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EDD. domingo 08 de marzo de 2026.

Primera Lectura

Lectura del libro del Éxodo (17,3-7):

En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: «¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?»
Clamó Moisés al Señor y dijo: «¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen.»
Respondió el Señor a Moisés. «Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el cayado con que golpeaste el río, y vete, que allí estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña, y saldrá de ella agua para que beba el pueblo.»
Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y puso por nombre a aquel lugar Masá y Meribá, por la reyerta de los hijos Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo: «¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?»

Palabra de Dios

Salmo

Sal 94,1-2.6-7.8-9

R/. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor:
«No endurezcáis vuestro corazón.»

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R/.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. R/.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.» R/.

Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (5,1-2.5-8):

Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. En efecto, cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.

Palabra de Dios

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Juan (4,5-42):

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.
Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber.» Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.
La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.
Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva.»
La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?»
Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.»
La mujer le dice: «Señor, dame de esa agua así no tendré más sed ni tendré que venir aquí a sacarla.»
Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve.»
La mujer le contesta: «No tengo marido».
Jesús le dice: «Tienes razón que no tienes marido; has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad.»
La mujer le dijo: «Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.»
Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad.»
La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo.»
Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo.»
En aquel pueblo muchos creyeron en él. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.»

Palabra del Señor

REFLEXIÓN

Seguimos nuestra peregrinación por el camino de la Cuaresma. En la oración colecta del primer domingo de Cuaresma pedía­mos a Dios que nos concediera avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud. La liturgia de la Palabra de ese domingo de Cuaresma nos presentaba ese misterio de Cristo: lo veíamos expuesto a las tentaciones y lo veíamos también salir vencedor; el domingo pasado era la escena de la Transfiguración de Jesús la que nos invitaba a verlo en su aspecto común y corriente (con el traje de faena de todos los días) y en una anticipación de su gloria (el traje de fiesta de la Pascua: el rostro brillan­te como el sol y los vestidos resplande­cientes). Hoy nos asomamos de nuevo a ese pozo sin fondo de su misterio: lo vemos como a uno de nosotros, un ser de necesidades y deseos: siente la fatiga del camino y tiene sed; y lo vemos como el que nos ofrece a todos el agua viva, y trae así respuesta y cumplimiento (respuesta cumplida) a nuestras necesidades y deseos últimos.

Eso no significa que esa respuesta sea fácil de aceptar o entender. La experiencia de Israel (que deja los ajos y cebollas de Egipto y los añora) se repite en la vida de cada cristiano. Toda conversión es un abandono de la “tierra de la esclavitud” y señala el inicio de un éxodo. Los primeros momentos de la nueva vida pueden trascurrir serenamente, sobre todo si nos ayuda la buena voluntad y el entusiasmo y recibimos ayuda de nuestros hermanos en la fe. Después, comienza inevitablemente la añoranza, la nostalgia y, a veces, la desilusión que experimentamos al contacto con la vida de la comunidad cristiana.

Aparecen las dudas, las vacilaciones y la tentación de cuestionar la elección hecha. Se siente la necesidad de algún signo; exigimos a Dios que dé pruebas concretas de su fidelidad. No hay que extrañarse de que surjan estos momentos difíciles: son la señal de que hemos llegado, como Israel, a Masá-Meribá. También con nosotros el Señor se mostrará paciente. También ofrecerá una señal a nuestra fe débil y tambaleante: el agua prodigiosa que brota de Cristo, su Espíritu, su Palabra y su Pan.

La sequía que experimentan muchas zonas del mundo nos ha hecho caer en la cuenta de lo preciosa e imprescindible que es el agua, sobre todo esta agua tan bien cernida de la llovizna. La hermana agua: útil, casta, humilde. Hemos aprendido a echarla de menos y a tener más cuidado con ella. Incluso especulan con que las guerras del futuro podrán tener lugar por causa del agua.

