dios atiende siempre las súplicas de
todos.
El Pueblo de Dios que peregrina por este mundo, ha de enfrentar con fe la realidad que le
rodea.
La viuda del Evangelio es la personificación de la Iglesia, que está sola enfrentando todo
tipo de hostigamiento. Pero ha de ser perseverante en la oración hecha con fe. Por eso
Jesús concluye con una pregunta: “Cuando venga el Hijo del Hombre, encontrará fe sobre
la tierra?
Que en nuestro peregrinar de fe vivamos siempre seguros en el Dios que salva.
Hno Pastor.

EDD. sábado 18 de octubre de 2025.

Primera Lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo (4,9-17a):

Dimas me ha dejado, enamorado de este mundo presente, y se ha marchado a Tesalónica; Crescente se ha ido a Galacia; Tito, a Dalmacia; sólo Lucas está conmigo. Coge a Marcos y tráetelo contigo, ayuda bien en la tarea. A Tíquico lo he mandado a Éfeso. El abrigo que me dejé en Troas, en casa de Carpo, tráetelo al venir, y los libros también, sobre todo los de pergamino. Alejandro, el metalúrgico, se ha portado muy mal conmigo; el Señor le pagará lo que ha hecho. Ten cuidado con él también tú, porque se opuso violentamente a mis palabras. La primera vez que me defendí, todos me abandonaron, y nadie me asistió. Que Dios los perdone. Pero el Señor me ayudó y me dio salud para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran los gentiles.

Palabra de Dios

Salmo

Sal 144,10-11.12-13ab.17-18

R/. Que tus fieles, Señor, proclamen la gloria de tu reinado

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R/.

Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. R/.

El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (10,1-9):

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él.
Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa.» Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: «Está cerca de vosotros el reino de Dios.»»

Palabra del Señor

REFLEXIÓN

¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que proclama la paz, que anuncia la buena noticia! (Is 52,7, cf. Rm 10,15). Hoy celebramos la fiesta de san Lucas evangelista. Hasta hoy, casi dos mil años después nos ha llegado su obra y nos sigue anunciando la buena nueva del amor de Dios para todos nosotros. Los estudiosos de la Biblia, cuando nos hablan de la formación de los evangelios, explican que más que ser la obra de una persona, los evangelios son la obra colectiva de las comunidades cristianas que primero fueron transmitiendo de forma oral los relatos sobre Jesús, sus historias, sus palabras, sus gestos y que solo con el paso del tiempo se fueron poniendo por escrito todas esas historias y discursos hasta que poco a poco se fueron formando los Evangelios tal como hoy los conocemos.

Esto nos habla de muchas personas, los miembros de aquellas primeras comunidades cristianas que valoraron y atesoraron en su memoria y en su corazón todo lo que se decía y contaba de Jesús, porque éste se había convertido en el centro de su vida y en la fuente de su esperanza. No solo eso, se esforzaron porque esa buena nueva llegase hasta nosotros y fuese también para nosotros fuente de vida y esperanza.

Generación tras generación, esa palabras, primeros pronunciadas y luego escritas, han ido llegando al corazón de tantas personas que han hecho de Jesús el centro de su vida y hoy nos dan testimonio de que Jesús fue mucho más que un héroe de la antigüedad o un luchador por la justicia y la igualdad. Es todo eso y mucho más. Es el hijo de Dios, es el que nos habló del Reino. Y por él vale la pena dejarlo todo y seguirle.

Hoy es día para dar gracias. Por Lucas, por todos los que colaboraron con él en la escritura de su Evangelio y por todos los que a lo largo de estos dos mil años han puesto todo su esfuerzo para que las palabras, los gestos y la vida y muerte de Jesús llegasen a nuestro conocimiento y también a nuestro corazón. ¡Gracias!

Fernando Torres

Fuente : https://www.ciudadredonda.org/comentario-homilia-hoy/

REFLEXIÓN FRANCISCANA SOBRE EL EVANGELIO DEL DÍA. – SAN LUCAS 12,1-7 MEMORIA DE SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA.

