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Autor: Patricio Osiadacz

Ángelus: “Acoger el proyecto de Dios con humildad sincera y valiente generosidad”

Fuente :  https://es.zenit.org/articles/angelus-acoger-el-proyecto-de-dios-con-humildad-sincera-y-valiente-generosidad/
El Papa Francisco comenta la Anunciación.
24 diciembre 2017Anita BourdinAngelus y Regina Caeli
Ángelus 24/12/2017, Captura © Vatican Media
(ZENIT – 24 Dic. 2017).- El Papa Francisco invita a los bautizados a “acoger el proyecto de Dios en nuestras vidas, con sincera humildad y una generosidad valiente” a imagen de María y del Hijo de Dios.
El Papa ha presidido el Ángelus del mediodía, en la Plaza San Pedro, en este 4º domingo de Adviento, que este año también es Nochebuena, en presencia de decenas de miles de visitantes.
El Papa ha comentado el Evangelio de este domingo, que es la historia de la Anunciación. Ha insistido en la actitud de “humildad” y “disponibilidad” de María, de “adhesión” al designio del amor de Dios, de “servicio” del mismo Hijo de Dios.
Esta es nuestra traducción, rápida, de trabajo, de las palabras pronunciadas por el Papa en italiano.
Palabras del Papa Francisco antes del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!
En este domingo que inmediatamente precede la Navidad, escuchamos el Evangelio de la Anunciación (cf. Lc 1, 26-38). En este pasaje del Evangelio, podemos notar un contraste entre las promesas del ángel y la respuesta de María. Tal contraste se manifiesta en la dimensión y el contenido de las expresiones de los dos protagonistas.
El ángel dice a María:
“No temas, María,                                                                                               porque has encontrado el favor de Dios.                                                       He aquí que vas a concebir y dar a luz a un  hijo;                                       le pondrás por nombre Jesús.                                                                         Él será grande,                                                                                                     será llamado hijo del Altísimo;                                                                       el señor Dios                                                                                                         le dará el trono de David su padre;                                                                 él reinará para siempre sobre la casa de Jacob                                          y su reino no tendrá fin” (vv.30-33).
Es una larga revelación que abre perspectivas increíbles. El niño que nacerá de esta humilde mujer de Nazaret se llamará Hijo del Altísimo: no se puede concebir una dignidad superior. Y, después de la pregunta de María pidiendo explicaciones, la revelación del ángel se vuelve aún más detallada y sorprendente.
Al contrario, la respuesta de María es una frase breve, que no habla de gloria o de privilegio, sino solo de disponibilidad o de servicio:
“Aquí está la sierva del Señor;                                                                          que todo me suceda según tu palabra” (v.38).
El contenido es diferente también. María no se exalta incluso ante la perspectiva de convertirse en Madre del Mesías, sino que sigue siendo modesta y expresa su adhesión al proyecto del Señor. María no se jacta, es humilde, modesta, sigue siendo como siempre.
Este contraste es significativo. Nos hace comprender que María es verdaderamente humilde, que no busca ir por delante. Admite ser pequeña ante Dios y está feliz de serlo. Al mismo tiempo, es consciente de que su respuesta depende de la realización del plan de Dios, y que, por lo tanto, está llamada a adherirse a él con todo su ser.
En esta circunstancia, María se presenta  en una actitud  que corresponde perfectamente a la del Hijo de Dios cuando viene al mundo: quiere convertirse en el Siervo del Señor, servir a la humanidad para llevar a cabo el proyecto del Padre.
María dice: “He aquí la sierva del Señor “, y el Hijo de Dios  dice al entrar en el mundo: “He aquí que vengo a [….] hacer, oh Dios, tu voluntad” (10, 7.9). La actitud de María refleja completamente esta declaración del Hijo de Dios, quien también se convierte en el hijo de María. La Virgen se revela como la colaboradora perfecta del proyecto de Dios y verdadera discípula de su Hijo, y, en el Magníficat, puede proclamar que “Dios levanta a los humildes” (Lc 1, 52), porque por su humilde respuesta y generosa ha obtenido una gran alegría y también una gran gloria.
Admiramos a nuestra Madre por esta respuesta a la llamada y a la misión de Dios, pidamos que nos ayude a cada uno  de nosotros a abrazar el proyecto de Dios en nuestras vidas con sincera humildad y valiente generosidad.
Ángelus Domini nuntiavit Mariae…
© Traducción de ZENIT, Raquel Anillo

Homilía para la Eucaristía de Navidad. Día. Lunes 25 de diciembre de 2017

Navidad. Día.

 
Isaías 52,7-10: los centinelas divisan a los mensajeros que traen la Buena noticia: Dios llega a salvar a su Pueblo. El centinela no sólo divisa, sino grita de alegría: viene el Señor a salvar.
Hebreos 1,1-6: Dios, que se manifestó de tantas maneras, ahora, en esta etapa final, nos habló por su Hijo. Encontramos una síntesis de lo que Jesús es: Heredero, Resplandor de ala gloria del Padre, superior a todos, porque es el Hijo.
Juan 1,1-18: Jesús, la manifestación del Padre, se hace carne y habita entre nosotros. Este es el núcleo del misterio de la Encarnación, despojado de todo lo que pudiera opacarlo.
1.- Seguimos celebrando al Dios hecho hombre, misterio que nunca alcanzaremos a comprender. Es más fácil decir que Jesús es un gran Profeta, un Enviado de Dios con gran poder. Pero, por favor, no es Dios. Y porque es más cómodo aceptar lo primero, rechazando lo segundo, su divinidad, es que hay pseudo cristianos que no aceptan a Jesús como el Hijo de Dios, que ha venido en nuestra carne mortal.
Es que repugna, escandaliza, el aceptar a un Dios hecho hombre. Sin embargo, el hombre siempre soñó con ser Dios. “Seréis como dioses” es la gran tentación que sigue acechando a la humanidad. Es que la humanidad sueña con un superhombre, un súper héroe, capaz de vencer el mal. Y este sueño se manifiesta en los mitos, cuentos, películas e ideologías. Pero nada de eso sirve.
Hoy contemplamos el escándalo de la Encarnación. Y san Juan es categórico: “LA PALABRA SE HIZO CARNE”.
 
