Ir al contenido principal

Apertura del Centenario de la Muerte de San Francisco.

Las celebraciones comienzan oficialmente el 10 de enero.
Celebrando la Pascua de Francisco de Asís 1226-2026
En la sociedad contemporánea, el pensamiento sobre la muerte a menudo se relega, no solo porque nos recuerda que somos criaturas limitadas, sino también porque expone esas falsas certezas que nos hacen sentir dueños del tiempo y la vida. Francisco de Asís, por otro lado, recibe a la Hermana Muerte con cánticos, porque comprendió que ella no es el fin de todo, sino el fin que nos permite entrar en plena comunión con Dios. De hecho, la vida es un don que debe ser correspondido: «Por tanto, no os escondáis de nada, para que quien se da por entero os reciba por entero» (Carta a toda la Orden 29, FF 221).

Al final de sus días, Francisco contempla su vida y descubre la presencia y la acción del Señor en todas partes. Por eso, en su Testamento, lo repite como un estribillo: «El Señor me dio, hermano Francisco… El Señor me dio tal fe en las iglesias… El Señor me dio y me da tal fe… Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me mostró lo que debía hacer, pero el Altísimo me reveló que debía vivir según la forma del Santo Evangelio» (Testamento 1-14, FF 110-116). Esta es la misma actitud de Clara de Asís cuando escribió su Testamento en los últimos días de su vida. En él, también, se reconoce a Dios como el Dador, a quien hay que dar gracias por todos los dones que concede, especialmente por el don de la vocación (cf. Testamento de Santa Clara 1-2, FF 2823). La celebración del 800 aniversario de la Pascua de Francisco de Asís es una invitación a contemplar nuestra historia personal y la de nuestra Familia Franciscana con una mirada de fe, capaz de reconocer la presencia y la acción divina en todo, incluso en las situaciones difíciles y dramáticas que hemos vivido o viviremos. Es una oportunidad para agradecer a Dios por todos los dones que nos ha concedido, en particular por el don de Francisco de Asís y su experiencia evangélica, que se convirtió en un carisma articulado en diversas formas de discipulado y apostolado, y que aún hoy tiene el poder de interpelar a mujeres y hombres de todas las culturas, dentro y fuera de la Iglesia Católica.

Próximo a su muerte, Francisco dijo a sus hermanos: «Comencemos, hermanos, a servir al Señor Dios, pues hasta ahora hemos hecho poco o nada». No creía haber alcanzado la meta y, perseverando incansablemente en la búsqueda de una santa renovación, siempre tuvo la esperanza de poder comenzar de nuevo. Quiso volver al servicio de los leprosos» (1 Celano 103, FF 500). La Pascua de Francisco nos recuerda que cada día es una oportunidad para recomenzar, para renovar nuestra respuesta a la llamada del Señor, que nos envía al mundo entero como hermanos y hermanas, para dar testimonio de él con palabras y obras, para que todos sean atraídos al amor de Dios (cf. Paráfrasis del Padrenuestro 5, FF 270).

Finalmente, celebrar la muerte del Pequeño Pobrecito es una ocasión para recordar que todos estamos llamados a la santidad y que, como él, estamos invitados a reflejar la belleza del Evangelio y de nuestra vocación franciscana, porque «la santidad es el rostro más hermoso de la Iglesia» (Gaudete et exsultate 9).