Ir al contenido principal

Comentario al Evangelio del domingo 10 de agosto de 2025.

XIX Domingo del tiempo ordinario – Ciclo C.
Evangelio del día San Lucas 12, 32-48.

La vida es vida auténtica cuando se contempla (mirar con amor) y se está atento a aquellos con los que se habita, con los que se comparte. Estar vigilantes es mantener viva la pasión por vivir más y mejor, por descubrir el sentido profundo de cada acción y momento. Es un compromiso de fidelidad al Reino, que nos impulsa a actuar con conciencia y amor, transformando lo cotidiano en camino de esperanza y justicia. Vigilancia es estar despiertos al llamado de Dios en cada instante. Así, la vida se convierte en una aventura constante, donde cada día es una invitación a crecer, a servir y a amar con intensidad renovada. No se trata solo de esperar, sino de construir activamente el mundo que Dios sueña para todos. Ser vigilante es, en definitiva, ser testigo vivo del amor que salva.

Queridos hermanos y hermanas, en este XIX Domingo del Tiempo Ordinario, la Palabra de Dios nos invita a vivir con un corazón vigilante y lleno de esperanza. Jesús nos recuerda que somos administradores de los dones que el Padre nos confía y que nuestra vida es un camino hacia el encuentro definitivo con Él. No sabemos ni el día ni la hora, pero sí sabemos cómo quiere que vivamos: con la fe encendida, con las manos abiertas para servir y con una esperanza que no se apaga. En este fin de semana nos unimos con alegría y gratitud a todos los consagrados y consagradas de Chile, que están celebrando el Congreso Nacional de la Vida Consagrada, bajo el lema: “Nuevas miradas a la vida consagrada”. En este Año Jubilar de la Esperanza, esta celebración cobra un significado especial, porque la Iglesia necesita mirar con ojos nuevos el don que el Espíritu ha regalado a través de tantas vocaciones que, como María, se han entregado totalmente al Señor. En este domingo, el Señor nos habla al corazón y nos dice: «No temas, pequeño rebaño, porque su Padre ha tenido a bien darles el Reino». Queridos hermanos y hermanas, las primeras palabras del Evangelio de hoy son un bálsamo para el corazón en medio de un mundo herido por el miedo, la incertidumbre y la desesperanza. Jesús nos llama “pequeño rebaño” no por desprecio, sino con ternura, reconociendo nuestra fragilidad y, al mismo tiempo, asegurándonos que, pese a todo, el Padre nos quiere entregar el tesoro más grande: su Reino. En este Año Jubilar de la Esperanza, estas palabras adquieren un brillo especial. La esperanza no es ingenuidad ni optimismo superficial; es la certeza profunda de que Dios cumple sus promesas y de que nuestra historia está en sus manos. Jesús nos pide estar vigilantes, como los criados que esperan el regreso de su señor. La vigilancia cristiana no es miedo al castigo, sino atención amorosa a la llegada del Amado, el Señor y Salvador Jesús. No esperamos a cualquier persona: esperamos a Aquel que “nos ceñirá, nos hará sentar a la mesa y nos servirá”. Aquí la esperanza se hace concreta: vivimos el presente con responsabilidad porque sabemos que el futuro está en manos de Dios. Hermanos y hermanas, el Evangelio nos recuerda que «a quien mucho se le dio, mucho se le exigirá». El don de la fe, de la vida y de este tiempo de gracia es también una misión. El Año Jubilar nos impulsa a ser administradores fieles y prudentes, cuidando de la casa común, de la comunidad eclesial y de los más vulnerables. La esperanza no se guarda en un cajón: se comparte sirviendo, consolando y sembrando bondad. Jesús nos dice: «No temas». El miedo paraliza, divide y hace que enterremos nuestros talentos. La esperanza, en cambio, nos pone en camino y nos hace perseverar incluso en noches oscuras. Ser cristiano vigilante en la esperanza significa no dejar que la oscuridad nos robe la luz. Hoy, Jesús nos invita a vivir con el corazón despierto, los pies dispuestos al servicio y la mirada fija en el Reino. No sabemos el día ni la hora, pero sí sabemos quién viene: el Señor que nos ama, que nos confía su obra y que nos espera para darnos la plenitud de su vida. Que María, mujer de la espera confiada, y san Francisco y santa Clara, testigos de una esperanza pobre pero fecunda, nos ayuden a vivir este Año Jubilar con alegría vigilante. «Dichosos los siervos a quienes el Señor, al llegar, los encuentre en vela».

Hno. Mauricio Silva dos Anjos – Hermano Menor Capuchino de Chile.