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Comentario al Evangelio del lunes 07 de abril de 2025.

REFLEXIÓN FRANCISCANA SOBRE EL EVANGELIO.
V LUNES DE CUARESMA. – Juan 8,12-20

En medio de las tormentas nocturnas, una voz resuena con más fuerza que el trueno, y en la oscuridad más densa, una luz, como una linterna que nunca se apaga, me revela el camino cuando todo parece confundirse. Su presencia calma las tormentas de mi inquieto corazón; ante mis pensamientos más oscuros, se enciende con claridad. Es un faro que desafía las olas más furiosas, la luz perfecta a la que ninguna oscuridad puede resistirse.

Queridos hermanos y hermanas, estamos iniciando la quinta semana del Tiempo de Cuaresma, acercándonos a la celebración del misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, fuente del amor insondable de Dios por cada uno de nosotros. Hoy, en la liturgia de la Palabra, Jesús nos dice algo profundo y hermoso: «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». Esta frase nos recuerda que el mundo muchas veces está lleno de oscuridad: problemas, injusticias, dudas, miedo. Pero Jesús nos asegura que, si caminamos con Él, nunca estaremos perdidos. Él es nuestra luz, nuestro guía, nuestra esperanza. Hermanos y hermanas, en este pasaje del Evangelio de Juan, Jesús se presenta como la «Luz del mundo» y nos invita a seguirlo para no caminar en la oscuridad, sino tener la luz de la vida. Esta afirmación es una llamada directa a la fe y a la confianza en Él, porque solo su luz puede guiarnos hacia la verdad y la vida plena. La luz es símbolo de claridad, verdad y dirección. En un mundo donde hay confusión, injusticia y desánimo, Jesús nos ilumina con su amor, su enseñanza y su ejemplo de vida. Hermanos y hermanas, estamos llamados hoy y cada vez más a vivir con la luz de Cristo en nuestras decisiones diarias, en nuestra manera de relacionarnos con los demás y en nuestra búsqueda de justicia y paz. Jesús nos dice que quien lo sigue «no caminará en tinieblas». Pero seguirlo implica coherencia y compromiso. No basta con llamarnos cristianos; debemos reflejar su luz en nuestro testimonio de vida. En el trabajo, en la familia, en la comunidad, debemos preguntarnos: ¿Estamos reflejando la luz de Cristo en nuestras acciones? ¿O nos dejamos llevar por la oscuridad del egoísmo, la mentira o la indiferencia? Hermanos y hermanas, Jesús enfrenta la incredulidad de los fariseos, quienes lo cuestionan y dudan de su testimonio. Hoy también vivimos en una sociedad donde muchas personas desconfían de la fe o buscan otros caminos. Nuestro reto es que, a través de nuestra vida, mostremos que Jesús es realmente la luz que transforma, sana y da sentido. No se trata de imponer, sino de iluminar con amor y servicio. Cristo nos llama a ser portadores de su luz. Nosotros tenemos la misión de ser testigos de la verdad, la justicia y el amor de Dios en nuestros ambientes. Sigámoslo con fe y confianza, dejando que su luz brille en nosotros para iluminar el mundo con esperanza. No dejemos que las tinieblas del miedo, del pecado o del egoísmo nos aparten de Él. Abramos el corazón para que su luz brille en nosotros y, a través de nosotros, en el mundo. Que la Virgen María, quien siempre siguió la luz de su Hijo, nos ayude a ser verdaderos portadores de la luz de Cristo.

– Hno. Mauricio José Silva dos Anjos – Hermanos Menores Capuchinos de Chile.