Comentario al Evangelio del domingo 06 de abril de 2025

REFLEXIÓN FRANCISCANA SOBRE EL EVANGELIO.
V DOMINGO DE CUARESMA. – SAN JUAN 8, 1-11
Una mirada llena de misericordia que cambia una vida. El perdón que sana y libera. Sin condenación, solo misericordia.
Hermanos y hermanas estamos próximos a las fiestas pascuales y las lecturas de este V domingo de Cuaresma nos invitan a seguir ensanchando el corazón, a mirar hacia adelante, para adentrarnos en nuestra Semana Mayor reconciliados con Dios y con nuestros hermanos. Este domingo es una invitación para reflexionar cómo estamos viviendo nuestra Cuaresma y qué hemos hecho de ella. Se nos exhorta a vislumbrar lo novedoso de este tiempo de gracia y de salvación. Además, por activa y por pasiva se nos recuerda en este tiempo que el rasgo distintivo de Dios es ser misericordioso. Experimentar esta gracia de Dios es una invitación a contemplarnos con ojos de misericordia y de igual forma a nuestros hermanos y hermanas. Mi hermano y mi hermana, hoy, en una especie de parábola viviente, Jesús nos desafía al perdón en lugar de la fría crueldad de nuestra condena. He aquí, entonces, tres palabras, tres actitudes para vivir una Cuaresma de compasión: conversión, misericordia y perdón. Hermano y hermana, la semana pasada escuchábamos a Cristo enseñarnos acerca de la misericordia de Dios, contándonos la parábola del hijo pródigo. Hoy, Él va mucho más lejos, porque nos hablará de este perdón misericordioso, ya no con bellas historias y palabras encantadoras, sino con gestos y con su propia vida. La liturgia de hoy nos muestra que los escribas y fariseos querían condenar a la pecadora con la piedra de un pasado de pecado, un corazón tan duro como la piedra, una mirada tan sucia como el suelo, y unas manos tan cerradas como la ley. Con la piedra de la ceguera, escribas y fariseos intentaban, de un solo golpe, poner en peligro la autoridad del Maestro y la dignidad de una mujer. Hermanos y hermanas, Jesús escribe en el suelo y pone sobre el pasado la piedra de una ruina, pero sobre la vida de una mujer, pone el derecho a la reconstrucción. Ellos se arman con la certeza de sus virtudes públicas, pero Jesús los desarma con la verdad de sus vicios privados. Y caen, una tras otra, las piedras. Y quedó solo Jesús y la mujer. La mísera y la misericordia. En lugar de la piedra, el perdón. El perdón es un acto de creación, de nueva generación. Al perdonar, Dios olvida los acontecimientos del pasado, deja de prestar atención a las cosas antiguas para abrir un camino nuevo y convertir al ser humano pecador en una nueva criatura. El perdón de Dios recrea y regenera al ser humano en su esencia, transformándolo desde lo más profundo y haciéndolo un ser diferente. Hermanos y hermanas, por eso, el perdón no es solo un sentimiento o una emoción, sino una decisión, un acto creador. Perdonar es acoger la existencia del otro, no porque esté bien tal como es, sino para hacerla renacer en su verdad, para recrearla en el amor. En nuestro mundo, el fundamentalismo y la intransigencia suelen hablar más alto que el amor: se mata, se oprime y se esclaviza en nombre de Dios; se desacredita y se calumnia por prejuicios; se marginaliza en nombre de la moral y las buenas costumbres. Hermanos y hermanas, cuántas veces, en nuestros hogares y comunidades, la absolutización de la ley causa marginación y sufrimiento. Cuántas veces arrojamos piedras a los demás, olvidando nuestros propios tejados de cristal. Cuántas veces marcamos a los demás con el estigma de la culpa y quemamos a la persona en «juicios sumarios», sin derecho a defensa. Debemos hoy nos preguntar: ¿Es esta la lógica de Dios? ¿Lo que nos interesa es la liberación de nuestros hermano y hermanas, o su hundimiento? Hermanos y hermanas, este pasaje nos invita a ser portadores de la misericordia de Dios en nuestras vidas cotidianas. Hoy, estamos llamados no solo a vivir la fe de manera privada, sino a compartirla con los demás, siendo ejemplos de misericordia, compasión, perdón, comprensión y amor incondicional. Que hoy, al meditar en este Evangelio, podamos recordar que la verdadera fuerza cristiana no radica en juzgar, sino en perdonar y ofrecer nuevas oportunidades para vivir según el amor de Cristo. Que el Espíritu Santo nos dé la gracia de vivir con corazones llenos de misericordia, dispuestos a acoger y a perdonar como Cristo nos ha perdonado. Al Señor sea la gloria y la alabanza por los siglos de los siglos. Amén.
– Hermano Mauricio Silva dos Anjos – Hermano Menor Capuchino de Chile.