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REFLEXIÓN FRANCISCANA SOBRE EL EVANGELIO DEL DÍA. – SAN LUCAS 11,47-54.

MEMORIA DE SANTA MARGARITA MARÍA ALACOQUE.*

“¡Oh AMOR, Tú me amas más de lo que yo puedo amarte! ¿Por qué deseo, Señor, más de lo que Tú quieres darme?”
A Ti recurrimos, oh Corazón de Jesús, porque en Ti encontramos consuelo cuando sufrimos y somos perseguidos, pedimos Tu protección cuando nos sentimos oprimidos por el peso de nuestra cruz, buscamos Tu ayuda cuando la angustia, la enfermedad, la pobreza o el fracaso nos empujan a buscar una fuerza superior a nuestras fuerzas humanas. Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío.

Hermanos y hermanas, hoy la Iglesia celebra la memoria de Santa Margarita María de Alacoque, la humilde religiosa visitandina, a quien el Señor confió una de las revelaciones más tiernas y profundas de su amor: el Misterio de su Corazón. En ella resplandece la sencillez de quien se deja amar por Dios y se convierte en testigo del amor que transforma y repara. Santa Margarita María aprendió a descansar en el Corazón de Jesús. Desde su juventud conoció el dolor, la incomprensión y la enfermedad; pero fue en la oración y en la adoración donde descubrió que el amor de Cristo no se mide por la correspondencia humana, sino por su propia fidelidad infinita. Jesús le mostró su Corazón herido de amor, y le pidió que diera a conocer al mundo la ternura de ese Corazón que ama sin ser amado, que perdona sin reproche, que se ofrece como fuente de misericordia para todos. En un tiempo marcado por la frialdad espiritual y la indiferencia religiosa, Margarita María fue llamada a reparar con su vida y su oración los olvidos y desprecios al Amor divino. Pero no se trata de una reparación hecha desde el miedo o la culpa, sino desde el amor que responde al Amor. Por eso, su mensaje no es un llamado a la tristeza, sino a la confianza: “El Corazón de Jesús es un océano de misericordia”, decía. Quien se sumerge en él aprende a amar de nuevo. Hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos confronta con una verdad dolorosa: el ser humano tiende a honrar lo santo del pasado mientras silencia lo profético del presente. Jesús desenmascara esta incoherencia espiritual. Los escribas y fariseos construyen monumentos para los profetas antiguos, pero sus corazones siguen cerrados a la Palabra viva de Dios que los interpela hoy. San Francisco de Asís conoció bien esta tensión. En su tiempo, muchos amaban hablar de Cristo, pero pocos querían vivir como Él. San Francisco escuchó la voz de Jesús que le decía: “Repara mi casa”, y comprendió que esa “casa” era la Iglesia herida por la incoherencia, el poder y la falta de pobreza evangélica. Como Jesús, San Francisco fue profeta de conversión en medio de una religiosidad que había perdido la frescura del Evangelio. No construyó sepulcros, sino que levantó vidas nuevas, hermanos y hermanas reconciliados con Dios, con los pobres y con toda criatura. Para nosotros francisclarianos, la profecía brota de la minoridad: quien se hace pequeño, quien sirve, quien se vacía de sí mismo, se vuelve espacio para que el Espíritu hable. Santa Clara de Asís, silenciosa y firme, fue también profeta: su palabra fue la luz de la pobreza evangélica vivida como libertad.

Hermanos y hermanas, el Evangelio de hoy nos invita a examinar nuestra propia historia:
¿Construimos monumentos o tejemos fraternidad?
¿Elogiamos la santidad de otros tiempos mientras cerramos los oídos a los profetas de hoy?
¿Reconocemos la voz de Dios que nos llama a un nuevo modo de ser Iglesia?

Jesús, como Francisco y Clara, no busca admiradores sino discípulos; no quiere devoción vacía, sino una vida transformada por la compasión y la justicia. Pidamos hoy al Señor una fe libre, pobre y luminosa. Que nuestra vida no sea una tumba de palabras hermosas, sino una tierra fecunda donde la Palabra siga encarnándose. Que no repitamos los errores de los fariseos, sino que aprendamos de los profetas a vivir la verdad con ternura, la justicia con humildad y el amor con coraje. Al Señor que nos llama a la autenticidad y nos libera de toda hipocresía, sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén. –

Hno. Mauricio Silva dos Anjos, OFMCap – Chile.