Jesús advierte contra la hipocresía y llama a la sinceridad interior. La verdadera fe se manifiesta en coherencia entre lo que creemos y lo que hacemos. Maestro de la vida auténtica, enséñame a buscar la misericordia que trasciende toda ley, la fidelidad que sostiene la fraternidad y la justicia que es signo de la Alianza. Así no escucharé tu Palabra como una afrenta, sino como un llamado contundente que desea conducirme a la bondad, a la madurez y al señorío servicial de los hijos e hijas de Dios.

Hermanos y hermanas, hoy celebramos la memoria de San Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, uno de los más grandes testigos de la fe cristiana en los primeros siglos. Fue discípulo directo del apóstol Juan, y pastor de la Iglesia de Antioquía, donde los discípulos fueron llamados por primera vez “cristianos”. Su vida y su muerte son un testimonio luminoso de amor a Cristo, de fidelidad a la Iglesia y de esperanza en la vida eterna. Cuando fue llevado a Roma para ser devorado por las fieras, escribió siete cartas a las comunidades cristianas. En ellas se refleja su profunda espiritualidad y su amor ardiente por Cristo. En una de sus frases más conocidas decía: “Soy trigo de Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras para ser hallado como pan puro de Cristo.” Estas palabras no expresan un deseo de muerte, sino una pasión de amor: Ignacio entiende su martirio como una participación en la Pascua del Señor, como unirse plenamente al Cristo que dio su vida por amor. En él, la cruz no es derrota, sino plenitud de la vida cristiana. San Ignacio creyó profundamente en esta verdad. Su vida fue un grano de trigo que, al morir, dio fruto abundante: fortaleció la fe de los cristianos perseguidos, enseñó la unidad en torno al obispo y la Eucaristía, y mostró que el amor es más fuerte que el miedo y la muerte. Hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos invita a vivir la fe con verdad y confianza, sin hipocresías ni miedos. Ignacio vivió su fe de manera transparente y coherente. Fue un pastor que no disimuló su adhesión a Cristo, ni siquiera cuando el poder del Imperio lo amenazaba con la muerte. Mientras algunos buscaban salvar su vida con compromisos o silencios, él eligió la verdad del Evangelio. Jesús advierte contra la “levadura de los fariseos”, esa mezcla de religión y apariencia, de palabras sin vida. Ignacio nos enseña lo contrario: una fe que se muestra en la entrega, en la comunión, en la unidad de la Iglesia. Ignacio fue conducido desde Siria hasta Roma, encadenado, para morir devorado por las fieras. Durante el camino escribió cartas a las comunidades cristianas exhortándolas a la unidad y al amor. En ellas repetía: “Mi amor está crucificado, y ya no hay en mí fuego para las cosas de la tierra.” Hermanos y hermanas, el martirio no fue para él una derrota, sino la expresión suprema de la libertad cristiana. Creía que la muerte no tiene poder sobre quien pertenece a Cristo. Por eso el Evangelio de hoy “no teman” resuena en su vida como una melodía de esperanza. Ignacio nos enseña que el verdadero miedo no es perder la vida física, sino perder la fe, perder el amor. Su valentía nace de la certeza de saberse en las manos de Dios, el confió en este amor providente hasta el final. Sabía que nada se pierde cuando uno se entrega a Cristo, y que incluso la muerte se transforma en nacimiento. Su vida se convierte así en una Eucaristía viviente: el obispo que preside la unidad del pueblo de Dios se ofrece él mismo como pan entregado y sangre derramada, en comunión con el sacrificio de su Señor. Hoy, al recordar a San Ignacio de Antioquía, pedimos su intercesión para que también nosotros vivamos:
Una fe sin hipocresía, firme y sincera;
Un amor sin miedo, que confía plenamente en el Padre;
Una esperanza pascual, que ve en cada entrega una semilla de vida nueva. Que el testimonio de este gran mártir nos ayude a no temer, a vivir con el corazón encendido por Cristo, y a hacer de nuestra existencia una ofrenda de amor y servicio. Al Señor sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

EDD. viernes 17 de octubre de 2025

Primera Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (4,1-8):

