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Decir que San Francisco no fue un teólogo de escuela resulta ya un tópico, pero es verdad. Él no es un teólogo, es un lugar teológico, diríamos. Por eso, cuando nos acercamos a él para tratar un tema, uno se encuentra desarmado, porque sus escritos son breves, no tiene una doctrina sistematizada ni tesis doctrinales desarrolladas. Francisco es un sentidor, un creyente lleno del Espíritu Santo, un testigo que nos ha transmitido una experiencia y nos invita a sus hermanos a reproducirla en nuestras vidas. San Francisco se definió simple e iletrado, pequeñuelo, siervo, heraldo del gran Rey. No lo dijo, pero podía haber dicho que fue también el heraldo, el pregonero de la Virgen, su caballero amante, de la que predicó mucho y escribió poco, pero, quizás, en ese poco dijo todo lo que se puede decir y predicar de la Virgen María. De ello nos queremos ocupar aquí y ahora.
1. Francisco, heraldo de María, la Madre de Jesús En San Francisco la clave de interpretación de todas sus actitudes y expresiones es el amor. Rubén Darío lo ha contemplado y descrito certeramente con dos palabras: «Un hombre con alma de querube y corazón de lis». El «serafín de Asís», le llama el pueblo devoto. Francisco amaba a Dios y a todas las criaturas con todo su ser, pero de modo particular «amaba con indecible afecto a la madre del Señor Jesús, por ser ella la que ha convertido en hermano nuestro al Señor de la majestad, y por haber nosotros alcanzado misericordia mediante ella. Después de Cristo, depositaba principalmente en ella su confianza; por eso la constituyó abogada suya y de todos los hermanos» (LM 9,3; cf. 2 Cel 198). Lo de Francisco transciende el sentimentalismo; es devoción auténtica, y es amor filial motivado por lo que es nuclear en la Virgen María: su maternidad. Esta es la motivación que explica todo lo que Francisco siente, vive y nos transmite cuando habla y cuando escribe. Dice su biógrafo Celano que «le tributaba peculiares alabanzas, le multiplicaba oraciones, y le ofrecía afectos tantos y tales como no puede expresar lengua humana. ¡Ea, abogada de los pobres!, cumple con nosotros tu misión de tutora hasta el día señalado por el Padre» (2 Cel 198). Francisco veía en María, por su condición de madre, la prolongación de la misericordia, del amor y de la omnipotencia de Jesús, su hijo y redentor nuestro. Ambos, como diría la teología posterior, fueron predestinados en un mismo decreto por el Padre para consumar la misma obra: la redención del género humano. Madre e Hijo constituyen un tándem indesglosable. Dos fiestas eran para San Francisco objeto de particular fervor y regocijo, y para las que se preparaba con un retiro de cuarenta días de oración y ayuno: Navidad y la Asunción. La Navidad, nos dice Celano, «la llamaba la fiesta de las fiestas, en la que Dios, hecho niño pequeñuelo, se crió a los pechos de madre humana» (2 Cel 199). Cuando meditaba este misterio, dicen las fuentes franciscanas que lloraba de ternura y agradecimiento. Este agradecimiento lo expresa ante el Padre cuando en el capítulo 23 de la primera Regla, su “credo”, al hacer un repaso de la historia de la salvación, escribe: «Y te damos gracias porque (…) quisiste que Él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen beatísima Santa María» (1 R 23,3). María es para Francisco, como no podía por menos, modelo y ejemplo. En un escrito dirigido a toda la Orden dice a los hermanos sacerdotes que celebran, reciben y administran el cuerpo del Señor: «Si la bienaventurada Virgen es tan honrada, como es justo, porque ha llevado en su santísimo seno al Señor…, ¡cuán santo, justo y digno debe ser quien toca con las manos ese mismo cuerpo en la eucaristía!» (cf. CtaO 21). La ejemplaridad de María es propuesta por Francisco a los hermanos en paralelo con Cristo, su hijo, en particular cuando se refiere a la santa pobreza. En la Carta a todos los fieles, después de referirse al misterio de la Encarnación, añade: «Y, siendo Él sobremanera rico, quiso, junto con la beatísima Virgen, su Madre, escoger en el mundo la pobreza» (2CtaF 5). Llamaba a la pobreza reina de las virtudes, «pues con tal prestancia había resplandecido en el Rey de los reyes y en la Reina, su Madre» (LM 7,1; cf. 2 Cel 200). En su “Testamento” a la hermana Clara le recuerda: «Yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza de nuestro altísimo Señor Jesucristo y de su santísima Madre, y perseverar en ella hasta el fin» (UltVol 1-2). San Francisco quiso ser pobre porque Cristo y su Madre fueron pobres y vivieron pobres. Amaba a los pobres y veía en ellos, con los ojos de la fe, un icono de Cristo y de su pobrísima Madre. Solía decir: «Hermano, cuando ves a un pobre, ves un espejo del Señor y de su Madre pobre» (2 Cel 85). Francisco, que tanto amó y veneró a María por el don de su maternidad divina, se alegraba y daba también gracias por saber que, por gracia de Dios y obra del Espíritu Santo, él, y cualquier cristiano, puede ser respecto de Cristo espiritualmente lo que la Virgen fue física y biológicamente, es decir, engendrarlo por la escucha de la Palabra, llevarlo en el corazón y darlo a luz mediante las obras santas, que deben ser luz para ejemplo de los otros (cf. 2CtaF 53; 1CtaF I, 10). Después de Cristo, su Madre, María, pero siempre y en todo inseparables. 2.