EDD. jueves 17 de septiembre de 2026.
Primera Lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (15,1-11):
Os recuerdo, hermanos, el Evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado vuestra adhesión a la fe. Porque lo primero que yo os transmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; por último, se me apareció también a mí. Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de llamarme apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Pues bien; tanto ellos como yo esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.
Palabra de Dios
Salmo
Sal 117,1-2.16ab-17.28
R/. Dad gracias al Señor porque es bueno
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia. R/.
«La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa.»
No he de morir, viviré para contar
las hazañas del Señor. R/.
Tú eres mi Dios, te doy gracias;
Dios mío, yo te ensalzo. R/.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Lucas (7,36-50):
En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume.
Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: «Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora.»
Jesús tomó la palabra y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte.»
Él respondió: «Dímelo, maestro.»
Jesús le dijo: «Un prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?»
Simón contestó: «Supongo que aquel a quien le perdonó más.»
Jesús le dijo: «Has juzgado rectamente.»
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama.»
Y a ella le dijo: «Tus pecados están perdonados.»
Los demás convidados empezaron a decir entre sí: «¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?»
Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz.»
Palabra del Señor
REFLEXIÓN
La primera pregunta que se me ocurre al leer el texto evangélico de hoy es qué pretendía aquel fariseo al invitar a Jesús a comer. Algo me dice que el fariseo se sentía en una posición superior. Quizá lo único que pretendía era conocer a aquel predicador itinerante. Había oído hablar de él y tenía curiosidad. Pero quizá en el fondo de su corazón tenía claro que no iba a aprender nada de él. El fariseo ya se sentía en el buen camino, en un nivel superior, tanto por sus conocimientos de la ley como por su cumplimiento. Pero le interesaba ver de cerca a aquel predicador. Nada que aprender pero una posibilidad para pasar un rato observando las “desviaciones” en que podía caer el pueblo al escucharle.
Me ha hecho pensar en algunas páginas web, hechas por gente de iglesia, que se dedican, desde una postura de superioridad a denunciar los pecados de todo tipo de otros cristianos. Generalmente se trata de pecados referentes a la liturgia y también al no cumplimiento de las normas canónicas que rigen la vida eclesial. Está claro que se sienten justos, tanto como el fariseo. Está claro que miran a los demás de arriba abajo, por encima del hombre. Como miraba aquel fariseo a la pobre mujer y como miraba al mismo Jesús.
Pero hay algo que me preocupa en aquel fariseo y en estos modernos fariseos: les falta la misericordia, que es mucho más importante que la ley en la vida cristiana y en el Evangelio. Se sienten tan altos, tan perfectos, tan autosuficientes, saben tan perfectamente lo que es ser cristianos, que desde sus alturas nos valoran a los demás. Y nos condenan sin misericordia. Y se olvidan de aquello de que la misericordia triunfa sobre el juicio (Sant 2,13) porque el juicio de Dios está hecho de misericordia más que de preceptos fijos e inalterables.
Jesús y la mujer entendían de misericordia. Conocían íntimamente lo que era el perdón, la reconciliación, la paciencia del amor. Y sabían que la salvación venía de la misericordia y no del código canónico. Así que mejor nos bajamos del pedestal, si es que alguna vez nos hemos subido a alguno, y abrazamos a los hermanos en la misericordia.
Fernando Torres, cmf
Fuente : https://www.ciudadredonda.org/evangelio-lecturas-hoy/