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Homilia para la Eucaristía del domingo 26 de julio de 2026.

DOMINGO XVII. A


1Reyes 3,5-12: Se presenta el sueño y súplica de Salomón, lo que agradó a Dios.
Romanos 8,28-30: Pablo presenta el Plan de salvación, Dios llama gratuitamente para que reproduzcamos la imagen de su Hijo.
Mateo 13, 44-52: Dos parábolas del Reino con igual significado: el valor insuperable del Reino de Dios, y una tercera parábola semejante a la del trigo y la cizaña.

1.- Hay un refrán que dice: “Dime con quien andas y te diré quién eres”. Yo diría: “Dime lo que anhelas y te diré quién eres”. Es verdad, lo que nos dice la primera lectura es como para pensarla. Supongamos que el Señor nos dice a cada uno de nosotros: “Pídeme lo que quieras”. ¿Qué pediríamos? ¿Cuáles son nuestros anhelos. Porque podemos tener muchos anhelos, y muy legítimos, pero hay uno que es el motor de nuestra vida, la razón de ser de nuestra existencia. ¿Y qué es lo que en verdad le da sentido a nuestra vida?
Ha habido filósofos que han soñado con un “súper hombre”, que está por encima de todo y todo lo puede y que motiva todo el esfuerzo humano.
2.-Dios tiene un Plan de salvación. Él nos llama a reproducir la imagen de su Hijo. Sabemos que Jesús es el Hombre Nuevo perfecto. Y todos debemos reproducir esta imagen de Cristo. En otras palabras, debemos esforzarnos por parecernos a Jesús; no se trata de un parecido físico, sino de algo mucho más profundo, identificarnos con Jesús en lo que Él fue aquí en la tierra. Y lo más esencial que Él realizó fue identificarse con la Voluntad de su Padre. Dejó que Dios reinara en su vida.
3.- Sé que suena a algo etéreo, irreal, pero es lo esencial. Lo máximo a lo que podemos anhelar y aspirar es identificarnos o vivir en comunión con su Voluntad. Y eso es precisamente lo que el ser humano no quiere. Quiere sentirse realizado emancipándose de Dios, corta toda relación con Él. No se conforma con ser imagen y semejanza de Dios, quiere ser Dios. Es la tentación permanente: “se les abrirán los ojos y seréis como dioses” (cfr. Génesis 3,5). Anhelamos, ambicionamos muchas cosas, pero no lo esencial.
4.- En el evangelio de san Marcos leemos que Jesús comenzó a proclamar la Buena Noticia. (cfr. Marcos 1,14.15). ¿Y cuál es la Buena Noticia? La Buena Noticia no es otra que la cercanía del Reino de Dios. ¿Y qué es eso?
Hemos estado escuchando distintas parábolas que nos muestran lo que es el Reino de Dios. Hoy se nos dice que es “un tesoro escondido” o “juna perla de gran valor”. Por este valor bien vale la pena cualquier sacrificio.
Es cierto que para seguir a Jesús hay que dejarlo todo, pero la vida cristiana no consiste en puras renuncias, eso sería frustrante. El ser cristiano es una opción. Al descubrir lo que significa el Reino de Dios, lo que significa vivir en permanente comunión con la Voluntad de Dios, por esto bien vale la pena dejarlo todo. Uno es capaz de dejar muchas cosas no por no valgan, sino porque se descubre algo mejor y más valioso. Todos nosotros trabajamos y buscamos siempre las perlas finas de gran valor. Pero nos falta dar con la perla de mayor valor. Y al descubrirla somos capaces de dejarlo todo “con gozo”. Siempre debemos anhelar, aspirar a lo mejor. Ya lo dice san Pablo: “Examínenlo todo y quédense con lo mejor” (1Tesalonicenses 5,21).
Optemos por lo mejor, que es Cristo. Él es la personificación del Reino de Dios, ya que Él vivió cumpliendo en todo la Voluntad de su Padre.
Que el Señor nos abra los ojos para descubrir el tesoro escondido, para saber distinguir qué es lo mejor, lo que en verdad le va a dar sentido a nuestra existencia. Que con san Pablo también nosotros podamos decir: “Pata mí la vida es Cristo”. (Filipenses 1,21).
Hno. Pastor.