Comentario al Evangelio del domingo 04 de enero de 2026.

Solemnidad de la Epifanía del Señor
Epifanía, movimiento y ternura. La Epifanía revela no solo quién es Jesús, sino de dónde nace nuestra búsqueda.
Hermanos y hermanas, hoy celebramos la Epifanía del Señor, la fiesta de la manifestación de Dios a todos los pueblos. El Dios que no se esconde, sino que se deja encontrar; el Dios que se revela no en el poder, sino en la fragilidad de un niño, envuelto en pobreza y sencillez. La Epifanía nos recuerda que el Niño de Belén es luz para todas las naciones, sin exclusiones, sin fronteras.
Desde la perspectiva francisclariana, la Epifanía se contempla a partir de la encarnación humilde. San Francisco de Asís tenía un profundo amor por el misterio del Dios que se hace pequeño. Para él, el pesebre no era solo una representación devocional, sino una verdadera escuela teológica: Dios se manifiesta en la minoridad, en la sencillez, en la cercanía con los pobres y los pequeños.
Los Magos, venidos de Oriente, representan a toda la humanidad en búsqueda. Siguen una estrella, un signo discreto, pero suficiente para quien tiene el corazón atento. Francisco y Clara nos enseñan que Dios continúa manifestándose en los signos sencillos de la creación, en la historia concreta, en los hermanos y hermanas, especialmente en los más vulnerables. Quien aprende a contemplar, aprende también a reconocer.
Al llegar a Belén, los Magos no encuentran un palacio, sino una casa pobre; no un rey poderoso, sino un niño. Y, sin embargo, se postran y lo adoran. He aquí la gran enseñanza de la Epifanía: Dios subvierte nuestras expectativas. En la lógica franciscana, solo el corazón despojado es capaz de reconocer la verdadera gloria de Dios, escondida en la humildad.
Santa Clara, mujer de la contemplación luminosa, nos recuerda que ver a Dios es dejarse transformar por Él. Al fijar los ojos en el Cristo pobre y crucificado, Clara descubrió la verdadera luz que no deslumbra, sino que ilumina interiormente. Así también los Magos: después del encuentro, “regresaron por otro camino”. Quien encuentra al Señor no puede seguir siendo el mismo.
Los dones ofrecidos —oro, incienso y mirra— expresan la totalidad de la vida puesta a los pies de Cristo. En la teología francisclariana, esto significa ofrecerse por entero: la vida, la misión, los dones, las fragilidades. Es la respuesta de quien reconoce que Dios se ha manifestado no para ser poseído, sino para ser seguido.
Celebrar hoy la Epifanía es renovar nuestra vocación a la fraternidad universal. Francisco llamaba a todos hermanos: al sol, a la luna, a los pobres, a los enfermos, a los extranjeros. La Epifanía nos invita a derribar muros y a reconocer que la luz de Cristo brilla en todos los pueblos y culturas.
Hermanos y hermanas, pidamos la gracia de ojos sencillos, capaces de reconocer la presencia de Dios en lo cotidiano; de corazones pobres, abiertos a la sorpresa divina; y de pies disponibles, dispuestos a partir por otros caminos, llevando al mundo la luz que contemplamos.
Que, a ejemplo de san Francisco y santa Clara, seamos también nosotros testigos de la Epifanía, revelando con la vida que Dios está en medio de nosotros —pequeño, humilde y lleno de amor. Amén. Hno. Mauricio José Silva dos Anjos, OFMCap.