- Francisco ora a María, cree y proclama Pocos teólogos habrán logrado hacer una síntesis tan completa de la mariología como este «intrépido caballero de la Señora», como le llama el padre Gemelli. La sabiduría de este hombre era don del Espíritu Santo. Nada de razonamientos ni abstracciones. Usó el lenguaje más sencillo, expresivo y comprensible a todos. María es la madre que engendra en su seno a Jesús, el Niño Dios, al que convierte en nuestro hermano, y al que crió con sus pechos como cualquier otra madre humana (cf. 2 Cel 199). Al usar el santo este lenguaje tan realista, quizás haya que recordar aquí una circunstancia particular, y es la de que Francisco tiene ante sí un ambiente contaminado por la doctrina docetista del doble principio propagada por los Cátaros, quienes enseñaban que la naturaleza humana, la materia, es mala. De ser esto así, Dios no habría podido encarnarse en ella y, por tanto, la Virgen María no podía, en modo alguno, ser madre de Dios ni madre nuestra. Francisco llega aquí como un cruzado providencial de la ortodoxia entre el pueblo sencillo al que habla con su mismo lenguaje, al tiempo que en pocas palabras escritas dejó para los teólogos posteriores de su Orden el desarrollo del más completo tratado de mariología, como puede comprobarse por la historia. Con la fe más viva y la ternura filial más profunda, Francisco fija la mirada en la Señora, la confiesa y la saluda: «¡Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, virgen convertida en templo -hecha Iglesia-, y elegida por el santísimo Padre del cielo, consagrada por Él con su santísimo Hijo amado y el Espíritu Santo Paráclito; que tuvo y tiene toda la plenitud de gracia y todo bien! No ha nacido entre las mujeres ninguna semejante a ti, hija y esclava del altísimo Rey sumo y Padre celestial, Madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo, esposa del Espíritu Santo: (…) ¡Salve, palacio de Dios! ¡Salve, tabernáculo de Dios! ¡Salve, casa de Dios! ¡Salve, vestidura de Dios! ¡Salve, esclava de Dios! ¡Salve, Madre de Dios! Ruega por nosotros…» (SalVM; OfP Ant). Evidentemente, no es este el lugar ni el momento de detenernos a comentar tan preciosos y profundos textos. Pero, en síntesis, creo que el Saludo es una bellísima paráfrasis del Ave María. Que Francisco sabe enmarcar muy acertadamente el icono de María en el seno de la Trinidad. Ella es santa, pero en dependencia siempre de Dios trino, que es el santísimo. Ella es madre, pero es hija y esclava; es la incomparable, pero sin dejar de ser humana; la elegida entre todas las mujeres para ser la primera Iglesia -virgen hecha iglesia-, llamada a ser madre, modelo y prototipo de la Iglesia. Ella es la que ha revestido a Dios de carne mortal -vestidura de Dios-, y se ha convertido en tienda para que el Verbo de Dios acampara entre nosotros -casa de Dios y tabernáculo de Dios-. María es pura inhabitación de la Santísima Trinidad, que la consagró con su elección y presencia antes de crear el mundo, para ser la inmaculada Madre del Verbo por obra del Espíritu Santo. ¿Qué más se puede decir de María? Las Fuentes franciscanas destacan con acentos particulares la predilección de Francisco por los lugares marianos, es decir, por las iglesias puestas bajo la protección de la Virgen. Entre todas tuvo para él un especial atractivo la ermita, restaurada con sus propias manos, de Santa María de los Angeles o de la Porciúncula. Solía decir que tenía revelación de que la Virgen amaba aquella iglesia con predilección entre todas las construidas en su honor en todo el mundo, y por eso el santo la amaba también más que a todas, y tenía buenas razones para ello: allí recordaba y revivía su llamada evangélica; allí reunió los 12 primeros compañeros que le regaló el Señor; allí acogió a la hermana Clara cuando vino a él para consagrarse definitivamente a Dios; allí quería reunirse en capítulo para confraternizar y alegrarse con todos los hermanos. No es de extrañar que al sentirse próximo a entregar su espíritu a Dios quisiera que le llevaran también «allí donde por mediación de la Virgen Madre de Dios había recibido el espíritu de gracia» (cfr. LM 14,3). No nos extraña, pues, que, no obstante su radical desprendimiento de todo, al referirse a la Porciúncula dijera a los hermanos: «Hijos míos, mirad que nunca abandonéis este lugar. Si os expulsan por un lado, volved a entrar por el otro» (1 Cel 106; LM 2,8). La piedad mariana de Francisco, acuñada en muchos detalles de la tradición cristiana, pero nacida especialmente de la espiritualidad de este gran santo, fue recogida vitalmente por la Orden y transmitida a través de los siglos con la pluma y con la palabra, y, a veces, incluso, a costa de la sangre, como ocurrió con el dogma de la Inmaculada. Desde el Capítulo General celebrado en Toledo el año 1645, la Orden se puso bajo la protección de María Inmaculada, a la que declaró Reina y Señora de toda la Familia Franciscana. Acojamos este amor y esta devoción del Seráfico Padre como una preciosa herencia, y hagamos nuestra aquella oración puesta por Tomás de Celano en boca de San Francisco: «¡Ea, Abogada de los pobres!, cumple con nosotros tu misión de tutora hasta el día señalado por el Padre» -el fin del mundo- (2 Cel 198). [José Álvarez Alonso, OFM, Via Franciscanos.org |
Homilía para la Eucaristía del domingo 21 de agosto de 2016
Paz y Bien a todos. A pesar de todo los echo de menos. Pronto nos veremos. Un abrazo.