2.- ¿Por qué se hizo carne? Para darnos la posibilidad de llegar a ser realmente Dios. Porque, como dice el texto, “a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios”. Y en verdad, somos hijos de Dios. El sueño del hombre se hace realidad gracias a la Palabra hecha carne. Sí, a muchos escandaliza esta verdad, más escandaloso es que el hombre se autodivinice y se apropie de atributos que sólo a Dios pertenecen. Porque sólo a Dios pertenece el declarar lo que es bueno y lo que es malo. A nosotros corresponde el vivir como hijos. Y si hijos, también herederos. Y si hijos, también hermanos. Y eso no queremos hacer realidad.
La tremenda verdad que nos da a conocer este misterio de fe lo haremos real y creíble sólo cuando lo vivamos.
 
3.- “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”.
Hoy viene a nosotros, que somos suyos. ¿Lo recibiremos? Pienso que sí, por algo estamos acá celebrando este Misterio de fe. Dios llega a nosotros y nosotros por la fe lo aceptamos y queremos que viva entre nosotros.
Al mundo molesta la presencia de Jesús, a nosotros no. Dejemos que se quede y se instale entre nosotros, aunque a veces nos desinstala, nos incomoda. Pero la verdad de Cristo Dios-hombre es fuente de salvación para todos los que lo dejan entrar.
Hermano Pastor Salvo Beas.

Homilía para la Eucaristía de la Noche de Navidad ( Misa del Gallo. ).

Felicidades para todos.
Un abrazo. Hermano Pastor.

Homilía para la Noche de Navidad.

 
Isaías 9,1-6: Un contra punto: donde hay tinieblas brilla la luz. Galilea está devastada y sumida en tinieblas; allí es donde primero brillará la luz, reinará la paz. ¿Cómo? ¿Cuándo? El nacimiento de un Niño misterioso a quien se le dará todo el poder, y con atributos carismáticos.
Tito 2,11-14: la presencia de Cristo en el mundo es gracia, fuente salvación.
Lucas 2,1-14: se nos da una Buena Noticia: nos ha nacido un Salvador: Mesías y Señor.
1.- Hoy celebramos el gran acontecimiento: nos ha nacido el Mesías, es decir, el Ungido de Dios, cuya misión es comunicar la vida, el amor y la paz. Nos ha nacido un Niño que es el SEÑOR, título que el Antiguo Testamento utiliza exclusivamente para YAHVEH = Dios. Este Niño, que nace sin brillo, lo es todo; eso quiere proclamar san Lucas. ¿Y a quiénes? A los pastores, a los pobres de la sociedad, los que tienen ojos y oídos sencillos, ellos saben entender a la Palabra hecha carne. Más adelante Jesús, lleno de gozo exclamará: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo ocultado estas cosas  a los sabios y a los prudentes, las has revelado a los pequeños” (Lucas 10,21). Es que esa es la manera de actuar del Señor. El actúa por medio de lo humilde, lo sencillo, y así da a conocer su benevolencia a la humanidad.
Nos ha nacido un Niño, que es el Príncipe de la Paz, de esa Paz verdadera, la que sólo el Señor sabe y puede dar.
 
2.- Con Jesús ha brillado la luz no sólo en la región norte de Israel, sino en todo el mundo, porque la humanidad toda yacía bajo las sombras de la muerte. Este Niño es la luz del mundo. La noche ya no es el imperio de la oscuridad, sino de la luz. Y es lo que la gente quiere expresar al encender luces en sus casas.
No queremos tinieblas, no queremos la oscuridad. No queremos que reine la mentira, el pillaje, la corrupción: todo es tiniebla.
No queremos que reine el odio, la violencia, la guerra y los enfrentamientos: todo eso es tiniebla.
No queremos que reine la ignorancia, la superstición y el miedo: todo es tiniebla. ¡Cuántas veces  nos hemos dejado dominar por las tinieblas!
 
3.- Esta mañana decía que la noche es tiempo de salvación. Esta es la Noche buena, la noche santa, en la que ha brillado la luz de Cristo en nosotros. Dejémonos iluminar por El.
Con gozo celebremos este misterio, esta noche que en realidad es y debe ser Noche de Paz, Noche de amor.
Cristo es nuestra Paz y nuestro amor. A El celebramos y a El recibimos.
Hermano Pastor Salvo Beas.

Comentario al evangelio de hoy sábado 23 de diciembre de 2017

Juan es su nombre.
Sábado III de Adviento.

Por: H. David Mauricio Sánchez Mejía, L.C.
Fuente: http://es.catholic.net/op/articulos/67751/juan-es-su-nombre.html
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Querido niño Jesús, me acerco al día de tu nacimiento y te quiero pedir que vengas a habitar en mi corazón. Te agradezco por hacerte hombre para venir a salvarme.
Evangelio del día (para orientar tu meditación).
Del santo Evangelio según san Lucas 1,57-66
A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban.
A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo: «¡No! Se va a llamar Juan.» Le replicaron: «Ninguno de tus parientes se llama así.» Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre.» Todos se quedaron extrañados.
Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo: «¿Qué va a ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él.
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Se acaba el adviento y nos acercamos a la alegría gozosa de la Navidad. Pero primero, la liturgia nos invita a contemplar el nacimiento de otro niño que será el precursor del Mesías.
Juan nace en circunstancias poco comunes: de unos padres ancianos y después del anuncio de un ángel que deja sin habla al padre. Aun así, el resto de sus parientes no se puede aguantar las ganas y se reúnen a discutir cuál será el nombre del niño. Ellos no saben que incluso esto ha sido zanjado por Dios: «lo llamarás Juan» (Lc 1,13). Cada detalle de este nacimiento fue planeado por Dios.
Así como con Juan, Dios se preocupa por cada uno de nosotros, incluso más de lo que imaginamos. Sólo Él nos conoce tal cual somos, con toda nuestra historia, y nos ama por lo que somos: sus hijos, sus hermanos, sus amigos.
Ésta es una de las verdades más importantes que debemos grabar en nuestro corazón: Él «me amó y se entregó por mí».
Que sea, pues, el Espíritu Santo quien guíe nuestros pasos: Él es el amor, él es la misericordia que se comunica a nuestros corazones. No pongamos obstáculos a su acción vivificante, sino sigámoslo dócilmente por los caminos que nos indica. Permanezcamos con el corazón abierto, para que el Espíritu pueda transformarlo; y así, perdonados, reconciliados, inmersos en las llagas del Señor, seamos testigos de la alegría que brota del encuentro con el Señor Resucitado, vivo entre nosotros.
(S.S. Francisco, 2 de abril de 2016)
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Ante los imprevistos y contrariedades de este día, recitaré la jaculatoria: Señor, aumenta mi fe.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
 

