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Comentario al Evangelio del domingo 15 de febrero de 2026.

LA PALABRA DE DIOS MEDITADA NOS ENSEÑA
6º Domingo del Tiempo Ordinario – Mateo 5,17-37

La religión no es una cuestión de medidas. Es una manera de ser, de vivir, de amar.

Hermanos y hermanas, en este 6º Domingo del Tiempo Ordinario, la Palabra de Dios nos conduce al corazón del discipulado. El Evangelio proclamado nos lleva al centro de la visión cristiana del ser humano. Aquí no encontramos simplemente un conjunto de normas morales; encontramos una verdadera revelación sobre quiénes somos a la luz de Dios. Jesús afirma: «No he venido a abolir la Ley, sino a darle pleno cumplimiento». Esto significa que la Ley no es negada, sino elevada. Y lo que es elevado no es solo el comportamiento; es la propia comprensión del ser humano. Cristo revela que nosotros no estamos definidos únicamente por nuestros actos externos, sino por nuestro interior.
El centro de cada uno debe ser el corazón. En la perspectiva bíblica, el corazón no es solo el lugar de los sentimientos, sino el núcleo de la libertad, de la decisión y de la identidad. Cuando Jesús dice: «El que se enoja contra su hermano será reo de juicio», revela que el mal comienza antes del gesto. El pecado nace en el interior. El ser humano es unidad: cuerpo, mente, afectos y espíritu. No existe un “yo interior” desconectado del actuar exterior. Lo que cultivamos por dentro moldea aquello en lo que nos convertimos. La violencia comienza en la ira alimentada. La infidelidad comienza en la mirada que transforma al otro en objeto. Jesús no radicaliza la Ley para hacerla más pesada, sino para restaurar la verdad del hombre. Nos llama a la integridad. El texto que escuchamos supone que el ser humano es libre. Solo hay exigencia moral donde hay libertad. Dios no nos creó programados; nos creó capaces de elegir. Cada decisión interior construye nuestra identidad. Nos hacemos a través de las elecciones que realizamos. Cuando Jesús pide la reconciliación antes de presentar la ofrenda en el altar, revela que el ser humano es un ser relacional. No existimos aislados. Nuestra identidad se teje en la comunión. La ruptura con el hermano hiere también nuestra relación con Dios. Al hablar de la mirada y del adulterio del corazón, Jesús no condena el cuerpo ni el deseo. Revela algo más profundo: el deseo necesita ser integrado en el amor. El problema no es desear, sino reducir al otro a objeto del propio placer. Encontramos nuestra verdad no en la posesión, sino en la comunión; no en el uso, sino en el don. Estamos estructurados para el amor oblativo, no para el egoísmo. «Que vuestro sí sea sí, y vuestro no, no». La palabra, en la Biblia, revela quiénes somos. Cuando el lenguaje se vuelve ambiguo, manipulador o falso, el propio sujeto se fragmenta. La verdad no es solo una virtud social; es condición de unidad interior. Jesús nos llama a una existencia transparente. La coherencia entre interior y exterior es signo de madurez espiritual. A la luz de toda la tradición cristiana, podemos afirmar: en Cristo, el ser humano descubre quién es realmente. Él revela que hemos sido creados para una justicia mayor: no la justicia mínima de la norma cumplida, sino la justicia plena del amor vivido. Esta exigencia no es opresión; es vocación. No nos realizamos en la mediocridad moral, sino en la santidad. Y santidad significa plenitud de humanidad. En este domingo, somos invitados a mirar hacia dentro. No para condenarnos, sino para permitir que Dios unifique nuestro corazón. El Evangelio no es una lista de prohibiciones; es un camino de restauración de nuestra humanidad. Pidamos al Señor la gracia de un corazón integrado, reconciliado y verdadero. Que Él cure nuestras divisiones interiores, purifique nuestros deseos, fortalezca nuestra libertad y haga de nosotros hombres y mujeres íntegros, capaces de amar con verdad. Porque cuando el corazón es transformado, toda la vida se transforma. Al Señor, que nos llama a una verdadera coherencia de vida y a una profunda vivencia del Evangelio, sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén. –

Hno. Mauricio José Silva dos Anjos, OFMCap.