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Comentario al Evangelio del miércoles 06 de agosto de 2025

FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR – Lc 9,28-36 –

La transfiguración es ese momento de la vida de Cristo en que la gloria y eternidad inciden en el tiempo y el mundo, permitiéndonos adivinar la identidad de Cristo, a la vez que adivinar lo que es nuestro destino.

Muchas veces nos pasa como a Pedro, tenemos la tentación de acomodarnos a lo bueno, a lo bonito, a lo fácil y así no avanzaríamos en nuestra vida. Señor de la nueva vida. Que al escucharte y seguirte me convierto en Ti, un transmisor de esperanza un mensajero de la promesa un fuego que se enciende otros fuegos. Señor Jesús, transfigurado en gloria, ilumina nuestra fe, fortalece nuestra esperanza y transforma nuestro corazón para que sepamos escucharte y seguirte cada día.

Queridos hermanos y hermanas, hoy la Iglesia celebra con alegría la Fiesta de la Transfiguración del Señor, un misterio luminoso que nos invita a levantar nuestra mirada hacia el cielo, sin olvidar nuestro compromiso en la tierra. En este Año Jubilar de la Esperanza, este pasaje del Evangelio según San Lucas que acabamos de escuchar nos ilumina y fortalece, recordándonos que la esperanza cristiana no es un simple deseo, sino una certeza fundada en la gloria de Cristo resucitado que ya se nos anticipa. El Evangelio nos dice que Jesús subió al monte con Pedro, Santiago y Juan para orar. En la Biblia, el monte es el lugar del encuentro con Dios, el espacio donde el cielo toca la tierra. Así, también nosotros, en medio de nuestras luchas, cansancios y oscuridades, somos invitados a «subir al monte» de la oración. Hermanos y hermanas, la Transfiguración nos enseña que la esperanza se alimenta en la intimidad con Dios. No es evasión, sino fuerza que renueva el corazón. Cuando nos detenemos a orar, aunque nuestra vida esté rodeada de incertidumbre, escuchamos la voz del Padre que nos dice: «Este es mi Hijo, mi elegido: escúchenlo». La oración abre nuestros ojos para ver la luz de Cristo que ya brilla en medio de nuestras sombras. Lucas nos dice que Jesús conversaba con Moisés y Elías «sobre su éxodo en Jerusalén», es decir, su Pasión, Muerte y Resurrección. Hermanos y hermanas, la Transfiguración anticipa la gloria de la Pascua, pero no la separa de la cruz. Así, el Señor nos enseña que la verdadera esperanza no huye del dolor, sino que lo atraviesa con fe, confiando en que Dios transforma la muerte en vida y la oscuridad en luz. Hermanos y hermanas, en este Año Jubilar de la Esperanza, este misterio nos invita a no rendirnos ante las dificultades. La luz que Pedro, Santiago y Juan contemplaron en el monte nos asegura que el sufrimiento no tiene la última palabra. Como Jesús, somos llamados a caminar hacia Jerusalén, sabiendo que después de la cruz viene la resurrección. La voz del Padre resuena clara: «Este es mi Hijo, mi elegido: escúchenlo». En medio de tantos ruidos e incertidumbres, necesitamos volver a escuchar a Cristo. Su Palabra es la brújula que orienta nuestra vida y la roca firme de nuestra esperanza. Hermanos y hermanas, escuchar a Jesús significa acoger su Evangelio, dejarnos transformar por su amor y vivir según sus enseñanzas. En este Año Jubilar, la invitación es clara: reavivar nuestra fe, redescubrir la belleza del Evangelio y testimoniar al mundo que Cristo es nuestra esperanza. Después de contemplar la gloria del Señor, los discípulos bajaron del monte. La experiencia no los apartó del mundo, sino que los envió de nuevo a la misión. Así también nosotros, transformados por la luz de Cristo, estamos llamados a ser signos de esperanza en nuestras familias, comunidades y sociedad. Que esta fiesta nos recuerde que la Transfiguración no es solo un acontecimiento pasado, sino una promesa presente: cada vez que vivimos en la fe, la caridad y la esperanza, la luz de Cristo brilla en nosotros y a través de nosotros. Hermanos y hermanas, en este Año Jubilar de la Esperanza, contemplemos al Señor transfigurado y dejemos que su luz ilumine nuestras vidas. Subamos al monte de la oración, escuchemos su Palabra, caminemos con Él hacia la Pascua y, renovados por su gloria, bajemos al mundo para anunciar con nuestra vida: ¡Cristo es nuestra esperanza, ayer, hoy y siempre! Amén. – Hermano Mauricio Silva dos Anjos – Hermano Menor Capuchino de Chile.