EDD. sábado 23 de diciembre de 2017

Fuente :  http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=readings&localdate=20171223
Feria de Adviento: Semana antes de Navidad (23 dic.)
Libro de Malaquías 3,1-4.23-24.
Así habla el Señor Dios.
Yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino delante de mí. Y en seguida entrará en su Templo el Señor que ustedes buscan; y el Angel de la alianza que ustedes desean ya viene, dice el Señor de los ejércitos.
¿Quién podrá soportar el Día de su venida? ¿Quién permanecerá de pie cuando aparezca? Porque él es como el fuego del fundidor y como la lejía de los lavanderos.
El se sentará para fundir y purificar: purificará a los hijos de Leví y los depurará como al oro y la plata; y ellos serán para el Señor los que presentan la ofrenda conforme a la justicia.
La ofrenda de Judá y de Jerusalén será agradable al Señor, como en los tiempos pasados, como en los primeros años.
Yo les voy a enviar a Elías, el profeta, antes que llegue el Día del Señor, grande y terrible.
El hará volver el corazón de los padres hacia sus hijos y el corazón de los hijos hacia sus padres, para que yo no venga a castigar el país con el exterminio total.
Salmo 25(24),4-5.8-9.10.14.
Muéstrame, Señor, tus caminos,
enséñame tus senderos.
Guíame por el camino de tu fidelidad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador,
Yo espero en ti todo el día,
El Señor es bondadoso y recto:
por eso muestra el camino a los extraviados;
él guía a los humildes para que obren rectamente
y enseña su camino a los pobres.
Todos los senderos del Señor son amor y fidelidad,
para los que observan los preceptos de su alianza.
El Señor da su amistad a los que lo temen
y les hace conocer su alianza.
Evangelio según San Lucas 1,57-66.
Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo.
Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella.
A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre;
pero la madre dijo: “No, debe llamarse Juan”.
Ellos le decían: “No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre”.
Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran.
Este pidió una pizarra y escribió: “Su nombre es Juan”. Todos quedaron admirados.
Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios.
Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea.
Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: “¿Qué llegará a ser este niño?”. Porque la mano del Señor estaba con él.
Comentario del Evangelio por San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia . Sermón 293,3; PL 38, 1327.
 
“De pronto recuperó el habla y comenzó a bendecir a Dios.” (Lc 1,64)
Juan nace, recibe su nombre y, he aquí, que la lengua de su padre se suelta…
Considerad este acontecimiento desde la realidad profunda que simboliza y contemplad un gran misterio: Zacarías queda mudo hasta el nacimiento de Juan, el precursor del Señor que le suelta la lengua. Qué significa este silencio de Zacarías sino el velo que se extendía sobre las profecías y, de alguna manera, las escondía y las sellaba antes del anuncio de la Buena Noticia de Cristo. Cuando aparece Cristo, las profecías se declaran, son proclamadas cuando viene Aquel del que ellas hablaban.
El nacimiento de Juan suelta la lengua de Zacarías. Este acontecimiento tiene el mismo sentido que el hecho de rasgarse el velo del templo en el momento de la muerte de Cristo en cruz. (Mt 27,51) Si Juan no hubiera anunciado la venida de otro, la lengua de Zacarías no se hubiera soltado; no hubiera recuperado el habla porque el nacimiento de su hijo es el nacimiento de la voz. ¿No dirá Juan más tarde? -Yo soy la voz que llama en el desierto-(Jn 1,23

EDD. sábado 23 de diciembre de 2017

Fuente :  http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=readings&localdate=20171223
Feria de Adviento: Semana antes de Navidad (23 dic.)
Libro de Malaquías 3,1-4.23-24.
Así habla el Señor Dios.
Yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino delante de mí. Y en seguida entrará en su Templo el Señor que ustedes buscan; y el Angel de la alianza que ustedes desean ya viene, dice el Señor de los ejércitos.
¿Quién podrá soportar el Día de su venida? ¿Quién permanecerá de pie cuando aparezca? Porque él es como el fuego del fundidor y como la lejía de los lavanderos.
El se sentará para fundir y purificar: purificará a los hijos de Leví y los depurará como al oro y la plata; y ellos serán para el Señor los que presentan la ofrenda conforme a la justicia.
La ofrenda de Judá y de Jerusalén será agradable al Señor, como en los tiempos pasados, como en los primeros años.
Yo les voy a enviar a Elías, el profeta, antes que llegue el Día del Señor, grande y terrible.
El hará volver el corazón de los padres hacia sus hijos y el corazón de los hijos hacia sus padres, para que yo no venga a castigar el país con el exterminio total.
 
Salmo 25(24),4-5.8-9.10.14.
Muéstrame, Señor, tus caminos,
enséñame tus senderos.
Guíame por el camino de tu fidelidad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador,
Yo espero en ti todo el día,
El Señor es bondadoso y recto:
por eso muestra el camino a los extraviados;
él guía a los humildes para que obren rectamente
y enseña su camino a los pobres.
Todos los senderos del Señor son amor y fidelidad,
para los que observan los preceptos de su alianza.
El Señor da su amistad a los que lo temen
y les hace conocer su alianza.
Evangelio según San Lucas 1,57-66.
Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo.
Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella.
A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre;
pero la madre dijo: «No, debe llamarse Juan».
Ellos le decían: «No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre».
Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran.
Este pidió una pizarra y escribió: «Su nombre es Juan». Todos quedaron admirados.
Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios.
Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea.
Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: «¿Qué llegará a ser este niño?». Porque la mano del Señor estaba con él.
 
Comentario del Evangelio por San Agustín (354-430), obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia . Sermón 293,3; PL 38, 1327.
“De pronto recuperó el habla y comenzó a bendecir a Dios.” (Lc 1,64)
 Juan nace, recibe su nombre y, he aquí, que la lengua de su padre se suelta…
Considerad este acontecimiento desde la realidad profunda que simboliza y contemplad un gran misterio: Zacarías queda mudo hasta el nacimiento de Juan, el precursor del Señor que le suelta la lengua. Qué significa este silencio de Zacarías sino el velo que se extendía sobre las profecías y, de alguna manera, las escondía y las sellaba antes del anuncio de la Buena Noticia de Cristo. Cuando aparece Cristo, las profecías se declaran, son proclamadas cuando viene Aquel del que ellas hablaban.
El nacimiento de Juan suelta la lengua de Zacarías. Este acontecimiento tiene el mismo sentido que el hecho de rasgarse el velo del templo en el momento de la muerte de Cristo en cruz. (Mt 27,51) Si Juan no hubiera anunciado la venida de otro, la lengua de Zacarías no se hubiera soltado; no hubiera recuperado el habla porque el nacimiento de su hijo es el nacimiento de la voz. ¿No dirá Juan más tarde? -Yo soy la voz que llama en el desierto-(Jn 1,23).

