Autor: Patricio Osiadacz
EDD. jueves 25 de diciembre de 2025.
Primera Lectura
Lectura del libro de Isaías (52,7-10):
¡QUÉ hermosos son sobre los montes
los pies del mensajero que proclama la paz,
que anuncia la buena noticia,
que pregona la justicia,
que dice a Sión: «¡Tu Dios reina!».
Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro,
porque ven cara a cara al Señor,
que vuelve a Sión.
Romped a cantar a coro,
ruinas de Jerusalén,
porque el Señor ha consolado a su pueblo,
ha rescatado a Jerusalén.
Ha descubierto el Señor su santo brazo
a los ojos de todas las naciones,
y verán los confines de la tierra
la salvación de nuestro Dios.
Palabra de Dios
Salmo
Sal 97,1.2-3ab.3cd-4.5-6
R/. Los confines de la tierra han contemplado la salvación de nuestro Dios.
V/. Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R/.
V/. El Señor da a conocer su salvación,
revela a las naciones su justicia.
Se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R/.
V/. Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad. R/.
V/. Tañed la cítara para el Señor,
suenen los instrumentos:
con clarines y al son de trompetas,
aclamad al Rey y Señor. R/.
Segunda Lectura
Lectura de la carta a los Hebreos (1,1-6):
EN muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas.
En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha realizado los siglos.
Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de la Majestad en las alturas; tanto más encumbrado sobre los ángeles, cuanto más sublime es el nombre que ha heredado.
Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: «Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy»; y en otro lugar: «Yo seré para él un padre, y el será para mi un hijo»?
Asimismo, cuando introduce en el mundo al primogénito, dice: «Adórenlo todos los ángeles de Dios».
Palabra de Dios
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Juan (1,1-18):
EN el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
Él estaba en el principio junto a Dios.
Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio d él.
No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz.
El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo.
En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.
Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron.
Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre.
Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne,
ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Juan da testimonio de él y grita diciendo:
«Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo».
Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos ha llegado por medio de Jesucristo.
A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.
Palabra del Señor
REFLEXIÓN
Escuchemos una vez más la gran y alegre noticia de la Navidad: ¡Ha aparecido la gracia de Dios! ¡Nos ha nacido un Salvador! ¡Dios ha venido a visitarnos! El objeto de nuestros anhelos y deseos más profundos y auténticos se ha hecho presente entre nosotros. En una palabra, ha nacido Jesús, el Salvador y, por Él, Dios mismo se ha hecho accesible y cercano.
Sin embargo, esta gran noticia tiene el peligro de sonar en nuestros oídos como una fórmula hueca, una frase retórica, que de tantas veces repetida ya no nos dice nada. Y es que, en verdad, podríamos preguntarnos, después de más de dos mil años del nacimiento de Cristo (de celebrar la navidad y anunciar esa alegre noticia), ¿qué ha cambiado realmente? ¿Dónde está ese Sol que nace de lo alto (Lc 1, 78)? ¿No resulta que, tras dos mil años de “era cristiana”, seguimos viviendo en tinieblas y oscuridad? Porque lo cierto es que en nuestro mundo siguen reinando la injusticia y la violencia, la pobreza y el hambre, la guerra y la opresión. Las tinieblas tienen muchos rostros, nos rodean de múltiples formas. A la gran escala de las grandes tragedias de la humanidad, y a la escala menor de nuestros pequeños dramas, dolores, frustraciones e insatisfacciones (que para nosotros no son en absoluto pequeños, ya que están hechos a nuestra medida), parece que las tinieblas tienen las de ganar. Porque es así: tras dos mil años de celebraciones navideñas seguimos caminando en las tinieblas. Y los fuegos de artificio que hemos ido inventando con la ilusión de sustituir a la luz nacida en Belén (la ciencia, la revolución social, el progreso…) aunque al principio nos han deslumbrado, tampoco nos han traído la salvación prometida y han provocado al final más frustración todavía.
