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REFLEXIÓN FRANCISCANA SOBRE EL EVANGELIO DEL DÍA. – XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. – SAN LUCAS 18, 1-8.

Dios no da largas a quien acude a Él día y noche. La parábola no trata de vencer a Dios por medio de la insistencia, sino de permanecer ante Él sin rendirnos, incluso cuando su silencio parece definitivo. La fe de la viuda es un modo de existir en resistencia amorosa: sigue pidiendo porque sigue creyendo; sigue creyendo porque ya ha experimentado el amor que escucha incluso antes de la palabra. La oración perseverante no cambia a Dios: cambia a quien reza. Nos hace más cercanos al modo divino de amar, ese amor que no se cansa de esperar por nosotros.

Hermanos y hermanas, hoy estamos celebrando el Vigésimo noveno domingo del Tiempo Ordinario, en este Año Jubilar de la Esperanza. La liturgia de hoy nos presenta una parábola sencilla, pero profundamente iluminadora: la del juez injusto y la viuda perseverante. Jesús nos enseña el camino de una esperanza que ora, insiste y confía, aun cuando la respuesta de Dios parece tardar. El Jubileo que celebramos no es solo un año de gracia, sino también un tiempo de renovación espiritual, donde se nos invita a volver a lo esencial: la fe que no se cansa, la oración que sostiene y la esperanza que no defrauda. Hoy Jesús nos enseña que la oración perseverante es el alma de la esperanza. La viuda representa a todos los que, en medio de la injusticia, el dolor y la espera, siguen creyendo que Dios escucha, aunque parezca callar. Su fuerza no está en su poder, ni en sus recursos, sino en su confianza inquebrantable. Ella no se cansa de pedir, porque sabe que la justicia de Dios no falla. Jesús comienza la parábola diciendo que “es necesario orar siempre sin desanimarse”. En tiempos de incertidumbre, de crisis o de cansancio espiritual, la tentación más grande no es el pecado, sino la desesperanza, el pensar que ya nada puede cambiar, que Dios se ha olvidado de nosotros. Pero hermanos y hermanas la fe viva, la fe del Jubileo, nos invita a perseverar en la oración, incluso cuando no vemos resultados inmediatos. Porque quien espera en el Señor, nunca queda defraudado. Estamos en un error si pensamos que la oración solo es eficaz cuando conseguimos lo que pedimos a Dios. La verdadera oración cristiana es la expresión de nuestra relación con Dios, una relación llena de confianza en el Padre, al estilo de Jesús mismo. Y una oración que nos ayuda, en definitiva, a vivir en cercanía con nuestros hermanos y hermanas, a ser más creyentes y más humano y humanizador. En la oración ponemos nuestro corazón a la escucha de Dios, y también nos ayuda a escuchar a nuestro prójimo. Sabemos que la viuda, en la cultura bíblica, es el símbolo del pobre, del que no tiene defensa. En ella se reflejan los que sufren injusticias, los que claman por paz, los que esperan consuelo. Ella es también imagen de la Iglesia, que en medio del mundo clama sin cesar: “¡Ven, Señor Jesús!”. Su voz es la de los pueblos que sufren la guerra, la violencia, la desigualdad; su clamor atraviesa los siglos y llega al corazón del Padre. Hermanos y hermanas, en este Año Jubilar, estamos llamados a escuchar el clamor de los pobres como una oración que sube al cielo, y a unirnos a ellos en una esperanza activa, comprometida, fraterna. El juez de la parábola es injusto e indiferente; actúa solo por conveniencia. Pero Jesús dice: “¿Y Dios no hará justicia a sus elegidos que claman a Él día y noche?” Hermanos y hermanas, la justicia de Dios no es fría ni vengativa. Es misericordia activa, que transforma las situaciones con paciencia y amor. A veces, la justicia divina no llega en el tiempo que esperamos, pero llega a su hora, cuando el corazón está preparado para recibirla. El Año Jubilar nos recuerda que Dios siempre escucha el clamor de su pueblo, y que su justicia se manifiesta en la reconciliación, el perdón y la restauración de la dignidad humana. Dios no es un juez indiferente, sino un Padre compasivo, que escucha y responde en el tiempo oportuno. Su justicia no es venganza, sino misericordia que transforma. El Jubileo nos recuerda justamente eso: que Dios actúa siempre en favor de los que esperan en Él, que su tiempo es perfecto, y que la oración fiel abre caminos donde parecía no haber salida. Esta pregunta final de Jesús es el corazón de la parábola. El verdadero problema no es si Dios escucha, sino si nosotros seguimos creyendo, esperando, orando. Hermanos y hermanas, el Año Jubilar nos llama a renovar la fe y la esperanza, a no dejar que el cansancio o la desilusión apaguen el fuego del Espíritu. La esperanza cristiana no es optimismo ingenuo; es la certeza de que Cristo ha vencido el mal, y que su amor sigue actuando silenciosamente en la historia. Queridos hermanos y hermanas, como la viuda insistente, no dejemos de clamar al Señor. Que nuestra oración sea expresión de una esperanza viva, que se traduce en gestos concretos de justicia, solidaridad y perdón. En este Año Jubilar de la Esperanza, el Señor nos invita a mirar el futuro con confianza, a perseverar en la fe y a trabajar por un mundo donde la justicia y la misericordia se abracen. El Evangelio de hoy nos recuerda que la oración es el aliento de la fe y la fuerza de la esperanza. “Que nuestra esperanza no se canse de orar, y que nuestra oración no se canse de esperar.” Al Señor, que siempre nos escucha y nos acoge en su misericordia, en su compasión y en su amor, sean la gloria y el honor por los siglos de los siglos. Amén. –

Hno. Mauricio Silva dos Anjos, OFMCap – Chile.