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Homilía para la Eucaristía del domingo 18 de enero de 2026.

SEGUNDO DOMINGO. A


Isaías 49,3.5-6: Dios llama a su Servidor y lo envía para reunir al Pueblo disperso y desterrado; ser luz para todas las naciones.
1Corintios 1,1-3: Inicio de la carta, en la que se dirige a una comunidad de santos a los que desea la gracia y la paz.
Juan 1,29-34: Jesús es presentado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

1.- Hermanos, quiero partir haciendo un diagnóstico negativo, pesimista, si ustedes quieren, ¿Y cuál es este diagnóstico? Que el mundo, la humanidad, está infectada y contrajo una grave enfermedad que es una terrible pandemia. Y tiene un nombre concreto: el PECADO. Sí, aunque a muchos no les agrade hablar de esta realidad, la verdad es que todos estamos contagiados de este mal, el cual reviste variadas manifestaciones. Pero todas tienen en común que producen una triple ruptura: con Dios, consigo mismo y con los demás. Y ya sabemos cuáles son las consecuencias.


2.- Pero Dios pone el remedio. Y este remedio tiene un nombre concreto: el REINO DE DIOS. Por algo dice el evangelio que Jesús comenzó a proclamar la buena Noticia del Reino, que exige conversión. Aceptar el Reino de Dios, su presencia, produce salvación. Cuando se acepta la soberanía de Dios se supera el mal.
Por eso la Palabra de Dios habla de alguien que viene a recomponer lo que está roto, dividido, quebrantado, lo que es consecuencia del pecado.
Pablo en su carta habla de personas santificadas por Dios al aceptar a Jesucristo. Si el pecado es ruptura, división, la presencia salvífica de Dios es Gracia y paz, unión y reparación. De modo que la Gracia, que es el remedio contra esta pandemia, tiene sus efectos y sus consecuencias.


3.- La presencia de Dios en nosotros tiene como efecto que nos hace hijos de Dios, santos, reconciliados con Dios. Por aceptar el Reinado de Dios en nosotros somos revestidos de Cristo, pasamos a ser miembros de su Cuerpo, que es la Iglesia.. De manera que llegamos a ser hombres nuevos. Es cuestión de leer detenidamente todo lo que dice el Apóstol Pable en el encabezamiento de esta carta a los Corintios. Claro que aceptar el Reino de Dios supone una sincera conversión, es decir, aceptar el Mensaje y la Perona de Jesús. Es aceptar el remedio, el antídoto a este terrible mal que aflige a toda la humanidad.


4.- El evangelio nos presenta a Jesús como el CORDERO DE DIOS.
En la cultura del Antiguo Testamento el cordero es el animal que con su sangre libró al pueblo del exterminio en la noche de Pascua. En el A.T. se habla del cordero que es llevado mudo al matadero para ser sacrificado. El Nuevo Testamento aplica esto a Jesús. Él sí que es el verdadero cordero, ya que no sólo perdona los pecados, sino los quita.
Si aceptamos por la fe a Cristo Él quita aquello que es causa de tanto mal en cada uno de nosotros. Nos sentimos perdonados, sanados, puestos de pie. Con certeza lo digo: aunque nuestro historial tenga mucho de qué avergonzarnos, si aceptamos a Jesús Él quita este lastre, lo malo que hay en nosotros. ¿No me crees? Lee a Isaías 1,18: “–dice el Señor– Aunque sus pecados sean como la escarlata, se volverán blancos como la nieve; aunque sean rojos como la púrpura, serán como la lana”.
Si esto dice el Antiguo Testamento, ¿qué podemos decir de Jesús? He aquí el remedio, he aquí al Salvador, con quien vamos ahora a entrar en comunión.
Hno. Pastor.