Sin embargo, tenemos que decir que, aun reconociendo su parte de verdad, si nos limitamos a quedarnos en estas críticas y esta protesta, es que no hemos entendido bien el mensaje de navidad. Escuchémoslo, pues, de nuevo: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”. No se dice ni se anuncia que ya no hay, ni habrá más tinieblas, sino que en medio de ellas brilla una luz grande, de manera que el pueblo que caminaba sin rumbo en la oscuridad (todos nosotros) ha encontrado la posibilidad de orientarse, de dar con el camino, de salir de su extravío y dirigirse a la meta. En verdad, en medio de la oscuridad basta una pequeña luz para no perder el rumbo. Y nosotros, en esta noche, hemos recibido no una pequeña, sino una gran luz, la luz de Jesucristo, que brilla en medio de la noche.
Es una luz grande, capaz de iluminar a todo el mundo, a toda la historia. Por eso, Lucas sitúa el nacimiento de Cristo en el conjunto del cosmos y de la historia universal: “salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero”. Pero su modo de aparición no es deslumbrante ni cegador: esta gran luz está encerrada en la humanidad de un niño recién nacido. De este modo nos dice Dios (y ya con esto nos ilumina no poco) quiénes somos nosotros, los seres humanos, para Él. Si Dios mismo adopta la humanidad y se hace hombre en Jesús, es que ser hombre no es algo insignificante, ni un azar ciego, sino dotado de enorme importancia: ¡le importamos a Dios!
Pero esta apariencia humana que encierra la luz divina requiere por nuestra parte un acto de fe. Para ver en la oscuridad y caminar en pos de la luz hay que abrir los ojos, hay que creer y confiar. Ahora podemos entender que creer no es andar a ciegas, sino ir en pos de la luz.
En realidad, de las tinieblas de nuestra historia somos responsables nosotros. No es Dios, sino nosotros, quienes declaramos guerras (aunque algunos usen abusivamente el nombre de Dios para justificarlas), nosotros, los que nos comportamos injustamente, los que nos servimos de la violencia o de la mentira. La historia y el mundo son nuestro campo, y Dios respeta nuestra libertad. Pero ese respeto que le prohíbe entrometerse en nuestras tomas de decisión (lo que destruiría nuestra libertad y nos haría marionetas, no sé si felices, pero, desde luego, no con una felicidad humana), no significa que permanezca indiferente y nos abandone a nuestra suerte. Dios viene a visitarnos para ofrecernos su luz, para enseñarnos el camino de la verdadera felicidad, del bien, de la salvación.
También de nosotros depende acogerlo o rechazarlo. ¿Por qué después de más de 2000 años de celebrar la Navidad seguimos en la oscuridad? Porque “no tenían sitio en la posada”. Como dice también San Juan en el Evangelio del día 25, “la luz verdadera que con su venida ilumina a todo hombre vino a los suyos, pero los suyos no la recibieron” (Jn 1, 9. 11).
Sin embargo, el mismo Juan nos recuerda que no es cierto que nadie la recibió y, por tanto, que nada ha cambiado desde entonces: “A cuantos la recibieron… les dio el poder para ser hijos de Dios” (Jn 1, 12). Lucas identifica en los pastores a aquellos que lo recibieron. Los pastores en aquel tiempo tenían muy mala fama por diversos motivos. Jesús no viene a justos, sino a los pecadores. Pero nadie es malo por definición. Por eso, hoy los pastores significan a los pobres, a los que viven a la intemperie, a los que están abiertos, a los que velan. Según cómo leamos la canción del coro celestial, podemos entender que los pastores son “los hombres de buena voluntad”, o, mejor, aquellos “a los que ama el Señor”; y, por tanto, en principio, todos los seres humanos. Los pastores son los que se ponen en camino, los que caminan en la oscuridad porque reconocen la luz. De manera especial, los pastores son hoy los niños, que no están maleados por la rutina y son capaces de percibir la novedad alegre del mensaje de los ángeles; los niños y los que son como ellos: José y María, los Magos de oriente, Pedro y Pablo y los demás Apóstoles, Justino, Ignacio de Alejandría, Agustín, Francisco, Domingo, Teresa, Antonio M. Claret y un largo etcétera de nombres la mayoría para nosotros desconocidos (pero en el que estamos incluidos) pertenecen a esa estirpe de pastores, gentes en vela, niños.
Dios nos ha dado la luz de Jesucristo; significa que la oscuridad (el mal del mundo en todas sus formas) no es una excusa: podemos ir a adorarlo, podemos, si queremos, caminar en su seguimiento, podemos acoger su Palabra y ponerla en práctica, haciendo de ella la luz que ilumina la oscuridad. Tal vez, de esta manera, no disiparemos del todo las tinieblas a nuestro alrededor pero, al menos, veremos la luz que ha nacido en Belén y podremos no sólo caminar, sino ser nosotros mismos, por medio de las buenas obras, pequeñas luminarias que alumbran reflejando la luz recibida de Jesús, dan esperanza y ayudan a otros a caminar.