Homilía para la Eucaristía del domingo 24 de diciembre de 2017.

Fuente :   https://www.laicoscapuchinos.cl/laicos/index.php/category/homilia-del-domingo/
Felicidades para todos. Les recuerdo que la misa de la noche el 24 es a las 20 horas. El lunes 25, día de Navidad, las misas son: 12 y 19’30 horas.
Un abrazo. Hermano Pastor.
 
DOMINGO IV DE ADVIENTO.
 
2Samuel 7,1-5.8-12.16: Natán promete a David un reino eterno. Así se garantiza una monarquía estable que se realizará con el Mesías: el Hijo de David.
Romanos 16,25-27: himno que cierra la carta. Es un himno a la Encarnación, es la manifestación el Misterio de Dios en Cristo. Dios a todos quiere salvar.
Lucas 1,26-38: el anuncio del ángel, la respuesta de María. Ella dijo Sí. Al que nacería de Ella se le dará el trono de David.
1.- Comenzamos a celebrar, a contemplar el misterio de la Navidad. Hoy vemos cómo Dios cumple su Palabra. En el Antiguo Testamento Dios promete un reino estable; y así aparece en varios textos. Hoy aparece en la profecía de Natán. Dios elige a David, lo que es pura gracia. Y en él, en su familia, quiere establecer un reino estable. Históricamente se sabe que con David se consolida la monarquía en Israel, ya que el poder se concentra en manos del rey, cuya sede será Jerusalén, capital del reino.
Pero la profecía va más allá; en ella se contempla la promesa del rey-mesías, que se cumplió plenamente en Jesucristo, el hijo de David. Es Él quien trae el verdadero reinado, el imperio de la justicia, de la paz y el amor.
 
2.- A Jesús se le llama también la Manifestación de Dios; en Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, Dios se hace cercano. Por Jesús podemos entender a Dios, su modo de actuar, porque los caminos de Dios no son los nuestros.
Dios llega a nosotros por un camino no ostentoso, sino sencillo y humilde. Y este camino tiene un nombre: MARIA. Ella es la “llena de gracia”, ya que es un puro don plenamente aceptado. Lo escuchado en el evangelio es la puesta en escena de un acto de fe. María supo decir Sí, dejó entrar a Dios en su vida, y por Ella y en Ella Dios entra en nuestra historia. Y si supo decir Sí es porque fue un Vacío lleno de Dios. Dios entra sólo donde hay fe, humildad y disponibilidad. Ella le creyó a Dios, le dijo Sí a Dios.
 
3.- Esto es todo un reto y una lección para nosotros. Hoy el mundo no quiere celebrar en el sentido genuino de la palabra, sino festejar, pero de espaldas a Dios, sin fe y sin humildad. Celebrar es hacer presente un misterio, es hacer realidad lo que la Encarnación significa: un encuentro entre Dios y el hombre. Dios se unió a nosotros en la Persona de Jesús, a quien se le dio el trono de David, es decir, fue constituido Señor y Mesías de toda la humanidad.
 
4.- Esa Noche es Noche Buena, noche santa, porque la noche es tiempo de salvación.
– De noche Abraham escuchó la promesa de ser padre del Pueblo de Dios.
– De noche Moisés sacó a Israel de Egipto.
– De noche se le anunció a José que su esposa sería la Madre del Mesías.
– De noche nació Jesús en Belén.
– De noche Jesús celebró la última Cena con sus discípulos.
– De noche Jesús salió victorioso del sepulcro.
Y esta noche celebraremos este acontecimiento salvífico, cuando de María Virgen nos llegó el Reinado de Dios.
Que esta Eucaristía sea ya un comienzo de esta celebración del Misterio de Dios manifestado a todos nosotros.
 
Hermano Pastor Salvo Beas.

P. Raniero Cantalamessa: “Cristo es el mismo, ayer, hoy y siempre”

Fuente : https://es.zenit.org/articles/p-raniero-cantalamessa-cristo-es-el-mismo-ayer-hoy-y-siempre/
Segunda predicación del Adviento (Traducción integral).
22 diciembre 2017Raniero CantalamessaEspiritualidad y oración

Predicación del P. Raniero Cantalamessa © L’Osservatore Romano
Esta mañana, a las 9 horas, en la capilla Redemptoris Mater, en presencia del Santo Padre Francisco, el Predicador de la Casa Pontificia, P. Raniero Cantalamessa, franciscano capuchino, ha pronunciado el primer sermón de Adviento dedicado al tema: «Todo fue creado por él y para él» (Colosenses 1,16).
A continuación, sigue el texto íntegro de la 2ª predicación del Adviento del Padre Raniero Cantalamessa.
«CRISTO ES EL MISMO, AYER, HOY Y SIEMPRE» 
(Hebreos 13,8)
La omnipresencia de Cristo en el tiempo
 
