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EDD. lunes 13 de julio de 2026.

Primera Lectura

Lectura del libro de Isaías (1,10-17):

Oíd la palabra del Señor, príncipes de Sodoma; escucha la enseñanza de nuestro Dios, pueblo de Gomorra: «¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios? –dice el Señor–. Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones; la sangre de toros, corderos y chivos no me agrada. ¿Por qué entráis a visitarme? ¿Quién pide algo de vuestras manos cuando pisáis mis atrios? No me traigáis más dones vacíos, más incienso execrable. Novilunios, sábados, asambleas, no los aguanto. Vuestras solemnidades y fiestas las detesto; se me han vuelto una carga que no soporto más. Cuando extendéis las manos, cierro los ojos; aunque multipliquéis las plegarias, no os escucharé. Vuestras manos están llenas de sangre. Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad el derecho, enderezad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda.»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 49

R/. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios

«No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños.» R/.

«¿Por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos?» R/.

«Esto haces, ¿y me voy a callar?
¿Crees que soy como tú?
Te acusaré, te lo echaré en cara.
El que me ofrece acción de gracias, ése me honra;
al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios.» R/.

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (10,34–11,1):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz; no he venido a sembrar paz, sino espadas. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa. El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.»
Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.

Palabra del Señor

REFLEXIÓN

Seguramente a todos nos gustaría ser recordados como gente valiente, que defendió la justicia, la verdad y el derecho y que nunca tuvo miedo de enfrentarse a quien hiciera falta. Pero a veces el problema no es solo la falta de valor, sino también la falta de claridad sobre qué mal se combate. Para poder discernir, primero hay que mirarse a sí mismo. ¿Es posible que el mal—o partes del mal—estén en uno mismo? Isaías advierte a quienes ofrecen sacrificios externos y “parecen” muy buena gente por sus actos de piedad, pero necesitan quitarse el disfraz y desenterrar, dentro de ellos mismos, la misericordia, el servicio, la pureza de intención. Empezar por uno mismo, y ver dónde verdaderamente están las llamadas de Dios a darle culto de corazón. No es que no haya que cuidar la liturgia; pero la liturgia responde a la creencia profunda y verdadera.

Aunque no lo parezca, el evangelio también habla de discernimiento. La suegra, la madre, el pariente seguro que piensan que tienen razón… pero, ¿dónde está la verdad y de que lado nos ponemos? Cristo vino a traer la espada; es decir, a dividir entre bien y mal, entre verdad y mentira, entre justicia y desigualdad, entre egoísmo y generosidad, entre orgullo y dependencia de Dios. Quienes se imaginan grandes luchadores por el bien tendrán que pensar de qué lado en realidad están. Antes de combatir a ese miembro de la familia que tan errado creemos, tendremos que pensar dónde se ha situado nuestro corazón, no nuestra apariencia. Y la prueba nos la dan las últimas palabras del evangelio: Quien me recibe… quien recibe a uno de estos pequeños. A los pequeños, y a Cristo, no se les recibe con espada, pero luego sí hay que empuñarla en defensa de la verdad y del bien. Es decir, antes de luchar, recibir. Y luego sí, luchar en defensa de la vida, de la dignidad de todos, de la verdad de Cristo. No es fácil. Las palabras se pueden enmascarar fácilmente. El corazón puede también andar disfrazado de autojustificación y suficiencia.

Cármen Aguinaco

Fuente : https://www.ciudadredonda.org/evangelio-lecturas-hoy/