Será, pues, cierto, que hay oscuridad. Pero hoy nosotros descubrimos que también hay luz, que hay, sobre todo, luz.
José María Vegas, cmf
Fuente : https://www.ciudadredonda.org/evangelio-lecturas-hoy/
EDD. miércoles 24 de diciembre de 2025.
Primera Lectura
Lectura del segundo libro de Samuel (7,1-5.8b-12.14a.16):
CUANDO el rey David se asentó en su casa y el Señor le hubo dado reposo de todos sus enemigos de alrededor, dijo al profeta Natán:
«Mira, yo habito en una casa de cedro, mientras el Arca de Dios habita en una tienda».
Natán dijo al rey:
«Ve y haz lo que desea tu corazón, pues el Señor está contigo».
Aquella noche vino esta palabra del Señor a Natán:
«Ve y habla a mi siervo David: «Así dice el Señor: ¿Tú me va a construir una casa para morada mía?
Yo te tomé del pastizal, de andar tras el rebaño, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. He estado a tu lado por donde quiera que has ido, he suprimido a todos tus enemigos ante ti y te he hecho tan famoso como los grandes de la tierra. Dispondré un lugar para mi pueblo Israel y lo plantaré para que resida en él sin que lo inquieten, ni le hagan más daño los malvados, como antaño, cuando nombraba jueces sobre mi pueblo Israel. A ti te he dado reposo de todos tus enemigos. Pues bien, el Señor te anuncia que te va a edificar una casa.
En efecto, cuando se cumplan tus días y reposes con tus padres, yo suscitaré descendencia tuya después de ti. Al que salga de tus entrañas le afirmaré su reino. Yo seré para él un padre, y él será para mi un hijo.
Tu casa y tu reino se mantendrán siempre firmes ante mi; tu trono durará para siempre»».
Palabra de Dios
Salmo
Sal 88
R/. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor
V/. Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dijiste: «La misericordia es un edificio eterno»,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad. R/.
V/. «Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
Te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades». R/.
V/. «Él me invocará: “Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora”;
Le mantendré eternamente mi favor,
y mí alianza con él será estable». R/.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,67-79):
EN aquel tiempo, Zacarías, padre de Juan, se llenó de Espíritu Santo y profetizó diciendo:
«“Bendito sea el Señor, Dios de Israel”,
porque ha visitado y “redimido a su pueblo”,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas.
Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la “misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza”
y “el juramento que juró a nuestro padre Abrahán” para concedernos
que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días.
Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante “del Señor a preparar sus caminos”,
anunciando a su pueblo la salvación
por el perdón de sus pecados.
Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos por el camino de la paz».
Palabra del Señor
REFLEXIÓN
“Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad”.
Esta noche es “de noche”, hace frío, hay oscuridad, dolor, miedo, violencia, injusticia. La noche es como la cifra de la negatividad que domina sobre la historia humana. Esa historia está presente también en el pueblo de Israel. David es un rey que quiere asegurarse una dinastía duradera, “para siempre”, y por eso busca el favor de Dios. Pero los poderes de este mundo, de su noche, no pueden durar para siempre, ni Dios está para servirlos. Dios no permite que se le construya un templo, no se deja encerrar en los designios humanos. Sin embargo, no por eso se exilia del mundo que Él mismo ha creado: en la historia atormentada y oscura de la humanidad, plena de luchas e intrigas, se entrevera otra historia: la historia de salvación. No será David el que le construya un templo a Dios, sino que Dios mismo promete construir una casa, una dinastía que durará para siempre. No se trata, ciertamente, de una dinastía al estilo de los poderes de este mundo. Habrá que esperar algunos siglos para empezar a entender de qué casa, templo y dinastía se trata. Sólo los que tienen un corazón bien dispuesto pueden entenderlo. Zacarías, pese a su inicial incredulidad, es uno de ellos. La promesa hecha a David empieza a cumplirse ahora, no por el poder y la fuerza, sino en los signos de vida de un hijo de la vejez, en el que empieza a anunciarse la fuerza de salvación anunciada por los profetas, que nos libra de la enemistad y el odio, que derrama sobre nosotros su misericordia, y que requiere que nos preparemos mediante el servicio, la santidad y la justicia. El hijo de la que llamaban estéril, el profeta del Altísimo, va a preparar el camino de aquel en quien la tantas veces oscura historia de la humanidad y la historia de salvación se unirán para siempre. La primera seguirá su curso, con sus tinieblas y sombras de muerte, pero en ella nos iluminará, si queremos, el sol que nace de lo alto.