1. Cristo y el tiempo
Después de haber meditado, la vez pasada, sobre el puesto que la persona de Cristo ocupa en el cosmos, queremos dedicar esta segunda reflexión al puesto que Cristo ocupa en la historia humana; después de su presencia en el espacio, la del tiempo.
En la Misa de la noche de Navidad en la Basílica de San Pedro, se ha retomado, tras el Concilio, el antiguo canto de la Calenda, tomado del Martirologio Romano. En él el nacimiento de Jesucristo se pone al término de una serie de fechas que lo sitúan en el transcurso del tiempo. He aquí algunas frases:
«Transcurridos muchos siglos después de la creación del mundo […];
trece siglos después de la salida de Israel de Egipto bajo la guía de Moisés;
aproximadamente mil años después de la unción de David como rey de Israel […];
en la época de la 193 Olimpiada;
en el año 752 desde la fundación de Roma.
en el año 42 del imperio de César Octavio Augusto;
cuando en todo el mundo reinaba la paz, Jesucristo, Dios eterno e Hijo del Eterno Padre, queriendo santificar el mundo con su venida, habiendo sido concebido por obra del Espíritu Santo, transcurridos nueve meses, nace en Belén de Judá de la Virgen María, hecho hombre».
Este modo relativo de calcular el tiempo, partiendo de un principio y en referencia a diversos acontecimientos, estaba destinado a cambiar radicalmente con la venida de Cristo, aunque esto no sucedió inmediatamente ni todo de una sola vez. Oscar Cullmann, en el conocido estudio «Cristo y el tiempo», explicó de modo muy claro en qué consistió este cambio en el modo humano de calcular el tiempo.
Nosotros ya no partimos de un punto inicial (la creación del mundo, la salida de Egipto, la fundación de Roma, etc.), siguiendo luego una numeración que progresa hacia adelante hacia un futuro ilimitado. Ahora partimos de un punto central, el nacimiento de Cristo, y calculamos el tiempo que lo precede de forma decreciente hacia él: cinco siglos, cuatro siglos, un siglo antes de Cristo…,  y de manera creciente el tiempo que le sigue: un siglo, dos siglos o dos milenios después de Cristo. Dentro de pocos días celebraremos el 2.017 aniversario de aquel acontecimiento.
Esta forma de calcular el tiempo, decía, no se impuso enseguida y de la misma manera. Con Dionisio el Exiguo, en el año 525, se empezaron a calcular los años a partir del nacimiento de Cristo, en lugar de la fundación de Roma; pero sólo a partir del siglo XVII (parece que con el teólogo Denis Pétau, conocido como Petavio) prevaleció la costumbre de contar también el tiempo antes de Cristo según los años que precedieron a su venida. Se ha llegado así al uso general, expresado en las fórmulas: ante Christum natum (abreviado a.C.) y post Christum natum (abreviado d.C.): antes de Cristo, después de Cristo.
Desde hace algún tiempo se está difundiendo la costumbre, especialmente en el mundo anglosajón y en las relaciones internacionales, de evitar este modo de hablar, no grato, por razones comprensibles, a personas que pertenecen a otras religiones o a ninguna religión. Por eso, en lugar de hablar de «era cristiana», o de «año del Señor», se prefiere hablar de «era corriente», o era «común» («Common era»). La mención «antes de Cristo» (a.C.) se sustituye por «antes de la era común» (en inglés BCE) y a la de «después de Cristo» (d.C.) por la mención «era común» (en inglés CE). Cambia la mención, pero no la sustancia de la cosa; el cálculo de los años y del tiempo sigue siendo el mismo.
Oscar Cullmann clarificó en qué consiste la novedad de la nueva cronología, introducida por el cristianismo. El tiempo no avanza por ciclos que se repiten, como era en el pensamiento filosófico de los griegos y, entre los modernos, en Nietzsche, sino que avanza linealmente, partiendo desde un punto indeterminado (y en realidad no datable) que es la creación del mundo, hacia un punto igualmente no preciso e imprevisible que es la parousia. Cristo es el centro de la línea, aquel al que todo tiende antes de él y del que todo depende después de él[1]. Al definirse como «el Alfa y Omega» de la historia  (Ap 21,6), el Resucitado asegura que no sólo él reúne en sí el principio al final, sino que es él mismo ese principio indeterminado y ese final imprevisible, el autor de la creación y de la consumación.
En aquel momento, la posición de Cullmann encontró una fuerte reacción hostil por parte de los representantes de la teología dialéctica, dominante en aquel tiempo: Barth, Bultmann y sus discípulos. Esta tendía a deshistorizar el Kerygma, reduciéndolo a un existencialista «llamamiento a la decisión». Profesaba, por lo tanto, un marcado desinterés por el «Jesús de la historia» en favor del llamado «Cristo de la fe». El renovado interés por la «historia de la salvación» en la teología de después del Concilio y el retorno del foco de interés por el Jesús de la historia en la exégesis (la llamada «nueva investigación histórica sobre Jesús»[2]), han confirmado la validez de la intuición de Cullmann.
Una conquista de la teología dialéctica permaneció intacta: Dios es totalmente otro respecto del mundo, la historia y el tiempo: entre las dos realidades hay una «infinita e irreductible diferencia cualitativa». Cuando se trata de Cristo, sin embargo, a esta certeza de la infinita diferencia, siempre le debe acompañar la afirmación de la igualmente «infinita» semejanza. Es el núcleo mismo de la definición de Calcedonia, expresado con las dos expresiones «inconfuse, indivise», sin confusión y sin separación. De Cristo se debe decir, de manera eminente, que está «en el mundo», pero no es «del mundo»; está en la historia y en el tiempo, pero trasciende la historia y el tiempo.
 