DOMINGO XXI.
Isaías 66,18-21: una alegre noticia: el Señor va a reunir a todas las naciones. Serán como una ofrenda agradable a Dios.
Lucas 13,22-30: los nuevos elegidos de Dios; Dios los llama, pero el llamado debe saber responder.
1.- Hace varios domingos que la Palabra nos está hablando del discipulado; es que ser discípulo es un Don y es también una opción. El discípulo es, como se veía el domingo pasado, el que se sumerge en la Voluntad de Dios, el que, como Jesús, está dispuesto a recibir el bautismo de Jesús. Pero eso no es todo. Hoy se nos presentan unos rasgos propios del discípulo y la comunidad de los discípulos.
El discípulo tiene que asumir una lucha constante y esforzarse por ingresar por la “puerta estrecha”. ¿Qué significa esta expresión? El discípulo es un seguidor de Jesús, lo que implica afrontar los conflictos y renuncias y persecuciones como su Maestro. En el texto se lee: “Traten de entrar por la puerta estrecha”, lo que suena a “luchar, pelear, batallar” por ingresar por la puerta estrecha.
2.- Jesús dice esto cuando se le pregunta cuántos son los que se salvan. El Señor no pone el acento en el número, sino en los requisitos. Si bien es cierto que la salvación es un don del Señor, no obstante, no es ni la nacionalidad ni el parentesco, ni ningún título humano el que garantiza la salvación. La salvación es consecuencia de una vida de discipulado. No debemos perder de vista esto que es fundamental: el discipulado es vida, el cristianismo es vida. No sin razón hablamos de “Vida espiritual”, que es lo mismo que decir “Vivir la fe”. El cristianismo, el discipulado no es algo estático y pasivo. La vida de fe es como el agua; si se estanca se corrompe, no sirve. Hoy la gran mayoría ha perdido de vista esto que nos dice el evangelio y se conforma con una religiosidad “light”, pero que no transforma la vida de la persona.
Para formar parte del número de los salvados no basta con haber tenido familiaridad con el Señor o mucha religiosidad, sino que requiere vivir con el Señor, obrar como el Señor.
El Señor hace la desconocida a todos los que obran el mal, a los que no vivieron de acuerdo a la Voluntad de Dios.
3.- Hay dos males que debemos evitar en nuestra vivencia de la fe. Primero: creer que la salvación es una simple conquista humana. Yo me gano la salvación con mi esfuerzo personal. Prescindir de la Gracia. Segundo: creer que por ser la salvación una obra de la gracia lo único que le queda al creyente es esperar pasivamente. Y eso no lo dice el evangelio. Aquí cabe lo del dicho popular: “A Dios rogando y con el mazo dando”. O como diría san Agustín: “El que te creó sin ti no te salvará sin ti”. En la Economía de la salvación siempre se dan dos elementos: el divino y el humano. Ya sabemos lo que Dios hace. Hoy se nos dice qué debemos hacer nosotros.
4.- Aquí en la Eucaristía todo esto es realidad. Hay Eucaristía porque hay pan y vino. Pero también porque está la acción del Espíritu. Sin el Espíritu Santo no tendríamos Cuerpo y Sangre de Cristo.
Lo mismo en nosotros. Somos cristianos, discípulos, porque hemos optado por Cristo y luchamos por seguirle. Pero sin El nada podemos hacer. Con san Pablo podemos exclamar: “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (1Corintios 15,10).
La Eucaristía es ayuda, es gracia, es empuje para seguir luchando por entrar al Banquete del Reino, junto con Abraham y los elegidos de Dios de todos los pueblos. Unidos a todos los pueblos alabamos a Dios, porque es eterna su misericordia.
Hno. Pastor Salvo Beas.
Párroco de San Miguel.