El templo que Dios se va a construir es el cuerpo de Cristo, la dinastía que no tendrá fin no es un poder que nos somete, sino un camino que nos conduce a la paz, porque nos reconcilia con Dios y con los hombres.
Esta noche es nochebuena: es de noche, pero “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande” (Is 9, 1). Esta noche es una noche buena, porque la luz vence a las tinieblas, porque mañana es Navidad.
José María Vegas, cmf
Fuente : https://www.ciudadredonda.org/evangelio-lecturas-hoy/
EDD. martes 23 de diciembre de 2025.
Lectura de la profecía de Malaquías (3,1-4.23-24):
ESTO dice el Señor Dios:
«Voy a enviar a mi mensajero, para que prepare el camino ante mí.
De repente llegará a su santuario el Señor a quien vosotros andáis buscando; y el mensajero de la alianza en quien os regocijáis, mirad que está llegando, dice el Señor del universo.
¿Quién resistirá el día de su llegada? ¿Quién se mantendrá en pie ante su mirada? Pues es como el fuego de fundidor, como lejía de lavandero. Se sentará como fundidor que refina la plata; refinará a los levitas y los acrisolará como oro y plata, y el Señor recibirá ofrenda y oblación justas.
Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en tiempos pasados, como antaño.
Mirad, os envío al profeta Elías, antes de que venga el Día del Señor, día grande y terrible. Él convertirá el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, para que no tenga que venir a castigar y destruir la tierra».
Palabra de Dios
Salmo
Sal 24,4-5ab.8-9.10.14
R/. Levantaos, alzad la cabeza;
se acerca vuestra liberación.
V/. Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador. R/.
V/. El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes. R/.
V/. Las sendas del Señor son misericordia y lealtad
para los que guardan su alianza y sus mandatos.
El Señor se confía a los que lo temen,
y les da a conocer su alianza. R/.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,57-66):
A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella.
A los ocho días vinieron a circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre intervino diciendo:
«¡No! Se va a llamar Juan».
Y le dijeron:
«Ninguno de tus parientes se llama así».
Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Y todos se quedaron maravillados.
Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios.
Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Y todos los que los oían reflexionaban diciendo:
«Pues ¿qué será este niño?»
Porque la mano del Señor estaba con él.
Palabra del Señor
REFLEXIÓN
La tendencia de hacer de los hijos “clones” de sus padres, llamándoles con el mismo nombre, es cosa que viene de lejos. También en el Israel de los tiempos de Jesús existía esta costumbre. Sin embargo, no hay semejanzas ni parentescos que puedan anular o disminuir la irrepetible originalidad de cada uno. De ahí la importancia del gesto de Zacarías, secundando a su mujer Isabel, de darle a su hijo el hombre de Juan. Zacarías significa “El Señor se acuerda”; y, aunque ese nombre tiene sentido en la situación de un hijo inesperado en la vejez, le cuadra mejor a su padre, pues tiene una inevitable referencia al pasado. El nombre de Juan, “Dios es propicio” (o misericordioso), y también “Don de Dios”, habla de la inminencia de la novedad que Juan habrá de preparar. Zacarías, viejo y mudo, es una buena imagen del Antiguo Testamento: parece que ya nada tiene que decir, pero tiene todavía la fuerza suficiente para dar un último fruto que pondrá punto final a esa larga historia del Dios de las promesas, depositadas en Israel, pero válidas para todo el mundo. Juan dará el testigo a una época nueva, la del cumplimiento. Al darle el nombre de Juan, Zacarías intuye una novedad que el Bautista no inaugura, pero a la que abre el camino ante la inminencia de su venida.