2. Cristo: figura, acontecimiento y sacramento
Tratemos ahora de dar un contenido más preciso a la afirmación de la omnipresencia de Cristo en la historia y en el tiempo. No es una presencia abstracta y uniforme. Se realiza de forma diferenciada en las distintas etapas de la historia de la salvación. Cristo «es el mismo, ayer, hoy y siempre» (Heb 13,8), pero no con la misma modalidad. Está presente en el Antiguo Testamento como figura, está presente en el Nuevo Testamento como acontecimiento, y está presente en el tiempo de la Iglesia como sacramento. La figura anuncia, anticipa y prepara el acontecimiento, mientras que el sacramento lo celebra, lo hace presente, lo actualiza y, en cierto sentido, lo prolonga. En este sentido, la liturgia nos hace decir en Navidad: «Hodie Christus natus est, hodie Salvator apparuit»: «Hoy Cristo ha nacido, hoy ha aparecido el Salvador».
Es una afirmación constante de san Pablo que, en el Antiguo Testamento, todo —acontecimientos y personajes— hace referencia a Cristo; es un «tipo», una profecía, o una «alegoría» de él. Pero la convicción se remonta al Jesús de los Evangelios que se aplica a sí mismo muchas palabras y hechos del Antiguo Testamento. Según Lucas, el Resucitado de camino con dos discípulos hacia Emaús, «comenzando por Moisés y por todos los profetas, les explicó en todas las Escrituras lo que se refería a él» (Lc 24,27). La tradición cristiana acuñó fórmulas breves para expresar esta verdad de fe, diciendo, por ejemplo, que la ley estaba «grávida» de Cristo; la liturgia de la Iglesia vive, prácticamente, de esta convicción y ley en referencia a Cristo cada página del Antiguo Testamento.
Además, decir que Cristo está presente en el Nuevo Testamento como «acontecimiento», significa afirmar el carácter único e irrepetible de los acontecimientos históricos relativos a la persona de Jesús y en particular su misterio pascual de muerte y resurrección. El acontecimiento es lo que sucede semel, «una vez para siempre» (Heb 9,26-28) y como tal no es repetible, al estar encerrado en el espacio y en el tiempo.
Decir finalmente que Cristo está presente en la Iglesia como «sacramento», significa afirmar que la salvación realizada por él se hace operante en la historia a través de los signos instituidos por él. La palabra «sacramento» se debe entender aquí en el sentido más amplio que incluye los siete sacramentos, pero también la palabra de Dios, e incluso toda la Iglesia como «sacramento universal de salvación». Gracias a los sacramentos, el semel se convierte en quotiescunque, «una sola vez», se convierte en «cada vez», como afirma san Pablo de la cena del Señor: «Cada vez (quotiescunque) que comáis este pan y bebáis del cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que él venga» (1 Cor 11,26).
Cuando se habla de la presencia de Cristo en la historia de la salvación como figura, como acontecimiento y como sacramento, hay que evitar el error de Joaquín de Fiore (o al menos atribuido a él): es decir, el de dividir toda la historia humana en tres épocas: la época del Padre, que sería el Antiguo Testamento; la era del Hijo, que sería el Nuevo Testamento; y la era del Espíritu Santo, que sería el tiempo de la Iglesia. Esto no sólo sería contrario a la doctrina de la Trinidad (que actúa siempre conjuntamente en las obras ad extra), sino también contra la doctrina cristológica. El acontecimiento Cristo no es uno de los tres momentos o de las tres fases de la historia, sino el centro de ellos, aquello a lo que tiende el tiempo antes de él y de quien toma sentido el tiempo después de él. Es la bisagra que los une y los distingue. Esta es precisamente la verdad expresada por la nueva cronología que divide el tiempo en «antes de Cristo» y «después de Cristo».
 