Veamos el caso de Abrahán, nuestro progenitor según la carne. ¿Quedó Abrahán justificado por sus obras? Si es así, tiene de qué estar orgulloso; pero, de hecho, delante de Dios no tiene de qué. A ver, ¿qué dice la Escritura?: «Abrahán creyó a Dios, y esto le valió la justificación.» Pues bien, a uno que hace un trabajo el jornal no se le cuenta como un favor, sino como algo debido; en cambio, a éste que no hace ningún trabajo, pero tiene fe en que Dios hace justo al impío, esa fe se le cuenta en su haber. También David llama dichoso al hombre a quien Dios otorga la justificación, prescindiendo de sus obras: «Dichoso el hombre que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le cuenta el pecado.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 31,1-2.5.11

R/. Tú eres mi refugio,
me rodeas de cantos de liberación

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor
no le apunta el delito. R/.

Habla pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mí culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. R/.

Alegraos, justos, y gozad con el Señor;
aclamadlo, los de corazón sincero. R/.

Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,1-7):

En aquel tiempo, miles y miles de personas se agolpaban hasta pisarse unos a otros.
Jesús empezó a hablar, dirigiéndose primero a sus discípulos: «Cuidado con la levadura de los fariseos, o sea, con su hipocresía. Nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, nada hay escondido que no llegue a saberse. Por eso, lo que digáis de noche se repetirá a pleno día, y lo que digáis al oído en el sótano se pregonará desde la azotea. A vosotros os digo, amigos míos: no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden hacer más. Os voy a decir a quién tenéis que temer: temed al que tiene poder para matar y después echar al infierno. A éste tenéis que temer, os lo digo yo. ¿No se venden cinco gorriones por dos cuartos? Pues ni de uno solo se olvida Dios. Hasta los pelos de vuestra cabeza están contados. Por lo tanto, no tengáis miedo: no hay comparación entre vosotros y los gorriones.»

Palabra del Señor

REFLEXIÓN

Me encuentro a veces con cristianos que viven en el miedo, en el temor. Se sienten amenazados. Es como si todo lo que nos rodea hoy en nuestro mundo fuese una amenaza para la Iglesia. Piensan que ésta está siendo perseguida como nunca la fue. Para ellos, el tiempo de las persecuciones en el Imperio Romano en los primeros siglos de nuestra era no es nada comparado con la situación actual. Son capaces de aceptar que no es una persecución en sangre y muerte pero dejan claro que es una persecución más sutil porque va corroyendo los fundamentos de nuestra fe, porque la presencia cristiana no es ya tan viva como antes… Hasta la falta de vocaciones al sacerdocio se interpreta como una señal del fin que ya está cerca.

A todos los que piensan y sienten así habría que recordarles con fuerza las palabras de Jesús en el texto evangélico de hoy: “No tengáis miedo”. La Iglesia no es más que la forma concreta como se ha ido anunciando el Evangelio de Jesús a lo largo de estos veinte siglos. Lo importante, lo verdaderamente importante, no es la Iglesia en su forma actual (parroquias, diócesis, sacerdotes, obispos, cardenales…). Lo importante de verdad es el amor de Dios manifestado en Jesús y en la buena nueva del Reino. Lo importante es la voluntad salvadora del Dios de la Vida que se manifestó en Jesús. Una voluntad universal y hecha de amor, de misericordia, de compasión. Y eso es obra del mismo Dios que va guiando esta historia nuestra hacia esa salvación, hacia la instauración del Reino, de su Reino.

No es tiempo para sentirnos deprimidos ni decepcionados. La esperanza y la confianza en Dios, en nuestro Dios, es, debe ser, la marca distintiva del cristiano, que siempre es capaz de ver, hasta en las situaciones más difíciles y complicadas, la acción gratuita de Dios que va llegando al corazón del hombre y abriéndonos a la Vida de verdad.

Fernando Torres

Fuente : https://www.ciudadredonda.org/evangelio-lecturas-hoy/

REFLEXIÓN FRANCISCANA SOBRE EL EVANGELIO DEL DÍA. – SAN LUCAS 11,47-54.