En el nombre va implícita la misión que el hombre tiene que desempeñar en la vida, es decir su vocación. En Juan descubrimos algunos rasgos esenciales de la vocación humana y cristiana. En primer lugar, la llamada: desde el seno materno el hombre está llamado a cumplir una misión en la vida. Es importante entender que no se trata de un destino ineludible que esté escrito de antemano; este carácter abierto de la llamada se expresa muy bien en la pregunta que “todos se hacían”: “¿qué va a ser de este niño?” Se trata, pues, de una llamada dirigida a la propia libertad y que el ser humano debe realizar tomando decisiones propias para responder a ella.
En segundo lugar, esta llamada que debe ser libremente respondida nos dice ya que la vida tiene sentido y que ese sentido comparece desde el mismo momento de su concepción. Por tanto, somos responsables no sólo de nuestra propia vida, sino también de la vida de los demás, que nos es confiada cuando ésta no puede todavía valerse por sí misma. Ahora bien, esta proclamación de sentido puede ser impugnada y lo es con mucha frecuencia. Existen experiencias vitales de decepción y frustración que pueden inclinarnos a pensar así. Pero si se considera atentamente, caemos en la cuenta de que la misma decepción y frustración hablan de sentido, de expectativas que, por algún motivo, no han podido realizarse. Cuando alguien proclama que la vida carece de sentido lo hace siempre con un deje de protesta que reconoce implícitamente el sentido que niega. Si la vida careciera de todo sentido, ni siquiera nos daríamos cuenta de ello y no haría falta ni quejarse ni proclamarlo.
Así pues, Juan, desde el seno materno nos habla de un sentido que es vocación (llamada) y misión, y que es, además, servicio. Este es el tercer rasgo esencial que debemos señalar en la vocación humana y que en Juan es especialmente visible. La misión de Juan es la de abrir camino y luego hacerse a un lado, disminuir él, para que crezca Jesús. Realmente, para poder realizar la propia misión en la vida hay que saber que estamos al servicio de algo que es más grande que nosotros y que, por tanto, no es demasiado importante figurar y estar en el centro. Los grandes acontecimientos, igual que los grandes personajes no serían nada si no fuera por una multitud de personas que, sin figurar especialmente, han vivido con fidelidad su propia vocación y han allanado el camino de eso y esos que son más grandes que ellos, pero que sin ellos no serían nada. El mismo Jesús se ha sometido a esta misma ley de la encarnación, de modo que para poder realizar su misión salvadora ha necesitado del cumplimiento fiel de su misión de otras personas que como Juan de modo muy especial le han preparado el camino.
Al contemplar la figura de Juan el Bautista y meditar con él sobre nuestra vocación y el sentido de nuestra vida, podemos comprender que en toda vocación cristiana hay un componente que nos asemeja al Precursor. Jesús sigue viniendo al mundo, acercándose a los hombres, muchos de los cuales no lo conocen, no saben de él. Para que Jesús pueda llegar hasta ellos, siguiendo las leyes de la encarnación, necesita de precursores y mediadores que allanen el camino y preparen su venida. Nosotros mismos, en algún momento de nuestra vida, tuvimos a algún Juan el Bautista que nos introdujo al conocimiento de Cristo. Y cada uno de nosotros, como todo cristiano, estamos llamados a realizar esta misión, cuando, por medio del testimonio de nuestras palabras y nuestras obras, señalamos, no a nosotros mismos, sino al “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29, 36).
José María Vegas, cmf
Fuente : https://www.ciudadredonda.org/evangelio-lecturas-hoy/
EDD. lunes 22 de diciembre de 2025.
Primera Lectura
Lectura del primer libro de Samuel (1,24-28):
EN aquellos días, una vez que Ana hubo destetado a Samuel, lo subió consigo, junto con un novillo de tres años, unos cuarenta y cinco kilos de harina y un odre de vino. Lo llevó a la casa del Señor a Siló y el niño se quedó como siervo.
Inmolaron el novillo, y presentaron el niño a Elí. Ella le dijo:
«Perdón, por tu vida, mi Señor, yo soy aquella mujer que estuvo aquí en pie ante ti, implorando al Señor. Imploré este niño y el Señor me concedió cuanto le había mi pedido. Yo, a mi vez, lo cedo al Señor. Quede, pues, cedido al Señor de por vida».
Y se postraron allí ante el Señor.