3. El encuentro que cambia la vida
Ahora, como de costumbre, pasamos del macrocosmos al microcosmos, de la historia universal a la historia personal, es decir, de la teología a la vida. La constatación de que Cristo, incluso en la costumbre universal de datar los acontecimientos, es reconocido como el gozne y la bisagra del tiempo, el centro de gravedad de la historia, no debe ser para un cristiano un motivo de orgullo y de triunfalismo, sino la ocasión para un austero examen de conciencia.
La pregunta desde donde partir es simple: ¿es Cristo también el centro de mi vida, de mi pequeña historia personal? ¿De mi tiempo? ¿Ocupa en ella un lugar central sólo en teoría, o también de hecho? ¿Es una verdad sólo pensada, o también vivida?
En la vida de la mayoría de las personas hay un acontecimiento que divide la vida en dos partes, crea un antes y un después. Para los casados, en general, es el matrimonio y ellos dividen su vida así: «Antes de casarme» y «después de casado»; para los sacerdotes es la ordenación sacerdotal: antes de la ordenación, después de la ordenación; para los religiosos, es la profesión religiosa.
También san Pablo dividía su vida en dos partes, pero la línea divisoria no era ni el matrimonio ni la ordenación. «Yo era, yo era …» —escribe a los Filipenses—, y sigue la lista de todos sus títulos y garantías de santidad (circuncidado, hebreo, observante de la ley, irreprensible); pero de repente todo esto, de ganancia se convirtió para él en pérdida, de motivo de vanagloria en basura. ¿Por qué? «Debido, dice, a la sublime ventaja de conocer a Cristo Jesús como mi Señor» (Flp 3,5 ss.). El encuentro fogoso con Cristo creó en la vida del Apóstol una especie de «antes de Cristo» y «después de Cristo» personal.
Para nosotros esta línea divisoria es más difícil de detectar; todo es fluido, diluido en el tiempo y jalonado por los llamados «ritos de paso»: bautismo, confirmación, matrimonio, ordenación sacerdotal o profesión religiosa. ¿Cómo hacer para experimentar también nosotros algo de lo que experimentaron san Pablo, san Hilario y tantos otros con ellos?
Para nuestra suerte, un acontecimiento de este tipo no es fruto exclusivo de los sacramentos; más aún, los sacramentos pueden perfectamente no representar ningún verdadero «tránsito», desde el punto de vista existencial. El encuentro personal con Cristo es un acontecimiento que puede tener lugar en cualquier momento de la vida. A propósito de él, la Exhortación Apostólica Evangelii gaudium escribe:
«Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo (!) su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor» (EG 3).
En una homilía pascual anónima del  siglo IV, concretamente del año 387, el obispo hace una afirmación sorprendentemente moderna, casi existencialista ante litteram. Dice:
«Para cada hombre, el principio de la vida es aquel, a partir del cual Cristo fue inmolado por él. Pero Cristo se inmoló por él en el momento en que él reconoce la gracia y se hace consciente de la vida que le ha procurado desde esa inmolación»[3].
Al acercarnos a la Navidad, podemos aplicar al nacimiento de Cristo lo que el autor dice de su muerte.  «Para cada hombre el principio de la vida es aquel, a partir del cual Cristo ha nacido para él. Pero Cristo nace para él en el momento en que él reconoce la gracia y pasa a ser consciente de la vida que le ha procurado ese nacimiento».
Es un pensamiento que ha atravesado, se puede decir, toda la historia de la espiritualidad cristiana, comenzando por Orígenes, pasando por san Agustín, san Bernardo, Lutero y los demás: «¿Para qué me sirve —dice— que Cristo haya nacido una vez de María en Belén, si no nace también por la fe en mi alma?»[4]. En este sentido, cada Navidad, también la de este año, podría ser la primera verdadera Navidad de nuestra vida.
Un filósofo ateo ha descrito en una página famosa el momento en que uno descubre la existencia, las cosas; es decir, descubre que existen en la realidad y no sólo en el pensamiento.
«Estaba —escribe— en el jardín público. La raíz del castaño se hundía en la tierra, precisamente bajo mi banco. No me acordaba ya de lo que era una raíz. Las palabras habían desaparecido y, con ellas, el significado de las cosas, los modos de su uso, los tenues signos de reconocimiento que los hombres han trazado sobre su superficie […]. Y luego tuve este relámpago de iluminación. Se me cortó la respiración. Nunca, antes de estos últimos días, había presentido lo que quiere decir “existir”. Era como los demás, como los que pasean en la orilla del mar en sus trajes primaverales. Decía como ellos: “El mar es verde; aquel punto blanco arriba es una gaviota», pero no sentía que esto existía, que la gaviota era una “gaviota-existente”; normalmente la existencia se esconde. Allí, en torno a nosotros, no se pueden decir dos palabras sin hablar de ella y, finalmente, no se toca […]. Y luego, he aquí, de golpe, estaba allí, clara como el día: la existencia se había repentinamente desvelado»[5].
Algo similar ocurre cuando uno que ha pronunciado infinitas veces el nombre de Jesús, que conoce casi todo sobre él, que ha celebrado innumerables Misas, un día descubre que Jesús no es sólo una memoria del pasado, por muy litúrgica y sacramental que sea, no es un conjunto de doctrinas, dogmas, un objeto de estudio; no es, en definitiva, un personaje, sino una persona viva y existente, aunque invisible para los ojos. Cristo ha nacido en él; se ha producido un salto de calidad en su relación con Cristo.
Es lo que han experimentado los grandes conversos, en el momento en que, por un encuentro, una palabra, una iluminación desde lo alto, de repente se enciende en ellos una gran luz, han tenido, ellos también, su «respiración cortada» y han exclamado: «¡Pero entonces Dios existe! ¡Es todo verdad!». Le sucedió, por ejemplo, a Paul Claudel que el día de Navidad de 1886 entró por curiosidad en la catedral de Notre Dame, en París y, al escuchar el canto del Magníficat, tuvo «el sentimiento lacerante de la eterna infancia de  Dios» y exclamó: «¡Sí, es cierto, es cierto! Dios existe. ¡Está aquí. Es alguien, es un ser personal como yo! Me ama, me llama». En aquel instante, escribió más tarde, «sentí que entraba en mí toda la fe de la Iglesia»[6].
Hagamos un paso ulterior. Cristo, hemos visto, no es sólo el centro, o el centro de gravedad, de la historia humana, aquel que, con su venida, crea un antes y un después en el transcurso del tiempo; es también aquel que llena cada instante de este tiempo; es «la plenitud», el Pleroma (Col 1,19),  también en el sentido activo que llena de sí la historia de la salvación: primero como figura, luego como acontecimiento y finalmente como sacramento.
¿Qué significa todo esto trasladado al plano personal? Significa que Cristo debe llenar también mi tiempo. «Llenar de Jesús la mayoría de instantes posibles de la propia vida»: no es un programa imposible. No se trata, de hecho, de estar todo el tiempo pensando en Jesús, sino de «darse cuenta» de su presencia, abandonarse a su voluntad, decirle rápidamente «¡Te amo!», cada vez que tenemos la oportunidad (¡mejor la inspiración!) de entrar en nosotros mismos.
La técnica moderna nos ofrece una imagen que nos puede ayudar a entender de qué se trata: la conexión a internet. Al viajar y estar largo tiempo fuera de la propio casa, he experimentado lo que significa trajinar largamente para poder tener la conexión a internet, con hilos o sin hilos, y luego, finalmente, a punto de rendirte, que aparezca de golpe en la pantalla la visión liberadora de Google. Si antes me sentía aislado, sin poder recibir el correo, buscar una información, comunicarme con los de mi comunidad, ahora se me abría de par en par el mundo entero. Se produjo la conexión.
Pero, ¿qué es esta conexión en comparación con la que se realiza cuando uno se «conecta» por la fe con Jesús resucitado y vivo? En el primer caso, se te abre delante el pobre y trágico mundo de los hombres; aquí se te abre delante el mundo de Dios, porque Cristo es la puerta, es la vía que introduce en la Trinidad y en el infinito.
La reflexión sobre «Cristo y el tiempo» que hemos intentado hacer puede obrar una curación interior importante para la mayoría de nosotros: la curación de la añoranza estéril de la «feliz juventud», la liberación de esa mentalidad arraigada que lleva a ver en la vejez sólo una derrota y una enfermedad, y no una gracia. Delante de Dios, el tiempo mejor de la vida no es el más lleno de posibilidades y de actividad, sino el más lleno de Cristo porque se inserta ya en la eternidad.
El año que viene verá a los jóvenes en el centro de la atención de la Iglesia con el Sínodo sobre «Los jóvenes y la fe» como preparación de las Jornadas Mundiales de la juventud. Ayudémosles a llenar de Cristo su juventud y les habremos hecho el don más hermoso. «Todo, excepto lo eterno, para el mundo es vano», escribió un poeta nuestro[7]. Nosotros podemos decir con igual verdad: «Todo, excepto a Jesús, para el mundo es vano». Hace falta poca fuerza para mostrarse, pero hace falta muchas para esconderse y borrarse. Dios es infinita capacidad de ocultamiento y la Navidad es su signo más claro.
Santo Padre, venerables Padres, hermanos y hermanas, ¡Feliz Navidad a todos!
 
© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco
[1] Oscar Cullmann, Christ et le temps (Neuchâtel-París 1947) [trad. esp. Cristo y el tiempo (Cristiandad, Madrid 2008)].
[2] Cf. James D. G. Dunn, A New Perspective on Jesus  (Grand Rapids, Michigan 2005) [trad. esp. Redescubrir a Jesús de Nazaret. Lo que la investigación sobre el Jesús histórico ha olvidado (Sígueme, Salmanca 2006)].
[3] Homilía pascual del año 387: SCh 36, p. 59 s.
[4] Cf. Orígenes, Comentario al evangelio de Lucas 22,3: SCh 87, p. 302. Angelo Silesio (El peregrino querúbico, I, 6,1) expresó este mismo pensamiento en dos versos atrevidos: «Aunuqe mil veces en Belén naciera Cristo / si no nace en ti para siempre estás condenado» ( “Wird Christus tausendmal zu Betllehem geborn / und nicht in dir: du bleibst noch ewiglich verlorn”).
[5] Jean-Paul Sartre, La naúsea (Milán 1984) 193ss. [trad. esp. La naúsea (Alianza Editorial, Madrid 2016)].
[6] Cf. Paul Claudel, «Ma conversion», en Paul Claudel, Oeuvres en prose (Gallimard, París 1965).
[7] Antonio Fogazzaro, «A Sera», en Le poesie (Mondadori, Milán 1935) 194-197.