Si alguna vez hemos sufrido sed, sabemos lo mal que se pasa. Cuando se acaba en una excursión, cuando la cortan por obras o por una avería, echamos de menos ese líquido elemento. De esta suerte aprendemos a conocer y apreciar el don de Dios. Porque, sin agua, la tierra se endurece. Sin esa agua que es Dios mismo, sin el Espíritu de Dios, sin el conocimiento de Dios y sin el amor a Dios manifestados en Jesús y derramados por el Espíritu en nuestros corazones, también nosotros nos endurecemos: perdemos sensibilidad humana, se crispan más nues­tras relaciones, nos volvemos menos porosos y receptivos, se estrechan nuestra apertura y nuestra capacidad de acogida. Por el contrario, la presencia del don de Dios nos vuelve más esponjosos, más receptivos, con mayor capacidad de acogida y de escucha.

Sin esa agua que es el mismo Dios, las ciudades se llenan de contaminación y la atmósfera se vuelve irrespirable. Por el contrario, cuando Dios hace acto de presencia, se va creando comunidad.

Sin esa agua que es el mismo Dios, muchos buscan sustitutos que no pueden calmar nuestra sed, como le pasaba a la samaritana, mujer de sexualidad inquieta, que andaba ya por el quinto o sexto marido. Es que el amor de Dios – lo demuestran las historias de muchos creyentes – puede llenar de tal manera que las necesidades físicas quedan mitigadas (ascesis) y puede renunciarse a la mujer o al marido (castidad consagrada de los célibes y las vírgenes).

El problema del que se habla en las lecturas no es simplemente de sed, sino de fe, de sentido de la vida. Jesús, después de pedirle de beber a la samaritana, suscita una sed más profunda en su corazón. Una sed que sólo puede saciarse con agua viva. Aquella que no venden embotellada en ningún comercio, sino que ofrece el que es la Vida. Al corazón insaciable del hombre sólo puede colmar el agua viva del Inagotable. La herida que Dios ha abierto en nosotros sólo puede ser restañada por Dios mismo: «nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti» (san Agustín).

Hoy Jesús sigue pidiéndote de beber. El vuelve a salir a tu encuentro sintiéndose necesitado de ti. Se hace débil para que puedas tener acceso a su amor infinito. Nos pide de beber a nosotros que vivimos inquietos, llenos de deseos insatisfechos. Víctimas de una sociedad que se ha especializado en crearnos necesidades. Nos rodea la publicidad en torno al consumo creciente. No estamos ni mucho menos satisfechos con lo que somos, hacemos y poseemos…, siempre se nos espolea a desear más.

Por eso Dios, que ve nuestro corazón insaciable y que conoce nuestras inquietudes, vuelve a salirnos al encuentro. El Dios que se las sabe todas para meterse en tu vida, vuelve a decirte: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber…» «Yo soy», el que acaso, sin saberlo, estás buscando. Yo soy el Esperado. El encuentro con Él, aparentemente fortuito, despierta el deseo de infinito, nostalgia: «Quien tenga sed que venga y beba y de sus entrañas brotará una fuente que salte hasta la vida eterna». Él es el agua de la roca, el agua del costado que brotó de la lanzada en el cuerpo muerto del Crucificado, el agua que Él mismo ofrece a la samaritana.

La Cuaresma es un tiempo propicio para reavivar la gracia del bautismo y vivir la Vida nueva que un día, por el Espíritu, fue derramada en nuestros corazones. La Cuaresma se vive retornando a aquella fuente de la que brota la vida. Una invitación especial que podríamos recibir para la semana entrante es ésta: vivir el espíritu de oración; practicar la oración en espíritu y verdad.

¿Qué hace esta mujer después de haber encontrado a Cristo? Abandona el cántaro (no le sirve porque ha encontrado el “agua viva”) y corre a anunciar a otros su descubrimiento y su felicidad. Es la invitación a ser misioneros, apóstoles, catequistas, a proclamar a todas las gentes la alegría y la paz que llena a quien encuentra al Señor y bebe su agua.

Vuestro hermano en la fe,
Alejandro, C.M.F.

Fuente : https://www.ciudadredonda.org/evangelio-lecturas-hoy/