Palabra de Dios
Salmo
1S 2,1.45.6-7.8abcd
R/. Mi corazón se regocija por el Señor, mi Salvador
V/. Mi corazón se regocija en el Señor,
mi poder se exalta por Dios.
Mi boca se ríe de mis enemigos,
porque gozo con tu salvación. R/.
V/. Se rompen los arcos de los valientes,
mientras los cobardes se ciñen de valor.
Los hartos se contratan por el pan,
mientras los hambrientos engordan;
la mujer estéril da a luz siete hijos,
mientras la madre de muchos queda baldía. R/.
V/. El Señor da la muerte y la vida,
hunde en el abismo y levanta;
da la pobreza y la riqueza,
humilla y enaltece. R/.
V/. Él levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para hacer que se siente entre príncipes
y que herede un trono de gloria. R/.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,46-56):
EN aquel tiempo, María dijo:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor,
“se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humildad de su esclava”.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí:
“su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
“derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia”
—como lo había prometido a “nuestros padres”—
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».
María se quedó con Isabel unos tres meses y volvió a su casa.
Palabra del Señor
REFLEXIÓN
Dios creó el mundo de la nada, en un acto de puro amor, de pura donación. La historia de la salvación prolonga esta obra creadora de gratuidad total, que se expresa en el don de la vida que florece en mujeres estériles, como Sara, la mujer de Abraham (cf. Gn 18, 9-14), o la madre de Sansón (cf. Jue 13, 2-25), en el que caso que consideramos hoy, el de Ana, la madre de Samuel, o como sucederá con Isabel, la madre del Bautista, y, como culmen, en María, Virgen y Madre de Jesús.
Pero si en todos estos casos se hace patente el carácter gratuito de la salvación, no conviene olvidar lo que advertía san Agustín: “el Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti” (Sermón 169, 11, 13). Dios nos da la vida como un don, y después nos propone un diálogo –en el que consiste la salvación: la comunión con Él. Para que este diálogo tenga lugar es necesaria la respuesta humana. Dios nos da y nosotros respondemos reconociendo, agradeciendo y, en cierto modo, devolviendo a Dios lo que de Él hemos recibido. Lo vemos con claridad hoy en la acción de gracias de Ana, que entrega el novillo, la harina y el vino, un verdadero ofertorio, y consagra al servicio de Dios el hijo recibido de Él.
Cuando tiene lugar este intercambio de dones se producen los vínculos de familiaridad más profundos e intensos. ¿Qué mejor modo de expresarlos y celebrarlos que cantando? No es descabellado imaginar que María no se limitó a “decir”, sino que cantó el Magníficat. Dicen que san Agustín decía que “el que canta ora dos veces” (y “se non è vero è ben trovato”). Y contemplando el Magníficat, esa explosión de oración y alegría, lo natural es ponerle música. Porque en el seno de María ya está aconteciendo la plenitud de los dones de Dios, que comenzaron con la creación del mundo, y que culminan con el don de la misma vida de Dios en la carne humana, en la de María (en la que el Verbo se hizo carne, y la carne se hizo Verbo). Y como María es de nuestra raza, de nuestra carne, sus palabras de agradecimiento, alabanza y alegría tiene que ser también las nuestras.
María pronuncia su Magníficat cuando Jesús está ya presente, pero no es todavía visible. ¿Cómo podemos unirnos nosotros a ese canto de acción de gracias y alabanza, cuando todavía no vemos al que está ya entre nosotros? Para esto hacen falta los ojos de fe. Y la fe es confianza en que Dios está actuando en favor nuestro a pesar de los pesares. Estos últimos hablan de opresión, injusticia, violencia, del mal que nos lleva con frecuencia a maldecir. Pero si abrimos los ojos con fe, entonces somos capaces de ver los signos de la presencia de Dios, como los ve Isabel en María y, en vez de maldecir, bendecimos. María e Isabel, que tenían tantos motivos para quejarse y maldecir, encuentran muchos más para alegrarse y bendecir. Así podemos percibir que Dios, aunque todavía no visible, está ya entre nosotros y nos está salvando. Bendigamos como Isabel, para que podemos cantar con María. No podemos saber, por desgracia, qué música le puso María. Pero podemos, por fortuna, ponerle nosotros la nuestra.
José María Vegas, cmf
Fuente : https://www.ciudadredonda.org/evangelio-lecturas-hoy/
Ven Señor Jesús, ven !!!