Comentario al evangelio de hoy viernes 22 de diciembre de 2017.

La alegría de María
Viernes III de Adviento

Por: H. Jesús Salazar Brenes, L.C.
Fuente: http://es.catholic.net/op/articulos/67744/la-alegria-de-maria.html

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Cristo, Rey nuestro. ¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Gracias, Señor, por todas las bendiciones y cruces que hemos vivido juntos en este año, enséñame a ser portador de tu alegría y a poder escuchar lo que me quieres decir.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Lucas 1,46-56
En aquel tiempo, dijo María: «Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava.
Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Santo es su nombre, y su misericordia llega de generación en generación a los que le temen.
Él hace sentir el poder de su brazo: dispersa a los de corazón altanero, destrona a los potentados y exalta a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide sin nada.
Acordándose de su misericordia, viene en ayuda de Israel, su siervo, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia, para siempre».
María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.
Palabra del Señor.
 
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Miles de personas soñarían con tener un mensaje personal de la Santísima Virgen, y hoy el Evangelio nos quiere regalar -el- mensaje directo de nuestra Madre.
La Palabra de Dios nos contagia de la alegría de María que tiene a Jesús en su vientre y quiere que le amemos tanto como lo ama ella.
Una actitud de alguien que ama profundamente es saber captar los pequeños detalles sin necesidad de palabras y por eso María nos quiere enseñar a ser agradecidos, a ser humildes, para poder tener en nuestro día un detalle de amor, en primer lugar con Jesús, y después con todos aquellos con los que nos encontremos hoy.
Pensemos en todas las bendiciones que Dios nos ha dado este año ¡Qué hermoso revivir esos momentos en la memoria! Pero también pensemos en las cruces que nos han causado sufrimiento ¿Ya agradecimos por ellas también? El sufrimiento es un tema sobre el que quisiéramos hacer «borrón y cuenta nueva», sin embargo, viene Jesús niño y no solo quiere llenar ese vacío, sino que quiere sanar nuestra alma y llenarla de alegría. Jesús es el «pequeño» gran detalle de amor que Dios quiere regalarnos.
Contagiemos en este día la alegría del Evangelio, la alegría de tener a Jesús dentro de nosotros, como María que aguarda con esperanza el nacimiento de su hijo.
En realidad, nuestra alegría es un reflejo de la alegría de María, porque es Ella quien ha cuidado y cuida con fe los eventos de Jesús. Recitamos por tanto esta oración [el Regina coeli] con la conmoción de los hijos que están felices porque su Madre está feliz.
(Homilía de S.S. Francisco, 7 de abril de 2015).
 
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
 
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Hoy procuraré ver los pequeños detalles y ser agradecido para contagiar la alegría de Jesús niño que está cerca.
 
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

EDD. viernes 22 de diciembre de 2017.

Fuente :  http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=readings&localdate=20171221
 
Feria de Adviento: Semana antes de Navidad (22 dic.)
Primer Libro de Samuel 1,24-28.
Cuando el niño dejó de mamar, lo subió con ella, llevando además un novillo de tres años, una medida de harina y un odre de vino, y lo condujo a la Casa del Señor en Silo. El niño era aún muy pequeño.
Y después de inmolar el novillo, se lo llevaron a Elí.
Ella dijo: «Perdón, señor mío, ¡por tu vida, señor!, yo soy aquella mujer que estuvo aquí junto a ti, para orar al Señor.
Era este niño lo que yo suplicaba al Señor, y él me concedió lo que le pedía.
Ahora yo, a mi vez, se lo cedo a él; para toda su vida queda cedido al Señor». Después se postraron delante del Señor.
 
Primer Libro de Samuel 2,1.4-5.6-7.8abcd.
Mi corazón se regocija en el Señor,
tengo la frente erguida gracias a mi Dios.
Mi boca se ríe de mis enemigos,
porque tu salvación me ha llenado de alegría.
El arco de los valientes se ha quebrado,
y los vacilantes se ciñen de vigor;
los satisfechos se contratan por un pedazo de pan,
y los hambrientos dejan de fatigarse;
la mujer estéril da a luz siete veces,
y la madre de muchos hijos se marchita.
El Señor da la muerte y la vida,
hunde en el Abismo y levanta de él.
El Señor da la pobreza y la riqueza,
humilla y también enaltece.
El levanta del polvo al desvalido
y alza al pobre de la miseria,
para hacerlos sentar con los príncipes
y darles en herencia un trono de gloria.
 
Evangelio según San Lucas 1,46-56.
María dijo entonces:
«Mi alma canta la grandeza del Señor,
y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador,
porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora.
En adelante todas las generaciones me llamarán feliz».
Porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas:
¡su Nombre es santo!
Su misericordia se extiende de generación en generación
sobre aquellos que lo temen.
Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón.
Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos
y despidió a los ricos con las manos vacías.
Socorrió a Israel, su servidor,
acordándose de su misericordia,
como lo había prometido a nuestros padres,
en favor de Abraham y de su descendencia para siempre».
María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa.
 
Comentario del Evangelio por San Ambrosio (c. 340-397), obispo de Milán y doctor de la Iglesia. Comentario a san Lucas, 2, 26-27
 
“Ensalcemos juntos su nombre”.
Que en todos resida el alma de María para glorificar al Señor; que en todos resida el espíritu de María para exultar en Dios. Si bien es cierto que, físicamente, no hay más que una Madre de Cristo, por la fe Cristo es el fruto de todos, porque toda alma recibe al Verbo de Dios con la condición de permanecer sin mancha, preservada, desde el momento que sea, del mal y del pecado, guardando la castidad en una inalterada pureza. Así pues, toda alma que llega a este estado exalta al Señor, igual que el alma de María exaltó al Señor y su espíritu se estremeció en Dios Salvador.
 
En efecto, el Señor fue magnificado tal como lo habéis leído en otra parte: “Proclamad conmigo la grandeza del Señor” (Sl 33,4). No porque la palabra humana pueda añadir algo al Señor, sino porque él crece en nosotros. Porque “Cristo es la imagen de Dios” (2C 4,4), y así el alma que hace alguna cosa justa y religiosa, proclama esta imagen de Dios, a semejanza de quien ella ha sido creada. Entonces, proclamándola, en cierta forma participa de su grandeza y se eleva; parece que reproduce en ella esta imagen a través del esplendor de los colores de sus buenas obras y, hasta cierto punto, la copia por sus virtudes.