MEMORIA DE SANTA MARGARITA MARÍA ALACOQUE.*

“¡Oh AMOR, Tú me amas más de lo que yo puedo amarte! ¿Por qué deseo, Señor, más de lo que Tú quieres darme?”
A Ti recurrimos, oh Corazón de Jesús, porque en Ti encontramos consuelo cuando sufrimos y somos perseguidos, pedimos Tu protección cuando nos sentimos oprimidos por el peso de nuestra cruz, buscamos Tu ayuda cuando la angustia, la enfermedad, la pobreza o el fracaso nos empujan a buscar una fuerza superior a nuestras fuerzas humanas. Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío.

Hermanos y hermanas, hoy la Iglesia celebra la memoria de Santa Margarita María de Alacoque, la humilde religiosa visitandina, a quien el Señor confió una de las revelaciones más tiernas y profundas de su amor: el Misterio de su Corazón. En ella resplandece la sencillez de quien se deja amar por Dios y se convierte en testigo del amor que transforma y repara. Santa Margarita María aprendió a descansar en el Corazón de Jesús. Desde su juventud conoció el dolor, la incomprensión y la enfermedad; pero fue en la oración y en la adoración donde descubrió que el amor de Cristo no se mide por la correspondencia humana, sino por su propia fidelidad infinita. Jesús le mostró su Corazón herido de amor, y le pidió que diera a conocer al mundo la ternura de ese Corazón que ama sin ser amado, que perdona sin reproche, que se ofrece como fuente de misericordia para todos. En un tiempo marcado por la frialdad espiritual y la indiferencia religiosa, Margarita María fue llamada a reparar con su vida y su oración los olvidos y desprecios al Amor divino. Pero no se trata de una reparación hecha desde el miedo o la culpa, sino desde el amor que responde al Amor. Por eso, su mensaje no es un llamado a la tristeza, sino a la confianza: “El Corazón de Jesús es un océano de misericordia”, decía. Quien se sumerge en él aprende a amar de nuevo. Hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos confronta con una verdad dolorosa: el ser humano tiende a honrar lo santo del pasado mientras silencia lo profético del presente. Jesús desenmascara esta incoherencia espiritual. Los escribas y fariseos construyen monumentos para los profetas antiguos, pero sus corazones siguen cerrados a la Palabra viva de Dios que los interpela hoy. San Francisco de Asís conoció bien esta tensión. En su tiempo, muchos amaban hablar de Cristo, pero pocos querían vivir como Él. San Francisco escuchó la voz de Jesús que le decía: “Repara mi casa”, y comprendió que esa “casa” era la Iglesia herida por la incoherencia, el poder y la falta de pobreza evangélica. Como Jesús, San Francisco fue profeta de conversión en medio de una religiosidad que había perdido la frescura del Evangelio. No construyó sepulcros, sino que levantó vidas nuevas, hermanos y hermanas reconciliados con Dios, con los pobres y con toda criatura. Para nosotros francisclarianos, la profecía brota de la minoridad: quien se hace pequeño, quien sirve, quien se vacía de sí mismo, se vuelve espacio para que el Espíritu hable. Santa Clara de Asís, silenciosa y firme, fue también profeta: su palabra fue la luz de la pobreza evangélica vivida como libertad.

Hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos invita a examinar nuestra propia historia:
¿Construimos monumentos o tejemos fraternidad?
¿Elogiamos la santidad de otros tiempos mientras cerramos los oídos a los profetas de hoy?
¿Reconocemos la voz de Dios que nos llama a un nuevo modo de ser Iglesia?

Jesús, como Francisco y Clara, no busca admiradores sino discípulos; no quiere devoción vacía, sino una vida transformada por la compasión y la justicia. Pidamos hoy al Señor una fe libre, pobre y luminosa. Que nuestra vida no sea una tumba de palabras hermosas, sino una tierra fecunda donde la Palabra siga encarnándose. Que no repitamos los errores de los fariseos, sino que aprendamos de los profetas a vivir la verdad con ternura, la justicia con humildad y el amor con coraje. Al Señor que nos llama a la autenticidad y nos libera de toda hipocresía, sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén. –

Hno. Mauricio Silva dos Anjos, OFMCap – Chile.