Homilia para la Eucaristía del domingo 27 de septiembre de 2026.
DOMINGO XXVI. A.
Ezequiel 18,24-28: El Profeta formula el principio de la responsabilidad personal, el que peque morirá.
Filipenses 2,1-11: Pablo conjura a los filipenses a no romper la unión y el amor fraterno. El modelo es Cristo, que no se buscó a sí mismo.
Mateo 21,28-32: Contraste entre la fe de unos y la incredulidad de otros.
1.- Ante el pesimismo imperante de los israelitas en el exilio que se consideraban castigados por Dios a causa de los pecados de sus padres, el profeta pone las cosas en su lugar. Cada uno debe situarse responsablemente ante Dios. Es cierto que a veces el pecado influye y condiciona, pero no es una herencia fatídica. Dios quiere que el pecador viva, se convierta. Si se convierte tiene la vida de Dios; es la conversión total de toda la persona. No hay derecho a la desesperación.
2.- A veces en la comunidad los pecados de alguien provoca el rechazo en los demás y surge la descalificación. Cuando sucede esto es porque alguno se constituye en juez y condena a los que caen. Pero el texto recuerda otra cosa, recomienda imitar a Cristo, quien vino a servir a todos. Él, siendo Dios, no se vanaglorió, ni se aferró a su condición divina, sino que, anonad+andose, se hizo servidor de todos para que tengamos vida en plenitud.
3.- Hay creyentes que tienden a caer en el fatalismo. Todo lo consideran un castigo de Dios. Ante la desgracia, sea la que sea, no alcanzan a ver al Dios Amor, al contrario, juzgan a Dios, despotrican contra Dios. Como los israelitas desterrados que pensaban que el proceder de Dios no era justo, ni correcto. Es que a todos cuesta asumir la responsabilidad de nuestros actos. Es más fácil culpar a Dios.
4.- En este sentido, la parábola del evangelio da una lección muy clara. Es la parábola de los dos hijos.
El primero representa a Israel, que dijo sí, aceptó la Ley, pero no hizo la Voluntad de Dios. El otro, en cambio, representa a los pecadores, a los paganos, (excluidos por los judíos), que dicen no al Plan de Dios, pero se arrepienten y aceptan el Plan de Dios mostrado por el Bautista.
No basta un sí de labios, sino es necesario un vuelco del corazón, un volverse a Dios, como lo hicieron los pecadores que en ese momento escucharon la predicación de Juan Bautista y se volvieron a Dios. y también a Cristo. Por eso ellos entraron en el Reino de Dios, porque, digámoslo una vez más, vive en el Reino de Dios el que vive cumpliendo la Voluntad de Dios.
Ningún título garantiza el estar viviendo en el Reino, sino solamente el que se acate en todo momento la Voluntad de Dios.
Por eso, lo primero que nos enseña a pedir el Señor en el Padre Nuestro es que venga su Reino, es decir, que sepamos cumplir siempre con su divina Voluntad.
Hno. Pastor.