¡Oh, Amanecer! Oh Amanecer que naces de lo alto, luz nueva que disipa las sombras y despierta la vida, ven a iluminar nuestros caminos cansados. Tú traes un día que no conoce ocaso, una claridad que vence el miedo y la tristeza. Invocarte es confiar en que la noche no es eterna y que Dios vuelve a visitarnos con su luz. Ven y alumbra a quienes viven en la oscuridad, para que podamos caminar en esperanza y en paz. Amén.
🇧🇷 – Oh, o amanhecer! O Amanhecer que nasce do alto, luz nova que dissipa as sombras e desperta a vida, venha iluminar nossos caminhos cansados. Você traz um dia que não conhece ocaso, uma clareza que vence o medo e a tristeza. Invocá-lo é confiar que a noite não é eterna e que Deus nos visita novamente com sua luz. Venha e ilumine aqueles que vivem na escuridão, para que possamos andar em esperança e paz. Amém..
Homilía para la Eucaristía del domingo 21 de diciembre de 2025
DOMINGO IV DE ADVIENTO.A
Isaías 7,10-14: Misterioso oráculo. El Profeta presenta un signo desconcertante: el nacimiento de un niño que tiene un nombre simbólico.
Romanos 1,1-7: Inicio de la carta de Pablo. Su misión es anunciar la Buena Nueva que Jesús es de la estirpe de David, pero también es Hijo de Dios por el Espíritu.
Mateo 1,18-24: Con breves palabras el evangelio nos dice cómo fue el origen de Jesús; nacido por obra del Espíritu Santo y salvará al pueblo.
1.- Es interesante detenerse brevemente en la lectura de Isaías. Vemos cómo el rey Ajaz, incrédulo, rechaza toda señal de salvación. Pero Isaías se presenta demostrando cómo el Señor puede realizar lo incomprensible. Y ahí surge el signo de Dios, que no puede ser más desconcertante. Imposible de entender, pero por la revelación posterior adquiere un gran esplendor. Nosotros sabemos el sentido que tiene esta Promesa-Signo: Dios se hará presente entre nosotros a tal punto que su Nombre es “EMMANUEL” = Dios-con-nosotros. Más todavía, su misterioso nacimiento que viene a demostrar que todo es obra de Dios, sólo de Dios, no del hombre.
2.- Y así lo entendió siempre la fe cristiana, fe que nos fue trasmitida por los Apóstoles. Así, hoy es el Apóstol Pablo quien nos da testimonio acerca de Jesús. ¿Quién es Jesús para Pablo? En sus escritos encontramos varias respuestas. Aquí, en la Carta a los Romanos nos dice que Jesús es hombre nacido de la estirpe de David, nacido de una mujer (Gálatas 4,4), que es como nosotros, pero también es Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo. De modo que la auténtica fe cristiana profesa que Jesús es verdadero hombre, igual a nosotros en todo, menos en el pecado, y también es verdadero Dios.
3.- Desgraciadamente no han faltado aquellos que se han atrevido atacar la real identidad de Jesús, Unos niegan la Divinidad de Jesús, otros la Humanidad de Jesús. Y estas tendencias se manifiestan también hoy día
Estas posturas erróneas generan una forma de vida cristiana errónea.
Al creer en Jesús verdadero Dios hecho hombre nos lleva a vivir la fe de una manera encarnada, tomando en serio la humanidad, aunque esté muy desviada.
4.- Con un lenguaje igualmente misterioso el evangelio nos muestra cuál es el origen de Jesús: su nacimiento es virginal, es decir, no es obra de hombre alguno, sino de Dios.
Es Dios quien interviene en bien de la humanidad. Si desconcertante fue el signo que dio Isaías, también lo es el del Evangelio. Por eso es que hay quienes pretenden adaptarlo a la mentalidad humana y explicar lo inexplicable. Aceptemos el Misterio.
El Misterio que estamos celebrando es la irrupción de Dios en el tiempo, en nuestra historia. Dios se zambulle en nuestra realidad y se queda con nosotros. Por eso Jesús es el DIOS-CON-NOSOTROS.
Hoy la Palabra nos muestra y entrega la crudeza del misterio: Dios presente entre nosotros, que viene a salvar lo perdido. Lo que culminará en la celebración de la Navidad.
Hno. Pastor.